El respeto a la madurez escolar

Niños jugando al atardecer

Hoy voy a hablar de un tema delicado, difícil de abordar por la vorágine en la que vivimos y el ritmo que marca esta sociedad frenética. Con este texto quiero proponer una mirada profunda al inicio de la escolarización infantil, que tenga en cuenta la madurez de cada niño y ofrezca en cada etapa lo que necesita.

En España, la educación primaria comienza en el año natural en que se cumplen los seis años de vida. Esto quiere decir que, en septiembre, al inicio del curso escolar, hay alumnos que tan sólo tienen cinco años: son aquellos que cumplirán los seis entre septiembre y diciembre, en comparación con otros que ya tienen los seis y que cumplirán los siete a partir de enero.

Este gran rango de edad hace que las clases estén formadas por alumnos que se encuentran en diferentes momentos evolutivos. Unos pocos meses no afectan mucho en la vida adulta, pero al principio de la vida, es otro cantar.

A lo largo de mis años de maestra, he sido tutora de una clase de primero de primaria en dos ocasiones, y en ambas he podido constatar el esfuerzo titánico que hacen los más pequeños para alcanzar a los mayores, y la frustración que supone no conseguirlo y no entender muchas de las cosas que se exponen en el aula.

Ellos no saben de edades y, al compararse con los que creen sus iguales, su autoestima disminuye, pues perciben que la mayoría de las veces no consiguen llegar donde llegan los demás. Esto puede bloquear los aprendizajes e incluso convertirse en un estigma, solo mitigado por un buen profesional de la enseñanza, que sea consciente de esto y ponga su atención en evitar las comparaciones y en ayudar a los alumnos a desarrollar una autoestima sana.

Aun así, es difícil evitar que los alumnos de un mismo grupo se comparen y es una ardua tarea conseguir que se valoren por lo que son y no en relación a los demás.

La situación se agrava por el hecho de que hay niños que necesitan más tiempo para madurar, y si esto coincide con que además sean los más pequeños de la clase, la diferencia es todavía mayor.

Tal y como comentaba en otros artículos, durante los primeros siete años de vida, todo el organismo está ocupado en aprender a moverse de forma coordinada, en el buen desarrollo de los órganos, de los sentidos, del habla, etc. Esto quiere decir que dedicar fuerzas al desarrollo intelectual implica no utilizarlas en el buen asentamiento y manejo del cuerpo. Cuando nos centramos en el aprendizaje formal antes de tiempo, cambiamos las actividades de movimiento libre por otras en las que los niños están sentados y prestando atención. Esto hace que no puedan seguir trabajando su coordinación, equilibrio y lateralidad a tiempo completo. Además, en muchas ocasiones, dedicarse al aprendizaje formal cuando hay procesos de crecimiento físico en marcha no da ningún fruto, pues resulta mucho más difícil concentrarse y realizar tareas mentales; pasa lo mismo que cuando estamos enfermos, nuestras fuerzas van allí donde son más necesarias.

A los seis años, hay niños y niñas que todavía tienen mucho camino por hacer en cuanto al desarrollo físico y no están preparados para prestar atención a lo intelectual. Es por eso que no dejan de moverse y no hacen caso: su sabiduría interior les guía hacia la actividad que conseguirá que se desarrollen de forma sana: el movimiento y el juego libre.

Por este motivo, si intentamos enseñarles a leer y escribir cuando todavía no están preparados, es posible que creemos un rechazo o una dificultad que más adelante no existiría. Tal y como he comentado a menudo, muchos niños aprenden por complacer al adulto, y esto hace que desoigan sus propias necesidades y dejen este importante desarrollo físico en segundo plano para centrarse en aquello que les pedimos. De hecho, están tan atentos a nuestras reacciones que no necesitan que se lo pidamos, perciben inmediatamente aquello a lo que damos valor.

Es preciso que llevemos la atención a estos temas, pues la lectoescritura es la base de la mayoría de los futuros aprendizajes en la escuela, y si aceleramos su enseñanza, en vez de facilitar el proceso de aprendizaje, puede ser que lo estemos bloqueando.

Me pregunto a menudo de dónde viene esta prisa, como si no hubiera tiempo suficiente durante la educación primaria para aprender y afianzar estas habilidades, con paciencia, en el momento adecuado para todos los alumnos, cuando ya están verdaderamente listos y con el entusiasmo preciso para descubrir el mundo de las letras.

Veo muy necesario que encontremos la forma de respetar la evolución de cada alumno, sin prisas, desde la observación individual, dando tiempo suficiente para jugar de forma libre y para construir los andamiajes de toda una vida de aprendizaje, de forma equilibrada y consciente, sin dejar de lado las tan importantes habilidades motrices, el despliegue de un organismo sano, fuerte, flexible y coordinado.

Ojalá podamos transformar todo esto y llevar mayor conciencia y serenidad al acompañamiento de una de las etapas más bonitas e importantes de la vida.

Sara Justo Fernández. Maestra y formadora en pedagogía Waldorf.

Autora del libro «Crecer para educar«

*Este artículo es un adelanto de mi próximo libro, que publicaré a través de una campaña de crowdfunding en los próximos meses. Es un proyecto muy especial lleno de sorpresas, si quieres estar al día de todo, te puedes suscribir a mi newsletter gratuita aquí.

*Fotografía de Chanwit Whanset

La enseñanza de la lectoescritura desde el arte

Libélula en el trigal

Uno de los rasgos más característicos de la educación Waldorf es la manera en que se enfoca el proceso de aprendizaje de la lectoescritura. Hoy voy a describir brevemente los principios en los que se basa y qué beneficios aporta a la infancia.

Para poder entrar en detalle, explicaré primero cómo concibe Rudolf Steiner el arte de educar. Para él, la educación debe abarcar al ser humano completo, dirigiéndose tanto al desarrollo del intelecto como a lo emocional y a lo volitivo. Esto es especialmente importante en los primeros años de enseñanza pues, tal y como he comentado en muchos de mis artículos, memorizar conceptos que todavía no se pueden comprender ni experimentar, equivale a comer alimentos que no se puede digerir.

En el caso que nos ocupa, sabemos que el arte de leer se ha ido desarrollando a lo largo de la evolución de la cultura. Las formas de las letras, la manera en que se unen entre sí, se basa actualmente en una convención establecida, pero no siempre fue así. En un primer momento, sí que había una relación entre la forma abstracta de las letras y lo que representaban. Y también una intención comunicativa muy clara de una historia, de una experiencia vivida.

La propuesta de la pedagogía Waldorf consiste precisamente en remontarnos a los orígenes de la escritura, cuando la grafía y lo que representaba tenía cierta relación y partía de la actividad pictórica y de una experiencia.

El proceso de aprendizaje parte de una historia contada por el adulto, donde lo que sucede está relacionado con una palabra que empieza por una letra. Esta palabra, además, representa algo que tiene una forma muy similiar a esa letra. Por ejemplo, si vamos a trabajar la letra “m”, la historia puede ser sobre dos amigas que deciden hacer una excursión hacia una montaña muy alta que tiene dos picos iguales.

Después de contar la historia, se dibuja una escena en la pizarra y allí los niños descubren la letra escondida, a través de las pistas sonoras de las palabras de la historia. Esto conlleva un ejercicio de asociación de todos sus sentidos y conocimientos previos, al tiempo que apela a lo emocional, a través de la alegría del descubrimiento y de las experiencias que se suceden en la historia. Tras descubrir la letra, los alumnos dibujan la imagen con todos sus detalles y practican la escritura de la letra. Y por último, leen lo que han escrito. Esto sucede a lo largo de varios días.

La parte artística armoniza el aspecto más intelectual y convencional de la escritura y de su continuación, la lectura. Este es el camino de la voluntad: inicia con la parte donde el niño está plenamente activo, en el dibujo y en la escritura, para llegar hasta la lectura, que es la parte más intelectual del proceso.

Cuando trabajamos desde lo artístico, el aprendizaje se convierte en algo mucho más significativo y sencillo de asimilar. Se produce en los niños un entusiasmo muy particular y cada día llegan a la escuela deseando descubrir una nueva letra. El arte actúa de manera profunda sobre la naturaleza del ser humano, lo alcanza en su conjunto. Consigue unir lo intelectual, con el sentir y el hacer.

Se genera una mayor capacidad para recordar, pues todo lo que se descubre desde la emoción y la actividad propia, se integra de forma mucho más profunda. De hecho, la palabra “recordar” proviene del latín “recordari”, que significa literalmente “volver a pasar por el corazón”i.

Tal y como describía antes, es importante iniciar el aprendizaje por la escritura, pues esta parte del proceso requiere que el niño se implique completamente, desde la acción de las manos y su coordinación con la vista, hasta el reconocimiento de cada grafía. Más tarde, cuando empiece a leer, podrá identificar con facilidad aquellas formas que primero elaboró con todo su ser. De esta forma, la lectura equivale a reconocer algo que ya hemos experimentado, y esto facilita ese “recordar” del que hablaba.

Este sería el proceso de aprendizaje de la lectoescritura, que abarcaría el primer año de escuela primaria. Hay muchos motivos por los cuales es importante esperar a la madurez escolar para inciar este proceso; es un tema profundo que abarcaré en mi próximo artículo para darle el espacio que merece.

Como pensamiento final, siento que, en algunos sectores de la educación, se está perdiendo la visión global, inclinando la balanza hacia una enseñanza cada vez más abstracta y alejada de la vida, separando en compartimentos estancos conocimientos que integran un todo completo, sustituyendo por pantallas la experiencia real que aporta el juego libre y el arte.

Esto dificulta el aprendizaje y la comprensión profunda, llevándonos a conocer solo una parte de la realidad, desde una perspectiva meramente intelectual, desconectada del sentir. Y lo más alarmante es que sucede desde edades muy tempranas, reduciendo el juego y las actividades artísticas a unas pocas horas semanales, olvidando el lugar que deberían ocupar en la enseñanza.

Ojalá podamos recuperar la noción de la importancia del arte y el juego en la educación y, por supuesto, en nuestras vidas.

*Este artículo es un adelanto de mi próximo libro, que publicaré a través de una campaña de crowdfunding en los próximos meses. Es un proyecto muy especial lleno de sorpresas, si quieres estar al día de todo, te puedes suscribir a mi newsletter gratuita aquí.

Sara Justo Fernández. Maestra y formadora en pedagogía Waldorf.

Asesoramiento a familias y docentes sobre temas educativos, de aprendizaje y crianza.

Cómo acompañar el desarrollo emocional en la adolescencia

Jóvenes al atardecer

En el último artículo hablaba sobre la importancia de la experiencia propia como base del aprendizaje en la infancia. Esto evoluciona y se transforma a partir de los doce años, así que hoy voy a ampliar el tema, llevándolo al terreno del acompañamiento del desarrollo emocional en la adolescencia.

El ser humano necesita ser reconocido y escuchado, en todas las etapas de la vida. En la adolescencia, que es cuando más se necesita ese reconocimiento, es cuando resulta más difícil para los adultos darlo. ¿Por qué? Porque el adolescente pone en duda nuestras creencias más firmes sobre la vida, aquello que sustenta el modo en que hacemos las cosas y las elecciones que hemos hecho y hacemos cada día.

Algunas de estas creencias las hemos heredado, otras las hemos adquirido a través de las situaciones que hemos experimentado o las hemos adoptado porque son lo adecuado según la sociedad en la que estamos inmersos. Todas ellas están fuertemente enraizadas en nosotros y es muy posible que las percibamos como la única manera en la que se deben hacer las cosas. Incluso aunque no nos causen felicidad, sentimos que la vida es así y es así como se debe vivir.

Cuando tratamos de transmitir nuestra forma de ver la vida a un adolescente, no tiene más remedio que rebelarse. Necesita romper con todo para descubrir sus propias normas, debe experimentar por si mismo para poder actuar con plena responsabilidad y conciencia. No le sirve nuestra experiencia, porque es una persona diferente a nosotros y no tiene el mismo entorno ni las mismas circunstancias que dieron lugar a nuestro saber.

Cuando tiene un conflicto o una nueva situación, lo que realmente necesita es poder expresar su opinión, escuchar su propia voz expresar lo que su mente discurre, argumentar sus ideas sin tener ya encima el peso de las nuestras.

Y después, si somos capaces de escuchar con plena apertura y sin prejuicios, es posible que incluso nos pida nuestra opinión.

No debemos decidir por él, podemos pintar una imagen, aportar nuestro saber sin imponerlo, contar una pequeña anécdota de una situación similar que hayamos vivido, de alguna vez que hayamos metido la pata hasta el fondo. Pero siempre dejando la puerta abierta a posibles opciones, sin sentenciar a una única salida.

El problema es que queremos evitar que se equivoque, porque sentimos que va a sufrir. Queremos allanar el camino, ahorrarle disgustos y a veces incluso, caminar por él, haciendo aquello que debería hacer por sí mismo. Y esto mina su confianza, pues el mensaje que escucha es: “Te vas a equivocar, tú no sabes, no puedes, yo lo hago por ti”, aunque no lo expresemos con palabras.

Nos puede ayudar recordar cuando era bebé e intentaba aprender a darse la vuelta solo. Ese momento en el que dejas al bebé sobre la cama boca arriba e intenta darse la vuelta para ponerse boca abajo. Hasta que lo aprende, se frustra y llora. Nos encantaría poder decirle cómo se hace, pero no podemos. Ni siquiera poniéndonos al lado y haciéndolo nosotros para que nos imite. No funciona, lo tiene que aprender desde dentro, tras muchos intentos fallidos. Y si le damos la vuelta, entonces intenta volver a darse la vuelta o se pone a llorar, porque lo que quiere es aprender y hacerlo solo. Lo único que podemos hacer es acompañarlo en su sentir, en su frustración, y confiar en que un día será capaz de darse la vuelta. Y así sucede cuando llega el momento.

Esta imagen nos puede ayudar a entender qué necesita verdaderamente un adolescente: Confianza. Apoyo y acompañamiento en sus descubrimientos. Cariño. Que lo miremos con amor y una sonrisa, sabiendo que llegará donde se proponga. Y, si nos pide consejo, unas palabras amables que no determinen una única verdad absoluta, sino que apunten a las posibilidades que tiene la vida.

Desde este enfoque dejamos en sus manos las decisiones que les conciernen, evitando intervenir incluso si no estamos de acuerdo. Y decidimos en aquellas que nos competen como padres y educadores. Esto es lo difícil, entender la diferencia entre ambas cosas y saber cuándo debemos dejar ese espacio de decisión. Una pista puede ser sentir qué aspectos son esenciales para ellos y qué otros aspectos tienen que ver más con la convivencia o con la enseñanza. Cuanta más autonomía podamos dar, sin abandonar lo que consideramos esencial, mejor.

Por ejemplo, si llega el fin de semana y quiero que mi hija venga conmigo al teatro, pero ella prefiere quedar con sus amigos, debo respetar esa decisión. Estamos hablando ya de los catorce años en adelante. Si insisto en que venga en contra de sus deseos, solo voy a conseguir despertar aversión y minar mi autoridad. Sin embargo, si dejo que elija estar con sus amigos, quizá descubra más adelante la belleza del teatro. O no. Pero por lo menos no habremos creado rechazo. Esto también sucede si intento convencerla diciéndole lo mucho que me gustaría que viniese; si se siente obligada a venir para que yo me sienta bien, produce el mismo efecto.

A partir de los 12 años, la socialidad con los iguales ocupa el puesto prioritario. Todo lo demás es secundario. Los adolescentes necesitan entenderse con el otro, encontrar su lugar, aprender a decir lo que piensan y ser parte del grupo sin perder su individualidad. Es el momento de hacer este trabajo y ellos inconscientemente lo saben. Por eso lo piden y lo buscan. Si los sacamos de ahí para hacerles ver algo que como adulto consideramos cultura, lo que conseguimos es que no lleguen a disfrutar ni una cosa ni la otra.

Ni que decir tiene que hay tiempo para todo, y que, si hemos sembrado ciertas semillas durante la infancia, es muy probable que sí que quieran seguir haciendo algunas cosas con nosotros, o practicando hobbies que ya están instaurados desde la infancia, como tocar un instrumento, hacer deporte o actividades artísticas. Esto puede acompañarlos y ser un pilar básico en las transiciones de la vida.

En cualquier caso y como conclusión, lo esencial a la hora de acompañar el desarrollo emocional en la adolescencia es recordar que cada uno encuentra su felicidad en su propio camino y que todos necesitamos ser reconocidos en nuestra esencia y en nuestro sentir. Y que lo que más puede acompañar a otro ser humano es el calor de la confianza y el amor.

Sara Justo Fernández. Maestra y formadora en pedagogía Waldorf.

Autora del libro «Crecer para educar«

Foto de Helena Lopes

La experiencia propia como base del aprendizaje en la infancia

Tres amigas sentadas al atardecer

Una de las fases que más me llama la atención del crecimiento infantil es la etapa del «por qué». Es ese momento en el que empiezan a tener un mayor dominio del lenguaje y hacen preguntas de todo tipo al adulto, desde una curiosidad innata e inocente, desde las ganas de descubrir el mundo que les rodea.

Cuando esto sucede, el adulto empieza a dar explicaciones, a veces simples, otras mucho más complejas, pero normalmente sin conseguir saciar la curiosidad del niño. Esto sucede porque lo que necesita ese niño no es una respuesta racional, una teoría que no puede comprender. Lo que necesita quizá es escuchar su propia voz y la del adulto, encontrar sus propias respuestas y vivir desde la experiencia todo aquello que será el andamiaje de sus futuros saberes. O incluso vivir en la pregunta y dejar que sea ella quien guíe sus descubrimientos.

Cuando ofrecemos una explicación teórica y puramente intelectual antes de tiempo, tal y como comentaba en varios artículos anteriores, llenamos de ideas vacías la cabeza del niño, lo llevamos a adquirir un pensar prestado que todavía no puede ni siquiera poner en tela de juicio.

Recuerdo con cariño una charla con una de mis primas pequeñas sobre la fuerza de la gravedad. Era verano, yo debía tener unos catorce años y ella nueve. Me contaba que en la escuela le habían explicado qué era la fuerza de la gravedad y cómo funcionaba, y lo había entendido casi todo, pero tenía una pregunta sin resolver, que era la siguiente: “Si todo cae hacia abajo, ¿cómo es que los que están en el hemisferio sur no se caen?”

Y yo me pregunto, ¿qué necesidad hay de explicar de forma teórica este tipo de conceptos en una edad en la que deberían estar experimentando por sí mismos los principios de la física? ¿No tendría mucho más sentido hacerse preguntas sobre sus propios descubrimientos en el medio que les rodea y sobre el que pueden experimentar?

La educación Waldorf en la escuela primaria parte desde este principio: lo primero es la experiencia y el sentir. Cuando presentamos un nuevo tema, es desde la actividad propia y la emoción del descubrimiento. Después proponemos integrar este nuevo conocimiento de forma artística, ya sea a través del dibujo, de la creación de una maqueta o cualquier otra forma de expresión. Y ya por último, cuando se ha comprendido de forma viva ese contenido, se plasma en el cuaderno para ponerlo en palabras y acabar de integrar su significado.

Cuando trabajamos de esta manera, dejando la conceptualización para el final, los contenidos pueden expandirse mucho más, dando lugar a hallazgos inesperados y nuevas conexiones, dejando espacio para que el propio concepto pueda crecer a lo largo de toda la vida.

Esto es especialmente importante entre los 6 y los 12 años, y se refiere sobre todo al contenido académico. A partir de los 12 años, ya con el desarrollo pleno del pensamiento abstracto, se puede ir más allá, presentando distintos puntos de vista y trabajando desde lo conceptual, evitando las verdades absolutas, dejando espacio para el descubrimiento propio e incluso, la intuición.

Recuerdo a un maravilloso maestro que conocí en la formación Waldorf de Oriago, que siempre dejaba una pregunta en el aire al terminar la clase, pregunta que dejaba sin contestar y que sembraba en los alumnos la capacidad de reflexionar, de discurrir y descubrir por sí mismos las posibles respuestas…o incluso más preguntas. Conseguía encender el fuego del entusiasmo por el conocimiento del mundo y así acogía todas las respuestas con gran reverencia, descubriendo en cada una de ellas tesoros geniales.

Si enseñamos desde conceptos fijos, no hay posibilidad de ampliación, de encontrar algo nuevo, ni de hacer nuestro el contenido. La educación puramente intelectual que excluye la experiencia propia del alumno se convierte casi en un acto de fe, pues no parte del descubrimiento propio, sino del ajeno.

Para que las nuevas generaciones puedan aportar lo que traen al mundo, tenemos que crear un espacio en el que puedan descubrir y expresar quiénes son, desarrollar su conocimiento propio y tener la libertad de pensar por sí mismos. Si partimos con las respuestas ya dadas, matamos de algún modo el motor del aprendizaje real. Además, no hay nada que recordemos mejor que lo que hemos descubierto a través de nuestra propia experiencia.

Ojalá podamos dar un paso atrás para dejar ese espacio de creatividad y descubrimiento, que pueda dar lugar al desarrollo de personas libres en el pensar, en el sentir y en el actuar en el mundo.

Sara Justo Fernández. Maestra y formadora en pedagogía Waldorf.

Autora del libro «Crecer para educar«

Foto de Charlein Gracia

La observación como base de la educación y la crianza

Niño jugando en la arena

Cuando formamos una familia o nos convertimos en maestros, es frecuente que la falta de experiencia nos convierta en un mar de dudas.

Ya sea por lo que dicen nuestros familiares y amigos o por lo que hemos leído y estudiado en la carrera, tenemos un ideal sobre cómo deberían ser las cosas, acompañado por un sinfín de teorías y de creencias, a veces contrarias entre sí, sobre lo que deberíamos hacer. Pero cuando las llevamos a la práctica, las cosas no funcionan tal y como dicta la teoría.

Quizá antiguamente era distinto; el saber popular relacionado con la crianza iba pasando de madres a hijas y se hacía lo que siempre se había hecho, sin apenas cuestionarlo. Había un modo de educar bastante homogéneo que no dejaba lugar a dudas, aunque seguro que existían excepciones.

Hoy en día, la situación ha cambiado mucho. En primer lugar, con la separación de los núcleos familiares extensos ya no solemos tener a nuestra disposición la presencia y sabiduría de los abuelos. Nos hemos convertido en familias aisladas, con el único apoyo de guarderías y escuelas, sin tiempo y con mucho estrés. En segundo lugar, hay tantas corrientes pedagógicas que es muy difícil discernir qué es lo adecuado, y a menudo elegimos cómo actuar basándonos en las dificultades que tuvimos en nuestra propia infancia.

El conocimiento que poseemos sobre la crianza y la educación procede en su mayor parte de la teoría o de nuestros propios traumas infantiles. Vivimos la crianza intentando evitar lo que nosotros sufrimos, yendo hacia el otro extremo, actuando desde nuestras heridas o nuestra mente, desconectados de la intuición, sin pararnos a observar qué es lo que realmente necesita ese ser que tenemos delante. Y con el ritmo de vida que llevamos, no nos damos cuenta de que lo que nos falta es tener un conocimiento real, que provenga de la experiencia.

Tanto para la crianza como para la educación, es imprescindible tomarnos el tiempo necesario para escuchar y observar. Cada ser humano es único e irrepetible, no existen recetas que sirvan para todos por igual. Solo a través de la observación* podemos conocer, solo a través del conocimiento podemos amar y solo a través del amor podemos acompañar al otro en el desarrollo de su potencial para ser feliz.

Si bien es cierto que tener tiempo tal y como está estructurada la vida hoy en día es casi imposible, no por ello debemos rendirnos. Cuando algo no funciona, hay que cambiarlo. Tenemos a la infancia totalmente abandonada en manos ajenas o, mucho peor, en medios audiovisuales y redes sociales, buscando el calor, el reconocimiento y la compañía que necesitan en un lugar frío y engañoso.

Es preciso hacer un cambio en nuestras vidas y conseguir tiempo de calidad para acompañar a la infancia. Dejar la teoría a un lado y empezar a conocer a nuestros hijos y alumnos. Pasar tiempo con ellos, ofreciendo un espacio cariñoso y sereno donde se puedan desarrollar felices. Si solo disponemos de media hora al día, que sea media hora de presencia absoluta, con el móvil y la televisión lejos y apagados, con la mente libre y el corazón dispuesto a escuchar, sentir, conocer y amar.

Cuando conseguimos estar presentes de esta forma, se crea el verdadero vínculo, desaparecen las carencias y la sensación de abandono, y la infancia puede crecer en autoestima, estable y feliz, desarrollando todos sus dones y confiando en la vida.

Y nosotros, como adultos, conseguimos acompañar su crecimiento desde la seguridad de lo que hemos experimentado, y esto nos permite poner límites sanos cuando es necesario y convertirnos en la autoridad amada.

Sara Justo Fernández. Maestra y formadora en pedagogía Waldorf.

Autora del libro «Crecer para educar«

*Si te interesa saber más sobre la observación y cómo ponerla en práctica en tu día a día, puedes leer aquí varias maneras de hacerlo, que son parte de la pedagogía Waldorf.

La desconexión del sentir en la infancia

Paisaje en acuarela

En mi último artículo hablé sobre las dificultades que puede producir la intelectualización temprana en la infancia, refieriéndome sobre todo a la enseñanza de materias formales como las matemáticas o la lecto-escritura.

En esta ocasión, voy a hablar sobre la importancia de evitar la racionalización del mundo emocional, describiendo cómo acompañar a la infancia de manera que pueda gestionar sus emociones y conformar, en el momento adecuado, un pensamiento ético propio.

Para ello es necesario revisar la forma en que nos dirigimos a los niños y el lugar donde los posicionamos. A menudo les pedimos que respondan como adultos ante situaciones que todavía no pueden llegar a comprender, como por ejemplo, ante conflictos con otros niños, o cuando queremos convencerlos de que algo es bueno o no para ellos.

El problema es que, con nuestros razonamientos y palabras, les alejamos de su sentir y les llevamos a un aprendizaje aparente de lo moral, de lo que está bien o mal. Por su amor al adulto y sin estar preparados, aprenden “de carrerilla” lo que es correcto y lo que no, sin entender por qué, y esto se convierte frecuentemente en un obstáculo que dificulta la comprensión verdadera que puede llegar más adelante, si esperamos al momento adecuado.

Cuando los juzgamos por sus acciones, pueden sentir que hay algo erróneo en ellos, por querer hacer algo que no está bien. A veces, simplemente para evitar la situación conflictiva, la tensión y el enfado del adulto, aprenden las fórmulas que les ofrecemos, como por ejemplo “lo siento” o “perdóname”, y lo dicen porque perciben que así nos complacen, pero no saben realmente lo que significa.

En muchas ocasiones, para evitar ser autoritarios o imponer nuestro parecer, nos justificamos dando explicaciones destinadas a que entiendan algo que todavía no pueden comprender. Pero en realidad esto no ayuda, pues no se trata de convencer a nadie. Se trata de tener claro qué es lo correcto en ese momento, tomar la decisión y comunicarla con claridad, en vez de intentar que nos comprendan desde una abstracción que les queda muy lejos.

Por ejemplo; cuando un niño muy pequeño va a cruzar la calle sin mirar, lo hace porque está en la acción, en el movimiento, y no va a entender que, si le pides que se detenga antes de cruzar, es porque vienen coches y puede haber un accidente. Todavía no es capaz de percibir ese peligro y menos aún si no vienen coches en ese momento. Da igual cómo se lo expliques, cuanto más larga sea la explicación, menos lo entenderá; tendrá una rabieta, asentirá con la cabeza o lo aprenderá de memoria, pero la explicación probablemente le confunda más que otra cosa.

Lo que sí entenderá es que le digas que pare cuando vea la carretera y que te coja de la mano para cruzar. Así de simple.

El adulto sabe por qué no hay que cruzar sin mirar y decide cómo se debe actuar para cruzar la carretera. Lo único necesario es indicar cómo se tiene que hacer y practicar varias veces, llevándolo incluso a la complicidad de tener una señal entre ambos que indique que hay que parar.

Si, en vez de eso, le decimos que está mal lo que hace, que no debe correr así, y que debe entender que eso no se puede hacer porque pueden venir coches, y los coches son peligrosos y mamá se asusta mucho, probablemente lo único que perciba es el susto y el enfado de mamá por algo que ha hecho, y se asuste también, sin entender por qué.

He puesto este ejemplo porque aquí está muy clara la necesidad de actuación. Pero hay otras situaciones en las que no resulta tan obvio cómo acompañar a la infancia sin entrar en juicios y razones.

Por ejemplo, cuando varios niños no se llevan bien entre sí y los adultos nos empeñamos en que hay que llevarse bien con todo el mundo. O que hay que compartir los juguetes y si no lo haces eres egoísta, o que hay que tener amigos para ser feliz, así que debes ceder para conseguirlo. O que hay que besar a los conocidos de tus padres porque es una costumbre social, aunque alguno de ellos te dé repelús.

A menudo les pedimos cosas que nosotros no hacemos, por un código moral que en realidad va en contra de la libertad individual de cada uno y de la conexión con el cuidado de nuestra esencia.

La creencia “hay que ser amigo de todos” es un arma de doble filo, pues puede hacer sentir a los niños que deben aceptar al otro bajo cualquier circunstancia, incluso si molesta, o grita o no los trata bien. Esto hace que se desconecten de su intuición ante el otro y que quizá acepten cosas que no deben.

“Pedir perdón” cuando uno está enfadado y todavía siente que ha hecho bien, hace que se desvirtúe totalmente la palabra. Hay que llegar antes a un sentimiento, a una comprensión profunda del origen del enfado, del dolor… Para poder escuchar y entender el dolor del otro, primero necesitamos descubrir qué es lo que nos ha dañado y comunicarlo. Y, a partir de ahí, podemos comprender al otro, desde el sentir, y abrirnos a la posibilidad del cambio.

Si no acompañamos a los niños en este proceso y los forzamos directamente a pedir perdón, es posible que se cierren al aprendizaje y al cambio y que no integren correctamente el significado verdadero del perdón, de la escucha, del agradecimiento y de la responsabilidad. En su lugar, sentirán culpa y frustración y posiblemente su autoestima se reducirá y el enfado hacia el otro quedará escondido y dispuesto a saltar de nuevo a la mínima ocasión.

Es muy importante tener en cuenta que, para poder percibir las necesidades del otro y empezar a comprender las interacciones sociales, primero tengo que haber desarrollado mi propio autoconcepto de forma sana, y esto no empieza a suceder hasta el paso del rubicón, hacia los nueve años. A partir de esta edad se puede iniciar un trabajo de acompañamiento en este sentido, siempre observando y respetando el ritmo de desarrollo individual.

Es preciso que revisemos la forma en que acompañamos el desarrollo anímico de la infancia y que seamos capaces de escuchar y respetar las emociones y las necesidades innatas de cada niño, sin permitir por ello conductas dañinas, desterrando el moralismo y ayudando a encontrar una solución común, desde el apoyo, el cariño y la presencia. Y, por supuesto, esperar al momento adecuado para poder hacerlo.

Sara Justo Fernández. Formadora de maestros. Especialista en pedagogía Waldorf.

Autora del libro «Crecer para educar«

Cómo acompañar a la infancia en su desarrollo integral

Dibujo del mapa de Europa en tiza

Cuando observo la forma en la que se enfoca la enseñanza de los más pequeños, tengo la sensación de que hay cierta prisa. Cada vez se introduce la lectoescritura y la enseñanza de los números a edades más tempranas, en detrimento de actividades de juego libre. En este artículo voy a hablar sobre el efecto que esto puede tener en la infancia y la importancia de ofrecer en cada momento lo que necesita, desde la escuela y el hogar, sin adelantar etapas y respetando su necesidad de movimiento.

Si observamos atentamente a un recién nacido, veremos que todas sus fuerzas están ocupadas en hacerse dueño de su cuerpo; en aprender a vivir dentro de él. Pasa su tiempo de vigilia practicando movimientos, aprendiendo a coordinar su mirada y su mano, ensayando sonidos, sonrisas, agitando sus extremidades. Toda su atención está entregada a descubrir cómo funciona su cuerpo y a desarrollar sus habilidades físicas. Practica con gran voluntad, sin cejar en su empeño de seguir aprendiendo y evolucionando ni un solo instante.

Desde fuera podemos ver solo la punta del iceberg, pues también en su interior se están produciendo de forma ininterrumpida procesos de crecimiento, que darán lugar al desarrollo sano de sus órganos y al correcto funcionamiento del organismo en general.

Este desarrollo es especialmente intenso entre el nacimiento y los siete años, cuando se empiezan a caer los dientes de leche. Durante estos primeros años, la actividad física, el movimiento y el juego libre, son experiencias imprescindibles para la adquisición del equilibrio y para un crecimiento sano y completo.

Tener esto en cuenta a la hora de diseñar la educación temprana de la infancia es esencial. Gran parte de las fuerzas disponibles deben dedicarse a este despliegue físico y de coordinación; centrarse en el desarrollo del pensamiento abstracto cuando todavía no se domina el movimiento del cuerpo físico es como intentar aprender matemáticas cuando se tiene gripe. Es un empleo de energía en algo que no puede dar frutos reales en ese momento. Y digo reales porque, aunque un niño de cuatro años pueda aprender a sumar o restar, o incluso a leer, no lo hace desde una comprensión real, sino desde la memorización y la imitación.

Los niños necesitan nuestro amor y protección y, cuando perciben que al adulto le alegra algo, o le hace sentir orgulloso, lo van a intentar de cualquier modo, aunque sea contrario a su propio desarrollo. Esto es muy importante a la hora de planificar su educación, pues si nos basamos en lo que los niños aparentemente pueden hacer, es posible que estemos avanzando etapas que todavía no son apropiadas. Que sean capaces de hacer algo no significa que sea bueno para su desarrollo.

Cuando iniciamos la educación intelectual formal de la infancia antes de tiempo, estamos pidiendo a los niños que escuchen y entiendan a la vez que practican la coordinación entre los ojos y las manos, la presión motriz para sujetar un lápiz, la capacidad de estar sentado y prestar atención solo al adulto, y un sinfín de habilidades que todavía están en desarrollo. Esto dificulta ambos procesos y hace que muchos niños fracasen antes de empezar.

Lo que necesitan a esta edad es moverse y actuar, transformar el medio en el que están, calcular el peso de su cuerpo y otros objetos a través del juego con diferentes materiales, descubrir a qué velocidad pueden correr, seguir con la mirada el movimiento de animales, objetos, personas, etc. Y de ninguna manera es beneficioso que estén sentados en una silla largos periodos de tiempo prestando atención a un solo estímulo, que suele estar fuera de su contexto real. La educación integral tiene que ver con la experiencia en primera persona, con el conocimiento del mundo a través de los sentidos, en un contexto lo más natural posible.

Desafortunadamente, a menudo se considera que hay que aprovechar el potencial de aprendizaje intelectual del niño desde sus primeros años de vida, ya sea para aprender idiomas como para la práctica formal de un instrumento musical o las matemáticas, sin tener en cuenta la importancia del movimiento y el juego libre, imprescindibles para un buen desarrollo del equilibrio y la coordinación, entre otras cosas.

Todo esto, a nivel de desarrollo fisiológico, puede desembocar en problemas atencionales. También a nivel anímico puede crear gran inseguridad y la sensación de no entender nada, de no ser capaz, cuando en realidad no es el momento adecuado para ese tipo de enseñanza. Es un daño al mundo imaginativo del niño y a su proceso de desarrollo, pudiendo incluso mermar su capacidad de asombro e interferir en su habilidad para relacionarse con los demás.

Es cierto que hay niños que, por su propia motivación, tienen una inclinación especial al aprendizaje de las letras, o de los números, y lo hacen por sí solos, sin ayuda alguna y sin que los adultos hayan intervenido. En estos casos, por supuesto, hay que acompañarlos en su alegría al descubrir cosas nuevas, evitando aprovechar la situación para llevarlos más allá con nuestros conocimientos, y equilibrando este desarrollo intelectual con mucho juego libre y experiencias sensoriales.

Tanto Piaget como Rudolf Steiner indican que la adquisición del pensamiento operativo concreto se da a partir de los siete años, cuando el niño ya ha adquirido gran dominio sobre su cuerpo físico y, las fuerzas que estaban implicadas en el crecimiento, se van liberando para dedicarse al desarrollo del pensar. Aun así, esto no sucede inmediatamente, se trata de una etapa que dura otros siete años y que tiene su culminación a los 12, cuando aparece el pensamiento abstracto.

Si observamos qué sucede a partir de los 12, veremos que también hay una etapa en la que los adolescentes no pueden concentrarse plenamente en el aprendizaje. Esta etapa coincide con un nuevo desarrollo físico, el final de la niñez y el inicio de la adolescencia, el desarrollo de los órganos sexuales y todos los cambios hormonales y anímicos que esto implica. En ese momento, el mundo emocional cobra vital importancia y es preciso tenerlo en cuenta y acompañarlo, en vez de exigir de nuevo que, en lugar de prestar atención a lo que sucede en su cuerpo físico, se desconecten de su sentir para centrarse solo en lo intelectual. Hay que encontrar un equilibrio y proponer todo aquello que permita, además, una expresión sana de lo emocional, como por ejemplo, experiencias plásticas o musicales.

Es de vital importancia que tengamos esto en cuenta a la hora de acompañar a la infancia en sus aprendizajes, pues evitaría grandes frustraciones y facilitaría un desarrollo físico, emocional e intelectual mucho más sano y equilibrado, reduciendo el fracaso escolar y preservando la alegría de descubrir y aprender cuando se está verdaderamente listo para ello.

Sara Justo Fernández. Formadora de maestros. Especialista en pedagogía Waldorf.

Autora del libro «Crecer para educar«

Preservando la esencia de la infancia

Plaza con palomas y una niña

Una de las cuestiones que más felicidad puede traer a nuestras vidas es conocer nuestro propósito vital y dedicarnos a ello. En este artículo voy a hablar sobre cómo acompañar a la infancia preservando esa sabiduría con la que nacemos, creando un espacio que acoja con cariño incondicional su expresión.

Cada persona posee ciertos rasgos que no provienen de la familia, ni del entorno, ni de las circunstancias; son una parte intrínseca del alma. Estos dones son las fuerzas que traemos para desarrollar lo que hemos venido a hacer. Podemos verlas como virtudes o incluso como defectos, pero lo suyo es considerarlas fuerzas que podemos canalizar, que podemos poner a nuestro servicio para ser felices y construir un lugar en el mundo, aportando lo que traemos a la sociedad.

Cuando no somos conscientes de estos rasgos o incluso se ven criticados y rechazados por los demás, la vida se convierte en una lucha constante por ser quienes no somos, por adaptarnos y parecer aquello que pide el entorno. Una lucha perdida que nos puede llevar a una vida vacía, desconectada de su verdadero propósito.

Como adultos, a menudo olvidamos ver y reconocer lo auténtico en la infancia y nos centramos en corregir todo aquello que pensamos que no está bien. Nuestros ojos dejan de brillar cuando ese ser tan especial para nosotros entra por la puerta, porque estamos ocupados en decirle que llame antes de entrar, que no grite o que se coloque bien el vestido. Esto hace que tanto nosotros como los niños llevemos la atención constantemente a lo que hay que cambiar.

Tenemos que ser conscientes de que nuestros juicios de valor, nuestras creencias y opiniones, son como un libro abierto para la infancia. De forma inconsciente, captan aquellas cosas que valoramos más, nuestro concepto de éxito, lo que significa triunfar en la vida. Si tenemos una actitud que valora el intelecto por encima del arte, lo vamos a expresar en todas nuestras opiniones, a veces de forma más consciente y contundente, otras casi sin darnos cuenta. Y los pequeños que nos rodeen van a captar que es más importante el intelecto que el arte, y, según su necesidad de ser apreciados y valorados, es posible que dejen de lado su parte artística para concentrarse en lo intelectual.

Que expresemos nuestros valores es natural e inevitable. Tampoco sería sano esconder nuestra forma de pensar. Sin embargo, es preciso observar nuestras creencias, la forma que tenemos de hablar, los juicios que valoran o desprecian una u otra disciplina, un modo u otro de vida, y ver si realmente sentimos todo eso o son creencias heredadas, ya sea de la familia o del inconsciente colectivo. Necesitamos revisar qué es lo que estamos transmitiendo a nuestro alrededor y ser coherentes. Y, sobre todo, ser respetuosos con todo aquello que nos resulte diferente, evitando hablar de forma negativa sobre aquello que no elegimos. Es posible que, precisamente nuestro hijo o hija, sienta gran inclinación por algo que nos resulta ajeno, y trae esa semilla para compartirla con nosotros. En ese caso, sólo en un ambiente de acogimiento y respeto, podrá desarrollarse plenamente.

Recuerdo cuando volví de mi primer viaje a la India, con unos 23 años. Regresé durante un tiempo a casa de mis padres, mientras encontraba piso para alquilar. Allí, en mi habitación, llena de telas estampadas de dioses hindúes, encendía incienso y velas y hacía yoga. Mi familia, de religión cristiana católica, no decía nada, como mucho a veces mi madre me proponía que abriese la ventana para no asfixiarme. El yoga le llamaba la atención e hicimos algunos ejercicios juntas. Al cabo de un tiempo, se apuntó a yoga con una amiga.

Llegó el verano y fuimos al pueblo, a Galicia. Yo me llevé mis dioses conmigo, poniendo un pequeño altar en mi mesita de noche. Un día llegué a mi habitación y vi que alguien había puesto flores en mi altar. Le pregunté a mi abuela y ella me dijo que cómo era que tenía a mis santos sin flores, que se las había puesto ella. Esta aceptación sin duda, esta asimilación de una cultura totalmente ajena como parte de la suya propia, me marcó profundamente. El mensaje que me trasmitió fue que todo es posible, que todo se puede asimilar y comprender, pues al fin y al cabo, todo es lo mismo pero con formas y palabras diferentes.

Reflexionando ahora creo que estas experiencias me han hecho ser capaz de percibir cualquier filosofía, incluso cualquier religión, desde una perspectiva amplia, comprensiva, que reconoce los puntos de unión y observa con curiosidad las peculiaridades de cada forma de pensamiento, de cada estilo de vida, de cada corriente educativa. Así, he podido leer entre líneas y acoger todo aquello que resonaba conmigo, viniese de donde viniese, creando mi propia manera de entender la pedagogía y el mundo.

Y no es porque mi familia no tuviese creencias propias, o no me transmitiese lo que, en su opinión, era mejor para mí. Es porque tuvieron la capacidad de quererme y aceptarme fuese como fuese, viniese de la India o de Australia, hiciese yoga o taichi, fuese vegetariana o carnívora. Y me consta que no debió ser fácil. Incluso cuando lo que yo era chocaba firmemente con sus creencias, que era muy a menudo, el mensaje final siempre era de amor y de respeto, de «haz lo que te haga feliz, nosotros estamos aquí para apoyarte en lo que necesites».

Este respaldo es un impulso incomparable, un colchón que te asegura que vayas donde vayas, vueles donde vueles, siempre tienes dónde regresar. Esta es la libertad que permite ser quien eres y expresar tu potencial. Y es también lo que te llena de un profundo agradecimiento que te impulsa a aportar al mundo los dones que traes.

Extracto de mi libro “Crecer para educar

Sara Justo Fernández. Maestra y formadora en pedagogía Waldorf.

El impacto de las pantallas en la psique infantil

Atardecer en Camogli

En mis últimos artículos he hablado a menudo sobre los límites, entendiéndolos como la estructura que da forma a un espacio de relación social, tanto entre adultos como en la educación de la infancia.

La expresión “poner límites” puede sonar a frenar una expansión, a detener y reducir algo, a no dejar que avance. En realidad tiene más que ver con establecer un espacio propio y definir qué es lo quiero dejar pasar y lo que no. Es la definición de una frontera que puede ser traspasada si uno sabe la contraseña, si entiende las leyes de ese lugar y las respeta. Me gusta esta definición porque nos acerca a la idea de que cada uno habitamos un espacio que nos pertenece y, en el encuentro con el otro, tenemos que decidir hasta dónde y de qué manera puede entrar en este espacio. Cuando alguien nos invade, es porque se ha saltado la frontera sin nuestro permiso.

Otra imagen que utilizo a menudo es la que da Mauricio Wild; él dice que, cuando nos relacionamos con el exterior, somos como una célula, protegida por una membrana. Esta membrana puede ser permeable y dejar pasar todo lo que hay alrededor, o puede hacerse impermeable. A veces está en modo protección, y no deja pasar nada, y otras en modo evolución o crecimiento e interactúa con el medio, dejando pasar el alimento y otras sustancias.

Para establecer límites sanos, tengo que saber qué necesito, qué es lo que me hace bien y qué es lo que me hace mal, qué es lo que me nutre y cómo puedo cuidarme. Una vez tengo claro esto y soy capaz de respetar mis propias fronteras, entonces puedo expresarlas también a los que me rodean. Y con mi ejemplo, soy capaz de mostrar a los demás cómo hacerlo, especialmente a la infancia.

Si utilizamos la imagen de Mauricio Wild, los niños nacen con una membrana totalmente permeable, pues están en un proceso de crecimiento constante que necesita del medio exterior para sobrevivir. Al nacer son totalmente dependientes del adulto y esto hace que no puedan poner un filtro ni detener los peligros potenciales para su integridad. Es más, el único modo que tienen de digerir aquello que les llega es repetirlo, para poder entenderlo e integrarlo. Sea bueno para ellos o no. No pueden elegir, están completamente expuestos. Si en su entorno hay violencia, expresarán esta violencia en sus juegos. Si en su entorno hay cuidado y amor, también se verá en su forma de actuar. Si hay mucho ruido, serán niños que hablen fuerte y griten mucho. Esto sucede incluso en contra de su propia naturaleza, no pueden evitarlo, sólo pueden imitar y reproducir.

Como adultos, gestionamos de otra manera las influencias externas; en principio somos capaces de elegir a qué queremos exponernos y no nos afecta del mismo modo, porque podemos juzgar si estamos de acuerdo o no con lo que nos llega del exterior. Por ese motivo, a menudo nos cuesta ser conscientes de que todo aquello que permitimos que llegue a los niños, va a formar parte de ellos, sin filtro alguno. Si dejamos que jueguen a videojuegos llenos de violencia o miedo, van a normalizar lo que ven como si fuera la realidad. Lo que para el adulto puede ser entretenido porque sabe que no es real, para el niño se convierte en realidad. Es un impacto profundo en su psique, como si estuviera viviendo una experiencia en primera persona. Y más todavía cuando hay una pantalla de por medio.

Durante muchos años no tuve televisión y tampoco iba al cine y, un día, se me ocurrió ir a ver Avatar en la gran pantalla, en 3D. Fue tan grande el impacto de las imágenes que estuve soñando con los avatares durante un mes. Cuando cerraba los ojos podía ver su piel azulada, sus gestos, cómo se movían.

En aquellos tiempos, también me sucedía algo muy curioso. Cuando entraba en una sala donde había una televisión, me fascinaba de tal forma que dejaba de escuchar a las personas que me hablaban. Tenía que hacer un gran esfuerzo por liberarme de su encantamiento y regresar a mí, recuperando mi atención y mi consciencia.

Todo esto me hizo darme cuenta de lo potentes que son las imágenes y cómo pueden afectar a nuestro espacio mental, especialmente cuando no estamos habituados o en la infancia, cuando todavía no podemos filtrar esas imágenes. Son una interferencia en todo lo demás. Son tan fuertes que aparecen en medio de la clase de mates, o en el recreo, cambiando el juego libre por un juego repetitivo que reproduce aquello que han visto, eliminando la creatividad natural de los niños, el desarrollo de su propia imaginación. Por no hablar de los efectos nocivos que tienen en nuestra visión, empezando por la capacidad que tenemos para enfocar la vista, habilidad imprescindible para aprender a leer.

Por eso es tan importante que seamos nosotros, los adultos, los que pongamos ese límite. Ellos no pueden protegerse, son como Ícaro queriendo volar cerca del sol… Las imágenes llaman de forma tan poderosa su atención que se convierten en pura adicción y dejan de ser libres, dejan de notar ese calor extremo que está quemando sus alas.

Es nuestro cometido aprender a manejarnos con la tecnología de forma que no acabe con nuestra libertad y con nuestra presencia. Sabemos todo lo bueno que nos aporta, pero creo que no somos conscientes del impacto tan destructivo que puede tener, especialmente sobre los niños. Esta misma semana se han publicado varias noticias sobre cómo reproducen en los recreos juegos violentos que ven en series de adultos, llegando a un nivel extremo de agresividad.

Sólo conseguiremos frenar esto tomando consciencia y poniendo ese límite tan necesario a todo aquello que la infancia todavía no puede filtrar. Si pensamos en las graves consecuencias que tienen estas imágenes, nos será más sencillo decir no.

La infancia necesita tanto del cuidado como de la protección del adulto, es hora de tomar las riendas y ser capaces de sentar las bases para que puedan crecer en libertad, para que poco a poco puedan desarrollar también su espacio interior y sepan colocar sus propias fronteras, dejando pasar sólo aquello que les nutre y les hace bien.

Sara Justo Fernández. Formadora de maestros. Especialista en pedagogía Waldorf.

Autora del libro «Crecer para educar«

Cómo desarrollar una autoestima sana: los cimientos de la salud emocional.

Flor de la jara

Tener una autoestima sana es una de las bases principales de nuestra salud emocional. Por este motivo, siguiendo la línea de mis últimos artículos, voy a compartir algunas ideas sobre cómo lograr una autoestima equilibrada y cómo acompañar a la infancia en este mismo camino.

Una definición sencilla de autoestima sería la percepción que tenemos de nosotros mismos. Esta percepción se va formando desde que nacemos, a través del espejo de lo social. Cuando me comparo con el otro, saco conclusiones sobre cómo soy yo; ¿cómo podría considerarme alta o baja si no hubiera nadie más?

La comparación con los demás puede hacer que me sienta bien o no; si mi velocidad a la hora de aprender a leer es inferior que la del resto de mis compañeros, probablemente me sienta mal y piense que no se me da bien o que hay algo en mí que no funciona. Si, al contrario, se me da fenomenal y aprendo a la primera todo lo que me explican, seguramente desarrolle un autoconcepto alto de forma natural.

Esto se ve agrandado o disminuido según la reacción que perciba en el otro. Lo que mis seres queridos y las personas que veo habitualmente digan sobre mí va a tener un fuerte efecto en mi autoestima. La familia, los maestros, mis compañeros de clase, mi pareja; todas estas personas ejercen una influencia constante en la percepción que tengo de mí, pues, como decía antes, son el espejo en el cual me reflejo a diario.

El alcance de esta influencia depende del temperamento de cada uno. Hay personas que nacen ya muy seguras de sí mismas y no tienen demasiado en cuenta lo que los demás puedan opinar. Otras, sin embargo, se dejan llevar por los comentarios ajenos, que pueden incluso cambiar su autoconcepto. Todos estos factores van a tener un impacto la forma en la que me percibo y van a sentar las bases de mi autoestima.

Es importante tener en cuenta si estos factores son coherentes entre sí. Puede ser que lo que me llega del entorno y lo que yo pienso sobre mí coincida o no. Es posible que lo que dicen las personas que me rodean sea muy positivo y, sin embargo, mi experiencia diaria me diga lo contrario. O al revés. Esto crea una situación de incongruencia que hace que mi autoestima sea inestable, y que varíe de un momento a otro, de un extremo al otro, produciendo grandes inseguridades e incluso ansiedad. También se produce cuando mis referentes cambian de opinión muy a menudo y me ofrecen una imagen diferente o incluso contradictoria según el momento.

Cuando la autoestima es baja o muy variable, vivimos en búsqueda de la aprobación exterior; queremos que el otro cubra una carencia que solo nosotros podemos solucionar. Cuando nuestra autoestima es alta, nos sentimos seguros y con fuerzas para emprender cualquier cosa que se nos ocurra.

Pero el quid de la cuestión no radica en si soy más inteligente o menos, sino en el valor intrínseco que tengo solo por existir. Es esto lo que tenemos que trabajar, tanto con la infancia como con nosotros mismos. Nuestro valor no depende de ser altos o bajos, de leer rápido o despacio. O de lo que los demás piensen o digan sobre nosotros. Todos tenemos la suerte de haber nacido en este mundo, y sólo por eso, somos merecedores de amar y ser amados. Sin más. Sin condiciones. Sin juicios. Sin tener que ser de otra manera. Ni más guapos ni más listos ni más simpáticos. Ni portarnos mejor. Somos como somos y solo por eso somos valiosos y merecemos el respeto del otro.

Cuando comprendemos esto, cuando nuestro valor y nuestra dignidad ya no depende del exterior ni de que seamos de una u otra manera, empezamos a aceptarnos y a sentirnos bien. Esto es algo fundamental en el desarrollo de una autoestima sana y estable y es lo que nos puede guiar a la hora de acompañar a la infancia.

Si yo soy capaz de percibir a los demás como dignos de amor y de respeto tal y como son, voy a crear el ambiente necesario para que esas personas también lo sientan así y puedan mostrarse de forma natural.

Esto no significa que no sea necesario cambiar y transformarse. Significa que los cambios deben venir del interior, de una necesidad interna de hacer las cosas de otro modo porque nos damos cuenta de que así seremos más felices. Y no de nuestra carencia de amor o de nuestra necesidad de ser aceptados por el otro. Si yo cambio por una exigencia exterior, estoy poniendo en peligro mi integridad y mi autoestima. Otra cosa es que yo vea el efecto que tiene mi acción en el otro, y por amor al otro y a mí misma decida cambiar. Es muy diferente.

La labor del otro, en este caso, sería expresar cómo se siente ante lo que sea que suceda, sin poner en la balanza su amor por nosotros. Y si finalmente uno de los dos debe dejar algo esencial de sí mismo para que la relación funcione, lo más sano es que cada persona siga su camino, con amor y desde el amor.

En el caso concreto de la infancia, para acompañar el desarrollo de una autoestima sana, tendremos que fijarnos en todos los aspectos que hemos comentado.

Si vemos que depende demasiado de nuestra opinión para valorarse, nuestro esfuerzo irá enfocado a que escuche su propia percepción. Si intentamos elevar su autoestima con comentarios positivos sobre su conducta, lo más probable es que reforcemos su dependencia y su búsqueda de aprobación. En vez de decirle cuánto nos gusta lo que hace, podemos preguntarle si ha disfrutado haciendo lo que sea que esté haciendo y si se siente feliz.

Es importante evitar en lo posible las comparaciones y toda etiqueta o juicio sobre su forma de ser o sus cualidades, así podrá elegir aquello más acorde con su esencia y no lo que piensa que nos gusta a nosotros. El mensaje de fondo es: “Elijas lo que elijas, eres importante para mí y te quiero”.

Como decía antes, esto no puede ser un argumento para pasar por alto conductas inapropiadas o que hacen daño al otro; cada cosa tiene su lugar, puedo expresar que algo es inadecuado o que no está bien sin supeditar mi amor a que cambie su forma de ser o se amolde a lo que yo quiero. El amor no puede ser moneda de cambio.

También es preciso crear un entorno en el que todas las cualidades tengan su lugar, en el que la comparación sea solo con uno mismo para ver la evolución propia, en el que no exista el juicio y la crítica destructiva, el desdén o la falta de respeto ante las elecciones ajenas o la forma de ser de los demás. Ese entorno debe ser un lugar donde la infancia tenga un espacio de encuentro con el otro, de expansión, de descubrimiento. Así favoreceremos un desarrollo sano de la autoestima, sin restarle importancia al trabajo interior que cada uno necesita hacer a lo largo de la vida para superar todo aquello que impida evolucionar y para relacionarnos de forma sana con los demás.

Cuando las personas nos sentimos queridas y valoradas simplemente por existir, no necesitamos aferrarnos tan intensamente a nuestras opiniones y somos mucho más libres y capaces de transformarnos, porque sabemos que somos mucho más que eso, y que nuestro valor radica en la grandeza de estar vivos y ser capaces de amar.

Sara Justo Fernández. Formadora de maestros. Especialista en pedagogía Waldorf.

Autora del libro «Crecer para educar«