El desencanto del materialismo y su efecto en la infancia

En este artículo voy a hablar sobre el efecto que tiene la visión materialista de la sociedad actual en la infancia. Siento que cada vez se da más valor a aquello que el dinero puede comprar, en detrimento de la apreciación de cosas sencillas, como disponer del tiempo suficiente para descansar o para sentarse a leer un libro. Además, cada día muere un poco la capacidad humana de asombrarse y admirar las cosas que no se pueden comprender, desechando todo aquello que no se pueda comprobar a través del método científico, proclamándolo falso, queriendo evitar la incertidumbre de la vida.

Esto repercute especialmente en los niños, que dejan de vivir en su mundo mágico cada vez más temprano, quedando desencantados y desconectados de su esencia más auténtica.

Lo curioso es que el hecho de no poder comprobar algo no significa que no exista, significa, simplemente, que no se puede comprobar. Pero de algún modo nos hemos convencido para negar la incertidumbre y, por el camino, hemos perdido la capacidad de soñar, quedándonos con una realidad en la que sólo hay cabida para aquello que podemos tocar.

Hemos dejado de venerar la luna y el sol, la naturaleza y su representación en los dioses mitológicos, para ponernos al servicio de los bienes materiales, muchas veces de forma esclava, perdiendo nuestra libertad, nuestra fantasía y nuestra capacidad de disfrutar de lo intangible.

Creo que no somos conscientes de la gran pérdida que estamos sufriendo, se extiende como una pandemia invisible que nos roba alegría y las fuerzas anímicas necesarias para hacer realidad las ideas que tenemos, manifestando nuestro verdadero propósito. Cuando nos limitamos a creer sólo aquello que vemos, nos negamos la posibilidad de manifestar aquello que todavía no se ha materializado. Nos condenamos a una sociedad que no puede cambiar de paradigma, que solo puede repetirse de forma infinita.

Como decía al principio, lo más grave es el efecto que este pensamiento tiene en los niños; les sacamos de su mundo de ensueño donde todo es posible, a la primera oportunidad. No somos conscientes de que necesitan imaginar y expandir su pensamiento sin los corsés de lo razonable, de lo científico. Y, en vez de respetar su necesidad, nos empeñamos en responder cada una de sus preguntas con teorías adultas que no pueden ni deben comprender todavía. O, lo que es peor, les decimos que no existe aquello que sienten como verdadero.

Y, confundidos y desencantados, buscan en la materia un referente digno de los antiguos dioses… pero sólo encuentran al influencer de moda, que les muestra cómo sumergirse todavía más en la materia, dependiendo de los “me gusta” de personas que ni siquiera conocen para sentirse parte de algo más grande, sin saber que ese sentimiento les pertenece por derecho propio.

Me parece muy necesario que los que hemos vivido otra forma de ver el mundo podamos transmitir a las nuevas generaciones todo lo que puede ofrecer.

Todavía recuerdo el día en que una amiga me dijo que los Reyes Magos eran los padres… No me lo creí, ni en ese momento ni mucho después, tenía clarísimo que había magia en aquella noche, y esa magia me ha acompañado hasta el día de hoy.

Tuve la suerte de tener una infancia llena de amor, en la que sentía, gracias a mis padres, que había algo más grande que yo que me protegía, algo más grande incluso que ellos mismos, a quien siempre podía pedir ayuda, y que velaba por mí.

Esta imagen bondadosa, ya fuera la compañía de mi ángel guardián o la sensación del mundo espiritual como algo más amplio, me confortaba y me hacía sentir que el mundo estaba bien orquestado y que podía confiar en la vida.

Más adelante, tal y como sucede en el desarrollo sano de la individualidad de cada ser humano, puse en duda todas las creencias que había recibido y exploré otras culturas con perspectivas diferentes, para poder finalmente llegar a mi propia verdad. Y, aunque algunas de esas creencias cambiaron, la sensación de que el universo me cuida, de que hay algo inherentemente bondadoso y sabio en la vida, en la naturaleza, me acompaña desde niña y nunca me ha abandonado. Este ha sido el mayor apoyo que he podido tener en mi camino, lo que me ha hecho superar los momentos más oscuros de desesperanza y de desánimo.

Siento que esta percepción de la vida está desapareciendo, dejando un vacío que los dioses de barro no pueden llenar, llevando a la adolescencia a esa dependencia malsana del mundo virtual. Necesitamos volver a apreciar lo humano y lo divino, haciendo espacio a la intuición, a la posibilidad de un nuevo paradigma que está por descubrir.

Y la vuelta a la apreciación de la naturaleza y su magia es uno de los mejores caminos para ello.

Sara Justo Fernández. Maestra y formadora en pedagogía Waldorf.

Autora del libro «Crecer para educar«

La observación como base de la educación y la crianza

Cuando formamos una familia o nos convertimos en maestros, es frecuente que la falta de experiencia nos convierta en un mar de dudas.

Ya sea por lo que dicen nuestros familiares y amigos o por lo que hemos leído y estudiado en la carrera, tenemos un ideal sobre cómo deberían ser las cosas, acompañado por un sinfín de teorías y de creencias, a veces contrarias entre sí, sobre lo que deberíamos hacer. Pero cuando las llevamos a la práctica, las cosas no funcionan tal y como dicta la teoría.

Quizá antiguamente era distinto; el saber popular relacionado con la crianza iba pasando de madres a hijas y se hacía lo que siempre se había hecho, sin apenas cuestionarlo. Había un modo de educar bastante homogéneo que no dejaba lugar a dudas, aunque seguro que existían excepciones.

Hoy en día, la situación ha cambiado mucho. En primer lugar, con la separación de los núcleos familiares extensos ya no solemos tener a nuestra disposición la presencia y sabiduría de los abuelos. Nos hemos convertido en familias aisladas, con el único apoyo de guarderías y escuelas, sin tiempo y con mucho estrés. En segundo lugar, hay tantas corrientes pedagógicas que es muy difícil discernir qué es lo adecuado, y a menudo elegimos cómo actuar basándonos en las dificultades que tuvimos en nuestra propia infancia.

El conocimiento que poseemos sobre la crianza y la educación procede en su mayor parte de la teoría o de nuestros propios traumas infantiles. Vivimos la crianza intentando evitar lo que nosotros sufrimos, yendo hacia el otro extremo, actuando desde nuestras heridas o nuestra mente, desconectados de la intuición, sin pararnos a observar qué es lo que realmente necesita ese ser que tenemos delante. Y con el ritmo de vida que llevamos, no nos damos cuenta de que lo que nos falta es tener un conocimiento real, que provenga de la experiencia.

Tanto para la crianza como para la educación, es imprescindible tomarnos el tiempo necesario para escuchar y observar. Cada ser humano es único e irrepetible, no existen recetas que sirvan para todos por igual. Solo a través de la observación* podemos conocer, solo a través del conocimiento podemos amar y solo a través del amor podemos acompañar al otro en el desarrollo de su potencial para ser feliz.

Si bien es cierto que tener tiempo tal y como está estructurada la vida hoy en día es casi imposible, no por ello debemos rendirnos. Cuando algo no funciona, hay que cambiarlo. Tenemos a la infancia totalmente abandonada en manos ajenas o, mucho peor, en medios audiovisuales y redes sociales, buscando el calor, el reconocimiento y la compañía que necesitan en un lugar frío y engañoso.

Es preciso hacer un cambio en nuestras vidas y conseguir tiempo de calidad para acompañar a la infancia. Dejar la teoría a un lado y empezar a conocer a nuestros hijos y alumnos. Pasar tiempo con ellos, ofreciendo un espacio cariñoso y sereno donde se puedan desarrollar felices. Si solo disponemos de media hora al día, que sea media hora de presencia absoluta, con el móvil y la televisión lejos y apagados, con la mente libre y el corazón dispuesto a escuchar, sentir, conocer y amar.

Cuando conseguimos estar presentes de esta forma, se crea el verdadero vínculo, desaparecen las carencias y la sensación de abandono, y la infancia puede crecer en autoestima, estable y feliz, desarrollando todos sus dones y confiando en la vida.

Y nosotros, como adultos, conseguimos acompañar su crecimiento desde la seguridad de lo que hemos experimentado, y esto nos permite poner límites sanos cuando es necesario y convertirnos en la autoridad amada.

Sara Justo Fernández. Maestra y formadora en pedagogía Waldorf.

Autora del libro «Crecer para educar«

*Si te interesa saber más sobre la observación y cómo ponerla en práctica en tu día a día, puedes leer aquí varias maneras de hacerlo, que son parte de la pedagogía Waldorf.