El camino de la transformación personal

Hay momentos en la vida en que miramos a nuestro alrededor y ya no reconocemos lo que nos rodea. Y no es porque lo de fuera haya cambiado, sino porque hemos cambiado interiormente. Es como si todo lo conocido ya no encajase con la persona en la que nos hemos convertido. Nos hemos transformado profundamente y el exterior sigue igual, en el mismo sitio, con las mismas rutinas y paisajes de siempre.

Esto sucede cuando una experiencia de vida nos toca profundamente, cuando ocurre algo intenso que nos hace plantearnos qué es lo que queremos y quiénes somos realmente. Miramos hacia la vida con nuevos ojos y descubrimos otras sendas, otros caminos brillando a lo lejos.

Es necesaria mucha valentía para soltar lo que ya no nos hace bien, ver qué es lo que nos hace felices y rodearnos de ello. No quiero decir que apartemos todo lo que no es afín, sino que busquemos activamente aquello que nos hace vibrar, y la compañía de personas con las que sentimos que crecemos, con las que vemos que evolucionamos, que seguimos aprendiendo, que nos dan fuerzas o nos retan para avanzar en la vida.

Hay fuerzas opositoras, incluso dentro de nosotros mismos, que se resisten al cambio, a la evolución, al despertar de nuevas habilidades. Resistencias que impiden la acción, que retrasan el inicio de nuevos caminos y que se oponen a nuestra voluntad. Permanecemos en lo conocido, en lo que éramos, y cualquier novedad es vista como un enemigo de nuestra paz interior.

Pero a veces, la necesidad de ser coherente con nuestro interior, de derrumbar los muros de la rutina y los hábitos, de lo conocido, es tan grande que supera la resistencia y descubrimos mundos nuevos. Estos horizontes que vemos ante nosotros nos llaman con fuerza y empezamos a caminar hacia ellos, mientras nuestro pasado tira de nuestros pantalones para que no nos alejemos demasiado.

En estos momentos de cambio, posiblemente descubrimos que algunas personas cercanas no lo asumen y se oponen de forma inconsciente a nuestra evolución. Esto es mucho más difícil cuando se trata de seres muy queridos. La familia, los amigos de siempre, o incluso nuestra pareja. Y aquí llega la encrucijada, en la cual es necesario despertar todo el valor que poseemos para mirar con honestidad lo que está pasando.

No puedes ir hacia atrás pero parece que tampoco puedes ir hacia delante sin perder una parte importante de tu vida. Tienes que tomar una decisión, o dejas a un lado tu crecimiento y te conformas con lo de siempre, o muestras quién eres ahora con claridad y dejas que suceda lo que tenga que suceder.

Las personas que sigan a tu lado serán las justas. Serán aquellas a las que su propia evolución las lleve por caminos afines, o aquellas que sean capaces de acogerte tal y como eres ahora. Todas las que no sean capaces de aceptar tu nuevo ser se alejarán.

Si este proceso no se da y sigues rodeado de aquellos que no pueden ver, ni apoyar, ni respetar, tus cambios y tus nuevos valores, la duda reinará en tus días. Y necesitarás una voluntad de hierro para seguir tu camino.

El tema es, ¿hasta qué punto te puedes adaptar a los demás para mantener una relación? ¿Hasta que punto puedes dejar tu proceso de transformación a un lado para seguir siendo parte de algo que no te reconoce? Si lo miramos desde el punto de vista de la infancia, quizá es incluso más fácil de ver.

Voy a compartir una experiencia que tuve hace algunos años con las alumnas de mi clase. Es algo que suele suceder en mayor o menor medida llegados a esta edad, pero en este caso fue un proceso muy hermoso que nos puede ayudar a comprender mejor este tipo de situaciones.

Mi clase estaba formada por un grupo de niños que se conocían desde infantil. Las niñas iban juntas a todas partes, eran muy risueñas y disfrutaban de todo lo que hacían, inventándose mil juegos e historias. Pasó el tiempo y, cuando cumplieron 9 años, empezaron a darse cuenta de que querían jugar a cosas diferentes. Unas seguían con el juego imaginativo, de aventuras, hadas y monstruos. Otras preferían sentarse a charlar sobre chicos y otra quería jugar al baloncesto. Al principio todas cedieron al impulso de una de ellas y siguieron con los juegos imaginativos.

Al cabo de un mes empezaron a percibir que unas mandaban y otras cedían, empezaron las quejas y los desencuentros, pero siguieron juntas. Las que querían seguir con sus juegos imaginativos no entendían por qué las otras ya no querían. Lo sentían como una especie de traición, de abandono. Las que querían charlar se sentían obligadas a permanecer en un sitio que ya no era el suyo y además, sentían que las otras no las escuchaban. Y la que quería jugar al baloncesto se sentía rara porque ninguna otra chica quería hacerlo.

En este caso, todas tenían un dilema. Necesitaban cosas diferentes, pero su lealtad hacia el grupo, y el amor que se habían tenido todo este tiempo les impedía tomar una decisión distinta de las demás. No hacían más que pelear y al final pasaba el tiempo del recreo sin que hubiesen jugado a nada.

La relación empezó a resentirse. Se distanciaron. Y poco a poco, el grupo se diluyó, con mal ambiente, y se las veía separadas por el recreo sin jugar a nada, hablando de sus problemas entre ellas. Incluso criticando la elección de las otras, tildándolas de infantiles, o de creerse mayores, etc.

La situación era difícil. La diferencia dolía mucho, todas querían estar de acuerdo y querer lo mismo, continuar en el mismo sitio, pero su evolución las llevaba por caminos distintos a ritmos diferentes. Algunas incluso llegaron a decir que no querían crecer, que crecer es un rollo y solo trae problemas.

Con mucha serenidad hablamos sobre todo esto, reflexionamos sobre lo que había pasado y llegamos a la conclusión de que, cuando amamos verdaderamente a alguien, tenemos que aceptar que sea libre y que a veces elija hacer otras cosas, que quiera estar con otras personas y jugar a algo diferente. Que si nos aferramos a que alguien esté siempre con nosotras y le pedimos que deje a un lado lo que le gusta, se crea malestar y nadie se siente bien. Y que duele mucho que una amiga ya no quiera jugar contigo. Vimos también que es posible que llegue un momento en el que ya no te gustan las mismas cosas y eso no es culpa de nadie, no se puede controlar. Y que es posible que haya cosas que se compartan y otras que no. Y que lo único que funciona para seguir amando es el respeto, pues criticar la elección del otro empeora la situación.

Todas estas reflexiones fueron suyas, a lo largo del curso. Quien quería jugar al baloncesto, tuvo el valor de hacerlo, y otras niñas lo hicieron también. Quienes querían seguir jugando a hadas y monstruos lo hicieron, y a veces se les volvían a sumar otras niñas y otros niños. Quienes querían sentarse a charlar, también lo hicieron, y se pasaban el recreo felices, charlando de sus cosas. Un año después, todos los grupos habían cambiado, las relaciones entre ellas y ellos fluctuaban y, aunque a veces se daban situaciones dolorosas en las que se sentían solas o abandonadas, el nivel de comprensión y respeto que se alcanzó fue realmente grande. Mucho mayor que el que yo recuerdo de mi propia infancia.

Esta experiencia me hizo reflexionar sobre cómo los adultos afrontamos estas situaciones, y no siempre es con la entereza y la conciencia a la que llegaron este grupo de niñas. A veces nos dejamos llevar por el otro, por amor mal entendido, y dejamos de lado quienes somos realmente y lo que queremos hacer con nuestra vida. Como descubrieron mis alumnas, no sirve de nada permanecer en un lugar que ya no es el nuestro y frenar nuestra evolución. Esto solo puede traer tristeza y desconexión.

Si por miedo a la soledad no desarrollamos nuestro verdadero ser, estaremos siempre solos, echándonos de menos.

Pero si tenemos el valor de ser auténticos, descubriremos nuevas sendas y también nuevos compañeros con los que compartir el camino. Y así, en lugar de crear relaciones dependientes, crearemos relaciones basadas en la conciencia y el respeto, en las que cada uno puede ser quien realmente es, aportando toda su luz a la sociedad.

La importancia de la vuelta a la naturaleza

Una de las cosas que más anhelaba durante el confinamiento era pasear en la naturaleza. Sentía que cada vez estaba más desconectada, más triste y decaída, como una flor en un vaso de agua que languidece recordando la tierra que la sostenía.

Se nos olvida que sin ella no somos nada. No podemos vivir sin aire limpio, nuestra vista se estropea cuando no podemos mirar a lo lejos, ver el horizonte. El cuerpo, las extremidades quedan rígidas de mantener posturas sedentarias, de no ser utilizadas para lo que fueron concebidas, el movimiento. Incluso nuestro sistema circulatorio se resiente, se estanca, la sangre se densifica produciendo inflamación y cansancio. Un cansancio que sólo desaparece con el ejercicio físico, qué gran ironía. O con un baño en el mar, ese mar que hace de diálisis y limpia todos nuestros sistemas.

El sueño se altera, apartado de los ritmos de la naturaleza, sin saber bien cuándo es de noche y cuándo de día. Vivimos en el engaño de la luz artificial, de las pantallas brillantes del móvil, del ordenador, de la televisión, de las bombillas de led. Nuestros ojos aprenden a ver un bosque de tres dimensiones en una pantalla que sólo tiene dos. Y que no tiene ni punto de comparación con la experiencia real, la vivencia de estar en ese bosque al atardecer, un bosque de trescientos sesenta grados, cielo arriba, tierra abajo, olor de abeto, sensación de ser pequeño y estar protegido por esos grandes gigantes amables que te rodean. En su lugar, nosotros somos los gigantes que observamos a través de una pequeña ventana un bosque, pintado en la pantalla.

¿Qué impacto puede tener esto en nuestras vidas? ¿Somos conscientes de todo lo que estamos perdiendo con la vida en el asfalto? ¿Nos damos cuenta de la contaminación acústica y lumínica que sufrimos? ¿Vemos que también nuestros hijos están respirando aire sucio, bebiendo agua con plástico, rodeados de cemento las veinticuatro horas del día?

Realmente pienso que no somos del todo conscientes. Y si lo somos, lo aceptamos como un mal menor, como una realidad inevitable, con un “es lo que hay”, resignados ante la realidad que habitamos. Y cansados e intoxicados por nuestras vidas, seguimos retrasando esa escapada al campo, porque nuestro estrés diario acaba con el recuerdo de lo bien que nos sentimos cuando estamos al aire libre, bajo el sol y las estrellas, buceando en el mar, caminando por el bosque.

Salir a la naturaleza nos ayuda a desintoxicarnos, no solo de la contaminación visible, sino también de la actual avalancha de noticias, del sinfín de estímulos visuales y auditivos que alteran nuestra conciencia diaria.

Que no se nos olvide, que tengamos la fuerza interior necesaria para recordar qué es lo que nos sana, lo que nos revitaliza, lo que nos hace bien. Que podamos, cada uno desde nuestras posibilidades, proteger y vivir en la naturaleza lo más posible. Aunque sea llenando de plantas el balcón. Que seamos capaces de regresar a nuestro origen a cada oportunidad y podamos trasmitir todo esto a la infancia.

Ojalá ellos vean y sientan con intensidad esta llamada y consigan vivir de un modo más cercano a la Vida.

La respuesta está en el momento presente

A lo largo de los meses del confinamiento en España estuve reflexionando sobre cómo transformar estos tiempos extraños en una oportunidad para tomar conciencia, para sentir qué es lo verdaderamente importante y vivir la vida desde esa perspectiva. Escribí varios artículos sobre ésto y también sobre cómo paliar los efectos negativos que podían derivarse de esta situación. Fue un momento de pausa forzada, de ver el mundo desde la ventana, tomando cierta distancia y mirando desde el interior, que puso en evidencia muchas cosas, como el increíble efecto de la ausencia de actividad humana en la naturaleza y nuestra necesidad de conexión real con los demás.

Cuando por fin recuperamos nuestra libertad de movimientos, aproveché para mudarme a mi nuevo hogar y para hacer todas aquellas cosas que tanto había echado de menos, nadar en el mar, pasear por el bosque, sentir el sol y la caricia del viento, recuperar poco a poco el contacto social y reubicarme en esta nueva manera de estar en sociedad.

Ahora, tras dos meses de extraña vuelta al exterior, siento que el mundo entero está siendo sacudido. Ha cambiado nuestra manera de relacionarnos, de trabajar, de viajar y se ha creado una sensación general de incertidumbre, sin poder saber a ciencia cierta hacia dónde nos llevará todo esto. Y, desgraciadamente, también se ha instalado una buena dosis de miedo y desconfianza en gran parte de la sociedad. Miedo a lo que pueda suceder, desconfianza ante la información incoherente y contradictoria que nos llega, ansiedad ante la posibilidad de perder lo conocido, la propia vida.

Todas estas emociones nos hacen separarnos de los demás, verlos incluso como un posible peligro, un foco de contagio, y nos proyectan a una sensación de irrealidad, a un mundo tenebroso que sólo existe en nuestra mente.

En realidad, lo único que existe en este momento es el presente, es la gran lección que la vida nos muestra en pantalla grande, especialmente ahora. El futuro es incierto y escapa a nuestro control. Sólo podemos ser libres en el presente, y sólo aquí podemos crear nuestro camino, aportando lo que somos a la vida, a la sociedad. Vivir en la preocupación constante por un futuro que no podemos controlar es dejar de vivir. El miedo y la desconfianza no cambiarán el futuro y además nos restarán fuerzas para acoger lo que venga con serenidad, para poder actuar con coherencia y confianza.

Desde el miedo es muy difícil vivir sereno, y muy fácil que nuestras defensas, nuestro sistema inmunitario, se desplome y deje de funcionar correctamente.

Esta reflexión me ha hecho ver la inmensa posibilidad de transformación que tenemos en este momento. Podemos dejar de evadirnos con el futuro y mirar lo que hay en nuestra vida. Cambiar aquello que no somos para ser quienes somos realmente. Disfrutar de lo que hay en vez de soñar con lo que no hay. Conseguir que nuestro pensar, nuestro sentir y nuestro hacer se vuelva uno. Que no sea un futuro incierto quien guíe nuestras vidas, sino la capacidad de estar conscientes y actuar desde la presencia y la coherencia.

Todo lo demás es pura ciencia ficción. Distopías que nos distraen y nos hacen sentir que no podemos. Y así es, no podemos enfrentar el futuro, ni resolverlo. Sólo podemos vivir y resolver lo que sucede en el presente. Es aquí donde está la solución, es aquí donde podemos crear nuestro propio paraíso.

Cuando somos capaces de parar un segundo y mirar a las estrellas sin prisa, con total atención, es muy posible que escuchemos nuestra propia alma, hablando a través del Universo.

Ánimo.

La importancia de ser el cambio que necesitamos

A menudo observo lo complejas que son las relaciones entre las personas, tanto desde mis propias relaciones como desde mi trabajo como docente. Ese baile entre dar y recibir, entre ver y ser visto, entre amar y ser amado. Hay personas que dan mucho y les cuesta recibir. Otras se sienten cómodas recibiendo y les cuesta dar. Hay personas que necesitan ser vistas pero no lo expresan, y otras que se colocan en el centro del escenario sin ninguna dificultad. Personas que confían en los demás sin sombra de duda y otras que tienen grandes problemas para confiar incluso en sí mismas.

Estas actitudes que tomamos en relación al otro forman parte de nuestro ser, digamos que el germen de nuestros rasgos más característicos viene ya con nosotros al nacer. Algunos de ellos nos traerán muchas alegrías y otros serán fuente de conflicto en nuestra relación con los demás, creando situaciones que se repetirán a lo largo de nuestra vida hasta que podamos ver más allá y cambiar lo que sea necesario.

Si nos identificamos con un rasgo propio que nos trae dolor y nos aferramos a él pensando que somos eso, estaremos creando un gran obstáculo en nuestra capacidad para ser felices. Somos mucho más que ese rasgo y tenemos la habilidad infinita de cambiar y liberarnos, de ser quienes queramos ser.

Todas estas cualidades, combinadas con las experiencias que vamos teniendo en la vida, van conformando nuestra forma de ser. Será en la infancia y en el seno de la familia donde aprendamos a actuar para sentirnos seguros, queridos, protegidos y a salvo. Y también allí aprenderemos cómo percibir el mundo, siguiendo el ejemplo de nuestras figuras de referencia. Su esencia, su actitud ante la vida, sus creencias más arraigadas, tendrán un gran impacto en nuestro ser, grabándose de forma indeleble en las profundidades de nuestra psique, e influyendo nuestra forma de pensar y de sentir.

Es por ello imprescindible que los adultos trabajemos en nuestro desarrollo emocional. Somos la fuente de la que bebe la infancia, aquello que va a imitar y que va a llevar como guía en su interior. Sólo desde nuestro intento constante por llevar a la conciencia quiénes somos verdaderamente, podemos crear un espacio de presencia donde la infancia pueda a su vez crecer sana, desarrollando todo su potencial para ser feliz y aportar al mundo su luz.

Somos capaces de mirar hacia dentro y desentrañar qué estrategias elegimos de pequeños para sobrevivir y ya no nos sirven y qué nos hace vibrar de alegría, qué cosas nos entusiasman, en qué momentos perdemos el sentido del tiempo y nos enfrascamos con toda nuestra atención en algo. Lo sabemos, sólo tenemos que parar, observar y escuchar. Lo difícil viene después, pues, si estamos muy lejos de nuestra esencia, será preciso cambiar de rumbo. Es muy posible que necesitemos ayuda externa, alguien que nos pueda acompañar en esta nueva senda. Es también posible que conlleve una crisis, pero es el único camino para ser auténticos y sentirnos realmente bien en nuestra piel.

Todo este proceso nos hará ser más reales, y el solo hecho de intentarlo tendrá un efecto positivo e inmediato en quienes nos rodeen.

Para este desarrollo interior es especialmente importante ver de qué manera estamos contribuyendo a crear las situaciones conflictivas que encontramos y tomar la oportunidad para cambiar y crecer. Es preciso aprender a observarnos con objetividad y sin juicio, reconocer aquello que nos hace mal y transformarlo, en vez de mirar hacia fuera y buscar a los culpables en el exterior.

Es algo que, como adultos, podemos transmitir a la infancia a través de nuestro intento. Sólo con poner la atención y la voluntad en ello es suficiente. Si poco a poco soy capaz de frenar la queja, de cambiar mi percepción del mundo como enemigo, de la sociedad como causante de mis males, del vecino como invasor de mi paz, y empiezo a mirar hacia dentro y a actuar de otra manera, a buscar qué puedo hacer yo para que esta situación se convierta en una oportunidad en vez de ser un obstáculo, estoy regalando a la infancia que me rodea un tesoro, el tesoro de ser capaz de tomar el mando de mi propia vida y hacer lo que esté en mi mano para darle la vuelta a la tortilla.

Siento que el único modo real de hacer que nuestra vida mejore es cambiar nosotros mismos. Descubrir quiénes somos, qué nos hace bien y qué nos hace mal, qué consecuencias tienen nuestras acciones en el mundo, en las personas, y elegir cómo queremos actuar y hacia dónde queremos dirigirnos… Ésta es la verdadera libertad.

Esperar a que cambien los demás es una actitud estéril, que desgasta y llena de frustración al más paciente. Esperar a que cambie el mundo, o a que la gente piense como nosotros para hacer algo, consigue que nuestro entusiasmo se apague y se mustie como una flor que espera a la primavera en un jarrón.

Necesitamos escuchar, sentir, entrar en acción, hacer nuestra parte, vivir desde la coherencia y empezar a cambiar desde dentro. Así la infancia, al percibirlo, tendrá la posibilidad de vivir en la libertad que nos ofrece esta perspectiva ante la vida.

Y quizá poco a poco empecemos a ser una sociedad más consciente y feliz.

Sara Justo Fernández. Formadora de maestros. Especialista en pedagogía Waldorf.

La infancia y las pantallas en la cuarentena

Durante esta extraña situación en la que nos encontramos, la única forma de socializar fuera del hogar para muchas personas, ha sido a través de una pantalla. También ha transformado la manera de trabajar de una gran parte de la sociedad, y se ha convertido en uno de los medios más utilizados para la enseñanza.

Este uso extra y casi exclusivo de las nuevas tecnologías para socializar, aunque muy necesario, ha producido en algunas personas entre las que me incluyo, una sensación de irrealidad, de añoranza e incluso, de mayor aislamiento.

Siento que ha sido especialmente difícil para la infancia, pues su necesidad se basa en la presencia, en el tacto, en el juego y en la risa, y no tanto en la conversación, especialmente cuando estamos hablando de edades muy tempranas.

La infancia es el momento de la vida en el que todavía somos capaces de vivir en el presente más absoluto y vibrante. Todo nos llama la atención, cualquier papelito brillante que vuela por el aire, el olor de una naranja, el sonido de la voz de mamá, el color del sofá, la textura de la tela de una cortina, nuestros sentidos están totalmente despiertos y atentos a lo que sucede aquí y ahora. Y no sólo eso, nuestro interés más profundo está en hacer y experimentar, en movernos, en tener interacciones en las que sentimos nuestro peso, nuestro equilibrio y el del resto del mundo. Así que, por ahora, afortunadamente, una pantalla no puede competir con todo esto.

La vida real tiene 360 grados, tiene tacto, cercanía, olores, presencia, tiene sonidos vibrantes y sensaciones que vienen de todas direcciones. Las personas no son sólo sus caras, sino un organismo entero con su lenguaje corporal, su postura, su abrazo, su tono de voz verdadero… No hay interferencias por la conexión de internet y tampoco se congela la cara de nadie al hablar, no es un cuadrado en el que vemos una pequeña parte de las personas que amamos.

Las pantallas nos muestran parte de la realidad y, al principio, da la sensación de que es suficiente. Ves a una persona querida, sonríes, compartes un pensamiento, un dolor, tus sentimientos. Al ser el único medio que tenemos a disposición, nos conformamos y nos adaptamos. Los adultos lo tenemos algo más fácil, pues podemos conversar y nutrirnos de ello de otra manera, pero para algunos resulta una experiencia difícil, especialmente cuando es una conversación en grupo, sin saber bien qué decir o cuándo intervenir. Si eres una persona que busca más la complicidad a través de las miradas, de la risa, de los gestos, del hacer y no eres muy habladora, en este tipo de interacción estás perdida. La experiencia puede ser verdaderamente frustrante y dejarte con las ganas de conectar realmente con el otro.

Sin embargo, en medio de todas estas reflexiones, he vivido una experiencia que ha convertido esta situación en una interacción activa, de aprendizaje, de la que salgo feliz, con la sensación de haber compartido algo real y verdadero.

He tenido la suerte de empezar clases de pintura online en grupo con una bellísima persona, gran maestra y artista. Antes de empezar no tenía grandes expectativas, pues había hecho ya algunos cursos online y la experiencia nunca me había llenado totalmente. El discurso de los docentes no podía competir con el resto de cosas que existían a mi alrededor. Pero esta vez ha sido diferente.

Una de las causas principales es la capacidad que tiene Marta, que así se llama mi maestra, para pintar paisajes con las palabras. Cuando habla y describe lo que vamos a hacer, ella lo está viendo, y es capaz de hacernos llegar un universo que luego será la fuente de nuestra experiencia pictórica.

Otro motivo es el hecho de que pintamos juntas, a la vez, nuestra maestra va observando, comentando lo necesario, y nosotras nos sumergimos en la pintura, preguntando de tanto en tanto cómo vamos, compartiendo la experiencia. Las dos horas pasan volando y, al final, al ver cómo cada una ha interpretado y ha plasmado ese universo desde su propio ser, te sientes acompañada, parte de algo más grande. Entre todas pintamos las diferentes facetas de una misma realidad, cada una aporta su visión personal y, uniéndolas, recreamos algo único. Es una experiencia verdaderamente especial.

En vez de estar conversando sobre el pasado o el futuro, estamos haciendo algo juntas, estamos creando en el momento presente, experimentando una vivencia compartida desde la acción y no sólo desde el pensar. Y es esto lo que la convierte en una relación social real. Y así, empezamos a conocernos de una manera más profunda, viendo al otro desde una perspectiva diferente, no sólo desde su discurso.

Esto es lo que hace que la experiencia a través de la pantalla sea diferente, y que todas estemos tan presentes como si estuvieramos en la misma sala, pintando con nuestra maestra.

Siento que es preciso crear este tipo de experiencias para la infancia, especialmente mientras continúe esta situación. En vez de ofrecerles sólo palabras a través de la pantalla, podemos proponerles experiencias reales compartidas, jugar, pintar, modelar, cantar, etc.

Y no sólo en relación con el adulto, es preciso que puedan trasladar de alguna manera estas experiencias a su propio universo. Podemos ayudarles a crear propuestas para enriquecer la interacción online cuando queden con su clase, con sus amigos, que puedan hacer algo más que charlar, que sea una vivencia rica y positiva, que les llene de alegría y sientan que han podido compartir algo real con sus compañeros.

Quizá de este modo podamos llenar de significado nuestras interacciones a través de las pantallas, estando activos y presentes, disfrutando de compartir a pesar de la distancia. Y hacer que la espera hasta que podamos abrazarnos no se haga tan larga.

Mucho ánimo.

Página de facebook de mi maestra de pintura, por si queréis ver su arte: Marta Such

Sara Justo Fernández. Formadora de maestros. Especialista en pedagogía Waldorf.

La esencia de la pedagogía Waldorf

Hace varios días me propusieron colaborar en la creación de un video para explicar los principios esenciales de la pedagogía Waldorf, escribiendo un texto que los describa. Siendo una de las fuentes más importantes y queridas de mi desarrollo profesional, quiero compartir este documento con vosotros, pues define los principios que considero imprescindibles a la hora de acompañar a la infancia. Desde que empecé a trabajar como maestra, a menudo me han preguntado qué es la pedagogía Waldorf y creo que este escrito puede acercar su esencia a personas que quizá no la conozcan todavía. A continuación podéis leer el texto que he escrito para el vídeo y, después, el enlace al documento completo.

El objetivo principal de la pedagogía Waldorf es formar personas libres en cuanto al pensar, al sentir y a la acción. Que cada persona se convierta cada vez más en el ser que es. Digo persona porque esta mirada transforma no solo a la infancia, sino también a los adultos que formamos parte de ella.

Para conseguirlo, partimos de un estudio profundo de la naturaleza humana, que será la guía para el diseño del currículum, definiendo la edad a la que se presentan las diferentes materias y también la metodología que se emplea al tratarlas.

Trabajamos teniendo muy presente que la verdad absoluta no pertenece a nadie y que cada quien debe desarrollar su propia verdad. No se dan conceptos definidos y cerrados, si no conceptos vivos que se pueden expandir, transformar, engrandecer. La intención es despertar preguntas en vez de transmitir contenidos inamovibles.

Para ello evitamos la tendencia de hoy en día de presentar conceptos sin dar imágenes, la intelectualización temprana que excluye el sentir de la experiencia propia. Presentamos vivencias a los alumnos sobre las que después reflexionan, en vez de dar conceptos ya terminados, fijos, sobre los que debatir sin haber tenido una experiencia personal.

Con ello se crean conceptos vivos, reconociendo la realidad, la belleza. Se favorece el desarrollo de un espíritu libre en su búsqueda. No se apela directamente al pensar, si no que trabajamos el sentir y el querer de cada alumno para que se despierte por su propio pensar.

En palabras de Rudolf Steiner: “Nuestro mayor esfuerzo debe ser el desarrollo de seres humanos libres, que sean capaces, por sí mismos, de impartir propósito y dirección a sus vidas”.

Otro de los objetivos es ayudar a encarnar de la mejor manera a los niños; que sean capaces de llegar a todos los rincones de su cuerpo físico y habitarlo con total presencia, con toda su conciencia. Encarnar significa ser capaz de utilizar el cuerpo para hacer todo aquello que decidamos hacer; para ello es primordial percibir qué necesita nuestro cuerpo, movernos con conciencia, llevar la presencia a nuestras sensaciones físicas, descansar, dormir bien, comer sano, hacer ejercicio físico, respirar aire puro, etc.

Uno de los medios más eficaces para conseguir ser dueños de nuestro cuerpo es el trabajo manual: aprendiendo a tejer con dos agujas, haciendo ganchillo, tallando madera, nuestra atención llega hasta las puntas de nuestros dedos, mejorando la coordinación ojo mano y la lateralidad, poniendo en marcha todo un conjunto de funciones físicas de forma rítmica, incluso la respiración.

Por todos estos motivos, el trabajo manual es una de las materias que vertebra la pedagogía Waldorf, y se utiliza ampliamente desde edades tempranas hasta la edad adulta, integrándolo en diferentes clases y empleando materiales adecuados a la destreza y capacidad de cada curso.

El tercer y último objetivo es el desarrollo sano del mundo emocional. Esto se consigue a través del arte, que está presente en todas las materias de diversas maneras y también como materia en sí misma. Diría que ser maestro Waldorf es hacer del arte el principal medio de enseñanza. Todo, desde la forma en que se narran los cuentos en infantil, hasta la manera en que se cuida la disposición del aula, está elegido desde la sensibilidad y la intención de llevar belleza y armonía al día a día de la escuela. Y desde la imitación propia de la infancia, se aprende a valorar y apreciar el mundo artístico al verlo reflejado en el maestro y en la propia clase.

El arte está profundamente relacionado con el mundo emocional, tanto el uso del color en el arte plástico, como el efecto que tiene la combinación de diferentes notas musicales en el alma humana, todo ello nutre la capacidad de sentir y reconocer nuestras emociones. Además, el hecho de practicar cualquier materia artística en grupo tiene la capacidad de mejorar las relaciones sociales y es un gran beneficio para la clase.

Existe una disciplina artística específica, creada por Rudolf Steiner, que se practica en las escuelas Waldorf; se llama euritmia. En pocas palabras se podría describir como la representación de los sonidos musicales y las palabras por medio del movimiento del cuerpo. Cuando se realiza en grupo, es una experiencia verdaderamente hermosa, que trabaja las relaciones sociales entre las personas. Suele ir acompañada con música de piano en vivo.

Como conclusión diría que la esencia de la pedagogía Waldorf está en la capacidad de observar, empatizar y acompañar a la infancia con el propósito de facilitar que cada quien se convierta en la mejor versión de sí mismo, aportando así su luz propia al mundo.

Os dejo con el video, espero que os guste y os sirva.

Texto de Sara Justo Fernández, narrado por Carolina Hernández y editado por la página Palabra de Rudolf Steiner.

Sara Justo Fernández. Formadora de maestros. Especialista en pedagogía Waldorf

Cómo paliar los efectos de la cuarentena en nuestra salud mental

Estos días de retiro me hacen reflexionar sobre las relaciones humanas y cómo podemos mejorarlas, llevando conciencia y comprensión a cada una de nuestras interacciones.

Es mi intención compartir con vosotros, a través de mis artículos, un camino lo más práctico posible para crear un ambiente en el hogar en el que todos podamos sentirnos bien. Espero que os pueda servir.

En el primer texto que escribí aportaba un punto de vista positivo sobre la situación, en el que hablaba de que el hecho de centrarnos en lo que podemos aprender, nos ayudaría a hacer un buen uso de este tiempo. En el segundo proponía recursos a las familias para poder mejorar la convivencia en el hogar, en estas inusuales condiciones.

Hoy, cuatro semanas después de que se iniciara la cuarentena, quiero escribir sobre el lado oscuro. Aunque es vital centrarse en lo positivo de la situación, es preciso conocer el efecto que tiene este retiro sobre nuestra salud mental, para poder ocuparse de ello y salir fortalecidos de la experiencia. Hablar sobre esto es una manera de sentirnos comprendidos, viendo que estamos acompañados y que a todos nos afecta profundamente.

Una de las cosas necesarias para nuestro bienestar emocional es la vida social, el intercambio con otras personas, las vivencias compartidas. A través de nuestras relaciones, aprendemos, evolucionamos, creamos conexiones neuronales, se nos ocurren nuevas ideas, descubrimos problemas por resolver y nos activamos para encontrar respuestas.

Cuando la vida social se reduce al hogar o es incluso inexistente durante tanto tiempo, llega un momento en que todos los estímulos son los mismos, es como estar en un bucle en el que es difícil que se produzca algo nuevo. No hay nada externo que anime nuestra vida familiar, un trabajo, un viaje, un concierto, y todo se vuelve repetitivo y plano. Las emociones están a flor de piel y nos puede invadir la tristeza, la melancolía, la desgana, el enfado. Hasta se nos pueden olvidar los nombres de algunas personas conocidas o sentir cierta desorientación.

Es el efecto de la privación de estímulo social sumado a la falta de movimiento físico.

Si somos personas con mucho mundo interior, es posible que no nos demos cuenta de la inanición anímica que sufrimos. Seguimos inmersos en nuestros quehaceres hasta que la falta de contacto real con la vida exterior llama a nuestra puerta y nos damos cuenta de nuestro estado de desconexión.

Cuando no estamos conectados con nosotros mismos, no podemos relacionarnos con los demás de forma sana. Y esta experiencia de cuarentena, en la que muchos hemos perdido nuestras relaciones sociales e incluso nuestro trabajo, es una prueba difícil en la que se puede confundir la desorientación personal con el desamor. Y podemos proyectar nuestro malestar interior en el otro, sin darnos cuenta de que esto no hace más que empeorar la situación.

La vida con un estímulo social reducido, incluso en las situaciones de pareja bien avenida sin presión económica o familiar, suele acabar siendo anodina. Y podemos incluso pensar que hay falta de amor, cuando lo que hay es falta de propósito, necesidad de sentirnos útiles en relación con el mundo, con la sociedad, con nosotros mismos. Y esa sensación puede llevarnos al criticismo, haciendo de un paraíso un pequeño infierno.

También es muy probable que, al sentirnos invadidos por la melancolía, la tristeza o el enfado, en vez de escucharlo y poner remedio, achaquemos nuestro malestar a lo mal que lo están haciendo los políticos, los vecinos, los otros países o incluso los científicos, elaborando complejas teorías sobre quién es el culpable de todo esto, instalándonos en la queja y en la crítica destructiva.

Se podría pensar que, con el aumento de la vida social via online, nuestras relaciones siguen intactas. Pero con el paso del tiempo, nos damos cuenta de que relacionarse a través de una pantalla es una copia endeble de la realidad. A mi me produce una sensación de irrealidad, de lejanía. Es como si todo estuviera sucediendo a un nivel mental, pero no a un nivel físico y anímico. Digamos que la realidad virtual me deja con una sensación de añoranza casi mayor que la distancia real. Disfruto más al encontarme con las personas queridas en mis sueños que en los zooms y las video conferencias. Si es un buen sueño, claro.

Con esto no quiero decir que esta manera de relacionarse no tengan un valor. Al menos tenemos la sensación de no perder el contacto con esas personas que tanto queremos; el hecho de vernos tras el cristal hace que revivamos la sensación de estar realmente con esas personas, y esto es necesario. Pero de ningún modo suficiente. Y, reflexionando sobre ello, pienso que quizá esta situación nos ayude a ver que una llamada nunca puede sustituir a un café con alguien. Y que, cuando esto termine, necesitaremos revolucionar nuestra vida para hacer tiempo a esos encuentros de calidad con las personas que amamos. O incluso con las que no sabemos que amamos todavía.

Y mientras tanto… ¿qué podemos hacer para paliar el efecto negativo de este aislamiento en nuestra salud mental?

La respuesta es crear experiencias nuevas, significativas, vivencias que podamos compartir, que nos saquen de la mente, que nos conecten con la presencia real, aquí y ahora. Inventarnos juegos, sesiones de baile que nos produzcan risa, que nos hagan sonreir y conectar con el otro de forma nueva. Cosas que no hayamos hecho nunca. Si puede ser sin una pantalla de por medio mejor.

Si no compartes tu espacio con nadie, puedes buscar la conexión social por otros medios, sonríe tras tu mascarilla al cajero del supermercado, saluda a la vecina desconocida cuando te la cruces, escribe cartas de agradecimiento a esas personas que son importantes en tu vida. Encuentra el modo de seguir conectado con el mundo.

Podemos revolucionar nuestro hogar, hacer una macro limpieza y sacar todo fuera, deshaciéndonos de lo que ya no necesitamos. Organizar y limpiar el espacio que habitamos es ocuparnos también de nuestra salud, de nuestro bienestar.

Podemos también aprender a cocinar o mejorar nuestro repertorio. Es una de las habilidades más útiles y satisfactorias que existe, te conecta con todos tus sentidos e implica que estés completamente presente, a riesgo de quemar la comida.

Podemos nutrir nuestra necesidad de crear por medio de actividades artísticas, que nos ayuden a observar con otros ojos el entorno y el interior, en busca de la belleza. Una de mis herramientas favoritas para salir del bucle mental es dibujar lo que tengo delante. Observar los colores, las sombras, los tamaños, las distancias e intentar representarlo. Si es una planta o un árbol mucho mejor, el hecho de que sea un ser vivo te hace vincularte y te nutre profundamente. Da igual que creas que no sabes dibujar, pues la esencia de esta vivencia no está en el resultado si no en el proceso. Haced la prueba, es una experiencia especial.

También hay que poner atención en descansar, pues hay cierta tendencia a un exceso de actividad y no se trata de estresarse, sino de mantenerse activos y presentes.

Y ya para concluir… No olvidéis apagar la televisión. Liberaos de toda esa información que siembra miedo e incertidumbre, que nutre la inseguridad y el pánico, que nos hace sentir impotentes y desconfiar del vecino. Elegid vuestras fuentes de información y consultadlas una vez al día, no es necesario más. Y, por supuesto, proteged a los pequeños de la casa de toda esta avalancha de noticias, que además suelen centrarse en lo escabroso y repetirlo hasta la saciedad.

Si conseguimos descubrir qué es lo que nos hace bien y aprendemos a conocernos mejor, a estar serenos, aceptando la situación y buscando nuestras estrategias para seguir conectados, podremos salir de esto renovados y con fuerzas para cambiar lo que sea necesario, que es mucho.

Ánimo.

Sigue disponible la guía sobre cómo acompañar a la infancia de forma consciente y feliz. Sólo tienes que sucribirte al blog, que es totalmente gratuito, y podrás acceder a ella con el email de confirmación. Aquí te dejo el botón para que puedas ser parte de Educando en libertad.

Sara Justo Fernández. Formadora de maestros. Especialista en pedagogía Waldorf

Cómo hacer de nuestro hogar un espacio de aprendizaje mutuo y bienestar

En estos días complejos, donde la convivencia familiar se convierte en el centro de nuestras vidas, es preciso reflexionar sobre cómo convertir esta situación en una oportunidad para el aprendizaje mutuo. En la entrevista que podéis escuchar a continuación hablo sobre cómo establecer rutinas que permitan respirar y descansar, cómo mejorar la gestión de la convivencia y cómo llevar la atención a aquello que nos hace bien y nos trae salud y alegría.

La entrevista es una propuesta de la página Palabra de Rudolf Steiner, dentro del marco de una serie de videos que están pensados para ofrecer contenidos positivos y valiosos que nos acompañen en esta situación. Desde aquí agradezco su confianza en mí y su hermoso trabajo.

Espero que os sirva de apoyo y os anime. Os dejo con la entrevista, que la disfrutéis 😉

La aplicación de meditación que menciono es Insight timer, tiene meditaciones de muchos estilos diferentes en varios idiomas.

Enlaces a los artículos sobre la autoridad amada:

Cómo nos relacionamos con la autoridad

Decálogo de la autoridad bien entendida o cómo generar un vínculo de confianza sano entre el adulto y el niño

*Os recuerdo a los que estáis suscritos y todavía no habéis hecho el cambio a la nueva forma de suscripción, que lo hagáis lo antes posible. En breve tendré que cancelar la antigua lista de distribución para que no se dupliquen los emails, y dejaréis de recibir noticias mías. Podéis seguir las instrucciones de mi último email para hacerlo. ¡Un abrazo!

Sara Justo Fernández. Formadora de maestros. Especialista en pedagogía Waldorf.

Cambios importantes en la web, que vienen con regalito…

Si habéis leído el principito, esta imagen os recordará algo…

Queridos amigos,

Durante estos días de retiro, me estoy dedicando, entre otras cosas, a mejorar mi página web. Como ya comenté en otro artículo, apenas tengo conocimientos informáticos y digamos que no es exactamente mi punto fuerte, pero visto que dispongo de mucho tiempo y que al final, se parece bastante a hacer sudokus, me he lanzado a hacer algunos cambios.

Para empezar, he actualizado las políticas de privacidad y otros temas legales que son necesarios para que vuestros datos estén completamente protegidos. Los podéis consultar al pie de cualquiera de las páginas de la web.

Después me he lanzado a cambiar la manera en la que os suscribís a la web, para poder mejorar la forma en que estamos en contacto.

Esto tiene muchas partes buenas y una mala. La mala es que los que ya estéis suscritos al blog, tendréis que volver a hacerlo; esto es necesario porque será otra plataforma, mailchimp, bastante más completa que la anterior, la que gestiona vuestros datos con total confidencialidad, y requieren de vuestro permiso expreso para hacerlo. La forma de volver a suscribirse es tan fácil como darle al botón que encontraréis al final de esta entrada y seguir las instrucciones 😉

Una de las ventajas es que podré enviaros una newsletter, en principio mensual, con los nuevos artículos que haya escrito y otros recursos educativos que merecen ser compartidos. En vez de llegaros los textos en emails impersonales, podré escribirlos yo, añadiendo un poco de gracia y salero y frases inspiradoras que os puedan alegrar el día.

Otra ventaja es que, para compensar este esfuerzo, os voy a regalar una guía que he escrito estos días sobre cómo acompañar a la infancia de forma consciente y feliz. Por feliz me refiero a que nosotros seamos felices acompañándolos y ellos crezcan sanos y contentos, expresando todo su potencial y convirtiéndose cada vez más en quienes han venido a ser.

Y la última ventaja es que funcionará mejor y seguirá siendo totalmente gratuito. Además, los nuevos suscriptores también recibiréis la guía como regalo de bienvenida.

Espero que podáis seguir los pasos con facilidad, si algo no funciona, observáis cualquier cosa que se pueda mejorar o tenéis alguna pregunta, no dudéis en escribirme. Estoy a vuestra disposición, estos días más que nunca…

Ojalá todos podamos aprovechar la situación para mejorar, aprender y salir al mundo renovados. ¡Mucho ánimo!

¡Uy! Casi se me olvida poner el enlace… Aquí me encantaría poner el emoticono de la carita sonriente que le cae una gota de sudor por la frente, pero no sé cómo 😉

Os dejo con el botón y un abrazo. Sara.

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Sara Justo Fernández. Formadora de maestros. Especialista en pedagogía Waldorf

El lado positivo de la situación

Lo primero que salta a la mente en una situación de emergencia sanitaria y social como la que estamos viviendo es lo negativo, las probabilidades que tenemos de pasarlo mal, de enfermar, de contagiar a otros, de que haya escasez de alimentos, de carencia de servicios, de hundimiento de la economía…un sinfín de problemas graves y muchos de ellos totalmente reales que nos paralizan o nos llevan al pánico y al caos más absoluto. Queremos escapar de la situación, alejarnos, y lo hacemos incluso pretendiendo que no pasa nada y yéndonos a la playa en plan vacacional, negando la realidad. O bien corremos al supermercado a vaciar sus estantes, con la angustia de la carestía, probablemente heredada de un pasado no tan lejano.

Nuestro cerebro reacciona con afán de supervivencia y, hasta que no pasa cierto tiempo, no somos capaces de ver nada más que nuestra propia necesidad, el peligro al que estamos expuestos y los inconvenientes que nos pueda causar la situación.

Y, sin embargo, cuando aquietas un momento todos esos pensamientos, cuando miras por la ventana y ves cómo brilla el sol, cómo cantan los pájaros, cómo están brotando las hojas en los árboles de tu calle, cada día más verdes y frondosos, aparece otro tipo de conciencia.

De repente te das cuenta de que esta situación ha hecho que la industria frene de golpe, cosa que no ha conseguido toda la alarma y el intento de concienciación ante el cambio climático, por mucho que nos hemos esforzado. La contaminación en China y muchos otros países, aunque sea momentáneamente, se ha reducido de forma drástica, tanto por la industria como por la minimización de los desplazamientos, dando lugar a una necesaria mejora de la calidad del aire que respiramos.

Te das cuenta de que, uno de los problemas más graves que hay en nuestra sociedad, que es el estrés y esta vida de locos en la que no tenemos tiempo ni para dar atención de calidad a nuestra familia, en la que la infancia corre de acá para allá, de una actividad extraescolar a otra, sin tiempo para jugar, o bajo el cuidado de otras personas durante largas horas, de repente se invierte, y tenemos a familias enteras reunidas en casa, aprendiendo a pasar tiempo juntos, redescubriendo juegos de su infancia, maneras de disfrutar, conviviendo y repartiendo las tareas, responsabilizándose a partes iguales de lo necesario.

Te das cuenta de que el teletrabajo, en muchos casos, es posible, y también otra manera de organizarnos que aporte mayor conciliación entre la vida laboral y la familiar, que permita que podamos vivir en áreas rurales, descongestionando las ciudades y reduciendo la contaminación producida por los desplazamientos diarios.

Y también te das cuenta de qué es lo verdaderamente necesario, cuáles son los productos de primera necesidad, cómo se sienten las personas que viven en países donde la incertidumbre sobre si tendrán acceso a alimentos es el pan de cada día.

Y cómo muchas veces nos encerramos en casa o en el trabajo por elección, presos de las redes sociales, de la televisión, del ordenador, de tareas interminables, en vez de disfrutar de un paseo por el campo o de un café con alguien amado.

Y sí, desgraciadamente, esta situación supondrá una gran crisis económica para muchos países, para muchas personas. Es inevitable, pero, como dice un buen amigo, hay que abrazar lo inevitable, hacerlo nuestro y transformar lo que sea posible en nosotros para seguir adelante y salir fortalecidos de esta experiencia.

A veces necesitamos perder lo que tenemos para darnos cuenta de qué es lo verdaderamente importante.

Si esta situación nos ayuda a reflexionar, a pasar tiempo de calidad con nuestra familia o con nosotros mismos, a darnos cuenta de que podemos vivir con mucho menos, a valorar salir a la calle y poder reunirte con otras personas, a comprender el sentir cotidiano de otros pueblos que no tienen nuestros privilegios, a descubrir qué es lo verdaderamente esencial y cómo preservarlo…habremos ganado mucho.

Y si además aprovechamos esta pausa para dedicarnos a cosas que nos hacen bien, para cocinar y comer sano, meditar, hacer yoga, cantar, escribir, poner en orden nuestras vidas, limpiar nuestra bandeja de correo electrónico, aprender un nuevo idioma, rescatar todo aquello que hemos dejado en el cajón de las cosas para las que no tenemos tiempo…entonces habremos ganado más todavía.

Ánimo.

Sara Justo Fernández. Formadora de maestros. Especialista en pedagogía Waldorf