Lo que necesitamos saber para aprender a poner límites

En mis años de maestra y en mi recién estrenado rol de tía, me doy cuenta de lo difícil que es llevar a la práctica muchas de las ideas que consideramos esenciales en educación. Hablo tanto de poner los límites necesarios con amor y claridad como de distinguir qué es lo adecuado en una situación dada. En la teoría parece todo muy claro, pero cuando llega el momento, las certezas dejan paso a la emoción, que tiñe de confusión las decisiones.

Esto es principalmente porque no queremos ver sufrir a nuestros pequeños, queremos evitar a toda costa las situaciones que puedan causarles dolor. Poner un límite significa que el niño o la niña ya no puede seguir haciendo aquello que le gustaba, y esto produce disgustos. Es más, nos convertimos de algún modo en la causa de su dolor y podemos incluso sentir que estamos coartando su libertad.

Sin darnos cuenta perdemos la perspectiva; no vemos más allá de ese momento y de ese deseo que no se puede cumplir. Lo vemos muy claro cuando hay un peligro inminente; vemos a una niña a punto de cruzar la calle sin mirar si vienen coches y el límite es evidente e inmediato. ¿Por qué? Porque el dolor de la posibilidad de perderla es mucho mayor que el dolor de frenar su libertad en ese momento.

Sin embargo, cuando las consecuencias no son visibles a corto plazo, es mucho más fácil que cedamos y que pongamos por delante de lo que consideramos adecuado los deseos del niño o la niña. No vemos que lo que hoy estamos permitiendo, porque en realidad “no pasa nada”, se puede convertir en una dificultad grande o incluso en un dolor más grande más adelante. Un ejemplo muy claro sería cuando un niño nos pide dulces y se los damos de forma sistemática, y luego tiene que pasar por el dentista porque tiene caries. O incluso más a corto plazo, el día que toma dulces luego no consigue dormir ni descansar bien. ¿Es más importante evitar el dolor de no poder tomar un dulce que el de no poder dormir? Cuando somos capaces de mirar un poco más allá y ver la imagen completa, nos resulta mucho más fácil sopesar la situación y tomar una decisión clara.

Hay que tener también en cuenta que lo se expresa como deseo no siempre es lo que se necesita. Los bebés y los niños muy pequeños no tienen muchos medios para expresar sus necesidades y los adultos intentamos adivinar de la mejor manera cómo satisfacerlas.

Sin darnos cuenta, a menudo utilizamos la comida para calmar el llanto o el dolor. A veces será justo lo que necesitan, otras veces no, pero en cualquier caso, asociarán la comida con la solución para su dolor. Otras veces, les ofrecemos ver la televisión o el móvil para que se calmen. Quizá lo que necesitan es llorar entre nuestros brazos un rato más, pero lo que reciben es otra cosa, y se acostumbran a ese sustituto para calmar su dolor. ¿Qué sucede? Que ese sustituto se hace imprescindible y, si no lo reciben, el dolor es mucho mayor.

Pero en realidad, esto no soluciona la carencia. No han aprendido a escuchar lo que realmente necesitan y confunden sus deseos más profundos con cosas materiales. Es así como uno se desconecta de sí mismo y pone su atención fuera, en el mundo material, como si fuera allí donde está la solución.

Por eso es tan importante la escucha en la crianza y en la enseñanza. En vez de correr a consolar a la infancia con algo que distraiga su atención del dolor, necesitamos aprender a escuchar, a dar espacio y tiempo para que sepa qué necesita. Igual es un abrazo, o respirar profundamente o llorar un ratito.

Aprender a manejar la frustración de recibir un “no” es un aprendizaje muy importante en la vida. Y es mucho más fácil de asimilar con un adulto que sabe escuchar y acompañar esta situación, ofreciendo el espacio y el cariño necesario, sin utilizar sustitutos ni ceder en su decisión.

Si además somos capaces de observar nuestros propios deseos y distinguir los reales de los creados, estaremos haciendo un trabajo interior que nos llevará a ser más felices y a poder mostrar un camino posible a la infancia que nos rodea.

Campaña de crowfunding de mi nuevo libro, “Crecer para educar”

En esta ocasión quiero compartir contigo una gran noticia.

Hace apenas un año, me senté a escribir sobre las experiencias que he tenido como maestra, a reflexionar sobre qué es lo que realmente ayuda a los niños a crecer felices, a desarrollar todos sus dones, a aprender desde el entusiasmo y la alegría. Poco a poco estas reflexiones fueron tomando forma y se han convertido en un libro que está a punto de ver la luz.  Se titula “Crecer para educar”.

Para poder publicarlo, voy a iniciar una campaña de crowfunding el próximo 20 de noviembre, y me gustaría mucho contar contigo.  El crowfunding es, en pocas palabras, una compra anticipada del libro, con descuentos y detalles especiales. Viene de la idea de un mecenazgo común, del darnos cuenta de que entre todos podemos ayudar a que los proyectos se materialicen, que podemos apoyar la cultura y el arte en la medida en que nuestra economía nos lo permita.

A partir del 20 de noviembre podrás acceder a la campaña y ver todas las recompensas que he preparado para los que participéis en el proyecto. Habrá un descuento especial para los 100 primeros mecenas, que recibirán  el libro firmado y dedicado.  Os contaré todos los detalles en cuanto empiece la campaña.

En el siguiente enlace puedes ver parte de la portada del libro y un botón para que puedas seguir el proyecto. Si haces click en el botón, te avisaré en cuanto empiece la campaña.
Crecer para educar

También te dejo un enlace al índice y al prólogo del libro, para que puedas ver los contenidos:

Índice y prólogo

Os agradezco de corazón que compartáis esta información con todo aquel al que pueda interesar.
Me despido con una cita de Rudolf Steiner que tiene mucho que ver con la esencia del libro.

“Nuestro mayor esfuerzo debe ser el desarrollo de personas libres, que sean capaces por sí mismas, de impartir propósito y dirección a sus vidas”. R.S.
 

La importancia de la vuelta a la naturaleza

Una de las cosas que más anhelaba durante el confinamiento era pasear en la naturaleza. Sentía que cada vez estaba más desconectada, más triste y decaída, como una flor en un vaso de agua que languidece recordando la tierra que la sostenía.

Se nos olvida que sin ella no somos nada. No podemos vivir sin aire limpio, nuestra vista se estropea cuando no podemos mirar a lo lejos, ver el horizonte. El cuerpo, las extremidades quedan rígidas de mantener posturas sedentarias, de no ser utilizadas para lo que fueron concebidas, el movimiento. Incluso nuestro sistema circulatorio se resiente, se estanca, la sangre se densifica produciendo inflamación y cansancio. Un cansancio que sólo desaparece con el ejercicio físico, qué gran ironía. O con un baño en el mar, ese mar que hace de diálisis y limpia todos nuestros sistemas.

El sueño se altera, apartado de los ritmos de la naturaleza, sin saber bien cuándo es de noche y cuándo de día. Vivimos en el engaño de la luz artificial, de las pantallas brillantes del móvil, del ordenador, de la televisión, de las bombillas de led. Nuestros ojos aprenden a ver un bosque de tres dimensiones en una pantalla que sólo tiene dos. Y que no tiene ni punto de comparación con la experiencia real, la vivencia de estar en ese bosque al atardecer, un bosque de trescientos sesenta grados, cielo arriba, tierra abajo, olor de abeto, sensación de ser pequeño y estar protegido por esos grandes gigantes amables que te rodean. En su lugar, nosotros somos los gigantes que observamos a través de una pequeña ventana un bosque, pintado en la pantalla.

¿Qué impacto puede tener esto en nuestras vidas? ¿Somos conscientes de todo lo que estamos perdiendo con la vida en el asfalto? ¿Nos damos cuenta de la contaminación acústica y lumínica que sufrimos? ¿Vemos que también nuestros hijos están respirando aire sucio, bebiendo agua con plástico, rodeados de cemento las veinticuatro horas del día?

Realmente pienso que no somos del todo conscientes. Y si lo somos, lo aceptamos como un mal menor, como una realidad inevitable, con un “es lo que hay”, resignados ante la realidad que habitamos. Y cansados e intoxicados por nuestras vidas, seguimos retrasando esa escapada al campo, porque nuestro estrés diario acaba con el recuerdo de lo bien que nos sentimos cuando estamos al aire libre, bajo el sol y las estrellas, buceando en el mar, caminando por el bosque.

Salir a la naturaleza nos ayuda a desintoxicarnos, no solo de la contaminación visible, sino también de la actual avalancha de noticias, del sinfín de estímulos visuales y auditivos que alteran nuestra conciencia diaria.

Que no se nos olvide, que tengamos la fuerza interior necesaria para recordar qué es lo que nos sana, lo que nos revitaliza, lo que nos hace bien. Que podamos, cada uno desde nuestras posibilidades, proteger y vivir en la naturaleza lo más posible. Aunque sea llenando de plantas el balcón. Que seamos capaces de regresar a nuestro origen a cada oportunidad y podamos trasmitir todo esto a la infancia.

Ojalá ellos vean y sientan con intensidad esta llamada y consigan vivir de un modo más cercano a la Vida.

La importancia de ser el cambio que necesitamos

A menudo observo lo complejas que son las relaciones entre las personas, tanto desde mis propias relaciones como desde mi trabajo como docente. Ese baile entre dar y recibir, entre ver y ser visto, entre amar y ser amado. Hay personas que dan mucho y les cuesta recibir. Otras se sienten cómodas recibiendo y les cuesta dar. Hay personas que necesitan ser vistas pero no lo expresan, y otras que se colocan en el centro del escenario sin ninguna dificultad. Personas que confían en los demás sin sombra de duda y otras que tienen grandes problemas para confiar incluso en sí mismas.

Estas actitudes que tomamos en relación al otro forman parte de nuestro ser, digamos que el germen de nuestros rasgos más característicos viene ya con nosotros al nacer. Algunos de ellos nos traerán muchas alegrías y otros serán fuente de conflicto en nuestra relación con los demás, creando situaciones que se repetirán a lo largo de nuestra vida hasta que podamos ver más allá y cambiar lo que sea necesario.

Si nos identificamos con un rasgo propio que nos trae dolor y nos aferramos a él pensando que somos eso, estaremos creando un gran obstáculo en nuestra capacidad para ser felices. Somos mucho más que ese rasgo y tenemos la habilidad infinita de cambiar y liberarnos, de ser quienes queramos ser.

Todas estas cualidades, combinadas con las experiencias que vamos teniendo en la vida, van conformando nuestra forma de ser. Será en la infancia y en el seno de la familia donde aprendamos a actuar para sentirnos seguros, queridos, protegidos y a salvo. Y también allí aprenderemos cómo percibir el mundo, siguiendo el ejemplo de nuestras figuras de referencia. Su esencia, su actitud ante la vida, sus creencias más arraigadas, tendrán un gran impacto en nuestro ser, grabándose de forma indeleble en las profundidades de nuestra psique, e influyendo nuestra forma de pensar y de sentir.

Es por ello imprescindible que los adultos trabajemos en nuestro desarrollo emocional. Somos la fuente de la que bebe la infancia, aquello que va a imitar y que va a llevar como guía en su interior. Sólo desde nuestro intento constante por llevar a la conciencia quiénes somos verdaderamente, podemos crear un espacio de presencia donde la infancia pueda a su vez crecer sana, desarrollando todo su potencial para ser feliz y aportar al mundo su luz.

Somos capaces de mirar hacia dentro y desentrañar qué estrategias elegimos de pequeños para sobrevivir y ya no nos sirven y qué nos hace vibrar de alegría, qué cosas nos entusiasman, en qué momentos perdemos el sentido del tiempo y nos enfrascamos con toda nuestra atención en algo. Lo sabemos, sólo tenemos que parar, observar y escuchar. Lo difícil viene después, pues, si estamos muy lejos de nuestra esencia, será preciso cambiar de rumbo. Es muy posible que necesitemos ayuda externa, alguien que nos pueda acompañar en esta nueva senda. Es también posible que conlleve una crisis, pero es el único camino para ser auténticos y sentirnos realmente bien en nuestra piel.

Todo este proceso nos hará ser más reales, y el solo hecho de intentarlo tendrá un efecto positivo e inmediato en quienes nos rodeen.

Para este desarrollo interior es especialmente importante ver de qué manera estamos contribuyendo a crear las situaciones conflictivas que encontramos y tomar la oportunidad para cambiar y crecer. Es preciso aprender a observarnos con objetividad y sin juicio, reconocer aquello que nos hace mal y transformarlo, en vez de mirar hacia fuera y buscar a los culpables en el exterior.

Es algo que, como adultos, podemos transmitir a la infancia a través de nuestro intento. Sólo con poner la atención y la voluntad en ello es suficiente. Si poco a poco soy capaz de frenar la queja, de cambiar mi percepción del mundo como enemigo, de la sociedad como causante de mis males, del vecino como invasor de mi paz, y empiezo a mirar hacia dentro y a actuar de otra manera, a buscar qué puedo hacer yo para que esta situación se convierta en una oportunidad en vez de ser un obstáculo, estoy regalando a la infancia que me rodea un tesoro, el tesoro de ser capaz de tomar el mando de mi propia vida y hacer lo que esté en mi mano para darle la vuelta a la tortilla.

Siento que el único modo real de hacer que nuestra vida mejore es cambiar nosotros mismos. Descubrir quiénes somos, qué nos hace bien y qué nos hace mal, qué consecuencias tienen nuestras acciones en el mundo, en las personas, y elegir cómo queremos actuar y hacia dónde queremos dirigirnos… Ésta es la verdadera libertad.

Esperar a que cambien los demás es una actitud estéril, que desgasta y llena de frustración al más paciente. Esperar a que cambie el mundo, o a que la gente piense como nosotros para hacer algo, consigue que nuestro entusiasmo se apague y se mustie como una flor que espera a la primavera en un jarrón.

Necesitamos escuchar, sentir, entrar en acción, hacer nuestra parte, vivir desde la coherencia y empezar a cambiar desde dentro. Así la infancia, al percibirlo, tendrá la posibilidad de vivir en la libertad que nos ofrece esta perspectiva ante la vida.

Y quizá poco a poco empecemos a ser una sociedad más consciente y feliz.

Sara Justo Fernández. Formadora de maestros. Especialista en pedagogía Waldorf.

Cómo hacer de nuestro hogar un espacio de aprendizaje mutuo y bienestar

En estos días complejos, donde la convivencia familiar se convierte en el centro de nuestras vidas, es preciso reflexionar sobre cómo convertir esta situación en una oportunidad para el aprendizaje mutuo. En la entrevista que podéis escuchar a continuación hablo sobre cómo establecer rutinas que permitan respirar y descansar, cómo mejorar la gestión de la convivencia y cómo llevar la atención a aquello que nos hace bien y nos trae salud y alegría.

La entrevista es una propuesta de la página Palabra de Rudolf Steiner, dentro del marco de una serie de videos que están pensados para ofrecer contenidos positivos y valiosos que nos acompañen en esta situación. Desde aquí agradezco su confianza en mí y su hermoso trabajo.

Espero que os sirva de apoyo y os anime. Os dejo con la entrevista, que la disfrutéis 😉

La aplicación de meditación que menciono es Insight timer, tiene meditaciones de muchos estilos diferentes en varios idiomas.

Enlaces a los artículos sobre la autoridad amada:

Cómo nos relacionamos con la autoridad

Decálogo de la autoridad bien entendida o cómo generar un vínculo de confianza sano entre el adulto y el niño

*Os recuerdo a los que estáis suscritos y todavía no habéis hecho el cambio a la nueva forma de suscripción, que lo hagáis lo antes posible. En breve tendré que cancelar la antigua lista de distribución para que no se dupliquen los emails, y dejaréis de recibir noticias mías. Podéis seguir las instrucciones de mi último email para hacerlo. ¡Un abrazo!

Sara Justo Fernández. Formadora de maestros. Especialista en pedagogía Waldorf.

La importancia de la transformación personal en la crianza y la enseñanza

En este artículo voy a hablar de la importancia de nuestro trabajo de observación y transformación personal a la hora de acompañar a la infancia, ya sea en el entorno del hogar o de la escuela.

La intensa vinculación emocional que hay entre los miembros de una familia hace que todo lo que sucede en la esfera del hogar tenga un impacto profundo. También el profesorado, especialmente si acompaña un mismo curso durante varios años, tiene una gran influencia sobre el desarrollo emocional de sus alumnos, pues se convierte en un referente cotidiano con quien comparten la mayor parte del día.

Las famosas neuronas espejo, aquellas que funcionan a toda potencia en la más tierna infancia, se encargan de que los niños reproduzcan todo aquello que perciben. La imitación del entorno es la base del aprendizaje, es mediante la repetición de lo que nos rodea que conseguimos comprender e integrar nuevas habilidades y conocimientos. Pero no sólo se imita lo que se ve, también se interiorizan actitudes ante la vida, prejuicios, miedos, hábitos, creencias y formas de abordar los problemas que se presentan ante nosotros.

Si somos personas que sabemos relajarnos, que disfrutamos de lo que hacemos, que vivimos desde la serenidad y el buen humor, que tomamos las dificultades con la calma necesaria para poder resolverlas, los niños que nos rodean estarán expuestos a estas cualidades y serán para ellos la normalidad. Aunque tengan un temperamento diferente al nuestro, podrán aprender a regularse mejor e imitarán, en la medida de lo posible para ellos, nuestras conductas.

Si somos personas impacientes, nerviosas, siempre pensando en los peligros que acechan en el camino, esto también afectará profundamente a los niños. Algunos mostrarán estos miedos desde el principio, reflejando y aumentando los del adulto. Otros, sin embargo, se rebelarán y con su conducta mostrarán justo lo contrario, pero en su interior sentirán la inseguridad, el miedo profundo a los peligros de la vida. Justamente para equilibrarlo, es posible que vivan su vida sin querer mirar los peligros, de forma incluso temeraria. Esto es tan solo una reacción al miedo interior, una necesidad de ir al otro extremo para conseguir llegar al centro, al punto medio.

Todo lo que somos y sentimos llega a los niños de forma directa, y tiene un impacto superior a cualquier cosa que digamos. Es inútil decir una cosa si con nuestra conducta estamos enseñando algo muy diferente. Como decía Emmerson; “Lo que haces habla tan fuerte que no puedo escuchar lo que dices”.

Los niños son ese espejo en el que se refleja lo que vive en nosotros, ya sea positivo o negativo. Al ver una cualidad nuestra en ellos, tendemos a repetir nuestro diálogo interior, pero hacia fuera. Es decir, si yo siento pereza y no me lo permito y me juzgo por ello, cada vez que crea que mi hija está mostrando esta actitud, voy a llamarle la atención y a decirle todo lo que me digo a mi misma cuando siento pereza. Lo más curioso es que resulta difícil percibir que esa pereza también vive en mi, precisamente porque yo no me lo permito, y que mi hija está expresando lo que yo no acepto de mi misma.

Es decir, no sólo imitan y repiten lo que hacemos, si no también aquello que no nos permitimos, aquello que juzgamos de nosotros mismos. Les impacta lo que sentimos con intensidad, sea algo que nos negamos o algo que vivimos con plena consciencia.

Voy a explicarlo un poco más: los niños perciben cuando tenemos una reacción fuerte ante algo, ya sea porque nos encanta y nos identificamos con ello o porque lo rechazamos en los demás y en nosotros mismos. Al sentir esa reacción intensa, perciben que tiene importancia, y pueden actuar imitando nuestra reacción o yendo al extremo opuesto. Lo que imitan es la gran atención que damos a esa cualidad.

Por ejemplo, si yo veo que mis padres son muy ordenados, y muestran una actitud crítica ante las personas que no lo son, veo que este tema es importante y me voy a posicionar, ya sea repitiendo su conducta o rebelándome ante este extremo yendo al opuesto. Todo esto normalmente sucede de forma inconsciente.

Como comentaba antes, es posible que no nos demos cuenta de que están imitando una cualidad nuestra hasta que alguien nos ayude a verlo. Puede suceder, por ejemplo, que observemos que nuestro hijo es muy perfeccionista y no logre asumir sus propios errores sin dramatizar . Probablemente, si preguntáramos a un amigo si somos perfeccionistas nos diría que sí. O quizá es nuestra pareja o alguien muy cercano quien muestra esta cualidad de forma habitual.

En este caso concreto, lo mejor es poner nuestra atención en reconocer y celebrar cada error cometido, reduciendo la frustración y poniendo atención en resolverlo desde la aceptación, desde el reconocimiento del error como parte del éxito, como señal de que el camino trazado no lleva a buen puerto y que hay cambiar de ruta.

Eso sí, tiene que hacerse de forma genuina pues puede ser que con nuestras palabras le hablemos de la aceptación del error como camino, pero que mostremos frustración y enfado con nosotros mismos cada vez que nos equivocamos… En esos casos, no funcionará y es incluso posible que nuestro hijo lo vea y nos diga: “no seas tan perfeccionista”.

La respuesta, como decía, está en observarnos, descubrirnos, aceptarnos y probar otros caminos. Y será a menudo a través del reflejo en la conducta de estas almas amorosas que podamos reconocernos.

Recuerdo que, en mi primer año como maestra, observé algo muy extraño. Cada vez que contaba un cuento, mis alumnos de cinco años levantaban las cejas una y otra vez, abriendo mucho los ojos. Y yo empecé a preguntarme si me estaban tomando el pelo. Creo que llegué a preguntarles por qué hacían aquel gesto y ellos no entendieron a qué me refería.

Un día, mientras les contaba el cuento, vi mi reflejo en la ventana, y casi me da un ataque de risa. Era yo la que, al contar los momentos más emocionantes de la historia, levantaba las cejas y abría los ojos con tanto énfasis que era imposible dejar de imitarme.

Ellos son un regalo, son la inocencia que imita y reproduce sin juzgar lo que somos. Nos ofrecen la oportunidad de vernos para tomar conciencia y decidir si ese reflejo es lo que queremos ser o queremos poner nuestra voluntad en transformarlo.

Y nuestra capacidad de elección y transformación será la más hermosa acción a imitar.

Sara Justo Fernández. Formadora de maestros. Especialista en pedagogía Waldorf.

Cuidando la palabra en la crianza y en la enseñanza

Una de las cosas en las que primero me fijé como maestra es cómo encasillamos a los niños en un rol del cual les resulta muy difícil salir. Cuando llegan a la escuela y repiten cierto comportamiento a lo largo de los primeros meses, son calificados de obedientes, ordenados, despistados, revoltosos, irrespetuosos, escandalosos, lentos, listos y un sinfín de palabras que, de ninguna manera, pueden abarcar la hermosa complejidad de un ser humano.

Este juicio parcial sobre el carácter del niño en cuestión se suele decir en voz alta, delante del resto de niños, se comenta en las reuniones de maestros y con los padres, y a base de repetirlo, se convierte en una verdad absoluta que todos creen, los compañeros, los padres, el maestro y el mismo niño. Y, sean juicios positivos o negativos, tienen un efecto muy potente sobre la percepción que tiene el niño de sí mismo y su identidad.

Esto no sólo sucede en la escuela, pasa también en casa, en la familia, en la sociedad en general. Tendemos a hacernos una idea del otro y la fijamos, sin darnos la oportunidad de descubrir la grandeza de las personas que nos rodean. Digamos que somos de juicio fácil. Y lo curioso es que, una vez que hemos decidido algo sobre alguien, nos cuesta mucho cambiar esta percepción, incluso si la otra persona se comporta de forma diferente. No lo registramos, no somos capaces de ver aquello que no cuadra con la idea que tenemos del otro. Y, queramos o no, nuestros juicios son percibidos por los demás, ya sea porque los expresamos en voz alta o por cosas más sutiles, como nuestro comportamiento o nuestro lenguaje corporal.

En el caso de los niños es mucho más grave, pues todavía no suelen tener una percepción clara de sí mismos, y todo aquello que llega de fuera tiene un efecto inmenso. Por ejemplo, si de pequeña mi entorno me decía que no me esforzaba lo suficiente, es probable que pase toda mi vida pensando que no me esfuerzo lo suficiente, y este concepto forme parte de mi identidad. Al igual que conozco mi imagen gracias a que existen los espejos, la sociedad es ese espejo que refleja, a veces de forma distorsionada, quién soy.

Cierto es que estos juicios pueden venir de una realidad observada por el adulto y unas ganas de ayudar, pero el efecto que produce en los niños suele ser la rebelión o aceptación sin posibilidad de cambio, como decía la canción: “yo soy así, y así seguiré, nunca cambiaré”.

El problema principal es que suelen ser afirmaciones con carga moral, es decir, hay algo bueno o malo en ser de esta manera o de la otra, y además, se repiten y perduran en el tiempo. Por ejemplo, cuando digo que alguien es un gruñón en vez de preguntar si ha tenido un mal día, hoy, en concreto. O está pasando por un momento difícil.

Este tipo de juicios externos, cuando se interiorizan, se convierten en profecías auto cumplidas: si mi entorno cree que no voy a conseguir pasar un examen, para qué me voy a esforzar. Son una especie de cárcel de la cual es difícil salir.

Una experiencia muy significativa que refleja esto a la perfección es cuando nos mudamos a otro país. Por ejemplo, cuando me fui a vivir a Inglaterra a los 21 años, recuerdo perfectamente la sensación de sentirme libre de la personalidad que supuestamente tenía, y el gran abanico de posibilidades que se abría ante mi. Podía elegir de nuevo, nadie me conocía, así que podía empezar de cero. Y así fue, me quité de encima muchos de los sambenitos que tenía colgados desde niña, y empecé a recibir juicios muy diferentes de aquellos a los que estaba acostumbrada. Es decir, los juicios no desaparecieron, pero empecé a relativizarlos y a darme cuenta de que era libre para decidir quién era y qué quería crear en mi vida en cada momento.

Curiosamente, uno de mis libros favoritos de pequeña era “Un duende a rayas”, de María Puncel, que describe el viaje de un duende por el mundo para descubrir quién es y recibe afirmaciones contrarias según a quién se encuentra; el caracol le dice que es muy rápido, el águila le dice que es muy lento y así sucesivamente. Seguramente porque las opiniones de los demás me afectaban mucho, lo leí millones de veces, intentando entender dónde podía mirarme en el espejo.

En cualquier caso, no debería hacer falta irse a otro país y empezar de cero para reconocer quiénes somos verdaderamente, quitarnos de encima el pensar ajeno y saber que podemos reinventarnos a cada momento.

Como adultos, podemos regalar esa libertad a los niños, podemos aprender a observar, a dar espacio y a expresar lo que vemos sin emitir un juicio moral y sin generalizar.

Por ejemplo, si observamos que un niño se enfada, tomarnos el tiempo de hablar con él, en privado, preguntándole qué le pasa, qué es lo que le ha enfadado, o incluso diciendo que hoy lo vemos enfadado. Es muy importante poner el énfasis en el momento presente, aunque le pase a menudo, y también en que parece enfadado, y eso no tiene por qué ser verdad, ni tampoco tiene que ser bueno ni malo, simplemente es una observación. Algo que está sucediendo ahora y que no es la totalidad del niño, no es un “enfadica”, es un niño que ahora mismo está sintiendo enfado.

Y ya, para terminar, me gustaría mencionar que las etiquetas positivas tienen el mismo efecto encarcelador. Hay niños a los que tildamos de “buenos”, que viven en el miedo de hacer algo mal y perder ese título, y no se permiten salir lo más mínimo de la norma, siendo incapaces de reconocer o escondiendo cualquier cosa que consideren negativa.

El peligro de los juicios ajenos estriba en que quitamos la oportunidad a los niños de darse cuenta de lo que hacen, de las consecuencias que tienen sus acciones y de si realmente esto es lo que quieren conseguir y sembrar en su vida o no. Ayudar a los niños a ser conscientes del efecto de su acciones es darles la capacidad de elegir quiénes son. Emitir un juicio, sin embargo, es llevarlos a un lugar donde no tienen opciones.

Si queremos que las futuras generaciones sean verdaderamente libres, tenemos que cuidar este aspecto con gran sensibilidad, ser conscientes de las palabras que utilizamos e intentar ampliar nuestra percepción para que cada uno sea quien realmente es.

Y, por supuesto, enseñar a los niños a percibirse, crear espacios de crianza donde crezcan en autoestima, confianza y empatía, sabiendo que las opiniones de los demás son una perspectiva a tener en cuenta y nunca una verdad absoluta.

Desde este lugar, todo es posible.

Sara Justo Fernández. Formadora de maestros. Especialista en pedagogía Waldorf.

La importancia de la palabra y de la intención

En estos últimos días del año suelo hacer una retrospectiva sobre los cambios que han sucedido en mi vida, observando tanto los hechos como el efecto que estas experiencias han tenido en mi. Y es curioso percibir que hay un aprendizaje que, de alguna manera, une todas las situaciones y les da un sentido mucho más profundo. A veces solo es necesaria una palabra más, una conversación, para darte cuenta de ese algo que estás finalmente preparado para comprender.

En este caso, lo que poco a poco ha ido calando en mi interior es la importancia de la intención, o más bien, de ser consciente de la intención que hay detrás de cada acción.

Hagamos lo que hagamos, hay una intención que nos impulsa a actuar. No siempre somos conscientes de ella pues, en ocasiones, actuamos de forma impulsiva y sin pensar, y creemos que hemos actuado sin intención. Sin embargo, a un nivel inconsciente, existe un motivo que nos lleva a actuar de un modo concreto, aunque a veces sea muy difícil saber cuál es.

Y este motivo va a tener un efecto sobre las consecuencias de nuestra acción, lo conozcamos o no. Cuando no somos conscientes de nuestras intenciones, nos sorprende lo que llega a nuestra vida y no entendemos por qué suceden las cosas. La misma acción puede tener resultados muy diferentes según la intención que yo tenga al actuar. Por eso es tan importante ser conscientes de lo que nos impulsa, especialmente en nuestras relaciones.

Si mi intención al hacer algo es terminar pronto para hacer otra cosa, el resultado va a ser muy diferente de si lo hago con la intención de disfrutar lo que estoy haciendo.

Si yo tengo sensación de culpa por no prestar la suficiente atención a alguien, y le hago un regalo con la intención de suplir esa situación, esto va a tener un efecto concreto. Si, en vez de actuar, soy consciente de mi intención, que es acabar con la sensación de culpa, y la transformo en responsabilidad, quizá me de cuenta de que lo necesario aquí es la atención y no el regalo.

Sé que estoy hablando de cosas sutiles, pero tienen un efecto impactante en nuestras vidas y creo importante traer algo de luz al respecto. Cuando soy consciente de mi intención, empiezo a ser consciente de lo que necesito y lo que quiero, y esto me da la posibilidad de elegir lo que hago, en vez de actuar de forma impulsiva. También me da la posibilidad de decidir si esa intención proviene de un lugar sano en mi, o de una carencia que quizá debo resolver de otro modo.

Por ejemplo, a veces nos quedamos en un trabajo o en una relación por miedo a no encontrar nada mejor, a la soledad, a todo lo que implicaría hacer un cambio profundo. Y esto nos mantiene en una situación de infelicidad que revierte en todas las áreas de nuestra vida.

Preguntarnos qué intención tenemos al hacer algo, o incluso al no hacer algo, nos traerá respuestas que nos ayudarán a conocernos mejor y a decidir hacia dónde queremos dirigirnos.

Todo esto es especialmente importante a la hora de hablar; cuántas veces nos encontramos diciendo algo que no queríamos decir, o que tiene un efecto contrario al que pensábamos. Muchas veces es porque existen varias intenciones inconscientes; por ejemplo, tengo la intención de entenderme con la persona que amo, pero si me siento atacada, para protegerme, le hiero con mis palabras. Esto se hace especialmente patente en las discusiones, que acaban siendo una lucha de egos en la que la intención inicial, que era entenderse, queda enterrada por la intención de protegerse, herir al otro, quedar por encima y demás.

Darse cuenta de todo esto, descubrir y elegir conscientemente nuestras intenciones, requiere una práctica constante, una gran dosis de sinceridad y, sobre todo, la capacidad de estar presente y atento. Es una tarea difícil, pero cada paso que damos en esta dirección nos hace más coherentes y felices, mejora y sana nuestras relaciones, en definitiva, se convierte en una fuente de amor.

Y por ese motivo quería compartirlo con vosotros, como reflexión de fin de año, agradecida por todo el apoyo recibido y por las experiencias y las personas que aparecen en mi vida para recordarme una y otra vez que siga practicando, que siga intentando elegir mis intenciones con claridad, consciencia y amor.

Que tengáis un hermoso fin de año y que sembréis vuestras más valiosas intenciones para el siguiente.

Un gran abrazo

Sara Justo Fernández. Formadora de maestros. Especialista en pedagogía Waldorf.

Iniciando nuevas andaduras

Queridos amigos,

Os escribo desde mi nueva página web. Ha sido un proceso que ha durado varios días, en el que me he sumergido en el mundo de wordpress y sólo sacaba la cabeza para tomar aire. Qué curioso es cuando algo te toma de tal forma que se te olvida hasta comer… El caso es que mis hadas madrinas me advirtieron de que esto pasaría, pero aun así, no deja de maravillarme.

Como en casi todo en la vida, pero en esto más aun, soy una aprendiz, y es más que probable que la web esté llena de desaguisados. Espero que, por lo menos sean cosas simpáticas y me las podáis perdonar. En cualquier caso, acogeré vuestro feedback con las manos abiertas, y si es con posibles soluciones, mejor aun.

Ha sido divertido, y lo será más aun cuando lo entienda mejor.

Por ahora, he trasladado todo el contenido de mi antiguo blog, y en breve subiré también todo tipo de material pedagógico que os pueda ayudar en vuestro día a día.

La web es bastante sencilla, hay varios apartados que podéis ver en la parte superior de la página principal. Desde allí podéis acceder a distintos contenidos: una biografía que intentaba ser breve pero no lo fue, la página del blog donde podéis encontrar todos los artículos que he escrito hasta ahora, una página de recursos donde iré colocando todo aquello que os pueda servir, una reseña de los libros que están en proceso de ser publicados y, por último, la página de contacto con currículum incluido.

Apuntaos! Suscribíos! Es gratuito, y he puesto un montón de botones para que lo podáis hacer con facilidad 🙂 Así seréis parte de mi maillist y no os perderéis nada, podréis estar al día del nuevo material y, de paso, sabréis de mis andanzas.

No puedo terminar sin agradecer todas las ayudas que me están llegando estos días… Ellos saben quienes son, y sé que lo que más ilusión les va a hacer es que yo haga lo mismo llegado el momento. Gracias de corazón.

Y como estoy muy contenta, voy a acompañar esta entrada con una foto mía en la playa, para recordar que el calorcito sigue existiendo. Y también, cómo no, con un botoncito para que os suscribáis. Besos grandes!

Os dejo con el botón 😉

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Sara Justo Fernández. Formadora de maestros. Especialista en pedagogía Waldorf.

Desempolvando estrellas

Cuando era pequeña y me preguntaban qué quería ser de mayor, yo respondía: “Enfermera, peluquera, cocinera, Teresa Rabal y Guillermo el travieso”…

De todo aquello me ha quedado una gran afición por las plantas medicinales, la alegría de invitar a mis amigos a cenar a casa, removiendo en el caldero cualquier plato exótico, mi faceta de cantante de bluegrass y copla (esto último es un secreto) y la gran travesura de ser una maestra poco convencional… Lo de la peluquería lo voy a dejar para otra vida, me parece.

Esta mezcla que somos todos, estas ideas, sueños y proyectos que tenemos de niños, son el tesoro más preciado que existe, es la guía interior que nos recuerda para qué hemos venido aquí y qué nos hace realmente felices… Y, sin embargo, a menudo muere a manos de los adultos, que nos enseñan qué es lo verdaderamente “útil”, qué es lo que nos hará ganar el pan de cada día, qué es lo que nos hará triunfar en la sociedad y alejar la pobreza y el sufrimiento… Y así nos convertimos en adultos desconectados, que no vibramos con nuestra propia vida, que esperamos el viernes como agua de mayo, y el verano como única salvación del tedio de nuestras vidas, la pareja como aquel que se ocupará de nuestra felicidad y la jubilación como un Edén en el que aburrirnos como ostras con un mojito en la mano.

Y por ello, desde aquí, me gustaría poder transmitir la importancia de preservar la conexión con nosotros mismos, el cuidado que la educación debe tener para acrecentar esta escucha interior y el descubrir de nuestros dones, de lo que nos hace felices, de lo que podemos aportar a la sociedad de forma genuina.

Es mi intención más profunda compartir con vosotros, padres, madres, maestros, abuelos y gentes del mundo un modo diferente de enfocar la educación, donde cada uno encuentre quién es y desde allí brille con su luz más potente, alumbrando un mundo más hermoso… Y para poder ayudar a nuestros niños y niñas en este proceso, antes tenemos la misión de descubrirnos a nosotros mismos y empezar a ser quienes somos. Empezar a ser, a estar presentes y a ser conscientes del vasto potencial que todos llevamos dentro, y acompañar a las estrellas que llegan a nuestras vidas a quitarse el polvo del camino.

Así sea.

Y aunque esto suene muy poético y nebuloso, espero poder acompañaros con descripciones claras y concisas, con maneras prácticas y lógicas de mirar a los niños con amor, que también significa poner límites y enseñar que la libertad de cada uno termina donde empieza la del otro.

Mil gracias por vuestro apoyo, vuestro cariño, vuestra escucha y comprensión.

Espero que os guste y que os sirva.

Sara Justo Fernández. Formadora de maestros. Especialista en pedagogía Waldorf.