La esencia de la pedagogía Waldorf

Hace varios días me propusieron colaborar en la creación de un video para explicar los principios esenciales de la pedagogía Waldorf, escribiendo un texto que los describa. Siendo una de las fuentes más importantes y queridas de mi desarrollo profesional, quiero compartir este documento con vosotros, pues define los principios que considero imprescindibles a la hora de acompañar a la infancia. Desde que empecé a trabajar como maestra, a menudo me han preguntado qué es la pedagogía Waldorf y creo que este escrito puede acercar su esencia a personas que quizá no la conozcan todavía. A continuación podéis leer el texto que he escrito para el vídeo y, después, el enlace al documento completo.

El objetivo principal de la pedagogía Waldorf es formar personas libres en cuanto al pensar, al sentir y a la acción. Que cada persona se convierta cada vez más en el ser que es. Digo persona porque esta mirada transforma no solo a la infancia, sino también a los adultos que formamos parte de ella.

Para conseguirlo, partimos de un estudio profundo de la naturaleza humana, que será la guía para el diseño del currículum, definiendo la edad a la que se presentan las diferentes materias y también la metodología que se emplea al tratarlas.

Trabajamos teniendo muy presente que la verdad absoluta no pertenece a nadie y que cada quien debe desarrollar su propia verdad. No se dan conceptos definidos y cerrados, si no conceptos vivos que se pueden expandir, transformar, engrandecer. La intención es despertar preguntas en vez de transmitir contenidos inamovibles.

Para ello evitamos la tendencia de hoy en día de presentar conceptos sin dar imágenes, la intelectualización temprana que excluye el sentir de la experiencia propia. Presentamos vivencias a los alumnos sobre las que después reflexionan, en vez de dar conceptos ya terminados, fijos, sobre los que debatir sin haber tenido una experiencia personal.

Con ello se crean conceptos vivos, reconociendo la realidad, la belleza. Se favorece el desarrollo de un espíritu libre en su búsqueda. No se apela directamente al pensar, si no que trabajamos el sentir y el querer de cada alumno para que se despierte por su propio pensar.

En palabras de Rudolf Steiner: “Nuestro mayor esfuerzo debe ser el desarrollo de seres humanos libres, que sean capaces, por sí mismos, de impartir propósito y dirección a sus vidas”.

Otro de los objetivos es ayudar a encarnar de la mejor manera a los niños; que sean capaces de llegar a todos los rincones de su cuerpo físico y habitarlo con total presencia, con toda su conciencia. Encarnar significa ser capaz de utilizar el cuerpo para hacer todo aquello que decidamos hacer; para ello es primordial percibir qué necesita nuestro cuerpo, movernos con conciencia, llevar la presencia a nuestras sensaciones físicas, descansar, dormir bien, comer sano, hacer ejercicio físico, respirar aire puro, etc.

Uno de los medios más eficaces para conseguir ser dueños de nuestro cuerpo es el trabajo manual: aprendiendo a tejer con dos agujas, haciendo ganchillo, tallando madera, nuestra atención llega hasta las puntas de nuestros dedos, mejorando la coordinación ojo mano y la lateralidad, poniendo en marcha todo un conjunto de funciones físicas de forma rítmica, incluso la respiración.

Por todos estos motivos, el trabajo manual es una de las materias que vertebra la pedagogía Waldorf, y se utiliza ampliamente desde edades tempranas hasta la edad adulta, integrándolo en diferentes clases y empleando materiales adecuados a la destreza y capacidad de cada curso.

El tercer y último objetivo es el desarrollo sano del mundo emocional. Esto se consigue a través del arte, que está presente en todas las materias de diversas maneras y también como materia en sí misma. Diría que ser maestro Waldorf es hacer del arte el principal medio de enseñanza. Todo, desde la forma en que se narran los cuentos en infantil, hasta la manera en que se cuida la disposición del aula, está elegido desde la sensibilidad y la intención de llevar belleza y armonía al día a día de la escuela. Y desde la imitación propia de la infancia, se aprende a valorar y apreciar el mundo artístico al verlo reflejado en el maestro y en la propia clase.

El arte está profundamente relacionado con el mundo emocional, tanto el uso del color en el arte plástico, como el efecto que tiene la combinación de diferentes notas musicales en el alma humana, todo ello nutre la capacidad de sentir y reconocer nuestras emociones. Además, el hecho de practicar cualquier materia artística en grupo tiene la capacidad de mejorar las relaciones sociales y es un gran beneficio para la clase.

Existe una disciplina artística específica, creada por Rudolf Steiner, que se practica en las escuelas Waldorf; se llama euritmia. En pocas palabras se podría describir como la representación de los sonidos musicales y las palabras por medio del movimiento del cuerpo. Cuando se realiza en grupo, es una experiencia verdaderamente hermosa, que trabaja las relaciones sociales entre las personas. Suele ir acompañada con música de piano en vivo.

Como conclusión diría que la esencia de la pedagogía Waldorf está en la capacidad de observar, empatizar y acompañar a la infancia con el propósito de facilitar que cada quien se convierta en la mejor versión de sí mismo, aportando así su luz propia al mundo.

Os dejo con el video, espero que os guste y os sirva.

Texto de Sara Justo Fernández, narrado por Carolina Hernández y editado por la página Palabra de Rudolf Steiner.

Sara Justo Fernández. Formadora de maestros. Especialista en pedagogía Waldorf

La importancia de la transformación personal en la crianza y la enseñanza

En este artículo voy a hablar de la importancia de nuestro trabajo de observación y transformación personal a la hora de acompañar a la infancia, ya sea en el entorno del hogar o de la escuela.

La intensa vinculación emocional que hay entre los miembros de una familia hace que todo lo que sucede en la esfera del hogar tenga un impacto profundo. También el profesorado, especialmente si acompaña un mismo curso durante varios años, tiene una gran influencia sobre el desarrollo emocional de sus alumnos, pues se convierte en un referente cotidiano con quien comparten la mayor parte del día.

Las famosas neuronas espejo, aquellas que funcionan a toda potencia en la más tierna infancia, se encargan de que los niños reproduzcan todo aquello que perciben. La imitación del entorno es la base del aprendizaje, es mediante la repetición de lo que nos rodea que conseguimos comprender e integrar nuevas habilidades y conocimientos. Pero no sólo se imita lo que se ve, también se interiorizan actitudes ante la vida, prejuicios, miedos, hábitos, creencias y formas de abordar los problemas que se presentan ante nosotros.

Si somos personas que sabemos relajarnos, que disfrutamos de lo que hacemos, que vivimos desde la serenidad y el buen humor, que tomamos las dificultades con la calma necesaria para poder resolverlas, los niños que nos rodean estarán expuestos a estas cualidades y serán para ellos la normalidad. Aunque tengan un temperamento diferente al nuestro, podrán aprender a regularse mejor e imitarán, en la medida de lo posible para ellos, nuestras conductas.

Si somos personas impacientes, nerviosas, siempre pensando en los peligros que acechan en el camino, esto también afectará profundamente a los niños. Algunos mostrarán estos miedos desde el principio, reflejando y aumentando los del adulto. Otros, sin embargo, se rebelarán y con su conducta mostrarán justo lo contrario, pero en su interior sentirán la inseguridad, el miedo profundo a los peligros de la vida. Justamente para equilibrarlo, es posible que vivan su vida sin querer mirar los peligros, de forma incluso temeraria. Esto es tan solo una reacción al miedo interior, una necesidad de ir al otro extremo para conseguir llegar al centro, al punto medio.

Todo lo que somos y sentimos llega a los niños de forma directa, y tiene un impacto superior a cualquier cosa que digamos. Es inútil decir una cosa si con nuestra conducta estamos enseñando algo muy diferente. Como decía Emmerson; “Lo que haces habla tan fuerte que no puedo escuchar lo que dices”.

Los niños son ese espejo en el que se refleja lo que vive en nosotros, ya sea positivo o negativo. Al ver una cualidad nuestra en ellos, tendemos a repetir nuestro diálogo interior, pero hacia fuera. Es decir, si yo siento pereza y no me lo permito y me juzgo por ello, cada vez que crea que mi hija está mostrando esta actitud, voy a llamarle la atención y a decirle todo lo que me digo a mi misma cuando siento pereza. Lo más curioso es que resulta difícil percibir que esa pereza también vive en mi, precisamente porque yo no me lo permito, y que mi hija está expresando lo que yo no acepto de mi misma.

Es decir, no sólo imitan y repiten lo que hacemos, si no también aquello que no nos permitimos, aquello que juzgamos de nosotros mismos. Les impacta lo que sentimos con intensidad, sea algo que nos negamos o algo que vivimos con plena consciencia.

Voy a explicarlo un poco más: los niños perciben cuando tenemos una reacción fuerte ante algo, ya sea porque nos encanta y nos identificamos con ello o porque lo rechazamos en los demás y en nosotros mismos. Al sentir esa reacción intensa, perciben que tiene importancia, y pueden actuar imitando nuestra reacción o yendo al extremo opuesto. Lo que imitan es la gran atención que damos a esa cualidad.

Por ejemplo, si yo veo que mis padres son muy ordenados, y muestran una actitud crítica ante las personas que no lo son, veo que este tema es importante y me voy a posicionar, ya sea repitiendo su conducta o rebelándome ante este extremo yendo al opuesto. Todo esto normalmente sucede de forma inconsciente.

Como comentaba antes, es posible que no nos demos cuenta de que están imitando una cualidad nuestra hasta que alguien nos ayude a verlo. Puede suceder, por ejemplo, que observemos que nuestro hijo es muy perfeccionista y no logre asumir sus propios errores sin dramatizar . Probablemente, si preguntáramos a un amigo si somos perfeccionistas nos diría que sí. O quizá es nuestra pareja o alguien muy cercano quien muestra esta cualidad de forma habitual.

En este caso concreto, lo mejor es poner nuestra atención en reconocer y celebrar cada error cometido, reduciendo la frustración y poniendo atención en resolverlo desde la aceptación, desde el reconocimiento del error como parte del éxito, como señal de que el camino trazado no lleva a buen puerto y que hay cambiar de ruta.

Eso sí, tiene que hacerse de forma genuina pues puede ser que con nuestras palabras le hablemos de la aceptación del error como camino, pero que mostremos frustración y enfado con nosotros mismos cada vez que nos equivocamos… En esos casos, no funcionará y es incluso posible que nuestro hijo lo vea y nos diga: “no seas tan perfeccionista”.

La respuesta, como decía, está en observarnos, descubrirnos, aceptarnos y probar otros caminos. Y será a menudo a través del reflejo en la conducta de estas almas amorosas que podamos reconocernos.

Recuerdo que, en mi primer año como maestra, observé algo muy extraño. Cada vez que contaba un cuento, mis alumnos de cinco años levantaban las cejas una y otra vez, abriendo mucho los ojos. Y yo empecé a preguntarme si me estaban tomando el pelo. Creo que llegué a preguntarles por qué hacían aquel gesto y ellos no entendieron a qué me refería.

Un día, mientras les contaba el cuento, vi mi reflejo en la ventana, y casi me da un ataque de risa. Era yo la que, al contar los momentos más emocionantes de la historia, levantaba las cejas y abría los ojos con tanto énfasis que era imposible dejar de imitarme.

Ellos son un regalo, son la inocencia que imita y reproduce sin juzgar lo que somos. Nos ofrecen la oportunidad de vernos para tomar conciencia y decidir si ese reflejo es lo que queremos ser o queremos poner nuestra voluntad en transformarlo.

Y nuestra capacidad de elección y transformación será la más hermosa acción a imitar.

Sara Justo Fernández. Formadora de maestros. Especialista en pedagogía Waldorf.

En qué consiste ser maestro

Hace unos días tuve un momento de iluminación; observaba a mis alumnos mientras dibujaban en sus cuadernos una figura geométrica que había en la pizarra. Y me di cuenta de que varios niños, que unos meses antes no eran capaces de reproducir la forma por si mismos, ese día sí que lo conseguían.


Y entonces pensé que yo no había intervenido de forma directa en ese aprendizaje, no les había dado indicación ni técnica alguna. Lo habían conseguido por si mismos, a través de la práctica y su propio proceso interior. Me maravillé al pensar lo hermoso que es ver cómo el ser humano aprende sin más, en el momento preciso en que está preparado para ello.


Y empecé a recordar otras experiencias, por ejemplo, explicando matemáticas. Hay niños que tienen un ¡eureka! casi instantáneo, sin necesidad de explicación alguna. Hay otros que no, y mientras tú como maestro estás buscando un modo distinto de explicar algo, ellos están en su interior, intentando entender a través de sus propios razonamientos, aquello que están percibiendo. Es más, incluso cuando encontramos otras maneras de explicar lo mismo, si no es su momento, no sucederá absolutamente nada. Y, sin embargo, un mes después, con la más simple de las explicaciones, o sin más, de forma repentina, lo van a entender y lo van a hacer suyo.


En otra ocasión, explicando el minimo común múltiplo, eran ellos, mis alumnos, los que daban definiciones de lo que podía ser aquello. Y entre todos, consiguieron explicar qué era y para qué se utilizaba. Esto ya en sí mismo es impresionante, pero lo que verdaderamente me dejó boquiabierta fue cuando pregunté si podían imaginar qué sería el máximo común divisor y una alumna me contestó con la definición exacta y también explicó, deduciéndolo del concepto anterior, la forma de hallarlo.


Y pensando sobre todo esto llegué a la siguiente conclusión; no se puede “enseñar” matemáticas, en realidad, aún estoy reflexionando sobre si se puede enseñar ninguna materia en absoluto…


¿Y entonces? ¿En qué consiste ser profesor? ¿Qué significa ser maestro? Y la respuesta que me llega es aquel que presenta nuevas situaciones, nuevas experiencias, aquel que va encendiendo el fuego de la pregunta, de la curiosidad, aquel que va abriendo ventanas y puertas por las que se ven infinitas opciones que pueden ser exploradas…. y sobre todo, aquel que consigue mantener intacta la inocencia infantil, las ganas de investigar el mundo, y que no mata con el mayor de los tedios, la reprobación y la repetición de conceptos lejanos, ese espíritu de búsqueda que vive en el corazón de los niños.


Y esa persona amable y cercana que te acompaña, con la que te sientes a gusto, y que confía en que eres capaz de conseguir todo lo que te propones.

Casi nada…

Sara Justo Fernández. Formadora de maestros. Especialista en pedagogía Waldorf.

El cuidado del otro

Hoy quiero escribir sobre un tema que me parece muy delicado y necesario a la vez. Es una percepción que parte de mi experiencia personal y me toca profundamente, así que voy a poner toda mi atención en ser lo más objetiva posible.
 
Todo empieza por una sensación que me ha acompañado en algunos proyectos educativos, y también en las escuelas de meditación de las que he formado parte. Digamos que lo percibo de forma más intensa en proyectos que quieren manifestar un ideal en el mundo, y se puede dar también cuando uno intenta ser el padre o madre perfecto. Se trata del olvido de uno mismo.
 
Cuando nos mueven grandes ideales, a veces nos olvidamos de nuestras propias necesidades, y ponemos por delante todo lo que necesita el proyecto. En ocasiones, ponemos estos ideales por delante de nuestra familia, nuestras fuerzas, nuestra economía, nuestro descanso y nuestra salud.
 
Y, precisamente, es esto lo que hace que no podamos estar verdaderamente presentes y manifestar ese ideal en el mundo.
 
Es esa madre o padre que siente que tiene que estar presente a todas horas y responder a todas las demandas de su hijo, que no se puede permitir que nadie le ayude, ni abuelos, ni tíos, ni amigos, y acaba sin energía y dando a su hijo una presencia a medias y más de un grito por agotamiento.
 
Es ese maestro que se reúne con todos los padres y maestros que lo necesitan, llegando a casa a las tantas, sin poder atender a sus propios hijos, levantándose de madrugada para preparar las clases y llegando al aula con pocas horas de sueño y cierto malhumor interior.
 
Somos todos nosotros, cuando por un ideal abandonamos a tiempo completo el cuidado de nosotros mismos.
 
Es más, cuando alguien elige vivir su vida de esta manera dentro de un proyecto, no suele entender que el resto de personas no elijan vivir así, y si estamos hablando de un proyecto solidario o humanitario, hay todavía más presión institucionalizada para sentir que uno debe vivir así.
 
Y todavía puede ser más difícil si son los responsables de esos proyectos los que ven la vida de esta manera, pues tenderán a exigir a sus subordinados que también se entreguen de la forma que ellos lo hacen. 
 
Esto lleva al síndrome del profesional quemado, que seguramente no se llama exactamente así, pero se entiende de forma muy gráfica. Y también lleva a que grandes profesionales, con mucho que aportar, abandonen un proyecto, o a que el propio proyecto fracase.
 Me apena ver cómo grandes proyectos y grandes personas acaban dejando su vocación por haber olvidado el cuidado de si mismos o de las personas que forman parte del proyecto. Al poner por delante los objetivos y necesidades del proyecto se deja de tener en cuenta a las personas, que son el verdadero motor y fuerza del mismo, y esto acaba revertiendo de forma negativa en el propio funcionamiento del proyecto… Y aunque lo estoy enfocando a proyectos educativos, lo mismo sucede como decía antes, en la paternidad… A más desgaste, menos presencia y menos capacidad para acoger la necesidad del otro de forma amorosa, si yo no me sé cuidar, ¿cómo voy a cuidar de otro?
 
En el caso de los maestros, a veces intentamos que los niños hagan de todo, una obra de teatro, doce excursiones al año, los más complejos y elaborados regalos del día del padre y de la madre, celebrar el carnaval y todas las fiestas locales con ellos, y, en el camino, con tanta actividad, perdemos el norte, perdemos la mirada presente, perdemos ese recreo al sol en el que te sientas al lado de un alumno a compartir simplemente la compañía mutua, un pensamiento, una percepción, un chiste, una sonrisa… perdemos el tiempo para ofrecer una verdadera escucha, que es lo que el alma necesita para florecer… y todo lo demás muchas veces son distracciones que nos apartan de lo esencial.
 
Como pensamiento final, me gustaría decir que creo posible manifestar un ideal cuidando de todas las personas que lo forman, atendiendo a sus necesidades, ofreciendo una posibilidad de vida plena, con experiencias positivas que provoquen un estado de ánimo lleno de energía y entusiasmo, que sume al proyecto, que cree un ambiente de trabajo positivo donde todo es posible, donde la productividad aumenta en calidad y donde toda la comunidad rebosa cariño, comprensión y presencia. Y esto es posible aprendiendo a desarrollar la empatía, el cuidado de uno mismo y del otro y la responsabilidad de cada uno.
 
Sara Justo Fernández
Formadora de maestros, especialista en pedagogía Waldorf.

Las imágenes y su valor pedagógico en la enseñanza de las matemáticas

Hace tiempo que observo el gran valor de las imágenes y cómo su uso en la comunicación y en la enseñanza facilitan la comprensión y el recuerdo de nuevos aprendizajes.

En este artículo lo voy a relacionar con la enseñanza de las matemáticas, que es el tema que nos ocupa pero, en realidad, es un enfoque que sirve para cualquier tema que queramos tratar con los niños, tanto temas emocionales como académicos.

Hay varios motivos que se relacionan con el valor de lo imaginativo: por un lado, los niños aman los cuentos y los viven en primera persona, sintiendo cada emoción que sienten los personajes, identificándose con ellos, reconociéndose, experimentando sus aventuras. Esto hace que haya un componente emocional muy grande en cada historia y que la vivencia perdure en el tiempo y también en el alma del niño. Por otro lado, el lenguaje de los niños, la comprensión que tienen de la vida, se parece mucho más a algo imaginativo que a una descripción objetiva de un concepto.

Veamos un ejemplo:

Intentemos explicar a un niño de cinco años la multiplicación.

Podemos explicarlo de forma conceptual y verbal: una multiplicación es la operación matemática que acumula cierto número de veces una cantidad concreta. Podríamos utilizar palabras más cercanas al niño, pero en cualquier caso lo llevaremos a su mente, y su cerebro, recién estrenado, es posible que se canse y se pierda a mitad de la explicación. O quizá pueda comprenderlo pero sin asociarlo a la experiencia real de la multiplicación.

Otra opción puede ser contar un cuento en el que haya un personaje que ama las piedras preciosas, y lo caracterizamos como alguien muy ordenado, muy atento, describimos en detalle su físico, su carácter, y explicamos que, para saber siempre cuántas tiene, las va acumulando en saquitos donde caben cierto número de piedras (por ejemplo cinco), y luego va contando los sacos que tiene (por ejemplo 3) y en su cabeza ya sabe cuántas tiene en total. ¿Cómo lo hace? Sabe que tiene cinco piedras tres veces. Ese personaje va a ser una vivencia para el niño, va a ser un recuerdo, un ser amado, y a la vez, el carácter de la multiplicación. Muchos niños al final del cuento dirán que tiene 15 piedras, aún no pueden explicar cómo lo han hecho, pero ya han empezado a multiplicar.

En el día a día en la escuela, observo cómo los conceptos que han sido presentados en forma de imagen se comprenden mucho mejor, y se trasladan a la vida instantáneamente, haciendo que los niños generalicen su conocimiento y realmente entiendan cada concepto.

En el área de matemáticas yo diría que es dónde menos se utiliza y más se necesita. De hecho, es mucho más difícil encontrar una imagen adecuada y trabajar con ella que explicar a los niños de forma mecánica cómo realiza cualquier operación en un papel, pero en ese camino fácil no hay comprensión. La mecanización del cálculo es un paso importante, pero es primordial que suceda después de la comprensión de lo que se está haciendo.

Es por eso que me he decidido a publicar mis apuntes de estos años, pues veo a niños felices que aman y entienden las matemáticas. Francamente no soy una experta en matemáticas, pero creo que puedo ayudar a dar otra perspectiva a la manera en que se enseña esta materia en los primeros años, y me gustaría, desde la mayor humildad, que esto pudiera ayudar a maestros y a niños a disfrutar plenamente de la magia de los números.

Estos apuntes tendrán forma de cuento con guía pedagógica para padres y maestros y verá la luz un día de estos, os mantendré informados… 

Sara Justo Fernández
Formadora de maestros, especialista en pedagogía Waldorf.

Resultados de la autoevaluación

A raíz de un comentario sobre mi última publicación, quiero compartir con vosotros cómo trabajar con la autoevaluación y qué resultados puede tener en la educación de los niños.

Al hacer uso de la autoevaluación, el alumno empieza a hacerse responsable de su proceso de aprendizaje. Para que  realmente funcione y sea objetiva y funcional, hay que trabajarla de muchas maneras diferentes y desde el principio de la escolarización.

Por ejemplo, cuando los niños empiezan a escribir redacciones, el maestro puede leerlas y señalar cosas que deben revisar. El alumno, al ver la palabra subrayada, suele saber inmediatamente qué le sucede a esa palabra, por ejemplo que le falta una hache, y él mismo lo corrige. En caso de que no lo sepa, recurre al diccionario, busca la palabra y la corrige. En mi experiencia, he comprobado que los alumnos mejoran rápidamente su ortografía.

Cuando se trabaja de esta manera, el alumno implica su propia voluntad en la corrección, siente que sabe corregir sus propios errores y asimila el nuevo conocimiento con gran facilidad, pues es mucho más fácil recordar algo en lo que has participado activamente, que algo que ha hecho otra persona por ti.

Es lo mismo que cuando vamos a un sitio nuevo en coche, probablemente recuerdes mejor cómo llegar al sitio si la primera vez que fuiste conducías tú, que si conducía otra persona.

Otro ejemplo puede ser pedir a los alumnos que escriban todo lo que recuerden sobre un tema concreto tratado en clase. Después lo comparan con sus apuntes de la clase y escriben en otra hoja qué cosas han olvidado. Ellos mismos ven cómo ha quedado la balanza, y de paso, vuelven a repasar todo aquello que no recuerden sobre el tema.

Se puede variar haciendo que sean ellos quienes elijan el tema y después reflexionar cuál les ha resultado más fácil y por qué.

Los resultados suelen ser una mayor capacidad de reflexión sobre uno mismo, mayor objetividad, mayor implicación en el aprendizaje, mejora de la memoria y de la asimilación de los contenidos, mayor entusiasmo por aprender y aumento de la autoestima.

Realmente se trata de proponer formas de evaluación que lleven al alumno a tomar conciencia por si mismo de su proceso y del resultado de su esfuerzo. El alumno percibe que no está siendo juzgado, que el maestro confía en sus capacidades y que es capaz de mejorar y corregir cualquier equivocación. Y es de aquí de donde sale el verdadero entusiasmo por aprender. 

 

Artículo publicado por misait

Sara Justo Fernández. Formadora de maestros. Especialista en pedagogía Waldorf.

La autoevaluación en la escuela

Hoy me gustaría hacer una reflexión sobre el uso de la autoevaluación en la escuela.

En mi opinión, la evaluación es una herramienta que ayuda a los docentes y a los alumnos a darse cuenta de si el proceso de enseñanza aprendizaje está funcionando o no, y qué cosas hay que cambiar para que funcione mejor.

Cuando la prueba de evaluación sólo evalúa contenidos, que son corregidos por el maestro, para dar como resultado único una calificación, ¿qué información estamos dando al alumno? ¿Dónde reside la objetividad de esta evaluación? ¿Ayuda esto al alumno a comprender su proceso de aprendizaje?

Podemos diseñar formas de evaluación de manera que los propios alumnos puedan darse cuenta de cómo ha sido su proceso y qué resultados ha tenido, y puedan expresar cómo se han sentido y qué cosas cambiarían de este proceso. Esto es una información muy valiosa para el profesor, que puede así darse cuenta de sus propias equivocaciones y cambiar.

Cuanto más partícipe es el alumno del proceso de evaluación, mayor es la conciencia y la responsabilidad que toma sobre su aprendizaje. El alumno necesita poder expresarse, poder ver dónde se ha equivocado y autocorregirse, ser consciente de qué es lo que necesita para aprender más y qué es lo que verdaderamente le interesa.

Una corrección externa puede dejar malestar y poca conciencia, sin embargo, la autocorrección permite sentir que uno mismo sabe la respuesta correcta.

La autoevaluación tiene que ver con la capacidad de percibirse a uno mismo y tomar conciencia de qué cosas quiero cambiar y cómo puedo hacerlo. Esto genera un impulso desde el propio interior hacia el cambio.

Podemos extrapolar este pensamiento a cosas más concretas, por ejemplo, cuando un niño está aprendiendo a escribir. Al principio escribe las cosas tal como suenan, ¿qué pasaría si hubiese alguien a su lado que lo corrige constantemente? ¿Y qué pasaría si él mismo descubriese, un poco más adelante, la forma de escribir esas palabras?  ¿Cuál es la diferencia entre un proceso y el otro? ¿Quién está activo en el primer proceso, el niño o la persona que lo corrige? ¿Quién está activo en el segundo proceso?

Estas reflexiones tienen que ver tanto con la escuela como con la vida misma, con la educación en casa, con cualquier proceso de aprendizaje, si bien sería muy interesante que los docentes reflexionáramos seriamente sobre el efecto de las calificaciones sobre los alumnos y su dudosa  validez a la hora de facilitar el aprendizaje.

Artículo publicado por misait

Sara Justo Fernández. Formadora de maestros. Especialista en pedagogía Waldorf.

Educación viva

Además de la importancia de la creación del vínculo entre el maestro y el alumno, también es muy interesante el vínculo entre el alumno y el contenido de la materia de aprendizaje.
 
En la escuela donde trabajo, que tiene como fundamento la pedagogía Waldorf, todo el currículum y la organización de las clases están orientados hacia una enseñanza “viva” de las materias. ¿Qué quiere decir esto? Quiere decir que se crean experiencias de aprendizaje donde los niños experimentan, juegan, representan y crean una relación anímica con los contenidos.
 
La diferencia estriba en que el niño, en vez de ser un sujeto receptor de los conocimientos, es activo, busca, investiga, experimenta y descubre. Esto tiene como consecuencia directa una impresión imborrable en la memoria del niño. Es como la diferencia entre leer la receta de la lasaña y hacer una lasaña. La experiencia activa hace que recordemos las cosas con mayor precisión y claridad.  ¡Y qué buena está la lasaña que ha hecho uno mismo!
 
Este tipo de experiencias crea una relación íntima con los contenidos y también con los compañeros y con los maestros. 
 
Durante un tiempo estuvimos yendo a observar unos árboles que crecían cerca de la escuela. Los cuidábamos, los dibujábamos, investigábamos sobre ellos en libros de texto y preguntando a la gente del barrio, escribíamos sobre ellos. Para los niños, estos árboles eran los árboles más magníficos y maravillosos del mundo, y los cuidaban con una ternura increíble. Y esto creó un vínculo muy hermoso con la vida y además un interés profundo por todo el mundo natural. A partir de este momento, los niños investigaban por motivación propia y cada día uno u otro me explicaba que había encontrado un nuevo tipo de árbol que no conocía en su barrio, o que había ido al botánico y había visto árboles tropicales…
 
Cuando se consigue establecer este vínculo anímico entre la materia y el niño, aflora de forma espontánea el entusiasmo, y la motivación por aprender proviene de lo más profundo del niño.
 
 
 
Artículo publicado en misait

Sara Justo Fernández
Formadora de maestros, especialista en pedagogía Waldorf.