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El respeto a la madurez escolar

Niños jugando al atardecer

Hoy voy a hablar de un tema delicado, difícil de abordar por la vorágine en la que vivimos y el ritmo que marca esta sociedad frenética. Con este texto quiero proponer una mirada profunda al inicio de la escolarización infantil, que tenga en cuenta la madurez de cada niño y ofrezca en cada etapa lo que necesita.

En España, la educación primaria comienza en el año natural en que se cumplen los seis años de vida. Esto quiere decir que, en septiembre, al inicio del curso escolar, hay alumnos que tan sólo tienen cinco años: son aquellos que cumplirán los seis entre septiembre y diciembre, en comparación con otros que ya tienen los seis y que cumplirán los siete a partir de enero.

Este gran rango de edad hace que las clases estén formadas por alumnos que se encuentran en diferentes momentos evolutivos. Unos pocos meses no afectan mucho en la vida adulta, pero al principio de la vida, es otro cantar.

A lo largo de mis años de maestra, he sido tutora de una clase de primero de primaria en dos ocasiones, y en ambas he podido constatar el esfuerzo titánico que hacen los más pequeños para alcanzar a los mayores, y la frustración que supone no conseguirlo y no entender muchas de las cosas que se exponen en el aula.

Ellos no saben de edades y, al compararse con los que creen sus iguales, su autoestima disminuye, pues perciben que la mayoría de las veces no consiguen llegar donde llegan los demás. Esto puede bloquear los aprendizajes e incluso convertirse en un estigma, solo mitigado por un buen profesional de la enseñanza, que sea consciente de esto y ponga su atención en evitar las comparaciones y en ayudar a los alumnos a desarrollar una autoestima sana.

Aun así, es difícil evitar que los alumnos de un mismo grupo se comparen y es una ardua tarea conseguir que se valoren por lo que son y no en relación a los demás.

La situación se agrava por el hecho de que hay niños que necesitan más tiempo para madurar, y si esto coincide con que además sean los más pequeños de la clase, la diferencia es todavía mayor.

Tal y como comentaba en otros artículos, durante los primeros siete años de vida, todo el organismo está ocupado en aprender a moverse de forma coordinada, en el buen desarrollo de los órganos, de los sentidos, del habla, etc. Esto quiere decir que dedicar fuerzas al desarrollo intelectual implica no utilizarlas en el buen asentamiento y manejo del cuerpo. Cuando nos centramos en el aprendizaje formal antes de tiempo, cambiamos las actividades de movimiento libre por otras en las que los niños están sentados y prestando atención. Esto hace que no puedan seguir trabajando su coordinación, equilibrio y lateralidad a tiempo completo. Además, en muchas ocasiones, dedicarse al aprendizaje formal cuando hay procesos de crecimiento físico en marcha no da ningún fruto, pues resulta mucho más difícil concentrarse y realizar tareas mentales; pasa lo mismo que cuando estamos enfermos, nuestras fuerzas van allí donde son más necesarias.

A los seis años, hay niños y niñas que todavía tienen mucho camino por hacer en cuanto al desarrollo físico y no están preparados para prestar atención a lo intelectual. Es por eso que no dejan de moverse y no hacen caso: su sabiduría interior les guía hacia la actividad que conseguirá que se desarrollen de forma sana: el movimiento y el juego libre.

Por este motivo, si intentamos enseñarles a leer y escribir cuando todavía no están preparados, es posible que creemos un rechazo o una dificultad que más adelante no existiría. Tal y como he comentado a menudo, muchos niños aprenden por complacer al adulto, y esto hace que desoigan sus propias necesidades y dejen este importante desarrollo físico en segundo plano para centrarse en aquello que les pedimos. De hecho, están tan atentos a nuestras reacciones que no necesitan que se lo pidamos, perciben inmediatamente aquello a lo que damos valor.

Es preciso que llevemos la atención a estos temas, pues la lectoescritura es la base de la mayoría de los futuros aprendizajes en la escuela, y si aceleramos su enseñanza, en vez de facilitar el proceso de aprendizaje, puede ser que lo estemos bloqueando.

Me pregunto a menudo de dónde viene esta prisa, como si no hubiera tiempo suficiente durante la educación primaria para aprender y afianzar estas habilidades, con paciencia, en el momento adecuado para todos los alumnos, cuando ya están verdaderamente listos y con el entusiasmo preciso para descubrir el mundo de las letras.

Veo muy necesario que encontremos la forma de respetar la evolución de cada alumno, sin prisas, desde la observación individual, dando tiempo suficiente para jugar de forma libre y para construir los andamiajes de toda una vida de aprendizaje, de forma equilibrada y consciente, sin dejar de lado las tan importantes habilidades motrices, el despliegue de un organismo sano, fuerte, flexible y coordinado.

Ojalá podamos transformar todo esto y llevar mayor conciencia y serenidad al acompañamiento de una de las etapas más bonitas e importantes de la vida.

Sara Justo Fernández. Maestra y formadora en pedagogía Waldorf.

Autora del libro «Crecer para educar«

*Este artículo es un adelanto de mi próximo libro, que publicaré a través de una campaña de crowdfunding en los próximos meses. Es un proyecto muy especial lleno de sorpresas, si quieres estar al día de todo, te puedes suscribir a mi newsletter gratuita aquí.

*Fotografía de Chanwit Whanset

La enseñanza de la lectoescritura desde el arte

Libélula en el trigal

Uno de los rasgos más característicos de la educación Waldorf es la manera en que se enfoca el proceso de aprendizaje de la lectoescritura. Hoy voy a describir brevemente los principios en los que se basa y qué beneficios aporta a la infancia.

Para poder entrar en detalle, explicaré primero cómo concibe Rudolf Steiner el arte de educar. Para él, la educación debe abarcar al ser humano completo, dirigiéndose tanto al desarrollo del intelecto como a lo emocional y a lo volitivo. Esto es especialmente importante en los primeros años de enseñanza pues, tal y como he comentado en muchos de mis artículos, memorizar conceptos que todavía no se pueden comprender ni experimentar, equivale a comer alimentos que no se puede digerir.

En el caso que nos ocupa, sabemos que el arte de leer se ha ido desarrollando a lo largo de la evolución de la cultura. Las formas de las letras, la manera en que se unen entre sí, se basa actualmente en una convención establecida, pero no siempre fue así. En un primer momento, sí que había una relación entre la forma abstracta de las letras y lo que representaban. Y también una intención comunicativa muy clara de una historia, de una experiencia vivida.

La propuesta de la pedagogía Waldorf consiste precisamente en remontarnos a los orígenes de la escritura, cuando la grafía y lo que representaba tenía cierta relación y partía de la actividad pictórica y de una experiencia.

El proceso de aprendizaje parte de una historia contada por el adulto, donde lo que sucede está relacionado con una palabra que empieza por una letra. Esta palabra, además, representa algo que tiene una forma muy similiar a esa letra. Por ejemplo, si vamos a trabajar la letra “m”, la historia puede ser sobre dos amigas que deciden hacer una excursión hacia una montaña muy alta que tiene dos picos iguales.

Después de contar la historia, se dibuja una escena en la pizarra y allí los niños descubren la letra escondida, a través de las pistas sonoras de las palabras de la historia. Esto conlleva un ejercicio de asociación de todos sus sentidos y conocimientos previos, al tiempo que apela a lo emocional, a través de la alegría del descubrimiento y de las experiencias que se suceden en la historia. Tras descubrir la letra, los alumnos dibujan la imagen con todos sus detalles y practican la escritura de la letra. Y por último, leen lo que han escrito. Esto sucede a lo largo de varios días.

La parte artística armoniza el aspecto más intelectual y convencional de la escritura y de su continuación, la lectura. Este es el camino de la voluntad: inicia con la parte donde el niño está plenamente activo, en el dibujo y en la escritura, para llegar hasta la lectura, que es la parte más intelectual del proceso.

Cuando trabajamos desde lo artístico, el aprendizaje se convierte en algo mucho más significativo y sencillo de asimilar. Se produce en los niños un entusiasmo muy particular y cada día llegan a la escuela deseando descubrir una nueva letra. El arte actúa de manera profunda sobre la naturaleza del ser humano, lo alcanza en su conjunto. Consigue unir lo intelectual, con el sentir y el hacer.

Se genera una mayor capacidad para recordar, pues todo lo que se descubre desde la emoción y la actividad propia, se integra de forma mucho más profunda. De hecho, la palabra “recordar” proviene del latín “recordari”, que significa literalmente “volver a pasar por el corazón”i.

Tal y como describía antes, es importante iniciar el aprendizaje por la escritura, pues esta parte del proceso requiere que el niño se implique completamente, desde la acción de las manos y su coordinación con la vista, hasta el reconocimiento de cada grafía. Más tarde, cuando empiece a leer, podrá identificar con facilidad aquellas formas que primero elaboró con todo su ser. De esta forma, la lectura equivale a reconocer algo que ya hemos experimentado, y esto facilita ese “recordar” del que hablaba.

Este sería el proceso de aprendizaje de la lectoescritura, que abarcaría el primer año de escuela primaria. Hay muchos motivos por los cuales es importante esperar a la madurez escolar para inciar este proceso; es un tema profundo que abarcaré en mi próximo artículo para darle el espacio que merece.

Como pensamiento final, siento que, en algunos sectores de la educación, se está perdiendo la visión global, inclinando la balanza hacia una enseñanza cada vez más abstracta y alejada de la vida, separando en compartimentos estancos conocimientos que integran un todo completo, sustituyendo por pantallas la experiencia real que aporta el juego libre y el arte.

Esto dificulta el aprendizaje y la comprensión profunda, llevándonos a conocer solo una parte de la realidad, desde una perspectiva meramente intelectual, desconectada del sentir. Y lo más alarmante es que sucede desde edades muy tempranas, reduciendo el juego y las actividades artísticas a unas pocas horas semanales, olvidando el lugar que deberían ocupar en la enseñanza.

Ojalá podamos recuperar la noción de la importancia del arte y el juego en la educación y, por supuesto, en nuestras vidas.

*Este artículo es un adelanto de mi próximo libro, que publicaré a través de una campaña de crowdfunding en los próximos meses. Es un proyecto muy especial lleno de sorpresas, si quieres estar al día de todo, te puedes suscribir a mi newsletter gratuita aquí.

Sara Justo Fernández. Maestra y formadora en pedagogía Waldorf.

Asesoramiento a familias y docentes sobre temas educativos, de aprendizaje y crianza.

Cómo acompañar el desarrollo emocional en la adolescencia

Jóvenes al atardecer

En el último artículo hablaba sobre la importancia de la experiencia propia como base del aprendizaje en la infancia. Esto evoluciona y se transforma a partir de los doce años, así que hoy voy a ampliar el tema, llevándolo al terreno del acompañamiento del desarrollo emocional en la adolescencia.

El ser humano necesita ser reconocido y escuchado, en todas las etapas de la vida. En la adolescencia, que es cuando más se necesita ese reconocimiento, es cuando resulta más difícil para los adultos darlo. ¿Por qué? Porque el adolescente pone en duda nuestras creencias más firmes sobre la vida, aquello que sustenta el modo en que hacemos las cosas y las elecciones que hemos hecho y hacemos cada día.

Algunas de estas creencias las hemos heredado, otras las hemos adquirido a través de las situaciones que hemos experimentado o las hemos adoptado porque son lo adecuado según la sociedad en la que estamos inmersos. Todas ellas están fuertemente enraizadas en nosotros y es muy posible que las percibamos como la única manera en la que se deben hacer las cosas. Incluso aunque no nos causen felicidad, sentimos que la vida es así y es así como se debe vivir.

Cuando tratamos de transmitir nuestra forma de ver la vida a un adolescente, no tiene más remedio que rebelarse. Necesita romper con todo para descubrir sus propias normas, debe experimentar por si mismo para poder actuar con plena responsabilidad y conciencia. No le sirve nuestra experiencia, porque es una persona diferente a nosotros y no tiene el mismo entorno ni las mismas circunstancias que dieron lugar a nuestro saber.

Cuando tiene un conflicto o una nueva situación, lo que realmente necesita es poder expresar su opinión, escuchar su propia voz expresar lo que su mente discurre, argumentar sus ideas sin tener ya encima el peso de las nuestras.

Y después, si somos capaces de escuchar con plena apertura y sin prejuicios, es posible que incluso nos pida nuestra opinión.

No debemos decidir por él, podemos pintar una imagen, aportar nuestro saber sin imponerlo, contar una pequeña anécdota de una situación similar que hayamos vivido, de alguna vez que hayamos metido la pata hasta el fondo. Pero siempre dejando la puerta abierta a posibles opciones, sin sentenciar a una única salida.

El problema es que queremos evitar que se equivoque, porque sentimos que va a sufrir. Queremos allanar el camino, ahorrarle disgustos y a veces incluso, caminar por él, haciendo aquello que debería hacer por sí mismo. Y esto mina su confianza, pues el mensaje que escucha es: “Te vas a equivocar, tú no sabes, no puedes, yo lo hago por ti”, aunque no lo expresemos con palabras.

Nos puede ayudar recordar cuando era bebé e intentaba aprender a darse la vuelta solo. Ese momento en el que dejas al bebé sobre la cama boca arriba e intenta darse la vuelta para ponerse boca abajo. Hasta que lo aprende, se frustra y llora. Nos encantaría poder decirle cómo se hace, pero no podemos. Ni siquiera poniéndonos al lado y haciéndolo nosotros para que nos imite. No funciona, lo tiene que aprender desde dentro, tras muchos intentos fallidos. Y si le damos la vuelta, entonces intenta volver a darse la vuelta o se pone a llorar, porque lo que quiere es aprender y hacerlo solo. Lo único que podemos hacer es acompañarlo en su sentir, en su frustración, y confiar en que un día será capaz de darse la vuelta. Y así sucede cuando llega el momento.

Esta imagen nos puede ayudar a entender qué necesita verdaderamente un adolescente: Confianza. Apoyo y acompañamiento en sus descubrimientos. Cariño. Que lo miremos con amor y una sonrisa, sabiendo que llegará donde se proponga. Y, si nos pide consejo, unas palabras amables que no determinen una única verdad absoluta, sino que apunten a las posibilidades que tiene la vida.

Desde este enfoque dejamos en sus manos las decisiones que les conciernen, evitando intervenir incluso si no estamos de acuerdo. Y decidimos en aquellas que nos competen como padres y educadores. Esto es lo difícil, entender la diferencia entre ambas cosas y saber cuándo debemos dejar ese espacio de decisión. Una pista puede ser sentir qué aspectos son esenciales para ellos y qué otros aspectos tienen que ver más con la convivencia o con la enseñanza. Cuanta más autonomía podamos dar, sin abandonar lo que consideramos esencial, mejor.

Por ejemplo, si llega el fin de semana y quiero que mi hija venga conmigo al teatro, pero ella prefiere quedar con sus amigos, debo respetar esa decisión. Estamos hablando ya de los catorce años en adelante. Si insisto en que venga en contra de sus deseos, solo voy a conseguir despertar aversión y minar mi autoridad. Sin embargo, si dejo que elija estar con sus amigos, quizá descubra más adelante la belleza del teatro. O no. Pero por lo menos no habremos creado rechazo. Esto también sucede si intento convencerla diciéndole lo mucho que me gustaría que viniese; si se siente obligada a venir para que yo me sienta bien, produce el mismo efecto.

A partir de los 12 años, la socialidad con los iguales ocupa el puesto prioritario. Todo lo demás es secundario. Los adolescentes necesitan entenderse con el otro, encontrar su lugar, aprender a decir lo que piensan y ser parte del grupo sin perder su individualidad. Es el momento de hacer este trabajo y ellos inconscientemente lo saben. Por eso lo piden y lo buscan. Si los sacamos de ahí para hacerles ver algo que como adulto consideramos cultura, lo que conseguimos es que no lleguen a disfrutar ni una cosa ni la otra.

Ni que decir tiene que hay tiempo para todo, y que, si hemos sembrado ciertas semillas durante la infancia, es muy probable que sí que quieran seguir haciendo algunas cosas con nosotros, o practicando hobbies que ya están instaurados desde la infancia, como tocar un instrumento, hacer deporte o actividades artísticas. Esto puede acompañarlos y ser un pilar básico en las transiciones de la vida.

En cualquier caso y como conclusión, lo esencial a la hora de acompañar el desarrollo emocional en la adolescencia es recordar que cada uno encuentra su felicidad en su propio camino y que todos necesitamos ser reconocidos en nuestra esencia y en nuestro sentir. Y que lo que más puede acompañar a otro ser humano es el calor de la confianza y el amor.

Sara Justo Fernández. Maestra y formadora en pedagogía Waldorf.

Autora del libro «Crecer para educar«

Foto de Helena Lopes

La experiencia propia como base del aprendizaje en la infancia

Tres amigas sentadas al atardecer

Una de las fases que más me llama la atención del crecimiento infantil es la etapa del «por qué». Es ese momento en el que empiezan a tener un mayor dominio del lenguaje y hacen preguntas de todo tipo al adulto, desde una curiosidad innata e inocente, desde las ganas de descubrir el mundo que les rodea.

Cuando esto sucede, el adulto empieza a dar explicaciones, a veces simples, otras mucho más complejas, pero normalmente sin conseguir saciar la curiosidad del niño. Esto sucede porque lo que necesita ese niño no es una respuesta racional, una teoría que no puede comprender. Lo que necesita quizá es escuchar su propia voz y la del adulto, encontrar sus propias respuestas y vivir desde la experiencia todo aquello que será el andamiaje de sus futuros saberes. O incluso vivir en la pregunta y dejar que sea ella quien guíe sus descubrimientos.

Cuando ofrecemos una explicación teórica y puramente intelectual antes de tiempo, tal y como comentaba en varios artículos anteriores, llenamos de ideas vacías la cabeza del niño, lo llevamos a adquirir un pensar prestado que todavía no puede ni siquiera poner en tela de juicio.

Recuerdo con cariño una charla con una de mis primas pequeñas sobre la fuerza de la gravedad. Era verano, yo debía tener unos catorce años y ella nueve. Me contaba que en la escuela le habían explicado qué era la fuerza de la gravedad y cómo funcionaba, y lo había entendido casi todo, pero tenía una pregunta sin resolver, que era la siguiente: “Si todo cae hacia abajo, ¿cómo es que los que están en el hemisferio sur no se caen?”

Y yo me pregunto, ¿qué necesidad hay de explicar de forma teórica este tipo de conceptos en una edad en la que deberían estar experimentando por sí mismos los principios de la física? ¿No tendría mucho más sentido hacerse preguntas sobre sus propios descubrimientos en el medio que les rodea y sobre el que pueden experimentar?

La educación Waldorf en la escuela primaria parte desde este principio: lo primero es la experiencia y el sentir. Cuando presentamos un nuevo tema, es desde la actividad propia y la emoción del descubrimiento. Después proponemos integrar este nuevo conocimiento de forma artística, ya sea a través del dibujo, de la creación de una maqueta o cualquier otra forma de expresión. Y ya por último, cuando se ha comprendido de forma viva ese contenido, se plasma en el cuaderno para ponerlo en palabras y acabar de integrar su significado.

Cuando trabajamos de esta manera, dejando la conceptualización para el final, los contenidos pueden expandirse mucho más, dando lugar a hallazgos inesperados y nuevas conexiones, dejando espacio para que el propio concepto pueda crecer a lo largo de toda la vida.

Esto es especialmente importante entre los 6 y los 12 años, y se refiere sobre todo al contenido académico. A partir de los 12 años, ya con el desarrollo pleno del pensamiento abstracto, se puede ir más allá, presentando distintos puntos de vista y trabajando desde lo conceptual, evitando las verdades absolutas, dejando espacio para el descubrimiento propio e incluso, la intuición.

Recuerdo a un maravilloso maestro que conocí en la formación Waldorf de Oriago, que siempre dejaba una pregunta en el aire al terminar la clase, pregunta que dejaba sin contestar y que sembraba en los alumnos la capacidad de reflexionar, de discurrir y descubrir por sí mismos las posibles respuestas…o incluso más preguntas. Conseguía encender el fuego del entusiasmo por el conocimiento del mundo y así acogía todas las respuestas con gran reverencia, descubriendo en cada una de ellas tesoros geniales.

Si enseñamos desde conceptos fijos, no hay posibilidad de ampliación, de encontrar algo nuevo, ni de hacer nuestro el contenido. La educación puramente intelectual que excluye la experiencia propia del alumno se convierte casi en un acto de fe, pues no parte del descubrimiento propio, sino del ajeno.

Para que las nuevas generaciones puedan aportar lo que traen al mundo, tenemos que crear un espacio en el que puedan descubrir y expresar quiénes son, desarrollar su conocimiento propio y tener la libertad de pensar por sí mismos. Si partimos con las respuestas ya dadas, matamos de algún modo el motor del aprendizaje real. Además, no hay nada que recordemos mejor que lo que hemos descubierto a través de nuestra propia experiencia.

Ojalá podamos dar un paso atrás para dejar ese espacio de creatividad y descubrimiento, que pueda dar lugar al desarrollo de personas libres en el pensar, en el sentir y en el actuar en el mundo.

Sara Justo Fernández. Maestra y formadora en pedagogía Waldorf.

Autora del libro «Crecer para educar«

Foto de Charlein Gracia

Cómo reparar los efectos de la pandemia en las relaciones sociales

Bosque en otoño

Hace unos días recordaba las reflexiones que gran parte de la sociedad hizo al principio de la pandemia, durante los meses de confinamiento. Aquel parón forzado nos dio la oportunidad de pensar sobre la forma en que vivimos y el efecto que tenemos sobre el medio que nos rodea. Yo incluso sentí que un nuevo modo de vida, más sano y más respetuoso con la naturaleza, era posible, y que aquella situación podía enseñarnos a valorar lo que realmente nos hace felices.

La realidad es que, ese primer momento de reflexión, se perdió en gran parte cuando volvimos a la calle. El miedo y las restricciones nos llevaron a separarnos todavía más unos de otros y a dejar de vernos de forma amigable y positiva. Se instaló la desconfianza y el temor por la incertidumbre de no saber de dónde venía el peligro.

Había personas que seguían a rajatabla las instrucciones de las autoridades y otras que no; unas por convicción, otras por el qué dirán, algunas por cansancio acumulado y muchas por miedo, lo que llevaba a cada persona a defender su propia verdad como única opción y juzgar al otro como erróneo. Era común encontrar campos de batalla entre familiares y amigos, entre colegas en el trabajo.

Toda esta situación, que se ha expandido en el tiempo hasta el día de hoy, unida al aumento del uso de pantallas y redes sociales, ha tenido un efecto desastroso en la sociedad, creando una gran distancia entre las personas y una sensación de hartazgo y desconfianza enorme.

Encuentro más que nunca a personas que no ven a los demás, que no los registran ni los reconocen. Se cuelan en las rotondas y en la cola del supermercado y del autobús, o se chocan contigo porque no te han visto, y si te han visto, no les ha importado. Es como si el otro hubiera dejado de ser un igual, de ser persona. Hay una creciente ceguera que solo nos permite percibir, con suerte, a los de nuestro clan, y sin ella, a nosotros mismos y nada más. Es una especie de modo de supervivencia, en el que la ley del más fuerte, o en este caso, del más rápido, está volviendo a imperar, escalando como nunca la agresividad y el desdén hacia los demás.

Me parece urgente que abramos los ojos y hagamos todo lo que esté en nuestra mano para sanar estas emociones y volver a ver las relaciones interpersonales como fuente de bienestar, salud y felicidad. Especialmente por la infancia y por la juventud. Han tenido que vivir reprimiendo lo que en estas edades es más necesario; el contacto físico, la caricia, la sonrisa, el juego, los abrazos, las charlas interminables con los amigos… Algunos han pasado al extremo opuesto y ya no consiguen relacionarse con nadie, excepto con los familiares más cercanos, otros intentan recuperar el tiempo perdido quizá con una punzada de culpabilidad. Sea como sea, todos ellos necesitan de nuestro apoyo para poder recuperar la tranquilidad, la confianza y la alegría.

Una de las maneras más sencillas que conozco para ello es volver a la naturaleza. Hemos pasado un tiempo de mucho pensar y mucho temer, un tiempo en el que nuestra mente era la gran protagonista y reinaba sobre todo lo demás. Necesitamos hacer borrón y cuenta nueva y sentir que tenemos la suerte de estar vivos; habitar nuestro cuerpo, percibir el calor del sol y la caricia del agua en la piel, tocar tierra, caminar por la arena…

Si unimos esto a volver a mirar a los ojos a las personas que se crucen en nuestro camino, ofrecer una sonrisa, una palabra amable, un “pasa tú primero que llevas cuatro cosas” en el supermercado y un interés genuino por el bienestar del otro, conseguiremos volver a sentir la grandeza de ser humanos y estar vivos, juntos.

Ojalá así sea.

Sara Justo Fernández. Maestra y formadora en pedagogía Waldorf.

Autora del libro «Crecer para educar«

Foto de Jamie Taylor

El desencanto del materialismo y su efecto en la infancia

Acuarela de un roble al atardecer

En este artículo voy a hablar sobre el efecto que tiene la visión materialista de la sociedad actual en la infancia. Siento que cada vez se da más valor a aquello que el dinero puede comprar, en detrimento de la apreciación de cosas sencillas, como disponer del tiempo suficiente para descansar o para sentarse a leer un libro. Además, cada día muere un poco la capacidad humana de asombrarse y admirar las cosas que no se pueden comprender, desechando todo aquello que no se pueda comprobar a través del método científico, proclamándolo falso, queriendo evitar la incertidumbre de la vida.

Esto repercute especialmente en los niños, que dejan de vivir en su mundo mágico cada vez más temprano, quedando desencantados y desconectados de su esencia más auténtica.

Lo curioso es que el hecho de no poder comprobar algo no significa que no exista, significa, simplemente, que no se puede comprobar. Pero de algún modo nos hemos convencido para negar la incertidumbre y, por el camino, hemos perdido la capacidad de soñar, quedándonos con una realidad en la que sólo hay cabida para aquello que podemos tocar.

Hemos dejado de venerar la luna y el sol, la naturaleza y su representación en los dioses mitológicos, para ponernos al servicio de los bienes materiales, muchas veces de forma esclava, perdiendo nuestra libertad, nuestra fantasía y nuestra capacidad de disfrutar de lo intangible.

Creo que no somos conscientes de la gran pérdida que estamos sufriendo, se extiende como una pandemia invisible que nos roba alegría y las fuerzas anímicas necesarias para hacer realidad las ideas que tenemos, manifestando nuestro verdadero propósito. Cuando nos limitamos a creer sólo aquello que vemos, nos negamos la posibilidad de manifestar aquello que todavía no se ha materializado. Nos condenamos a una sociedad que no puede cambiar de paradigma, que solo puede repetirse de forma infinita.

Como decía al principio, lo más grave es el efecto que este pensamiento tiene en los niños; les sacamos de su mundo de ensueño donde todo es posible, a la primera oportunidad. No somos conscientes de que necesitan imaginar y expandir su pensamiento sin los corsés de lo razonable, de lo científico. Y, en vez de respetar su necesidad, nos empeñamos en responder cada una de sus preguntas con teorías adultas que no pueden ni deben comprender todavía. O, lo que es peor, les decimos que no existe aquello que sienten como verdadero.

Y, confundidos y desencantados, buscan en la materia un referente digno de los antiguos dioses… pero sólo encuentran al influencer de moda, que les muestra cómo sumergirse todavía más en la materia, dependiendo de los “me gusta” de personas que ni siquiera conocen para sentirse parte de algo más grande, sin saber que ese sentimiento les pertenece por derecho propio.

Me parece muy necesario que los que hemos vivido otra forma de ver el mundo podamos transmitir a las nuevas generaciones todo lo que puede ofrecer.

Todavía recuerdo el día en que una amiga me dijo que los Reyes Magos eran los padres… No me lo creí, ni en ese momento ni mucho después, tenía clarísimo que había magia en aquella noche, y esa magia me ha acompañado hasta el día de hoy.

Tuve la suerte de tener una infancia llena de amor, en la que sentía, gracias a mis padres, que había algo más grande que yo que me protegía, algo más grande incluso que ellos mismos, a quien siempre podía pedir ayuda, y que velaba por mí.

Esta imagen bondadosa, ya fuera la compañía de mi ángel guardián o la sensación del mundo espiritual como algo más amplio, me confortaba y me hacía sentir que el mundo estaba bien orquestado y que podía confiar en la vida.

Más adelante, tal y como sucede en el desarrollo sano de la individualidad de cada ser humano, puse en duda todas las creencias que había recibido y exploré otras culturas con perspectivas diferentes, para poder finalmente llegar a mi propia verdad. Y, aunque algunas de esas creencias cambiaron, la sensación de que el universo me cuida, de que hay algo inherentemente bondadoso y sabio en la vida, en la naturaleza, me acompaña desde niña y nunca me ha abandonado. Este ha sido el mayor apoyo que he podido tener en mi camino, lo que me ha hecho superar los momentos más oscuros de desesperanza y de desánimo.

Siento que esta percepción de la vida está desapareciendo, dejando un vacío que los dioses de barro no pueden llenar, llevando a la adolescencia a esa dependencia malsana del mundo virtual. Necesitamos volver a apreciar lo humano y lo divino, haciendo espacio a la intuición, a la posibilidad de un nuevo paradigma que está por descubrir.

Y la vuelta a la apreciación de la naturaleza y su magia es uno de los mejores caminos para ello.

Sara Justo Fernández. Maestra y formadora en pedagogía Waldorf.

Autora del libro «Crecer para educar«

Qué nos impide hacer realidad nuestro verdadero propósito

Paisaje en acuarela

Siguiendo el hilo de mi último artículo, en el que hablaba sobre la importancia de distinguir lo esencial de lo urgente, hoy voy a hablar sobre los motivos que nos impiden dedicarnos a aquello que nos hace realmente felices. Tomar conciencia de ello puede ayudarnos a dar a nuestro verdadero propósito el espacio que merece.

Una de las causas principales es nuestra percepción del deber. Solemos dedicarnos en primer lugar a lo que sentimos como una obligación y dejamos para después lo que percibimos como un disfrute, casi como un lujo.

Generalmente consideramos obligaciones aquellas tareas que nos requiere el mundo desde fuera y que se relacionan con un ideal, o con el bienestar material o social. A menudo las percibimos como algo que cuesta esfuerzo y que hacemos por un sentido del deber.

Esta percepción de lo que es obligatorio pone los requerimientos externos por delante de lo que, en nuestro fuero interno, sabemos que nos hace bien. La cuestión es que postergar la escucha interna y las necesidades propias por las necesidades ajenas o las demandas del mundo exterior, puede traer sufrimiento y nos desconecta de nuestro verdadero propósito.

Algo que nos puede ayudar a reorientar el sentido del deber es meditar sobre para qué estamos vivos. Todas las personas tenemos dones, habilidades que nos hacen sentir plenos y felices. Y en vez de dedicarnos a ello, nos enfocamos en lo que supuestamente va a darnos un sustento, en lo que la sociedad pide de nosotros o en lo que nos va dar un reconocimiento externo. Y el trabajo se convierte en una obligación en vez de en algo que nos llena y nos nutre. Y todo aquello que podríamos aportar a la sociedad desde lo que realmente hemos nacido para hacer, se pierde. Y con ello se pierde también el posible cambio de un mundo que va a la deriva.

Las nuevas generaciones no están dispuestas a poner por delante el deber, pero, enterradas en las redes sociales, tampoco conocen su verdadero propósito y a menudo se aferran a aquello que les produce un placer momentáneo, un reconocimiento superficial, para sentirse vivas. Y, si los adultos no hemos descubierto cómo ser felices y vivimos desde la obligación, difícilmente vamos a poder ofrecerles una alternativa digna a ese mundo virtual.

Es preciso tomar conciencia de todo esto y plantearse cuál es nuestro verdadero deber y colocarlo en primer lugar. Y la mejor pista es saber que nuestro propósito real nos hace sentir bien, plenos y entregados a la vida. Es aquello que hace que el tiempo se pare y que aporta felicidad, tanto a nosotros mismos como a nuestro entorno.

Otra de las causas fundamentales de la postergación de aquello que nos hace felices es el miedo al resultado, el miedo a qué pasaría si realmente nos dedicáramos a lo que nos gusta de verdad, a lo que valoramos profundamente.

Mostrar al mundo algo que es una parte esencial de nosotros, apostando por hacer realidad nuestros sueños, implica un gran riesgo. Salga bien o salga mal, provocará un cambio en nuestras vidas y tendremos que tomar nuevas decisiones y asumir nuevos retos. Si no lo conseguimos, tendremos que lidiar con la desilusión y con el hecho de volver a empezar. Y, si tenemos éxito, será un gran desafío, pues parte del mundo conocido desaparecerá y habrá que caminar por un terreno totalmente nuevo.

Esto da mucho vértigo, así que a menudo preferimos quedarnos como estamos pues, tal como dice el refrán: “Más vale malo conocido que bueno por conocer”. Este dicho refleja claramente ese miedo tan humano al cambio, a lo que la vida nos pueda traer si intentamos conseguir lo que realmente queremos.

Sin embargo, cuando nos atrevemos de verdad y salimos de la comodidad de lo malo conocido, nos llenamos de una vitalidad que regenera por completo nuestra existencia.

Estos dos factores; colocar en primer lugar el deber mal entendido y el miedo a hacer nuestros sueños realidad, dificultan que nos dediquemos a lo que verdaderamente amamos. En vez de vivir desde nuestra esencia, estamos viviendo una vida prestada, una vida de otro. Y desde esa infelicidad, difícilmente podemos mostrar un camino que merezca la pena andar a los que vienen detrás.

Pero si logramos esclarecer nuestro propósito y nos atrevemos a hacerlo realidad, recuperaremos ese entusiasmo por la vida que puede hacer de esta tierra un verdadero paraíso. Y lograremos ser un valioso referente para aquellos que están en proceso de convertirse en adultos.

Sara Justo Fernández. Maestra y formadora en pedagogía Waldorf.

Autora del libro «Crecer para educar«

La importancia de distinguir lo esencial de lo urgente

Central Park

En otras ocasiones he hablado sobre la incidencia que tiene nuestra sociedad y su ritmo frenético en las relaciones sociales y en la capacidad de formar vínculos y percibir al otro. Hoy quiero profundizar en algo más concreto, que es la importancia de aprender a priorizar lo que consideramos esencial, lo que verdaderamente amamos.

A menudo observo cómo nuestra forma actual de vivir deja lo importante en un rincón, esperando a un tiempo posterior en el que hipotéticamente tendremos más calma y claridad para ocuparnos de ello. Lo urgente, aquello que se debe hacer sin demora, ocupa el primer lugar y tendemos a acumular largas listas de tareas pendientes, encadenando una tras otra de la mañana a la noche. Con suerte, cuando estamos en la cama, nos damos cuenta de que otra vez hemos olvidado escucharnos y dedicar un tiempo a ese algo esencial que nos da paz y nos ayuda a estar más presentes.

Si nos paramos a pensar qué cosas priorizamos porque son urgentes, nos daremos cuenta de que no siempre son tan importantes como aquello que estamos postergando. A veces es preciso llegar tarde para dedicar tiempo a solucionar un malentendido. O dejar a un lado las tareas de casa para poder jugar con tu hija durante una hora con toda tu atención y presencia. O incluso para disfrutar del sol, que ha salido después de esconderse durante meses.

El problema es que la urgencia se adueña de nuestra mente y nos hace creer que, hasta que no solucionemos aquello, no podremos disfrutar de la calma y la presencia. Nos seduce con la idea de que después de hacerlo estaremos más tranquilos y tendremos tiempo para lo que queramos, pero la realidad es que, probablemente vuelva a aparecer algo urgente en cuanto terminemos.

Esta manera de vivir hace que podamos pasar mucho tiempo sin ocuparnos de nosotros, sin dedicar tiempo a actividades que nos hacen sentir realizados o que nos aportan serenidad.

Para poder ser felices, necesitamos aprender a equilibrar los tiempos, reflexionando sobre lo importante, sin dejarnos llevar por lo urgente. Es posible que tengamos un trabajo que nos llene y nos nutra o que nos ocupemos con amor y total dedicación a nuestra familia, o incluso ambos. Si cualquiera de estas áreas se lleva toda nuestra presencia y energía, sin dejar ese tiempo sagrado para uno mismo, llegará un momento en que sintamos un gran vacío, y nos demos cuenta de que hemos perdido lo más importante por el camino. No es posible ocuparse adecuadamente de algo si no nos ocupamos de nosotros mismos, si nos desatendemos.

Necesitamos recordar qué es aquello que hace que el tiempo se pare y darle un espacio en nuestras vidas. Para cada persona es diferente, pero todos tenemos algo que nos hace volver al centro y recuperar las fuerzas perdidas. Dar un tiempo a esa actividad que nos llena hace que podamos encargarnos mucho mejor de todo lo que venga.

Cuando estamos haciendo aquello que nos hace sentir en casa, es mucho más fácil escuchar a la intuición y ver qué cosas no funcionan en nuestra vida y qué podemos transformar para ser más felices. Cuando estamos siempre a la carrera, resulta mucho más difícil escucharse y encontrar soluciones, por ello es tan importante tener aunque sea cinco minutos al día para recuperar la conexión con uno mismo.

Hay muchas prácticas que nos pueden ayudar a aprender a serenar la mente y crear ese espacio de escucha, como la meditación o el mindfulness. Se puede comenzar simplemente por encontrar un momento durante el día en el que dedicarse varios minutos a llevar la atención a la respiración. Este espacio de silencio es suficiente para empezar a vislumbrar lo esencial.

Cuando tomamos conciencia de nosotros y salimos de la prisa diaria, podemos percibir a los demás de forma real, sin las proyecciones habituales. Nos ayuda a decidir mejor, a elegir aquello que es verdaderamente importante. También a relacionarnos con mayor presencia y a acompañar a la infancia con el amor y la serenidad que merece y necesita. Es uno de los mejores modos de conocernos y realizar nuestro trabajo en el mundo desde la conciencia y la alegría.

Si además conseguimos transmitir el valor de este hábito a las nuevas generaciones, en este mundo donde ya casi sólo existe lo inmediato, estaremos aportando nuestro granito de arena a una necesaria transformación social.

Sara Justo Fernández. Maestra y formadora en pedagogía Waldorf.

Autora del libro «Crecer para educar«

La observación como base de la educación y la crianza

Niño jugando en la arena

Cuando formamos una familia o nos convertimos en maestros, es frecuente que la falta de experiencia nos convierta en un mar de dudas.

Ya sea por lo que dicen nuestros familiares y amigos o por lo que hemos leído y estudiado en la carrera, tenemos un ideal sobre cómo deberían ser las cosas, acompañado por un sinfín de teorías y de creencias, a veces contrarias entre sí, sobre lo que deberíamos hacer. Pero cuando las llevamos a la práctica, las cosas no funcionan tal y como dicta la teoría.

Quizá antiguamente era distinto; el saber popular relacionado con la crianza iba pasando de madres a hijas y se hacía lo que siempre se había hecho, sin apenas cuestionarlo. Había un modo de educar bastante homogéneo que no dejaba lugar a dudas, aunque seguro que existían excepciones.

Hoy en día, la situación ha cambiado mucho. En primer lugar, con la separación de los núcleos familiares extensos ya no solemos tener a nuestra disposición la presencia y sabiduría de los abuelos. Nos hemos convertido en familias aisladas, con el único apoyo de guarderías y escuelas, sin tiempo y con mucho estrés. En segundo lugar, hay tantas corrientes pedagógicas que es muy difícil discernir qué es lo adecuado, y a menudo elegimos cómo actuar basándonos en las dificultades que tuvimos en nuestra propia infancia.

El conocimiento que poseemos sobre la crianza y la educación procede en su mayor parte de la teoría o de nuestros propios traumas infantiles. Vivimos la crianza intentando evitar lo que nosotros sufrimos, yendo hacia el otro extremo, actuando desde nuestras heridas o nuestra mente, desconectados de la intuición, sin pararnos a observar qué es lo que realmente necesita ese ser que tenemos delante. Y con el ritmo de vida que llevamos, no nos damos cuenta de que lo que nos falta es tener un conocimiento real, que provenga de la experiencia.

Tanto para la crianza como para la educación, es imprescindible tomarnos el tiempo necesario para escuchar y observar. Cada ser humano es único e irrepetible, no existen recetas que sirvan para todos por igual. Solo a través de la observación* podemos conocer, solo a través del conocimiento podemos amar y solo a través del amor podemos acompañar al otro en el desarrollo de su potencial para ser feliz.

Si bien es cierto que tener tiempo tal y como está estructurada la vida hoy en día es casi imposible, no por ello debemos rendirnos. Cuando algo no funciona, hay que cambiarlo. Tenemos a la infancia totalmente abandonada en manos ajenas o, mucho peor, en medios audiovisuales y redes sociales, buscando el calor, el reconocimiento y la compañía que necesitan en un lugar frío y engañoso.

Es preciso hacer un cambio en nuestras vidas y conseguir tiempo de calidad para acompañar a la infancia. Dejar la teoría a un lado y empezar a conocer a nuestros hijos y alumnos. Pasar tiempo con ellos, ofreciendo un espacio cariñoso y sereno donde se puedan desarrollar felices. Si solo disponemos de media hora al día, que sea media hora de presencia absoluta, con el móvil y la televisión lejos y apagados, con la mente libre y el corazón dispuesto a escuchar, sentir, conocer y amar.

Cuando conseguimos estar presentes de esta forma, se crea el verdadero vínculo, desaparecen las carencias y la sensación de abandono, y la infancia puede crecer en autoestima, estable y feliz, desarrollando todos sus dones y confiando en la vida.

Y nosotros, como adultos, conseguimos acompañar su crecimiento desde la seguridad de lo que hemos experimentado, y esto nos permite poner límites sanos cuando es necesario y convertirnos en la autoridad amada.

Sara Justo Fernández. Maestra y formadora en pedagogía Waldorf.

Autora del libro «Crecer para educar«

*Si te interesa saber más sobre la observación y cómo ponerla en práctica en tu día a día, puedes leer aquí varias maneras de hacerlo, que son parte de la pedagogía Waldorf.

La desconexión del sentir en la infancia

Paisaje en acuarela

En mi último artículo hablé sobre las dificultades que puede producir la intelectualización temprana en la infancia, refieriéndome sobre todo a la enseñanza de materias formales como las matemáticas o la lecto-escritura.

En esta ocasión, voy a hablar sobre la importancia de evitar la racionalización del mundo emocional, describiendo cómo acompañar a la infancia de manera que pueda gestionar sus emociones y conformar, en el momento adecuado, un pensamiento ético propio.

Para ello es necesario revisar la forma en que nos dirigimos a los niños y el lugar donde los posicionamos. A menudo les pedimos que respondan como adultos ante situaciones que todavía no pueden llegar a comprender, como por ejemplo, ante conflictos con otros niños, o cuando queremos convencerlos de que algo es bueno o no para ellos.

El problema es que, con nuestros razonamientos y palabras, les alejamos de su sentir y les llevamos a un aprendizaje aparente de lo moral, de lo que está bien o mal. Por su amor al adulto y sin estar preparados, aprenden “de carrerilla” lo que es correcto y lo que no, sin entender por qué, y esto se convierte frecuentemente en un obstáculo que dificulta la comprensión verdadera que puede llegar más adelante, si esperamos al momento adecuado.

Cuando los juzgamos por sus acciones, pueden sentir que hay algo erróneo en ellos, por querer hacer algo que no está bien. A veces, simplemente para evitar la situación conflictiva, la tensión y el enfado del adulto, aprenden las fórmulas que les ofrecemos, como por ejemplo “lo siento” o “perdóname”, y lo dicen porque perciben que así nos complacen, pero no saben realmente lo que significa.

En muchas ocasiones, para evitar ser autoritarios o imponer nuestro parecer, nos justificamos dando explicaciones destinadas a que entiendan algo que todavía no pueden comprender. Pero en realidad esto no ayuda, pues no se trata de convencer a nadie. Se trata de tener claro qué es lo correcto en ese momento, tomar la decisión y comunicarla con claridad, en vez de intentar que nos comprendan desde una abstracción que les queda muy lejos.

Por ejemplo; cuando un niño muy pequeño va a cruzar la calle sin mirar, lo hace porque está en la acción, en el movimiento, y no va a entender que, si le pides que se detenga antes de cruzar, es porque vienen coches y puede haber un accidente. Todavía no es capaz de percibir ese peligro y menos aún si no vienen coches en ese momento. Da igual cómo se lo expliques, cuanto más larga sea la explicación, menos lo entenderá; tendrá una rabieta, asentirá con la cabeza o lo aprenderá de memoria, pero la explicación probablemente le confunda más que otra cosa.

Lo que sí entenderá es que le digas que pare cuando vea la carretera y que te coja de la mano para cruzar. Así de simple.

El adulto sabe por qué no hay que cruzar sin mirar y decide cómo se debe actuar para cruzar la carretera. Lo único necesario es indicar cómo se tiene que hacer y practicar varias veces, llevándolo incluso a la complicidad de tener una señal entre ambos que indique que hay que parar.

Si, en vez de eso, le decimos que está mal lo que hace, que no debe correr así, y que debe entender que eso no se puede hacer porque pueden venir coches, y los coches son peligrosos y mamá se asusta mucho, probablemente lo único que perciba es el susto y el enfado de mamá por algo que ha hecho, y se asuste también, sin entender por qué.

He puesto este ejemplo porque aquí está muy clara la necesidad de actuación. Pero hay otras situaciones en las que no resulta tan obvio cómo acompañar a la infancia sin entrar en juicios y razones.

Por ejemplo, cuando varios niños no se llevan bien entre sí y los adultos nos empeñamos en que hay que llevarse bien con todo el mundo. O que hay que compartir los juguetes y si no lo haces eres egoísta, o que hay que tener amigos para ser feliz, así que debes ceder para conseguirlo. O que hay que besar a los conocidos de tus padres porque es una costumbre social, aunque alguno de ellos te dé repelús.

A menudo les pedimos cosas que nosotros no hacemos, por un código moral que en realidad va en contra de la libertad individual de cada uno y de la conexión con el cuidado de nuestra esencia.

La creencia “hay que ser amigo de todos” es un arma de doble filo, pues puede hacer sentir a los niños que deben aceptar al otro bajo cualquier circunstancia, incluso si molesta, o grita o no los trata bien. Esto hace que se desconecten de su intuición ante el otro y que quizá acepten cosas que no deben.

“Pedir perdón” cuando uno está enfadado y todavía siente que ha hecho bien, hace que se desvirtúe totalmente la palabra. Hay que llegar antes a un sentimiento, a una comprensión profunda del origen del enfado, del dolor… Para poder escuchar y entender el dolor del otro, primero necesitamos descubrir qué es lo que nos ha dañado y comunicarlo. Y, a partir de ahí, podemos comprender al otro, desde el sentir, y abrirnos a la posibilidad del cambio.

Si no acompañamos a los niños en este proceso y los forzamos directamente a pedir perdón, es posible que se cierren al aprendizaje y al cambio y que no integren correctamente el significado verdadero del perdón, de la escucha, del agradecimiento y de la responsabilidad. En su lugar, sentirán culpa y frustración y posiblemente su autoestima se reducirá y el enfado hacia el otro quedará escondido y dispuesto a saltar de nuevo a la mínima ocasión.

Es muy importante tener en cuenta que, para poder percibir las necesidades del otro y empezar a comprender las interacciones sociales, primero tengo que haber desarrollado mi propio autoconcepto de forma sana, y esto no empieza a suceder hasta el paso del rubicón, hacia los nueve años. A partir de esta edad se puede iniciar un trabajo de acompañamiento en este sentido, siempre observando y respetando el ritmo de desarrollo individual.

Es preciso que revisemos la forma en que acompañamos el desarrollo anímico de la infancia y que seamos capaces de escuchar y respetar las emociones y las necesidades innatas de cada niño, sin permitir por ello conductas dañinas, desterrando el moralismo y ayudando a encontrar una solución común, desde el apoyo, el cariño y la presencia. Y, por supuesto, esperar al momento adecuado para poder hacerlo.

Sara Justo Fernández. Formadora de maestros. Especialista en pedagogía Waldorf.

Autora del libro «Crecer para educar«