La importancia de la palabra y de la intención

En estos últimos días del año suelo hacer una retrospectiva sobre los cambios que han sucedido en mi vida, observando tanto los hechos como el efecto que estas experiencias han tenido en mi. Y es curioso percibir que hay un aprendizaje que, de alguna manera, une todas las situaciones y les da un sentido mucho más profundo. A veces solo es necesaria una palabra más, una conversación, para darte cuenta de ese algo que estás finalmente preparado para comprender.

En este caso, lo que poco a poco ha ido calando en mi interior es la importancia de la intención, o más bien, de ser consciente de la intención que hay detrás de cada acción.

Hagamos lo que hagamos, hay una intención que nos impulsa a actuar. No siempre somos conscientes de ella pues, en ocasiones, actuamos de forma impulsiva y sin pensar, y creemos que hemos actuado sin intención. Sin embargo, a un nivel inconsciente, existe un motivo que nos lleva a actuar de un modo concreto, aunque a veces sea muy difícil saber cuál es.

Y este motivo va a tener un efecto sobre las consecuencias de nuestra acción, lo conozcamos o no. Cuando no somos conscientes de nuestras intenciones, nos sorprende lo que llega a nuestra vida y no entendemos por qué suceden las cosas. La misma acción puede tener resultados muy diferentes según la intención que yo tenga al actuar. Por eso es tan importante ser conscientes de lo que nos impulsa, especialmente en nuestras relaciones.

Si mi intención al hacer algo es terminar pronto para hacer otra cosa, el resultado va a ser muy diferente de si lo hago con la intención de disfrutar lo que estoy haciendo.

Si yo tengo sensación de culpa por no prestar la suficiente atención a alguien, y le hago un regalo con la intención de suplir esa situación, esto va a tener un efecto concreto. Si, en vez de actuar, soy consciente de mi intención, que es acabar con la sensación de culpa, y la transformo en responsabilidad, quizá me de cuenta de que lo necesario aquí es la atención y no el regalo.

Sé que estoy hablando de cosas sutiles, pero tienen un efecto impactante en nuestras vidas y creo importante traer algo de luz al respecto. Cuando soy consciente de mi intención, empiezo a ser consciente de lo que necesito y lo que quiero, y esto me da la posibilidad de elegir lo que hago, en vez de actuar de forma impulsiva. También me da la posibilidad de decidir si esa intención proviene de un lugar sano en mi, o de una carencia que quizá debo resolver de otro modo.

Por ejemplo, a veces nos quedamos en un trabajo o en una relación por miedo a no encontrar nada mejor, a la soledad, a todo lo que implicaría hacer un cambio profundo. Y esto nos mantiene en una situación de infelicidad que revierte en todas las áreas de nuestra vida.

Preguntarnos qué intención tenemos al hacer algo, o incluso al no hacer algo, nos traerá respuestas que nos ayudarán a conocernos mejor y a decidir hacia dónde queremos dirigirnos.

Todo esto es especialmente importante a la hora de hablar; cuántas veces nos encontramos diciendo algo que no queríamos decir, o que tiene un efecto contrario al que pensábamos. Muchas veces es porque existen varias intenciones inconscientes; por ejemplo, tengo la intención de entenderme con la persona que amo, pero si me siento atacada, para protegerme, le hiero con mis palabras. Esto se hace especialmente patente en las discusiones, que acaban siendo una lucha de egos en la que la intención inicial, que era entenderse, queda enterrada por la intención de protegerse, herir al otro, quedar por encima y demás.

Darse cuenta de todo esto, descubrir y elegir conscientemente nuestras intenciones, requiere una práctica constante, una gran dosis de sinceridad y, sobre todo, la capacidad de estar presente y atento. Es una tarea difícil, pero cada paso que damos en esta dirección nos hace más coherentes y felices, mejora y sana nuestras relaciones, en definitiva, se convierte en una fuente de amor.

Y por ese motivo quería compartirlo con vosotros, como reflexión de fin de año, agradecida por todo el apoyo recibido y por las experiencias y las personas que aparecen en mi vida para recordarme una y otra vez que siga practicando, que siga intentando elegir mis intenciones con claridad, consciencia y amor.

Que tengáis un hermoso fin de año y que sembréis vuestras más valiosas intenciones para el siguiente.

Un gran abrazo

Sara Justo Fernández. Formadora de maestros. Especialista en pedagogía Waldorf.

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