La importancia de la vuelta a la naturaleza

Una de las cosas que más anhelaba durante el confinamiento era pasear en la naturaleza. Sentía que cada vez estaba más desconectada, más triste y decaída, como una flor en un vaso de agua que languidece recordando la tierra que la sostenía.

Se nos olvida que sin ella no somos nada. No podemos vivir sin aire limpio, nuestra vista se estropea cuando no podemos mirar a lo lejos, ver el horizonte. El cuerpo, las extremidades quedan rígidas de mantener posturas sedentarias, de no ser utilizadas para lo que fueron concebidas, el movimiento. Incluso nuestro sistema circulatorio se resiente, se estanca, la sangre se densifica produciendo inflamación y cansancio. Un cansancio que sólo desaparece con el ejercicio físico, qué gran ironía. O con un baño en el mar, ese mar que hace de diálisis y limpia todos nuestros sistemas.

El sueño se altera, apartado de los ritmos de la naturaleza, sin saber bien cuándo es de noche y cuándo de día. Vivimos en el engaño de la luz artificial, de las pantallas brillantes del móvil, del ordenador, de la televisión, de las bombillas de led. Nuestros ojos aprenden a ver un bosque de tres dimensiones en una pantalla que sólo tiene dos. Y que no tiene ni punto de comparación con la experiencia real, la vivencia de estar en ese bosque al atardecer, un bosque de trescientos sesenta grados, cielo arriba, tierra abajo, olor de abeto, sensación de ser pequeño y estar protegido por esos grandes gigantes amables que te rodean. En su lugar, nosotros somos los gigantes que observamos a través de una pequeña ventana un bosque, pintado en la pantalla.

¿Qué impacto puede tener esto en nuestras vidas? ¿Somos conscientes de todo lo que estamos perdiendo con la vida en el asfalto? ¿Nos damos cuenta de la contaminación acústica y lumínica que sufrimos? ¿Vemos que también nuestros hijos están respirando aire sucio, bebiendo agua con plástico, rodeados de cemento las veinticuatro horas del día?

Realmente pienso que no somos del todo conscientes. Y si lo somos, lo aceptamos como un mal menor, como una realidad inevitable, con un “es lo que hay”, resignados ante la realidad que habitamos. Y cansados e intoxicados por nuestras vidas, seguimos retrasando esa escapada al campo, porque nuestro estrés diario acaba con el recuerdo de lo bien que nos sentimos cuando estamos al aire libre, bajo el sol y las estrellas, buceando en el mar, caminando por el bosque.

Salir a la naturaleza nos ayuda a desintoxicarnos, no solo de la contaminación visible, sino también de la actual avalancha de noticias, del sinfín de estímulos visuales y auditivos que alteran nuestra conciencia diaria.

Que no se nos olvide, que tengamos la fuerza interior necesaria para recordar qué es lo que nos sana, lo que nos revitaliza, lo que nos hace bien. Que podamos, cada uno desde nuestras posibilidades, proteger y vivir en la naturaleza lo más posible. Aunque sea llenando de plantas el balcón. Que seamos capaces de regresar a nuestro origen a cada oportunidad y podamos trasmitir todo esto a la infancia.

Ojalá ellos vean y sientan con intensidad esta llamada y consigan vivir de un modo más cercano a la Vida.

La importancia de ser el cambio que necesitamos

A menudo observo lo complejas que son las relaciones entre las personas, tanto desde mis propias relaciones como desde mi trabajo como docente. Ese baile entre dar y recibir, entre ver y ser visto, entre amar y ser amado. Hay personas que dan mucho y les cuesta recibir. Otras se sienten cómodas recibiendo y les cuesta dar. Hay personas que necesitan ser vistas pero no lo expresan, y otras que se colocan en el centro del escenario sin ninguna dificultad. Personas que confían en los demás sin sombra de duda y otras que tienen grandes problemas para confiar incluso en sí mismas.

Estas actitudes que tomamos en relación al otro forman parte de nuestro ser, digamos que el germen de nuestros rasgos más característicos viene ya con nosotros al nacer. Algunos de ellos nos traerán muchas alegrías y otros serán fuente de conflicto en nuestra relación con los demás, creando situaciones que se repetirán a lo largo de nuestra vida hasta que podamos ver más allá y cambiar lo que sea necesario.

Si nos identificamos con un rasgo propio que nos trae dolor y nos aferramos a él pensando que somos eso, estaremos creando un gran obstáculo en nuestra capacidad para ser felices. Somos mucho más que ese rasgo y tenemos la habilidad infinita de cambiar y liberarnos, de ser quienes queramos ser.

Todas estas cualidades, combinadas con las experiencias que vamos teniendo en la vida, van conformando nuestra forma de ser. Será en la infancia y en el seno de la familia donde aprendamos a actuar para sentirnos seguros, queridos, protegidos y a salvo. Y también allí aprenderemos cómo percibir el mundo, siguiendo el ejemplo de nuestras figuras de referencia. Su esencia, su actitud ante la vida, sus creencias más arraigadas, tendrán un gran impacto en nuestro ser, grabándose de forma indeleble en las profundidades de nuestra psique, e influyendo nuestra forma de pensar y de sentir.

Es por ello imprescindible que los adultos trabajemos en nuestro desarrollo emocional. Somos la fuente de la que bebe la infancia, aquello que va a imitar y que va a llevar como guía en su interior. Sólo desde nuestro intento constante por llevar a la conciencia quiénes somos verdaderamente, podemos crear un espacio de presencia donde la infancia pueda a su vez crecer sana, desarrollando todo su potencial para ser feliz y aportar al mundo su luz.

Somos capaces de mirar hacia dentro y desentrañar qué estrategias elegimos de pequeños para sobrevivir y ya no nos sirven y qué nos hace vibrar de alegría, qué cosas nos entusiasman, en qué momentos perdemos el sentido del tiempo y nos enfrascamos con toda nuestra atención en algo. Lo sabemos, sólo tenemos que parar, observar y escuchar. Lo difícil viene después, pues, si estamos muy lejos de nuestra esencia, será preciso cambiar de rumbo. Es muy posible que necesitemos ayuda externa, alguien que nos pueda acompañar en esta nueva senda. Es también posible que conlleve una crisis, pero es el único camino para ser auténticos y sentirnos realmente bien en nuestra piel.

Todo este proceso nos hará ser más reales, y el solo hecho de intentarlo tendrá un efecto positivo e inmediato en quienes nos rodeen.

Para este desarrollo interior es especialmente importante ver de qué manera estamos contribuyendo a crear las situaciones conflictivas que encontramos y tomar la oportunidad para cambiar y crecer. Es preciso aprender a observarnos con objetividad y sin juicio, reconocer aquello que nos hace mal y transformarlo, en vez de mirar hacia fuera y buscar a los culpables en el exterior.

Es algo que, como adultos, podemos transmitir a la infancia a través de nuestro intento. Sólo con poner la atención y la voluntad en ello es suficiente. Si poco a poco soy capaz de frenar la queja, de cambiar mi percepción del mundo como enemigo, de la sociedad como causante de mis males, del vecino como invasor de mi paz, y empiezo a mirar hacia dentro y a actuar de otra manera, a buscar qué puedo hacer yo para que esta situación se convierta en una oportunidad en vez de ser un obstáculo, estoy regalando a la infancia que me rodea un tesoro, el tesoro de ser capaz de tomar el mando de mi propia vida y hacer lo que esté en mi mano para darle la vuelta a la tortilla.

Siento que el único modo real de hacer que nuestra vida mejore es cambiar nosotros mismos. Descubrir quiénes somos, qué nos hace bien y qué nos hace mal, qué consecuencias tienen nuestras acciones en el mundo, en las personas, y elegir cómo queremos actuar y hacia dónde queremos dirigirnos… Ésta es la verdadera libertad.

Esperar a que cambien los demás es una actitud estéril, que desgasta y llena de frustración al más paciente. Esperar a que cambie el mundo, o a que la gente piense como nosotros para hacer algo, consigue que nuestro entusiasmo se apague y se mustie como una flor que espera a la primavera en un jarrón.

Necesitamos escuchar, sentir, entrar en acción, hacer nuestra parte, vivir desde la coherencia y empezar a cambiar desde dentro. Así la infancia, al percibirlo, tendrá la posibilidad de vivir en la libertad que nos ofrece esta perspectiva ante la vida.

Y quizá poco a poco empecemos a ser una sociedad más consciente y feliz.

Sara Justo Fernández. Formadora de maestros. Especialista en pedagogía Waldorf.

Cómo hacer de nuestro hogar un espacio de aprendizaje mutuo y bienestar

En estos días complejos, donde la convivencia familiar se convierte en el centro de nuestras vidas, es preciso reflexionar sobre cómo convertir esta situación en una oportunidad para el aprendizaje mutuo. En la entrevista que podéis escuchar a continuación hablo sobre cómo establecer rutinas que permitan respirar y descansar, cómo mejorar la gestión de la convivencia y cómo llevar la atención a aquello que nos hace bien y nos trae salud y alegría.

La entrevista es una propuesta de la página Palabra de Rudolf Steiner, dentro del marco de una serie de videos que están pensados para ofrecer contenidos positivos y valiosos que nos acompañen en esta situación. Desde aquí agradezco su confianza en mí y su hermoso trabajo.

Espero que os sirva de apoyo y os anime. Os dejo con la entrevista, que la disfrutéis 😉

La aplicación de meditación que menciono es Insight timer, tiene meditaciones de muchos estilos diferentes en varios idiomas.

Enlaces a los artículos sobre la autoridad amada:

Cómo nos relacionamos con la autoridad

Decálogo de la autoridad bien entendida o cómo generar un vínculo de confianza sano entre el adulto y el niño

*Os recuerdo a los que estáis suscritos y todavía no habéis hecho el cambio a la nueva forma de suscripción, que lo hagáis lo antes posible. En breve tendré que cancelar la antigua lista de distribución para que no se dupliquen los emails, y dejaréis de recibir noticias mías. Podéis seguir las instrucciones de mi último email para hacerlo. ¡Un abrazo!

Sara Justo Fernández. Formadora de maestros. Especialista en pedagogía Waldorf.

La importancia de la transformación personal en la crianza y la enseñanza

En este artículo voy a hablar de la importancia de nuestro trabajo de observación y transformación personal a la hora de acompañar a la infancia, ya sea en el entorno del hogar o de la escuela.

La intensa vinculación emocional que hay entre los miembros de una familia hace que todo lo que sucede en la esfera del hogar tenga un impacto profundo. También el profesorado, especialmente si acompaña un mismo curso durante varios años, tiene una gran influencia sobre el desarrollo emocional de sus alumnos, pues se convierte en un referente cotidiano con quien comparten la mayor parte del día.

Las famosas neuronas espejo, aquellas que funcionan a toda potencia en la más tierna infancia, se encargan de que los niños reproduzcan todo aquello que perciben. La imitación del entorno es la base del aprendizaje, es mediante la repetición de lo que nos rodea que conseguimos comprender e integrar nuevas habilidades y conocimientos. Pero no sólo se imita lo que se ve, también se interiorizan actitudes ante la vida, prejuicios, miedos, hábitos, creencias y formas de abordar los problemas que se presentan ante nosotros.

Si somos personas que sabemos relajarnos, que disfrutamos de lo que hacemos, que vivimos desde la serenidad y el buen humor, que tomamos las dificultades con la calma necesaria para poder resolverlas, los niños que nos rodean estarán expuestos a estas cualidades y serán para ellos la normalidad. Aunque tengan un temperamento diferente al nuestro, podrán aprender a regularse mejor e imitarán, en la medida de lo posible para ellos, nuestras conductas.

Si somos personas impacientes, nerviosas, siempre pensando en los peligros que acechan en el camino, esto también afectará profundamente a los niños. Algunos mostrarán estos miedos desde el principio, reflejando y aumentando los del adulto. Otros, sin embargo, se rebelarán y con su conducta mostrarán justo lo contrario, pero en su interior sentirán la inseguridad, el miedo profundo a los peligros de la vida. Justamente para equilibrarlo, es posible que vivan su vida sin querer mirar los peligros, de forma incluso temeraria. Esto es tan solo una reacción al miedo interior, una necesidad de ir al otro extremo para conseguir llegar al centro, al punto medio.

Todo lo que somos y sentimos llega a los niños de forma directa, y tiene un impacto superior a cualquier cosa que digamos. Es inútil decir una cosa si con nuestra conducta estamos enseñando algo muy diferente. Como decía Emmerson; “Lo que haces habla tan fuerte que no puedo escuchar lo que dices”.

Los niños son ese espejo en el que se refleja lo que vive en nosotros, ya sea positivo o negativo. Al ver una cualidad nuestra en ellos, tendemos a repetir nuestro diálogo interior, pero hacia fuera. Es decir, si yo siento pereza y no me lo permito y me juzgo por ello, cada vez que crea que mi hija está mostrando esta actitud, voy a llamarle la atención y a decirle todo lo que me digo a mi misma cuando siento pereza. Lo más curioso es que resulta difícil percibir que esa pereza también vive en mi, precisamente porque yo no me lo permito, y que mi hija está expresando lo que yo no acepto de mi misma.

Es decir, no sólo imitan y repiten lo que hacemos, si no también aquello que no nos permitimos, aquello que juzgamos de nosotros mismos. Les impacta lo que sentimos con intensidad, sea algo que nos negamos o algo que vivimos con plena consciencia.

Voy a explicarlo un poco más: los niños perciben cuando tenemos una reacción fuerte ante algo, ya sea porque nos encanta y nos identificamos con ello o porque lo rechazamos en los demás y en nosotros mismos. Al sentir esa reacción intensa, perciben que tiene importancia, y pueden actuar imitando nuestra reacción o yendo al extremo opuesto. Lo que imitan es la gran atención que damos a esa cualidad.

Por ejemplo, si yo veo que mis padres son muy ordenados, y muestran una actitud crítica ante las personas que no lo son, veo que este tema es importante y me voy a posicionar, ya sea repitiendo su conducta o rebelándome ante este extremo yendo al opuesto. Todo esto normalmente sucede de forma inconsciente.

Como comentaba antes, es posible que no nos demos cuenta de que están imitando una cualidad nuestra hasta que alguien nos ayude a verlo. Puede suceder, por ejemplo, que observemos que nuestro hijo es muy perfeccionista y no logre asumir sus propios errores sin dramatizar . Probablemente, si preguntáramos a un amigo si somos perfeccionistas nos diría que sí. O quizá es nuestra pareja o alguien muy cercano quien muestra esta cualidad de forma habitual.

En este caso concreto, lo mejor es poner nuestra atención en reconocer y celebrar cada error cometido, reduciendo la frustración y poniendo atención en resolverlo desde la aceptación, desde el reconocimiento del error como parte del éxito, como señal de que el camino trazado no lleva a buen puerto y que hay cambiar de ruta.

Eso sí, tiene que hacerse de forma genuina pues puede ser que con nuestras palabras le hablemos de la aceptación del error como camino, pero que mostremos frustración y enfado con nosotros mismos cada vez que nos equivocamos… En esos casos, no funcionará y es incluso posible que nuestro hijo lo vea y nos diga: “no seas tan perfeccionista”.

La respuesta, como decía, está en observarnos, descubrirnos, aceptarnos y probar otros caminos. Y será a menudo a través del reflejo en la conducta de estas almas amorosas que podamos reconocernos.

Recuerdo que, en mi primer año como maestra, observé algo muy extraño. Cada vez que contaba un cuento, mis alumnos de cinco años levantaban las cejas una y otra vez, abriendo mucho los ojos. Y yo empecé a preguntarme si me estaban tomando el pelo. Creo que llegué a preguntarles por qué hacían aquel gesto y ellos no entendieron a qué me refería.

Un día, mientras les contaba el cuento, vi mi reflejo en la ventana, y casi me da un ataque de risa. Era yo la que, al contar los momentos más emocionantes de la historia, levantaba las cejas y abría los ojos con tanto énfasis que era imposible dejar de imitarme.

Ellos son un regalo, son la inocencia que imita y reproduce sin juzgar lo que somos. Nos ofrecen la oportunidad de vernos para tomar conciencia y decidir si ese reflejo es lo que queremos ser o queremos poner nuestra voluntad en transformarlo.

Y nuestra capacidad de elección y transformación será la más hermosa acción a imitar.

Sara Justo Fernández. Formadora de maestros. Especialista en pedagogía Waldorf.

Cuidando la palabra en la crianza y en la enseñanza

Una de las cosas en las que primero me fijé como maestra es cómo encasillamos a los niños en un rol del cual les resulta muy difícil salir. Cuando llegan a la escuela y repiten cierto comportamiento a lo largo de los primeros meses, son calificados de obedientes, ordenados, despistados, revoltosos, irrespetuosos, escandalosos, lentos, listos y un sinfín de palabras que, de ninguna manera, pueden abarcar la hermosa complejidad de un ser humano.

Este juicio parcial sobre el carácter del niño en cuestión se suele decir en voz alta, delante del resto de niños, se comenta en las reuniones de maestros y con los padres, y a base de repetirlo, se convierte en una verdad absoluta que todos creen, los compañeros, los padres, el maestro y el mismo niño. Y, sean juicios positivos o negativos, tienen un efecto muy potente sobre la percepción que tiene el niño de sí mismo y su identidad.

Esto no sólo sucede en la escuela, pasa también en casa, en la familia, en la sociedad en general. Tendemos a hacernos una idea del otro y la fijamos, sin darnos la oportunidad de descubrir la grandeza de las personas que nos rodean. Digamos que somos de juicio fácil. Y lo curioso es que, una vez que hemos decidido algo sobre alguien, nos cuesta mucho cambiar esta percepción, incluso si la otra persona se comporta de forma diferente. No lo registramos, no somos capaces de ver aquello que no cuadra con la idea que tenemos del otro. Y, queramos o no, nuestros juicios son percibidos por los demás, ya sea porque los expresamos en voz alta o por cosas más sutiles, como nuestro comportamiento o nuestro lenguaje corporal.

En el caso de los niños es mucho más grave, pues todavía no suelen tener una percepción clara de sí mismos, y todo aquello que llega de fuera tiene un efecto inmenso. Por ejemplo, si de pequeña mi entorno me decía que no me esforzaba lo suficiente, es probable que pase toda mi vida pensando que no me esfuerzo lo suficiente, y este concepto forme parte de mi identidad. Al igual que conozco mi imagen gracias a que existen los espejos, la sociedad es ese espejo que refleja, a veces de forma distorsionada, quién soy.

Cierto es que estos juicios pueden venir de una realidad observada por el adulto y unas ganas de ayudar, pero el efecto que produce en los niños suele ser la rebelión o aceptación sin posibilidad de cambio, como decía la canción: “yo soy así, y así seguiré, nunca cambiaré”.

El problema principal es que suelen ser afirmaciones con carga moral, es decir, hay algo bueno o malo en ser de esta manera o de la otra, y además, se repiten y perduran en el tiempo. Por ejemplo, cuando digo que alguien es un gruñón en vez de preguntar si ha tenido un mal día, hoy, en concreto. O está pasando por un momento difícil.

Este tipo de juicios externos, cuando se interiorizan, se convierten en profecías auto cumplidas: si mi entorno cree que no voy a conseguir pasar un examen, para qué me voy a esforzar. Son una especie de cárcel de la cual es difícil salir.

Una experiencia muy significativa que refleja esto a la perfección es cuando nos mudamos a otro país. Por ejemplo, cuando me fui a vivir a Inglaterra a los 21 años, recuerdo perfectamente la sensación de sentirme libre de la personalidad que supuestamente tenía, y el gran abanico de posibilidades que se abría ante mi. Podía elegir de nuevo, nadie me conocía, así que podía empezar de cero. Y así fue, me quité de encima muchos de los sambenitos que tenía colgados desde niña, y empecé a recibir juicios muy diferentes de aquellos a los que estaba acostumbrada. Es decir, los juicios no desaparecieron, pero empecé a relativizarlos y a darme cuenta de que era libre para decidir quién era y qué quería crear en mi vida en cada momento.

Curiosamente, uno de mis libros favoritos de pequeña era “Un duende a rayas”, de María Puncel, que describe el viaje de un duende por el mundo para descubrir quién es y recibe afirmaciones contrarias según a quién se encuentra; el caracol le dice que es muy rápido, el águila le dice que es muy lento y así sucesivamente. Seguramente porque las opiniones de los demás me afectaban mucho, lo leí millones de veces, intentando entender dónde podía mirarme en el espejo.

En cualquier caso, no debería hacer falta irse a otro país y empezar de cero para reconocer quiénes somos verdaderamente, quitarnos de encima el pensar ajeno y saber que podemos reinventarnos a cada momento.

Como adultos, podemos regalar esa libertad a los niños, podemos aprender a observar, a dar espacio y a expresar lo que vemos sin emitir un juicio moral y sin generalizar.

Por ejemplo, si observamos que un niño se enfada, tomarnos el tiempo de hablar con él, en privado, preguntándole qué le pasa, qué es lo que le ha enfadado, o incluso diciendo que hoy lo vemos enfadado. Es muy importante poner el énfasis en el momento presente, aunque le pase a menudo, y también en que parece enfadado, y eso no tiene por qué ser verdad, ni tampoco tiene que ser bueno ni malo, simplemente es una observación. Algo que está sucediendo ahora y que no es la totalidad del niño, no es un “enfadica”, es un niño que ahora mismo está sintiendo enfado.

Y ya, para terminar, me gustaría mencionar que las etiquetas positivas tienen el mismo efecto encarcelador. Hay niños a los que tildamos de “buenos”, que viven en el miedo de hacer algo mal y perder ese título, y no se permiten salir lo más mínimo de la norma, siendo incapaces de reconocer o escondiendo cualquier cosa que consideren negativa.

El peligro de los juicios ajenos estriba en que quitamos la oportunidad a los niños de darse cuenta de lo que hacen, de las consecuencias que tienen sus acciones y de si realmente esto es lo que quieren conseguir y sembrar en su vida o no. Ayudar a los niños a ser conscientes del efecto de su acciones es darles la capacidad de elegir quiénes son. Emitir un juicio, sin embargo, es llevarlos a un lugar donde no tienen opciones.

Si queremos que las futuras generaciones sean verdaderamente libres, tenemos que cuidar este aspecto con gran sensibilidad, ser conscientes de las palabras que utilizamos e intentar ampliar nuestra percepción para que cada uno sea quien realmente es.

Y, por supuesto, enseñar a los niños a percibirse, crear espacios de crianza donde crezcan en autoestima, confianza y empatía, sabiendo que las opiniones de los demás son una perspectiva a tener en cuenta y nunca una verdad absoluta.

Desde este lugar, todo es posible.

Sara Justo Fernández. Formadora de maestros. Especialista en pedagogía Waldorf.

La importancia de la palabra y de la intención

En estos últimos días del año suelo hacer una retrospectiva sobre los cambios que han sucedido en mi vida, observando tanto los hechos como el efecto que estas experiencias han tenido en mi. Y es curioso percibir que hay un aprendizaje que, de alguna manera, une todas las situaciones y les da un sentido mucho más profundo. A veces solo es necesaria una palabra más, una conversación, para darte cuenta de ese algo que estás finalmente preparado para comprender.

En este caso, lo que poco a poco ha ido calando en mi interior es la importancia de la intención, o más bien, de ser consciente de la intención que hay detrás de cada acción.

Hagamos lo que hagamos, hay una intención que nos impulsa a actuar. No siempre somos conscientes de ella pues, en ocasiones, actuamos de forma impulsiva y sin pensar, y creemos que hemos actuado sin intención. Sin embargo, a un nivel inconsciente, existe un motivo que nos lleva a actuar de un modo concreto, aunque a veces sea muy difícil saber cuál es.

Y este motivo va a tener un efecto sobre las consecuencias de nuestra acción, lo conozcamos o no. Cuando no somos conscientes de nuestras intenciones, nos sorprende lo que llega a nuestra vida y no entendemos por qué suceden las cosas. La misma acción puede tener resultados muy diferentes según la intención que yo tenga al actuar. Por eso es tan importante ser conscientes de lo que nos impulsa, especialmente en nuestras relaciones.

Si mi intención al hacer algo es terminar pronto para hacer otra cosa, el resultado va a ser muy diferente de si lo hago con la intención de disfrutar lo que estoy haciendo.

Si yo tengo sensación de culpa por no prestar la suficiente atención a alguien, y le hago un regalo con la intención de suplir esa situación, esto va a tener un efecto concreto. Si, en vez de actuar, soy consciente de mi intención, que es acabar con la sensación de culpa, y la transformo en responsabilidad, quizá me de cuenta de que lo necesario aquí es la atención y no el regalo.

Sé que estoy hablando de cosas sutiles, pero tienen un efecto impactante en nuestras vidas y creo importante traer algo de luz al respecto. Cuando soy consciente de mi intención, empiezo a ser consciente de lo que necesito y lo que quiero, y esto me da la posibilidad de elegir lo que hago, en vez de actuar de forma impulsiva. También me da la posibilidad de decidir si esa intención proviene de un lugar sano en mi, o de una carencia que quizá debo resolver de otro modo.

Por ejemplo, a veces nos quedamos en un trabajo o en una relación por miedo a no encontrar nada mejor, a la soledad, a todo lo que implicaría hacer un cambio profundo. Y esto nos mantiene en una situación de infelicidad que revierte en todas las áreas de nuestra vida.

Preguntarnos qué intención tenemos al hacer algo, o incluso al no hacer algo, nos traerá respuestas que nos ayudarán a conocernos mejor y a decidir hacia dónde queremos dirigirnos.

Todo esto es especialmente importante a la hora de hablar; cuántas veces nos encontramos diciendo algo que no queríamos decir, o que tiene un efecto contrario al que pensábamos. Muchas veces es porque existen varias intenciones inconscientes; por ejemplo, tengo la intención de entenderme con la persona que amo, pero si me siento atacada, para protegerme, le hiero con mis palabras. Esto se hace especialmente patente en las discusiones, que acaban siendo una lucha de egos en la que la intención inicial, que era entenderse, queda enterrada por la intención de protegerse, herir al otro, quedar por encima y demás.

Darse cuenta de todo esto, descubrir y elegir conscientemente nuestras intenciones, requiere una práctica constante, una gran dosis de sinceridad y, sobre todo, la capacidad de estar presente y atento. Es una tarea difícil, pero cada paso que damos en esta dirección nos hace más coherentes y felices, mejora y sana nuestras relaciones, en definitiva, se convierte en una fuente de amor.

Y por ese motivo quería compartirlo con vosotros, como reflexión de fin de año, agradecida por todo el apoyo recibido y por las experiencias y las personas que aparecen en mi vida para recordarme una y otra vez que siga practicando, que siga intentando elegir mis intenciones con claridad, consciencia y amor.

Que tengáis un hermoso fin de año y que sembréis vuestras más valiosas intenciones para el siguiente.

Un gran abrazo

Sara Justo Fernández. Formadora de maestros. Especialista en pedagogía Waldorf.

Iniciando nuevas andaduras

Queridos amigos,

Os escribo desde mi nueva página web. Ha sido un proceso que ha durado varios días, en el que me he sumergido en el mundo de wordpress y sólo sacaba la cabeza para tomar aire. Qué curioso es cuando algo te toma de tal forma que se te olvida hasta comer… El caso es que mis hadas madrinas me advirtieron de que esto pasaría, pero aun así, no deja de maravillarme.

Como en casi todo en la vida, pero en esto más aun, soy una aprendiz, y es más que probable que la web esté llena de desaguisados. Espero que, por lo menos sean cosas simpáticas y me las podáis perdonar. En cualquier caso, acogeré vuestro feedback con las manos abiertas, y si es con posibles soluciones, mejor aun.

Ha sido divertido, y lo será más aun cuando lo entienda mejor.

Por ahora, he trasladado todo el contenido de mi antiguo blog, y en breve subiré también todo tipo de material pedagógico que os pueda ayudar en vuestro día a día.

La web es bastante sencilla, hay varios apartados que podéis ver en la parte superior de la página principal. Desde allí podéis acceder a distintos contenidos: una biografía que intentaba ser breve pero no lo fue, la página del blog donde podéis encontrar todos los artículos que he escrito hasta ahora, una página de recursos donde iré colocando todo aquello que os pueda servir, una reseña de los libros que están en proceso de ser publicados y, por último, la página de contacto con currículum incluido.

Apuntaos! Suscribíos! Es gratuito, y he puesto un montón de botones para que lo podáis hacer con facilidad 🙂 Así seréis parte de mi maillist y no os perderéis nada, podréis estar al día del nuevo material y, de paso, sabréis de mis andanzas.

No puedo terminar sin agradecer todas las ayudas que me están llegando estos días… Ellos saben quienes son, y sé que lo que más ilusión les va a hacer es que yo haga lo mismo llegado el momento. Gracias de corazón.

Y como estoy muy contenta, voy a acompañar esta entrada con una foto mía en la playa, para recordar que el calorcito sigue existiendo. Y también, cómo no, con un botoncito para que os suscribáis. Besos grandes!

Os dejo con el botón 😉

Al hacer clic en enviar, aceptas compartir tu dirección de correo electrónico con el propietario del sitio y con MailChimp para recibir mensajes, actualizaciones y otros correos electrónicos del propietario del sitio. Utiliza el enlace de cancelación de suscripción de esos correos electrónicos para cancelar tu suscripción en cualquier momento.

Sara Justo Fernández. Formadora de maestros. Especialista en pedagogía Waldorf.

Desempolvando estrellas

Cuando era pequeña y me preguntaban qué quería ser de mayor, yo respondía: “Enfermera, peluquera, cocinera, Teresa Rabal y Guillermo el travieso”…

De todo aquello me ha quedado una gran afición por las plantas medicinales, la alegría de invitar a mis amigos a cenar a casa, removiendo en el caldero cualquier plato exótico, mi faceta de cantante de bluegrass y copla (esto último es un secreto) y la gran travesura de ser una maestra poco convencional… Lo de la peluquería lo voy a dejar para otra vida, me parece.

Esta mezcla que somos todos, estas ideas, sueños y proyectos que tenemos de niños, son el tesoro más preciado que existe, es la guía interior que nos recuerda para qué hemos venido aquí y qué nos hace realmente felices… Y, sin embargo, a menudo muere a manos de los adultos, que nos enseñan qué es lo verdaderamente “útil”, qué es lo que nos hará ganar el pan de cada día, qué es lo que nos hará triunfar en la sociedad y alejar la pobreza y el sufrimiento… Y así nos convertimos en adultos desconectados, que no vibramos con nuestra propia vida, que esperamos el viernes como agua de mayo, y el verano como única salvación del tedio de nuestras vidas, la pareja como aquel que se ocupará de nuestra felicidad y la jubilación como un Edén en el que aburrirnos como ostras con un mojito en la mano.

Y por ello, desde aquí, me gustaría poder transmitir la importancia de preservar la conexión con nosotros mismos, el cuidado que la educación debe tener para acrecentar esta escucha interior y el descubrir de nuestros dones, de lo que nos hace felices, de lo que podemos aportar a la sociedad de forma genuina.

Es mi intención más profunda compartir con vosotros, padres, madres, maestros, abuelos y gentes del mundo un modo diferente de enfocar la educación, donde cada uno encuentre quién es y desde allí brille con su luz más potente, alumbrando un mundo más hermoso… Y para poder ayudar a nuestros niños y niñas en este proceso, antes tenemos la misión de descubrirnos a nosotros mismos y empezar a ser quienes somos. Empezar a ser, a estar presentes y a ser conscientes del vasto potencial que todos llevamos dentro, y acompañar a las estrellas que llegan a nuestras vidas a quitarse el polvo del camino.

Así sea.

Y aunque esto suene muy poético y nebuloso, espero poder acompañaros con descripciones claras y concisas, con maneras prácticas y lógicas de mirar a los niños con amor, que también significa poner límites y enseñar que la libertad de cada uno termina donde empieza la del otro.

Mil gracias por vuestro apoyo, vuestro cariño, vuestra escucha y comprensión.

Espero que os guste y que os sirva.

Sara Justo Fernández. Formadora de maestros. Especialista en pedagogía Waldorf.

Cómo nos relacionamos con la autoridad (continuación).

En el artículo precedente hablaba sobre cómo generar una autoridad sana en nuestro acompañamiento a la infancia, describiendo qué actitudes podemos desarrollar para conseguirlo.

Hoy quiero profundizar en nuestra relación con el concepto de autoridad y cómo se ha ido formando según las experiencias que hemos vivido al respecto. Es imprescindible revisar este punto si queremos entender por qué nos resulta difícil poner límites, pues por mucho que practiquemos las actitudes que mencionaba, si no creemos en lo que estamos haciendo, no va a funcionar.

Son muchas las vivencias que cargamos de nuestra infancia, y parte de ellas están relacionadas con cómo nuestros padres y maestros ejercían su papel. Según la generación y el contexto social de cada uno, hemos experimentado un modelo parental distinto, que puede ir desde el autoritarismo a la falta de normas o la indiferencia, pasando por ambientes más complejos que alternan ambos extremos.

Sin ser del todo conscientes, actuamos rebelándonos o perpetuando aquello que hemos vivido en la infancia, negándonos a actuar como hicieron nuestros padres o repitiendo exactamente lo mismo. Ellos fueron nuestra primera autoridad y dejaron una huella profunda muy difícil de borrar.

Cuando la experiencia vivida es negativa, o incluso traumática, desarrollamos una aversión a la autoridad que podemos incluso trasladar a figuras sociales, por ejemplo a nuestro jefe o jefa, y es posible que decidamos no tener hijos o trabajar por cuenta propia para no tener que colocarnos de nuevo en una relación de autoridad.

Y esto se agrava si salimos de nuestro microcosmos, el círculo familiar, y observamos el papel y las consecuencias del autoritarismo en la sociedad durante el siglo pasado. Es muy posible que vivan en nosotros y en los niños algunas heridas del inconsciente colectivo. El poder, la autoridad y la falta de conciencia, unidos en manos de intereses egoístas, han hecho mucho daño a lo largo de la historia de la humanidad.

El malestar asociado al concepto de autoridad y obediencia es tan grande, que algunos de nosotros, incluso de forma inconsciente, nos rebelamos ante la tarea de guiar a otro ser humano. Las heridas son tan profundas, que no queremos utilizar la autoridad, ni tener nada que ver en que los niños nos obedezcan y pierdan su sentido de la responsabilidad. Tenemos miedo de influir en su moral y educar a personas que no cuestionan las órdenes del otro. Queremos que sean capaces de decidir por sí mismos y de rebelarse cuando consideren que algo no es correcto.

Y es posible que también los niños de hoy en día, que nadan en ese inconsciente colectivo, se rebelen ante nuestro pasado histórico y tengan mayor resistencia a seguir instrucciones cuando no comprenden el por qué de estas decisiones, o cuando no tienen un vínculo de confianza con el adulto que representa esa autoridad.

El conflicto viene cuando todo esto nos paraliza y nos impide ver la necesidad que tienen los niños de un marco donde sentirse seguros, de un adulto que ya ha cruzado los mares y conoce la ruta a seguir, hasta llegar a buen puerto. Y veo cada día personas amables y bondadosas, cuya intención es realmente acompañar a los niños en su desarrollo desde el amor, sufrir con el tema de los límites, dudar a la hora de sentar unas normas de convivencia y hacer que se respeten, incluso permitir que haya faltas de respeto hacia si mismos. Y niños que, perdidos en esa falta de límites, van como pollo sin cabeza, sin guía ni mapa para desarrollarse, a la deriva en su mar de emociones, sin saber hacia dónde ir, y, lo más importante, sin saber que su libertad termina donde empieza la del otro.

De hecho, es la propia falta de límites en la infancia la que crea personas que no son capaces de empatizar con el otro, que solo se ven a sí mismos y sus necesidades, pues no han aprendido que los demás también tienen derechos, empezando por sus padres y sus maestros.

Enseñar a los niños a cuestionar la autoridad es algo necesario a cierta edad, pero primero necesitan aprender a escuchar, respetar y confiar en los adultos que verdaderamente transmiten amor, honestidad y bondad. Cuando se instala la desconfianza en un niño, no puede descansar, vive en estado de alerta constante y es muy difícil que pueda aprender de forma fluida.

Y también existe otro tema a tener muy en cuenta. Cuando no ponemos límites durante mucho tiempo, los niños los buscan y su conducta disruptiva escala, se hace cada vez más patente, y llega un punto en que el adulto finalmente estalla, y pone el límite de forma autoritaria e incluso agresiva, pues ha rebasado los límites de su paciencia y ya no es capaz de ponerse en el lugar del niño y entender de dónde viene su conducta para poder acompañarlo desde la calma. Y entonces aparece aquella figura de autoridad temida, nos convertimos en el fantasma de nuestra infancia y nos sentimos tan mal que intentamos no volver a perder la paciencia nunca más…hasta la próxima vez.

Esto nos lleva a ver el ejemplo opuesto, aquellos adultos que tienen una norma para cada situación y que llevan la disciplina a rajatabla, reprendiendo a los niños cada vez que salen del redil sin mirar la necesidad que puedan estar expresando. Este otro extremo de la balanza también conduce a los niños a rebelarse, antes o después, y crea un ambiente lleno de tensión y frustración. Cuando los niños se sienten comprendidos y escuchados son capaces de aceptar las normas, incluso si todavía no las pueden entender del todo.

Siento que es muy importante buscar la raíz de todo esto en nuestro interior, sacar a la luz nuestro pasado y hacer una búsqueda del sentido real de la autoridad bien entendida.

Observar el efecto que tiene en los niños un límite bien puesto con amor, establecer consecuencias adecuadas cuando los niños rebasan esos límites, sin dejar de comprender que necesitan hacerlo, porque son niños y están descubriendo el mundo y el efecto que tienen sus actos en los demás.

Desarrollar la flexibilidad firme, o la firmeza flexible.

Ser capaz de cuestionar como adulto tus propias decisiones, pero mantenerlas el tiempo suficiente para ver si son válidas, si producen calma y entendimiento. Ser capaz de cambiar de idea si te equivocas, de escuchar al niño y de observar sus sentimientos, ver si es feliz o no, si necesita otra cosa, ser capaz de empatizar con la esencia de los niños, de respetar sus tiempos y su necesidad de juego, de no forzar nuestras ideas de cómo tiene que ser, nuestras expectativas, nuestras ganas de que crezcan y aprendan. Y a la vez, ser capaz de respetarte a ti mismo, tus necesidades y tus tiempos.

Y desde ahí, revolucionar el antiguo concepto de autoridad y darle un nuevo significado, lleno de experiencias positivas de confianza, aprendizaje, respeto y amor.

El reflejo de este tipo de autoridad se ve en los niños, que captan quién eres verdaderamente, y te muestran su amor cada día.

Sara Justo Fernández
Formadora de maestros, especialista en pedagogía Waldorf.
 

Decálogo de la autoridad bien entendida o cómo generar un vínculo sano de confianza entre el adulto y el niño.

En cualquier situación de aprendizaje, sea en casa, en la escuela o en cualquier otro lugar, es imprescindible una relación de confianza y escucha entre los implicados. Si yo no respeto ni escucho a la persona que tengo en frente es imposible que aprenda nada de ella, y viceversa.
 
Según mi parecer, esto está ligado al concepto de autoridad, entendiendo la autoridad como esa cualidad que tienen ciertas personas que hace que sean escuchadas, respetadas y queridas por lo que son, que transmite confianza y seguridad y hace sentir a aquellos que las rodean valiosos y amados.
 
Es de este tipo de autoridad del que voy a hablar aquí, pues es un tema amplio que causa mucha confusión y también sufrimiento, a grandes y pequeños, y me gustaría aportar un poco de luz al respecto.
 
En este artículo quiero compartir con vosotros las actitudes que necesitamos adquirir para generar este vínculo sano, que nace de la confianza. El desarrollo de estas cualidades es una carrera de fondo, no es algo que se consiga en un día, pero si podemos tenerlas presentes y practicarlas una a una, nuestra manera de estar con los niños cambiará y poco a poco conseguiremos integrarlas en nuestra consciencia diaria.
 
1. Confía en ti mismo. Si no confías en ti mismo es muy difícil que los demás confíen en ti. Investiga, observa, aprende, y toma tu decisión. No tengas miedo a equivocarte ni a rectificar, todos nos equivocamos, pero sólo las personas seguras son capaces de admitirlo, reírse de si mismos y cambiar, pues su valía no está en ser perfectos sino en existir y actuar desde el amor.
 
2. Sé consistente; que tus respuestas sean coherentes y tus límites claros. Si no se puede gritar en el salón cuando mamá está durmiendo, no se puede ni hoy ni mañana. Esto no quiere decir que no se cambien ciertas normas tras una reflexión razonada o que nunca haya excepciones. Las hay, pero que las excepciones no se conviertan en la norma. Tampoco quiere decir que no se escuchen las propuestas de los demás, es posible que apunten algo que tú no has visto y que lo quieras acoger y cambiar.
 
3. Cuando sea posible, observa antes de intervenir, intenta tener toda la información antes de tomar una decisión sobre algo o mediar en un conflicto. Para evitar reacciones impulsivas que no tienen vuelta atrás, respira profundamente varias veces antes de actuar. No dejes que los prejuicios, o las cosas que han sucedido con anterioridad influyan en tu objetividad, escucha como si fuera la primera vez.
 
4. Respeta profundamente a los niños. Cuida la manera en la que te diriges a ellos. Ten cuidado a la hora de corregir los errores, intenta que se den cuenta por si mismos y hazlo en privado, no delante de los demás. Es mucho más difícil asumir una equivocación en público. No juzgues sus actitudes ni sus rasgos personales, sólo expresa las consecuencias de sus acciones o lo que producen en los demás: lo ideal sería ser capaz de no juzgar ni etiquetar ni siquiera en nuestro pensamiento, y si lo hacemos, darnos cuenta y cambiarlo. Que una persona haga algo una o mil veces no excluye la posibilidad de que deje de hacerlo o lo haga de un modo diferente en el futuro, confiar en que los cambios son posibles, especialmente en los niños.
 
5. Respétate. Cuídate, descansa, no des más de lo que puedes dar, no alargues tus noches para preparar algo para los niños que después te hará estar poco presente y malhumorado, conócete, conoce tus límites, tus necesidades, lo que te hace feliz, y compártelo con ellos. Esto incluye cuidar también tu esfera personal, tus relaciones, tus aficiones, tu familia: si has perdido estos espacios personales, todo el peso de tu felicidad está sobre los niños, ya sean tus alumnos o tus hijos, y esto es una carga muy difícil de llevar.
 
6. Permítete ser humano. Nos equivocamos, nos enfadamos, tenemos un mal día, juzgamos, perdemos los nervios… todo esto sucede, y cuando sucede, lo podemos utilizar para mostrar humildad y pedir disculpas. Esto nos hace evolucionar y es un gran ejemplo para los niños.
 
7. Escucha las propuestas y las ideas de los demás y toma tú la decisión. Eres el capitán del barco. La decisión es tu responsabilidad. Si dejas las decisiones en manos de los niños también estás dejando la responsabilidad en sus manos, y esto es un gran peso para ellos. Por supuesto, estamos hablando de niños pequeños y de decisiones importantes. Conforme van creciendo se pueden ir delegando ciertas cosas, adecuadas a su edad y a su capacidad de ser responsables.
 
8. Prepárate para estar presente y totalmente consciente. Los niños necesitan tu presencia, si se sienten vistos y escuchados, no necesitarán llamar tu atención. Regálales ratos de atención plena. Habrá muchas ocasiones en que tengas que hacer otras cosas mientras estás con ellos, intenta que también ellos tengan cosas que hacer en esos momentos, que sean autónomos y que sepan que en ese momento necesitas un tiempo para ti. Es muy importante no estar a medias: te ayudo con las tareas mientras contesto un email del trabajo, o preparo la lección siguiente. Esto es contradictorio y crea mucha frustración a ambos. Pide ayuda, que las personas de tu entorno también cubran estos momentos de presencia plena.
 
9. Mira en tu interior. Con valor y honestidad, hazte consciente de lo que proyectas sobre los niños y sobre ti mismo como adulto a cargo de su educación. Esto no es nada fácil de ver, pero si observas que las situaciones que se dan con los niños te crean emociones extremas y te recuerdan a tu infancia, algo pasa. Desentierra con cuidado tus heridas y sánalas. Es valioso pedir ayuda, una mirada amiga puede darte un punto de vista objetivo, para que puedas recoger lo que es tuyo y vuelvas a mirar la situación con otros ojos.
 
10. Observa qué relación tienes con la idea de la autoridad, qué experiencias pasadas influyen en tu perspectiva y qué creencias habitan en tu entorno cercano. Recuerda que hay una manera sana y amorosa de entender la autoridad y que, sin capitán, el barco no llega a su destino.
 
Si empezamos a tener presente todo esto, no sólo conseguiremos un vínculo sano de confianza con los niños, sino también una nueva forma de relacionarnos con los que nos rodean e incluso, con nosotros mismos. 
 
 
Sara Justo Fernández
Formadora de maestros, especialista en pedagogía Waldorf.