Cómo desarrollar una autoestima sana: los cimientos de la salud emocional.

Tener una autoestima sana es una de las bases principales de nuestra salud emocional. Por este motivo, siguiendo la línea de mis últimos artículos, voy a compartir algunas ideas sobre cómo lograr una autoestima equilibrada y cómo acompañar a la infancia en este mismo camino.

Una definición sencilla de autoestima sería la percepción que tenemos de nosotros mismos. Esta percepción se va formando desde que nacemos, a través del espejo de lo social. Cuando me comparo con el otro, saco conclusiones sobre cómo soy yo; ¿cómo podría considerarme alta o baja si no hubiera nadie más?

La comparación con los demás puede hacer que me sienta bien o no; si mi velocidad a la hora de aprender a leer es inferior que la del resto de mis compañeros, probablemente me sienta mal y piense que no se me da bien o que hay algo en mí que no funciona. Si, al contrario, se me da fenomenal y aprendo a la primera todo lo que me explican, seguramente desarrolle un autoconcepto alto de forma natural.

Esto se ve agrandado o disminuido según la reacción que perciba en el otro. Lo que mis seres queridos y las personas que veo habitualmente digan sobre mí va a tener un fuerte efecto en mi autoestima. La familia, los maestros, mis compañeros de clase, mi pareja; todas estas personas ejercen una influencia constante en la percepción que tengo de mí, pues, como decía antes, son el espejo en el cual me reflejo a diario.

El alcance de esta influencia depende del temperamento de cada uno. Hay personas que nacen ya muy seguras de sí mismas y no tienen demasiado en cuenta lo que los demás puedan opinar. Otras, sin embargo, se dejan llevar por los comentarios ajenos, que pueden incluso cambiar su autoconcepto. Todos estos factores van a tener un impacto la forma en la que me percibo y van a sentar las bases de mi autoestima.

Es importante tener en cuenta si estos factores son coherentes entre sí. Puede ser que lo que me llega del entorno y lo que yo pienso sobre mí coincida o no. Es posible que lo que dicen las personas que me rodean sea muy positivo y, sin embargo, mi experiencia diaria me diga lo contrario. O al revés. Esto crea una situación de incongruencia que hace que mi autoestima sea inestable, y que varíe de un momento a otro, de un extremo al otro, produciendo grandes inseguridades e incluso ansiedad. También se produce cuando mis referentes cambian de opinión muy a menudo y me ofrecen una imagen diferente o incluso contradictoria según el momento.

Cuando la autoestima es baja o muy variable, vivimos en búsqueda de la aprobación exterior; queremos que el otro cubra una carencia que sólo nosotros podemos solucionar. Cuando nuestra autoestima es alta, nos sentimos seguros y con fuerzas para emprender cualquier cosa que se nos ocurra.

Pero el kid de la cuestión no radica en si soy más inteligente o menos, sino en el valor intrínseco que tengo sólo por existir. Es esto lo que tenemos que trabajar, tanto con la infancia como con nosotros mismos. Nuestro valor no depende de ser altos o bajos, de leer rápido o despacio. O de lo que los demás piensen o digan sobre nosotros. Todos tenemos la suerte de haber nacido en este mundo, y sólo por eso, somos merecedores de amar y ser amados. Sin más. Sin condiciones. Sin juicios. Sin tener que ser de otra manera. Ni más guapos ni más listos ni más simpáticos. Ni portarnos mejor. Somos como somos y sólo por eso somos valiosos y merecemos el respeto del otro.

Cuando comprendemos esto, cuando nuestro valor y nuestra dignidad ya no depende del exterior ni de que seamos de una u otra manera, empezamos a aceptarnos y a sentirnos bien. Esto es algo fundamental en el desarrollo de una autoestima sana y estable y es lo que nos puede guiar a la hora de acompañar a la infancia.

Si yo soy capaz de percibir a los demás como dignos de amor y de respeto tal y como son, voy a crear el ambiente necesario para que esas personas también lo sientan así y puedan mostrarse de forma natural.

Esto no significa que no sea necesario cambiar y transformarse. Significa que los cambios deben venir del interior, de una necesidad interna de hacer las cosas de otro modo porque nos damos cuenta de que así seremos más felices. Y no de nuestra carencia de amor o de nuestra necesidad de ser aceptados por el otro. Si yo cambio por una exigencia exterior, estoy poniendo en peligro mi integridad y mi autoestima. Otra cosa es que yo vea el efecto que tiene mi acción en el otro, y por amor al otro y a mí misma decida cambiar. Es muy diferente.

La labor del otro, en este caso, sería expresar cómo se siente ante lo que sea que suceda, sin poner en la balanza su amor por nosotros. Y si finalmente uno de los dos debe dejar algo esencial de sí mismo para que la relación funcione, lo más sano es que cada persona siga su camino, con amor y desde el amor.

En el caso concreto de la infancia, para acompañar el desarrollo de una autoestima sana, tendremos que fijarnos en todos los aspectos que hemos comentado.

Si vemos que depende demasiado de nuestra opinión para valorarse, nuestro esfuerzo irá enfocado a que escuche su propia percepción. Si intentamos elevar su autoestima con comentarios positivos sobre su conducta, lo más probable es que reforcemos su dependencia y su búsqueda de aprobación. En vez de decirle cuánto nos gusta lo que hace, podemos preguntarle si ha disfrutado haciendo lo que sea que esté haciendo y si se siente feliz.

Es importante evitar en lo posible las comparaciones y toda etiqueta o juicio sobre su forma de ser o sus cualidades, así podrá elegir aquello más acorde con su esencia y no lo que piensa que nos gusta a nosotros. El mensaje de fondo es: “Elijas lo que elijas, eres importante para mí y te quiero”.

Como decía antes, esto no puede ser un argumento para pasar por alto conductas inapropiadas o que hacen daño al otro; cada cosa tiene su lugar, puedo expresar que algo es inadecuado o que no está bien sin supeditar mi amor a que cambie su forma de ser o se amolde a lo que yo quiero. El amor no puede ser moneda de cambio.

También es preciso crear un entorno en el que todas las cualidades tengan su lugar, en el que la comparación sea solo con uno mismo para ver la evolución propia, en el que no exista el juicio y la crítica destructiva, el desdén o la falta de respeto ante las elecciones ajenas o la forma de ser de los demás. Ese entorno debe ser un lugar donde la infancia tenga un espacio de encuentro con el otro, de expansión, de descubrimiento. Así favoreceremos un desarrollo sano de la autoestima, sin restarle importancia al trabajo interior que cada uno necesita hacer a lo largo de la vida para superar todo aquello que impida evolucionar y para relacionarnos de forma sana con los demás.

Cuando las personas nos sentimos queridas y valoradas simplemente por existir, no necesitamos aferrarnos tan intensamente a nuestras opiniones y somos mucho más libres y capaces de transformarnos, porque sabemos que somos mucho más que eso, y que nuestro valor radica en la grandeza de estar vivos y ser capaces de amar.

La gestión emocional en la infancia y en la vida adulta.

Uno de los aspectos más complejos de la crianza y de la educación es la gestión del mundo emocional; cómo entender y acompañar a la infancia en el desarrollo de algo tan íntimo como son las emociones y cómo entender al mismo tiempo las que se generan en nuestro interior.

Lo primero que hay que tener en cuenta es que el carácter de cada uno y las emociones que emanan de nuestra forma de ser son algo innato. Al igual que nacemos con una estructura ósea concreta, o con los ojos de un color determinado, también hay ciertas características de nuestra personalidad que se dan desde el nacimiento. Podemos tener cierta tendencia a la melancolía, al enfado o ser más impulsivos y nerviosos. Son rasgos que configuran nuestra personalidad y, al igual que el color de nuestros ojos, es algo que no podemos cambiar. Sin embargo, si nos lo proponemos, sí que podemos transformar la forma en la que expresamos estos rasgos y actuar de manera más consciente.

Las características que conforman nuestra personalidad no son ni buenas ni malas. Son las que son, y lo importante es conocernos bien para entender una parte primordial de nuestro lenguaje interior, que son las emociones. Ellas son quienes nos dicen qué está pasando, nos hablan del pasado y del futuro, de nuestra forma especial de ver el mundo, de nuestra capacidad para sentir y de nuestras necesidades más profundas.

Cuando somos capaces de aceptarnos y de comprendernos plenamente, sin juicios, podemos elegir transformar nuestras acciones y, en vez de dejarnos llevar por las emociones, podemos escucharlas, acogerlas y entender el mensaje que traen antes de actuar. Si no somos capaces de aceptar y comprender nuestro propio temperamento, difícilmente vamos a poder acompañar de forma sana a la infancia, así que lo primero será indagar en nuestro interior.

Todos los temperamentos tienen un opuesto con el que chocar, y la vida lo suele colocar cerca para que podamos ver y entender nuestras reacciones. Es común que alguien muy melancólico tenga un hijo totalmente colérico y viceversa. Esto nos ayuda a entender lo que comentaba antes, que no hay rasgos buenos o malos, sino fuerzas que nos ayudan a expresarnos en el mundo, y sólo mediante la aceptación y la comprensión lograremos integrarlas y sentir la cohesión y la coherencia que necesitamos para poder elegir conscientemente nuestro camino.

Para poder entendernos mejor y acompañar a la infancia en su desarrollo es preciso saber reconocer estos rasgos y aprender a expresarlos de forma sana. Voy a describir unas ideas básicas que pueden ayudar en esta tarea:

En primer lugar, es importante conocer los diferentes temperamentos que se dan en las personas. En pedagogía Waldorf, según las indicaciones de Rudolf Steiner, estudiamos cuatro temperamentos básicos, que a menudo se combinan entre sí: colérico, sanguíneo, melancólico y flemático. Esta clasificación tiene su origen en Hipócrates y ha sido desarrollada en el campo de la psicología por muchos pensadores a lo largo de la historia. No entraré a describir cada uno de ellos en detalle, pero si se quiere profundizar, se puede encontrar información al respecto con facilidad.

Una vez conocemos los temperamentos, podemos reconocer los rasgos que los conforman en nosotros y en los demás. Esto nos sirve para ver nuestros impulsos y poder gestionarlos. No se trata de que nos sirva de excusa para no cambiar o para justificar el comportamiento propio o ajeno. Puede suceder, cuando uno descubre que tiene un carácter concreto, que se conforme con ello y lo vea como algo imposible de evitar, pero esta no es la idea. Lo suyo es saber cómo enfocarlo para poder conseguir un desarrollo sano y una vida feliz, tanto en lo social como en lo individual.

Por ejemplo, si uno se da cuenta de que es muy colérico, no puede justificar sus ataques de ira por ello. Más bien, sabiendo que existe la tendencia al enfado, necesita una estrategia que le ayude a parar y respirar cuando sienta que la ira toma el control. Y una vez restablecida la calma, investigar qué es lo que le ha hecho enfadar y buscar una solución desde esa calma y no desde la ira. Es decir, necesita escuchar el mensaje que la ira trae y solucionarlo en un momento posterior. Cuando no se trabaja este temperamento y se pierden los estribos cada dos por tres, en vez de resolver los problemas que subyacen al enfado, suelen empeorar. Como decía mi padre, y a su vez, mi abuelo, “el que monta en cólera se apea de su inteligencia”. Así que hay que esperar a que pase la cólera antes de actuar.

Esto también se puede aplicar al acompañamiento a la infancia. Si nuestra hija es muy colérica, no sirve de nada que intentemos razonar con ella o le digamos lo que está bien o mal en el momento del enfado. No nos puede escuchar. Hay que esperar a que pase la tormenta para hablar sobre lo sucedido. Es preciso ofrecer herramientas para gestionar la ira, como respirar despacio hinchando los pulmones suavemente, contar hasta diez, etc. Esto se puede practicar en otro momento y recordárselo en el momento del enfado.

Otro ejemplo sería el temperamento melancólico. Si tenemos un hijo muy melancólico y le decimos constantemente que se anime y que no es para tanto, lo único que vamos a conseguir es que sienta con más fuerza sus penas y que tenga más necesidad de demostrarnos lo graves que son. Cuanta más importancia se quite a su emoción, más fuertemente la sentirá él, pues necesita demostrarnos que lo que siente es real. Es preciso que veamos su dolor, no que lo neguemos.

Cuando somos capaces de acompañar su pena, empatizar e incluso contarle aquella vez que también nosotros tuvimos una pena enorme, es muy probable que se relaje y se sienta escuchado y querido. Si además le mostramos que, aunque sea muy difícil, sabemos que tiene una gran fuerza interior y que le vamos a acompañar en lo que necesite, es muy probable que también él sienta esa fuerza y se anime a afrontar lo que le preocupa.

Se trata, como decía al principio de este artículo, de acoger las emociones en vez de negarlas, en vez de discutirlas. Desde la aceptación de la emoción podemos escuchar el mensaje que nos trae. Es entonces cuando cumple su función y deja de ser necesaria. Es entonces cuando encontramos la calma y la fuerza para hacer lo que nos proponemos.

Cuando practicamos con nuestras propias emociones en el día a día, conseguimos avanzar y comprendernos mejor. Y es así como conseguimos la empatía necesaria para acompañar a la infancia en la gestión sana de su mundo emocional.

El sentido de las rabietas y cómo gestionarlas

Las rabietas son una de las primeras expresiones emocionales que aparecen en la infancia y también uno de los temas más complejos de gestionar en la crianza. En este artículo hablaré sobre cómo acompañarlas de forma que sigan siendo una expresión sana y no se transformen en una demanda incontrolable que genera tensión y malestar.

Para poder entender mejor qué son y por qué se producen, es preciso ir a los primeros años y ver el mundo desde ese punto de vista. La infancia es la etapa de la vida en la que todo se hace por primera vez; cada día aparecen nuevos aprendizajes que se consiguen integrar después de un tiempo de práctica constante y mucho tesón.

Los procesos de crecimiento son fuente de grandes frustraciones, pues se dan multitud de situaciones que colocan al niño en la posición de no ser capaz de hacer algo y tener que aprender desde cero, a través del ensayo y el error, hasta que lo consigue. Requieren fuerza de voluntad, esfuerzo, paciencia y tolerancia a la frustración.

Es precisamente esa frustración la que impulsa el aprendizaje, es la llama que enciende la voluntad hasta que se consigue lo que se intenta y, de ese logro, nace la autoestima y la confianza en las propias capacidades.

Pero mientras no se logra el objetivo, la frustración puede producir mucha tristeza, enfado y otras emociones. Si como adultos somos capaces de empatizar e imaginar cómo nos sentiríamos ante esa situación que se repite constantemente, podemos entender por qué surgen lloros sin motivo aparente o enfados y peticiones que parecen irracionales, y acompañarlos como lo que son, la expresión sana de la frustración que produce el crecimiento.

Es importante entender que esta expresión no siempre aparece en el momento, puede aparecer mucho después por una causa aparentemente nimia, que recuerde al niño una situación anterior, un poco como la gota que colma el vaso. Según el carácter del niño o la niña, todas estas frustraciones harán más o menos mella y se expresarán en mayor o menor medida. En ocasiones se puede incluso necesitar regresar a un estadio anterior, donde todo sea fácil y conocido, donde no se tenga que hacer un esfuerzo constante de aprendizaje.

En todo este proceso de crecimiento, la reacción del adulto tendrá un efecto muy potente sobre el niño. Si cuando vemos que no logra hacer algo lo hacemos por él, le quitamos la oportunidad de aprender por sí mismo y le hacemos dependiente de nuestra ayuda. Al no tener que esforzarse, no puede poner en marcha sus fuerzas para desarrollar sus propias capacidades. Además, es posible que ahora no lo pueda hacer porque no ha llegado el momento madurativo, y que, en unos meses, sea capaz de hacerlo por sí mismo sin ninguna ayuda.

Esto no significa que no podamos acompañar a los niños en sus aprendizajes; podemos estar a su lado y servir de apoyo, evitando conscientemente hacer por ellos las cosas que pueden conseguir por sí mismos. No es tarea fácil, pues para poder distinguir qué pueden hacer solos es necesario una observación profunda y una presencia atenta y sin prisas, que permita que nuestra intuición nos diga lo que realmente se necesita en cada momento. También requiere que seamos capaces de entender y de transmitir a los niños que no siempre se consigue lo que uno quiere cuando uno quiere, que las cosas suceden en el momento preciso, y que no por ello hay que rendirse o dejar de intentarlo.

El origen principal de las rabietas es justamente este: no conseguir lo que uno quiere cuando uno quiere. Y el quid de la cuestión es el siguiente; si yo no dejo que mi hija se frustre en las pequeñas cosas y alivio su frustración dándole lo que quiere, voy a tener que seguir haciéndolo continuamente, porque no va a aprender a tolerar la frustración que se desprende de todo aprendizaje. Además, si cada vez que tiene una rabieta, le doy lo que pide, estaré dotando de sentido comunicativo la rabieta. Es muy importante entender esto: Lo que mi hija percibe es que cada vez que tiene una rabieta consigue lo que quiere. Es decir, que la rabieta pasa de ser una simple y sana expresión de frustración a ser un modo de conseguir lo que uno quiere de forma fácil y sin esfuerzo. Y cuando esto sucede, las rabietas aumentan en cantidad y volumen.

Si hemos actuado de esta manera desde que nuestros hijos eran bebés, va a requerir mucho esfuerzo cambiar esta dinámica, pero es posible. Hay que entender cómo acompañar la frustración y ser capaces de estar al lado de los niños durante las rabietas, ofreciendo nuestro apoyo emocional y nuestro cariño sin ceder a las peticiones, comprendiendo su necesidad y su frustración y a la vez, permaneciendo firmes en nuestras decisiones. Cuanto mayor sea el niño, más larga será la rabieta y más esfuerzo nos requerirá permanecer en nuestro centro, pero una vez seamos capaces de entender esto y acompañar la tormenta, también el niño lo comprenderá en su interior y empezará a tolerar la frustración. Esto le ayudará a buscar otras maneras de expresar lo que necesita y también a pedir el apoyo del adulto desde la calma y la confianza.

Un caso aparte serían las rabietas que provienen de un exceso o una falta de límites. Cuando decimos “no” todo el tiempo sin dejar que los niños decidan sobre nada que les atañe, es muy difícil que no existan las rabietas, y si no existen es también un problema pues, tarde o temprano, esta necesidad de expresión propia que tenemos todos los seres humanos estallará. Es primordial entender cuáles son los límites esenciales y necesarios y cuáles no. En este artículo no hay lugar para profundizar sobre ello, pero una pista sería observar cuántas veces al día estamos dirigiendo o interviniendo en la actividad infantil y equilibrarlo con momentos de actividad libre cuando sea posible. Igual de perjudicial es decir que “sí” a todo; si rara vez intervenimos para poner límites, cuando lo hagamos no serán aceptados con facilidad y probablemente tengamos que hacer un gran esfuerzo para ser escuchados o incluso percibidos.

Ya para terminar, es muy importante darnos cuenta de que, si ponemos a los niños en el centro todo el tiempo, y sólo tenemos en cuenta sus necesidades y nunca las nuestras o las de otras personas, no van a aprender a ser empáticos, no aprenderán a limitar su libertad donde empieza la del otro, ni a respetar las necesidades de los demás. Y cuando la vida les traiga una situación que no puedan controlar, su única herramienta, la rabieta, no les va a funcionar y no van a saber cómo superar la frustración que surja de estas situaciones.

Ser capaces de acompañar las rabietas como lo que son, expresiones sanas de frustración, sin intentar cambiar la situación ni resolver el problema, acompañando con amor y comprensión la emoción que surge, es uno de los mayores bienes que podemos ofrecer a la infancia y, en definitiva, a la sociedad. Y aunque sea difícil, es totalmente posible.

El efecto de la atención dividida y cómo recuperar la presencia

De un tiempo a esta parte, tengo la sensación de que nos cuesta más estar presentes. Lo veo en la parada del autobús, en el supermercado, por la acera. Es como si cada uno estuviera encerrado en su propio mundo y no pudiera percibir a la persona que está en frente. Es una especie de distracción general; nuestra mente está en otro sitio, navegamos por la vida yendo de un pensamiento a otro, sin recordar apenas lo que acabamos de pensar, estamos tan absortos en esta manera automática de vivir que no percibimos lo que hay a nuestro alrededor.

Cada vez es más difícil concentrarse y prestar atención plena y continua a una sola cosa. Bombardeados por estímulos constantes que interrumpen lo que hacemos, nos hemos acostumbrado a que una llamada o un mensaje desvíe nuestra atención hacia otro lugar u otra persona. Una mirada al móvil en medio de una conversación y nuestra mente viaja hacia un universo paralelo. Cuántas veces entramos en internet para buscar algo o realizar una acción concreta y acabamos absorbidos por la vorágine de información de la red. Es como si fuera casi imposible llevar un pensamiento hasta el final, conseguir realizar una acción completamente sin que algo aparezca y nos distraiga. La velocidad con que todo se mueve, el estrés que supone sentir que todo va más rápido y que hay que estar al día, nos acelera, nos saca de nuestro centro y hace que nuestra atención intente estar en el pasado, en el presente y en el futuro al mismo tiempo. Y eso es imposible.

Creemos que podemos hacer varias cosas a la vez, pero la verdad es que las hacemos por turnos y de forma interrumpida. Vamos de la una a la otra sin concentrarnos realmente en ninguna, sin estar totalmente presentes. Y esta es la razón por la cual olvidamos las cosas, no recordamos lo que vivimos porque no estamos allí.

Cuando nos entregamos a algo, nuestra atención está plenamente en ello, y conseguimos llevar la conciencia a ese momento, a esa acción. La mente está completamente ocupada con esa labor. Y esto deja un recuerdo imborrable. Podemos incluso rememorar la emoción que sentimos, los aromas, las sensaciones físicas, el paisaje, la música de fondo. Esto es vivir plenamente.

Necesitamos recuperar esos momentos libres de interrupciones, en los que nos dedicamos con presencia a algo. Desterrar el móvil a un lugar recóndito donde no pueda tentarnos con sus llamadas de atención. Dedicar unos minutos a parar, respirar conscientemente, sentir cómo nuestros pulmones toman aire y cómo se relaja el cuerpo al exhalar. Apreciar la suavidad de una caricia, de nuestra propia piel. Sentir el calor, el frío. Mirar a los ojos a una persona amada y percibir su presencia, su emoción. Hacer un hueco en nuestra agenda para asomar la cabeza por la ventana a la hora del atardecer, y mirar al cielo. Caminar en la naturaleza en silencio, en compañía o en soledad, pero sin el móvil. Volver a ser conscientes de nuestros pensamientos, ver cómo corren de forma automática y traerlos de regreso a donde estemos. Es una cuestión de práctica y de intención.

Esto es especialmente importante para la infancia que nos rodea. Está hambrienta de nuestra atención plena, de una mirada consciente y real. Necesita sentir nuestra presencia para poder crecer sin carencias, para desarrollar la autoestima y la empatía, para entender qué significan las relaciones humanas. Y nosotros también.

Ojalá estas palabras transmitan cuánto bien haría esta toma de conciencia, esta vuelta al origen, a uno mismo y al reconocimiento del otro.

Ojalá sea uno de los propósitos de año nuevo que consigamos poner en práctica.

Campaña de crowfunding de mi nuevo libro, “Crecer para educar”

En esta ocasión quiero compartir contigo una gran noticia.

Hace apenas un año, me senté a escribir sobre las experiencias que he tenido como maestra, a reflexionar sobre qué es lo que realmente ayuda a los niños a crecer felices, a desarrollar todos sus dones, a aprender desde el entusiasmo y la alegría. Poco a poco estas reflexiones fueron tomando forma y se han convertido en un libro que está a punto de ver la luz.  Se titula “Crecer para educar”.

Para poder publicarlo, voy a iniciar una campaña de crowfunding el próximo 20 de noviembre, y me gustaría mucho contar contigo.  El crowfunding es, en pocas palabras, una compra anticipada del libro, con descuentos y detalles especiales. Viene de la idea de un mecenazgo común, del darnos cuenta de que entre todos podemos ayudar a que los proyectos se materialicen, que podemos apoyar la cultura y el arte en la medida en que nuestra economía nos lo permita.

A partir del 20 de noviembre podrás acceder a la campaña y ver todas las recompensas que he preparado para los que participéis en el proyecto. Habrá un descuento especial para los 100 primeros mecenas, que recibirán  el libro firmado y dedicado.  Os contaré todos los detalles en cuanto empiece la campaña.

En el siguiente enlace puedes ver parte de la portada del libro y un botón para que puedas seguir el proyecto. Si haces click en el botón, te avisaré en cuanto empiece la campaña.
Crecer para educar

También te dejo un enlace al índice y al prólogo del libro, para que puedas ver los contenidos:

Índice y prólogo

Os agradezco de corazón que compartáis esta información con todo aquel al que pueda interesar.
Me despido con una cita de Rudolf Steiner que tiene mucho que ver con la esencia del libro.

“Nuestro mayor esfuerzo debe ser el desarrollo de personas libres, que sean capaces por sí mismas, de impartir propósito y dirección a sus vidas”. R.S.
 

El camino de la transformación personal

Hay momentos en la vida en que miramos a nuestro alrededor y ya no reconocemos lo que nos rodea. Y no es porque lo de fuera haya cambiado, sino porque hemos cambiado interiormente. Es como si todo lo conocido ya no encajase con la persona en la que nos hemos convertido. Nos hemos transformado profundamente y el exterior sigue igual, en el mismo sitio, con las mismas rutinas y paisajes de siempre.

Esto sucede cuando una experiencia de vida nos toca profundamente, cuando ocurre algo intenso que nos hace plantearnos qué es lo que queremos y quiénes somos realmente. Miramos hacia la vida con nuevos ojos y descubrimos otras sendas, otros caminos brillando a lo lejos.

Es necesaria mucha valentía para soltar lo que ya no nos hace bien, ver qué es lo que nos hace felices y rodearnos de ello. No quiero decir que apartemos todo lo que no es afín, sino que busquemos activamente aquello que nos hace vibrar, y la compañía de personas con las que sentimos que crecemos, con las que vemos que evolucionamos, que seguimos aprendiendo, que nos dan fuerzas o nos retan para avanzar en la vida.

Hay fuerzas opositoras, incluso dentro de nosotros mismos, que se resisten al cambio, a la evolución, al despertar de nuevas habilidades. Resistencias que impiden la acción, que retrasan el inicio de nuevos caminos y que se oponen a nuestra voluntad. Permanecemos en lo conocido, en lo que éramos, y cualquier novedad es vista como un enemigo de nuestra paz interior.

Pero a veces, la necesidad de ser coherente con nuestro interior, de derrumbar los muros de la rutina y los hábitos, de lo conocido, es tan grande que supera la resistencia y descubrimos mundos nuevos. Estos horizontes que vemos ante nosotros nos llaman con fuerza y empezamos a caminar hacia ellos, mientras nuestro pasado tira de nuestros pantalones para que no nos alejemos demasiado.

En estos momentos de cambio, posiblemente descubrimos que algunas personas cercanas no lo asumen y se oponen de forma inconsciente a nuestra evolución. Esto es mucho más difícil cuando se trata de seres muy queridos. La familia, los amigos de siempre, o incluso nuestra pareja. Y aquí llega la encrucijada, en la cual es necesario despertar todo el valor que poseemos para mirar con honestidad lo que está pasando.

No puedes ir hacia atrás pero parece que tampoco puedes ir hacia delante sin perder una parte importante de tu vida. Tienes que tomar una decisión, o dejas a un lado tu crecimiento y te conformas con lo de siempre, o muestras quién eres ahora con claridad y dejas que suceda lo que tenga que suceder.

Las personas que sigan a tu lado serán las justas. Serán aquellas a las que su propia evolución las lleve por caminos afines, o aquellas que sean capaces de acogerte tal y como eres ahora. Todas las que no sean capaces de aceptar tu nuevo ser se alejarán.

Si este proceso no se da y sigues rodeado de aquellos que no pueden ver, ni apoyar, ni respetar, tus cambios y tus nuevos valores, la duda reinará en tus días. Y necesitarás una voluntad de hierro para seguir tu camino.

El tema es, ¿hasta qué punto te puedes adaptar a los demás para mantener una relación? ¿Hasta que punto puedes dejar tu proceso de transformación a un lado para seguir siendo parte de algo que no te reconoce? Si lo miramos desde el punto de vista de la infancia, quizá es incluso más fácil de ver.

Voy a compartir una experiencia que tuve hace algunos años con las alumnas de mi clase. Es algo que suele suceder en mayor o menor medida llegados a esta edad, pero en este caso fue un proceso muy hermoso que nos puede ayudar a comprender mejor este tipo de situaciones.

Mi clase estaba formada por un grupo de niños que se conocían desde infantil. Las niñas iban juntas a todas partes, eran muy risueñas y disfrutaban de todo lo que hacían, inventándose mil juegos e historias. Pasó el tiempo y, cuando cumplieron 9 años, empezaron a darse cuenta de que querían jugar a cosas diferentes. Unas seguían con el juego imaginativo, de aventuras, hadas y monstruos. Otras preferían sentarse a charlar sobre chicos y otra quería jugar al baloncesto. Al principio todas cedieron al impulso de una de ellas y siguieron con los juegos imaginativos.

Al cabo de un mes empezaron a percibir que unas mandaban y otras cedían, empezaron las quejas y los desencuentros, pero siguieron juntas. Las que querían seguir con sus juegos imaginativos no entendían por qué las otras ya no querían. Lo sentían como una especie de traición, de abandono. Las que querían charlar se sentían obligadas a permanecer en un sitio que ya no era el suyo y además, sentían que las otras no las escuchaban. Y la que quería jugar al baloncesto se sentía rara porque ninguna otra chica quería hacerlo.

En este caso, todas tenían un dilema. Necesitaban cosas diferentes, pero su lealtad hacia el grupo, y el amor que se habían tenido todo este tiempo les impedía tomar una decisión distinta de las demás. No hacían más que pelear y al final pasaba el tiempo del recreo sin que hubiesen jugado a nada.

La relación empezó a resentirse. Se distanciaron. Y poco a poco, el grupo se diluyó, con mal ambiente, y se las veía separadas por el recreo sin jugar a nada, hablando de sus problemas entre ellas. Incluso criticando la elección de las otras, tildándolas de infantiles, o de creerse mayores, etc.

La situación era difícil. La diferencia dolía mucho, todas querían estar de acuerdo y querer lo mismo, continuar en el mismo sitio, pero su evolución las llevaba por caminos distintos a ritmos diferentes. Algunas incluso llegaron a decir que no querían crecer, que crecer es un rollo y solo trae problemas.

Con mucha serenidad hablamos sobre todo esto, reflexionamos sobre lo que había pasado y llegamos a la conclusión de que, cuando amamos verdaderamente a alguien, tenemos que aceptar que sea libre y que a veces elija hacer otras cosas, que quiera estar con otras personas y jugar a algo diferente. Que si nos aferramos a que alguien esté siempre con nosotras y le pedimos que deje a un lado lo que le gusta, se crea malestar y nadie se siente bien. Y que duele mucho que una amiga ya no quiera jugar contigo. Vimos también que es posible que llegue un momento en el que ya no te gustan las mismas cosas y eso no es culpa de nadie, no se puede controlar. Y que es posible que haya cosas que se compartan y otras que no. Y que lo único que funciona para seguir amando es el respeto, pues criticar la elección del otro empeora la situación.

Todas estas reflexiones fueron suyas, a lo largo del curso. Quien quería jugar al baloncesto, tuvo el valor de hacerlo, y otras niñas lo hicieron también. Quienes querían seguir jugando a hadas y monstruos lo hicieron, y a veces se les volvían a sumar otras niñas y otros niños. Quienes querían sentarse a charlar, también lo hicieron, y se pasaban el recreo felices, charlando de sus cosas. Un año después, todos los grupos habían cambiado, las relaciones entre ellas y ellos fluctuaban y, aunque a veces se daban situaciones dolorosas en las que se sentían solas o abandonadas, el nivel de comprensión y respeto que se alcanzó fue realmente grande. Mucho mayor que el que yo recuerdo de mi propia infancia.

Esta experiencia me hizo reflexionar sobre cómo los adultos afrontamos estas situaciones, y no siempre es con la entereza y la conciencia a la que llegaron este grupo de niñas. A veces nos dejamos llevar por el otro, por amor mal entendido, y dejamos de lado quienes somos realmente y lo que queremos hacer con nuestra vida. Como descubrieron mis alumnas, no sirve de nada permanecer en un lugar que ya no es el nuestro y frenar nuestra evolución. Esto solo puede traer tristeza y desconexión.

Si por miedo a la soledad no desarrollamos nuestro verdadero ser, estaremos siempre solos, echándonos de menos.

Pero si tenemos el valor de ser auténticos, descubriremos nuevas sendas y también nuevos compañeros con los que compartir el camino. Y así, en lugar de crear relaciones dependientes, crearemos relaciones basadas en la conciencia y el respeto, en las que cada uno puede ser quien realmente es, aportando toda su luz a la sociedad.

La importancia de la vuelta a la naturaleza

Una de las cosas que más anhelaba durante el confinamiento era pasear en la naturaleza. Sentía que cada vez estaba más desconectada, más triste y decaída, como una flor en un vaso de agua que languidece recordando la tierra que la sostenía.

Se nos olvida que sin ella no somos nada. No podemos vivir sin aire limpio, nuestra vista se estropea cuando no podemos mirar a lo lejos, ver el horizonte. El cuerpo, las extremidades quedan rígidas de mantener posturas sedentarias, de no ser utilizadas para lo que fueron concebidas, el movimiento. Incluso nuestro sistema circulatorio se resiente, se estanca, la sangre se densifica produciendo inflamación y cansancio. Un cansancio que sólo desaparece con el ejercicio físico, qué gran ironía. O con un baño en el mar, ese mar que hace de diálisis y limpia todos nuestros sistemas.

El sueño se altera, apartado de los ritmos de la naturaleza, sin saber bien cuándo es de noche y cuándo de día. Vivimos en el engaño de la luz artificial, de las pantallas brillantes del móvil, del ordenador, de la televisión, de las bombillas de led. Nuestros ojos aprenden a ver un bosque de tres dimensiones en una pantalla que sólo tiene dos. Y que no tiene ni punto de comparación con la experiencia real, la vivencia de estar en ese bosque al atardecer, un bosque de trescientos sesenta grados, cielo arriba, tierra abajo, olor de abeto, sensación de ser pequeño y estar protegido por esos grandes gigantes amables que te rodean. En su lugar, nosotros somos los gigantes que observamos a través de una pequeña ventana un bosque, pintado en la pantalla.

¿Qué impacto puede tener esto en nuestras vidas? ¿Somos conscientes de todo lo que estamos perdiendo con la vida en el asfalto? ¿Nos damos cuenta de la contaminación acústica y lumínica que sufrimos? ¿Vemos que también nuestros hijos están respirando aire sucio, bebiendo agua con plástico, rodeados de cemento las veinticuatro horas del día?

Realmente pienso que no somos del todo conscientes. Y si lo somos, lo aceptamos como un mal menor, como una realidad inevitable, con un “es lo que hay”, resignados ante la realidad que habitamos. Y cansados e intoxicados por nuestras vidas, seguimos retrasando esa escapada al campo, porque nuestro estrés diario acaba con el recuerdo de lo bien que nos sentimos cuando estamos al aire libre, bajo el sol y las estrellas, buceando en el mar, caminando por el bosque.

Salir a la naturaleza nos ayuda a desintoxicarnos, no solo de la contaminación visible, sino también de la actual avalancha de noticias, del sinfín de estímulos visuales y auditivos que alteran nuestra conciencia diaria.

Que no se nos olvide, que tengamos la fuerza interior necesaria para recordar qué es lo que nos sana, lo que nos revitaliza, lo que nos hace bien. Que podamos, cada uno desde nuestras posibilidades, proteger y vivir en la naturaleza lo más posible. Aunque sea llenando de plantas el balcón. Que seamos capaces de regresar a nuestro origen a cada oportunidad y podamos trasmitir todo esto a la infancia.

Ojalá ellos vean y sientan con intensidad esta llamada y consigan vivir de un modo más cercano a la Vida.

La respuesta está en el momento presente

A lo largo de los meses del confinamiento en España estuve reflexionando sobre cómo transformar estos tiempos extraños en una oportunidad para tomar conciencia, para sentir qué es lo verdaderamente importante y vivir la vida desde esa perspectiva. Escribí varios artículos sobre ésto y también sobre cómo paliar los efectos negativos que podían derivarse de esta situación. Fue un momento de pausa forzada, de ver el mundo desde la ventana, tomando cierta distancia y mirando desde el interior, que puso en evidencia muchas cosas, como el increíble efecto de la ausencia de actividad humana en la naturaleza y nuestra necesidad de conexión real con los demás.

Cuando por fin recuperamos nuestra libertad de movimientos, aproveché para mudarme a mi nuevo hogar y para hacer todas aquellas cosas que tanto había echado de menos, nadar en el mar, pasear por el bosque, sentir el sol y la caricia del viento, recuperar poco a poco el contacto social y reubicarme en esta nueva manera de estar en sociedad.

Ahora, tras dos meses de extraña vuelta al exterior, siento que el mundo entero está siendo sacudido. Ha cambiado nuestra manera de relacionarnos, de trabajar, de viajar y se ha creado una sensación general de incertidumbre, sin poder saber a ciencia cierta hacia dónde nos llevará todo esto. Y, desgraciadamente, también se ha instalado una buena dosis de miedo y desconfianza en gran parte de la sociedad. Miedo a lo que pueda suceder, desconfianza ante la información incoherente y contradictoria que nos llega, ansiedad ante la posibilidad de perder lo conocido, la propia vida.

Todas estas emociones nos hacen separarnos de los demás, verlos incluso como un posible peligro, un foco de contagio, y nos proyectan a una sensación de irrealidad, a un mundo tenebroso que sólo existe en nuestra mente.

En realidad, lo único que existe en este momento es el presente, es la gran lección que la vida nos muestra en pantalla grande, especialmente ahora. El futuro es incierto y escapa a nuestro control. Sólo podemos ser libres en el presente, y sólo aquí podemos crear nuestro camino, aportando lo que somos a la vida, a la sociedad. Vivir en la preocupación constante por un futuro que no podemos controlar es dejar de vivir. El miedo y la desconfianza no cambiarán el futuro y además nos restarán fuerzas para acoger lo que venga con serenidad, para poder actuar con coherencia y confianza.

Desde el miedo es muy difícil vivir sereno, y muy fácil que nuestras defensas, nuestro sistema inmunitario, se desplome y deje de funcionar correctamente.

Esta reflexión me ha hecho ver la inmensa posibilidad de transformación que tenemos en este momento. Podemos dejar de evadirnos con el futuro y mirar lo que hay en nuestra vida. Cambiar aquello que no somos para ser quienes somos realmente. Disfrutar de lo que hay en vez de soñar con lo que no hay. Conseguir que nuestro pensar, nuestro sentir y nuestro hacer se vuelva uno. Que no sea un futuro incierto quien guíe nuestras vidas, sino la capacidad de estar conscientes y actuar desde la presencia y la coherencia.

Todo lo demás es pura ciencia ficción. Distopías que nos distraen y nos hacen sentir que no podemos. Y así es, no podemos enfrentar el futuro, ni resolverlo. Sólo podemos vivir y resolver lo que sucede en el presente. Es aquí donde está la solución, es aquí donde podemos crear nuestro propio paraíso.

Cuando somos capaces de parar un segundo y mirar a las estrellas sin prisa, con total atención, es muy posible que escuchemos nuestra propia alma, hablando a través del Universo.

Ánimo.

La importancia de ser el cambio que necesitamos

A menudo observo lo complejas que son las relaciones entre las personas, tanto desde mis propias relaciones como desde mi trabajo como docente. Ese baile entre dar y recibir, entre ver y ser visto, entre amar y ser amado. Hay personas que dan mucho y les cuesta recibir. Otras se sienten cómodas recibiendo y les cuesta dar. Hay personas que necesitan ser vistas pero no lo expresan, y otras que se colocan en el centro del escenario sin ninguna dificultad. Personas que confían en los demás sin sombra de duda y otras que tienen grandes problemas para confiar incluso en sí mismas.

Estas actitudes que tomamos en relación al otro forman parte de nuestro ser, digamos que el germen de nuestros rasgos más característicos viene ya con nosotros al nacer. Algunos de ellos nos traerán muchas alegrías y otros serán fuente de conflicto en nuestra relación con los demás, creando situaciones que se repetirán a lo largo de nuestra vida hasta que podamos ver más allá y cambiar lo que sea necesario.

Si nos identificamos con un rasgo propio que nos trae dolor y nos aferramos a él pensando que somos eso, estaremos creando un gran obstáculo en nuestra capacidad para ser felices. Somos mucho más que ese rasgo y tenemos la habilidad infinita de cambiar y liberarnos, de ser quienes queramos ser.

Todas estas cualidades, combinadas con las experiencias que vamos teniendo en la vida, van conformando nuestra forma de ser. Será en la infancia y en el seno de la familia donde aprendamos a actuar para sentirnos seguros, queridos, protegidos y a salvo. Y también allí aprenderemos cómo percibir el mundo, siguiendo el ejemplo de nuestras figuras de referencia. Su esencia, su actitud ante la vida, sus creencias más arraigadas, tendrán un gran impacto en nuestro ser, grabándose de forma indeleble en las profundidades de nuestra psique, e influyendo nuestra forma de pensar y de sentir.

Es por ello imprescindible que los adultos trabajemos en nuestro desarrollo emocional. Somos la fuente de la que bebe la infancia, aquello que va a imitar y que va a llevar como guía en su interior. Sólo desde nuestro intento constante por llevar a la conciencia quiénes somos verdaderamente, podemos crear un espacio de presencia donde la infancia pueda a su vez crecer sana, desarrollando todo su potencial para ser feliz y aportar al mundo su luz.

Somos capaces de mirar hacia dentro y desentrañar qué estrategias elegimos de pequeños para sobrevivir y ya no nos sirven y qué nos hace vibrar de alegría, qué cosas nos entusiasman, en qué momentos perdemos el sentido del tiempo y nos enfrascamos con toda nuestra atención en algo. Lo sabemos, sólo tenemos que parar, observar y escuchar. Lo difícil viene después, pues, si estamos muy lejos de nuestra esencia, será preciso cambiar de rumbo. Es muy posible que necesitemos ayuda externa, alguien que nos pueda acompañar en esta nueva senda. Es también posible que conlleve una crisis, pero es el único camino para ser auténticos y sentirnos realmente bien en nuestra piel.

Todo este proceso nos hará ser más reales, y el solo hecho de intentarlo tendrá un efecto positivo e inmediato en quienes nos rodeen.

Para este desarrollo interior es especialmente importante ver de qué manera estamos contribuyendo a crear las situaciones conflictivas que encontramos y tomar la oportunidad para cambiar y crecer. Es preciso aprender a observarnos con objetividad y sin juicio, reconocer aquello que nos hace mal y transformarlo, en vez de mirar hacia fuera y buscar a los culpables en el exterior.

Es algo que, como adultos, podemos transmitir a la infancia a través de nuestro intento. Sólo con poner la atención y la voluntad en ello es suficiente. Si poco a poco soy capaz de frenar la queja, de cambiar mi percepción del mundo como enemigo, de la sociedad como causante de mis males, del vecino como invasor de mi paz, y empiezo a mirar hacia dentro y a actuar de otra manera, a buscar qué puedo hacer yo para que esta situación se convierta en una oportunidad en vez de ser un obstáculo, estoy regalando a la infancia que me rodea un tesoro, el tesoro de ser capaz de tomar el mando de mi propia vida y hacer lo que esté en mi mano para darle la vuelta a la tortilla.

Siento que el único modo real de hacer que nuestra vida mejore es cambiar nosotros mismos. Descubrir quiénes somos, qué nos hace bien y qué nos hace mal, qué consecuencias tienen nuestras acciones en el mundo, en las personas, y elegir cómo queremos actuar y hacia dónde queremos dirigirnos… Ésta es la verdadera libertad.

Esperar a que cambien los demás es una actitud estéril, que desgasta y llena de frustración al más paciente. Esperar a que cambie el mundo, o a que la gente piense como nosotros para hacer algo, consigue que nuestro entusiasmo se apague y se mustie como una flor que espera a la primavera en un jarrón.

Necesitamos escuchar, sentir, entrar en acción, hacer nuestra parte, vivir desde la coherencia y empezar a cambiar desde dentro. Así la infancia, al percibirlo, tendrá la posibilidad de vivir en la libertad que nos ofrece esta perspectiva ante la vida.

Y quizá poco a poco empecemos a ser una sociedad más consciente y feliz.

Sara Justo Fernández. Formadora de maestros. Especialista en pedagogía Waldorf.

La infancia y las pantallas en la cuarentena

Durante esta extraña situación en la que nos encontramos, la única forma de socializar fuera del hogar para muchas personas, ha sido a través de una pantalla. También ha transformado la manera de trabajar de una gran parte de la sociedad, y se ha convertido en uno de los medios más utilizados para la enseñanza.

Este uso extra y casi exclusivo de las nuevas tecnologías para socializar, aunque muy necesario, ha producido en algunas personas entre las que me incluyo, una sensación de irrealidad, de añoranza e incluso, de mayor aislamiento.

Siento que ha sido especialmente difícil para la infancia, pues su necesidad se basa en la presencia, en el tacto, en el juego y en la risa, y no tanto en la conversación, especialmente cuando estamos hablando de edades muy tempranas.

La infancia es el momento de la vida en el que todavía somos capaces de vivir en el presente más absoluto y vibrante. Todo nos llama la atención, cualquier papelito brillante que vuela por el aire, el olor de una naranja, el sonido de la voz de mamá, el color del sofá, la textura de la tela de una cortina, nuestros sentidos están totalmente despiertos y atentos a lo que sucede aquí y ahora. Y no sólo eso, nuestro interés más profundo está en hacer y experimentar, en movernos, en tener interacciones en las que sentimos nuestro peso, nuestro equilibrio y el del resto del mundo. Así que, por ahora, afortunadamente, una pantalla no puede competir con todo esto.

La vida real tiene 360 grados, tiene tacto, cercanía, olores, presencia, tiene sonidos vibrantes y sensaciones que vienen de todas direcciones. Las personas no son sólo sus caras, sino un organismo entero con su lenguaje corporal, su postura, su abrazo, su tono de voz verdadero… No hay interferencias por la conexión de internet y tampoco se congela la cara de nadie al hablar, no es un cuadrado en el que vemos una pequeña parte de las personas que amamos.

Las pantallas nos muestran parte de la realidad y, al principio, da la sensación de que es suficiente. Ves a una persona querida, sonríes, compartes un pensamiento, un dolor, tus sentimientos. Al ser el único medio que tenemos a disposición, nos conformamos y nos adaptamos. Los adultos lo tenemos algo más fácil, pues podemos conversar y nutrirnos de ello de otra manera, pero para algunos resulta una experiencia difícil, especialmente cuando es una conversación en grupo, sin saber bien qué decir o cuándo intervenir. Si eres una persona que busca más la complicidad a través de las miradas, de la risa, de los gestos, del hacer y no eres muy habladora, en este tipo de interacción estás perdida. La experiencia puede ser verdaderamente frustrante y dejarte con las ganas de conectar realmente con el otro.

Sin embargo, en medio de todas estas reflexiones, he vivido una experiencia que ha convertido esta situación en una interacción activa, de aprendizaje, de la que salgo feliz, con la sensación de haber compartido algo real y verdadero.

He tenido la suerte de empezar clases de pintura online en grupo con una bellísima persona, gran maestra y artista. Antes de empezar no tenía grandes expectativas, pues había hecho ya algunos cursos online y la experiencia nunca me había llenado totalmente. El discurso de los docentes no podía competir con el resto de cosas que existían a mi alrededor. Pero esta vez ha sido diferente.

Una de las causas principales es la capacidad que tiene Marta, que así se llama mi maestra, para pintar paisajes con las palabras. Cuando habla y describe lo que vamos a hacer, ella lo está viendo, y es capaz de hacernos llegar un universo que luego será la fuente de nuestra experiencia pictórica.

Otro motivo es el hecho de que pintamos juntas, a la vez, nuestra maestra va observando, comentando lo necesario, y nosotras nos sumergimos en la pintura, preguntando de tanto en tanto cómo vamos, compartiendo la experiencia. Las dos horas pasan volando y, al final, al ver cómo cada una ha interpretado y ha plasmado ese universo desde su propio ser, te sientes acompañada, parte de algo más grande. Entre todas pintamos las diferentes facetas de una misma realidad, cada una aporta su visión personal y, uniéndolas, recreamos algo único. Es una experiencia verdaderamente especial.

En vez de estar conversando sobre el pasado o el futuro, estamos haciendo algo juntas, estamos creando en el momento presente, experimentando una vivencia compartida desde la acción y no sólo desde el pensar. Y es esto lo que la convierte en una relación social real. Y así, empezamos a conocernos de una manera más profunda, viendo al otro desde una perspectiva diferente, no sólo desde su discurso.

Esto es lo que hace que la experiencia a través de la pantalla sea diferente, y que todas estemos tan presentes como si estuvieramos en la misma sala, pintando con nuestra maestra.

Siento que es preciso crear este tipo de experiencias para la infancia, especialmente mientras continúe esta situación. En vez de ofrecerles sólo palabras a través de la pantalla, podemos proponerles experiencias reales compartidas, jugar, pintar, modelar, cantar, etc.

Y no sólo en relación con el adulto, es preciso que puedan trasladar de alguna manera estas experiencias a su propio universo. Podemos ayudarles a crear propuestas para enriquecer la interacción online cuando queden con su clase, con sus amigos, que puedan hacer algo más que charlar, que sea una vivencia rica y positiva, que les llene de alegría y sientan que han podido compartir algo real con sus compañeros.

Quizá de este modo podamos llenar de significado nuestras interacciones a través de las pantallas, estando activos y presentes, disfrutando de compartir a pesar de la distancia. Y hacer que la espera hasta que podamos abrazarnos no se haga tan larga.

Mucho ánimo.

Página de facebook de mi maestra de pintura, por si queréis ver su arte: Marta Such

Sara Justo Fernández. Formadora de maestros. Especialista en pedagogía Waldorf.