La experiencia propia como base del aprendizaje en la infancia

Una de las fases que más me llama la atención del crecimiento infantil es la etapa del «por qué». Es ese momento en el que empiezan a tener un mayor dominio del lenguaje y hacen preguntas de todo tipo al adulto, desde una curiosidad innata e inocente, desde las ganas de descubrir el mundo que les rodea.

Cuando esto sucede, el adulto empieza a dar explicaciones, a veces simples, otras mucho más complejas, pero normalmente sin conseguir saciar la curiosidad del niño. Esto sucede porque lo que necesita ese niño no es una respuesta racional, una teoría que no puede comprender. Lo que necesita quizá es escuchar su propia voz y la del adulto, encontrar sus propias respuestas y vivir desde la experiencia todo aquello que será el andamiaje de sus futuros saberes. O incluso vivir en la pregunta y dejar que sea ella quien guíe sus descubrimientos.

Cuando ofrecemos una explicación teórica y puramente intelectual antes de tiempo, tal y como comentaba en varios artículos anteriores, llenamos de ideas vacías la cabeza del niño, lo llevamos a adquirir un pensar prestado que todavía no puede ni siquiera poner en tela de juicio.

Recuerdo con cariño una charla con una de mis primas pequeñas sobre la fuerza de la gravedad. Era verano, yo debía tener unos catorce años y ella nueve. Me contaba que en la escuela le habían explicado qué era la fuerza de la gravedad y cómo funcionaba, y lo había entendido casi todo, pero tenía una pregunta sin resolver, que era la siguiente: “Si todo cae hacia abajo, ¿cómo es que los que están en el hemisferio sur no se caen?”

Y yo me pregunto, ¿qué necesidad hay de explicar de forma teórica este tipo de conceptos en una edad en la que deberían estar experimentando por sí mismos los principios de la física? ¿No tendría mucho más sentido hacerse preguntas sobre sus propios descubrimientos en el medio que les rodea y sobre el que pueden experimentar?

La educación Waldorf en la escuela primaria parte desde este principio: lo primero es la experiencia y el sentir. Cuando presentamos un nuevo tema, es desde la actividad propia y la emoción del descubrimiento. Después proponemos integrar este nuevo conocimiento de forma artística, ya sea a través del dibujo, de la creación de una maqueta o cualquier otra forma de expresión. Y ya por último, cuando se ha comprendido de forma viva ese contenido, se plasma en el cuaderno para ponerlo en palabras y acabar de integrar su significado.

Cuando trabajamos de esta manera, dejando la conceptualización para el final, los contenidos pueden expandirse mucho más, dando lugar a hallazgos inesperados y nuevas conexiones, dejando espacio para que el propio concepto pueda crecer a lo largo de toda la vida.

Esto es especialmente importante entre los 6 y los 12 años, y se refiere sobre todo al contenido académico. A partir de los 12 años, ya con el desarrollo pleno del pensamiento abstracto, se puede ir más allá, presentando distintos puntos de vista y trabajando desde lo conceptual, evitando las verdades absolutas, dejando espacio para el descubrimiento propio e incluso, la intuición.

Recuerdo a un maravilloso maestro que conocí en la formación Waldorf de Oriago, que siempre dejaba una pregunta en el aire al terminar la clase, pregunta que dejaba sin contestar y que sembraba en los alumnos la capacidad de reflexionar, de discurrir y descubrir por sí mismos las posibles respuestas…o incluso más preguntas. Conseguía encender el fuego del entusiasmo por el conocimiento del mundo y así acogía todas las respuestas con gran reverencia, descubriendo en cada una de ellas tesoros geniales.

Si enseñamos desde conceptos fijos, no hay posibilidad de ampliación, de encontrar algo nuevo, ni de hacer nuestro el contenido. La educación puramente intelectual que excluye la experiencia propia del alumno se convierte casi en un acto de fe, pues no parte del descubrimiento propio, sino del ajeno.

Para que las nuevas generaciones puedan aportar lo que traen al mundo, tenemos que crear un espacio en el que puedan descubrir y expresar quiénes son, desarrollar su conocimiento propio y tener la libertad de pensar por sí mismos. Si partimos con las respuestas ya dadas, matamos de algún modo el motor del aprendizaje real. Además, no hay nada que recordemos mejor que lo que hemos descubierto a través de nuestra propia experiencia.

Ojalá podamos dar un paso atrás para dejar ese espacio de creatividad y descubrimiento, que pueda dar lugar al desarrollo de personas libres en el pensar, en el sentir y en el actuar en el mundo.

Sara Justo Fernández. Maestra y formadora en pedagogía Waldorf.

Autora del libro «Crecer para educar«

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Cómo reparar los efectos de la pandemia en las relaciones sociales

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Hace unos días recordaba las reflexiones que gran parte de la sociedad hizo al principio de la pandemia, durante los meses de confinamiento. Aquel parón forzado nos dio la oportunidad de pensar sobre la forma en que vivimos y el efecto que tenemos sobre el medio que nos rodea. Yo incluso sentí que un nuevo modo de vida, más sano y más respetuoso con la naturaleza, era posible, y que aquella situación podía enseñarnos a valorar lo que realmente nos hace felices.

La realidad es que, ese primer momento de reflexión, se perdió en gran parte cuando volvimos a la calle. El miedo y las restricciones nos llevaron a separarnos todavía más unos de otros y a dejar de vernos de forma amigable y positiva. Se instaló la desconfianza y el temor por la incertidumbre de no saber de dónde venía el peligro.

Había personas que seguían a rajatabla las instrucciones de las autoridades y otras que no; unas por convicción, otras por el qué dirán, algunas por cansancio acumulado y muchas por miedo, lo que llevaba a cada persona a defender su propia verdad como única opción y juzgar al otro como erróneo. Era común encontrar campos de batalla entre familiares y amigos, entre colegas en el trabajo.

Toda esta situación, que se ha expandido en el tiempo hasta el día de hoy, unida al aumento del uso de pantallas y redes sociales, ha tenido un efecto desastroso en la sociedad, creando una gran distancia entre las personas y una sensación de hartazgo y desconfianza enorme.

Encuentro más que nunca a personas que no ven a los demás, que no los registran ni los reconocen. Se cuelan en las rotondas y en la cola del supermercado y del autobús, o se chocan contigo porque no te han visto, y si te han visto, no les ha importado. Es como si el otro hubiera dejado de ser un igual, de ser persona. Hay una creciente ceguera que solo nos permite percibir, con suerte, a los de nuestro clan, y sin ella, a nosotros mismos y nada más. Es una especie de modo de supervivencia, en el que la ley del más fuerte, o en este caso, del más rápido, está volviendo a imperar, escalando como nunca la agresividad y el desdén hacia los demás.

Me parece urgente que abramos los ojos y hagamos todo lo que esté en nuestra mano para sanar estas emociones y volver a ver las relaciones interpersonales como fuente de bienestar, salud y felicidad. Especialmente por la infancia y por la juventud. Han tenido que vivir reprimiendo lo que en estas edades es más necesario; el contacto físico, la caricia, la sonrisa, el juego, los abrazos, las charlas interminables con los amigos… Algunos han pasado al extremo opuesto y ya no consiguen relacionarse con nadie, excepto con los familiares más cercanos, otros intentan recuperar el tiempo perdido quizá con una punzada de culpabilidad. Sea como sea, todos ellos necesitan de nuestro apoyo para poder recuperar la tranquilidad, la confianza y la alegría.

Una de las maneras más sencillas que conozco para ello es volver a la naturaleza. Hemos pasado un tiempo de mucho pensar y mucho temer, un tiempo en el que nuestra mente era la gran protagonista y reinaba sobre todo lo demás. Necesitamos hacer borrón y cuenta nueva y sentir que tenemos la suerte de estar vivos; habitar nuestro cuerpo, percibir el calor del sol y la caricia del agua en la piel, tocar tierra, caminar por la arena…

Si unimos esto a volver a mirar a los ojos a las personas que se crucen en nuestro camino, ofrecer una sonrisa, una palabra amable, un “pasa tú primero que llevas cuatro cosas” en el supermercado y un interés genuino por el bienestar del otro, conseguiremos volver a sentir la grandeza de ser humanos y estar vivos, juntos.

Ojalá así sea.

Sara Justo Fernández. Maestra y formadora en pedagogía Waldorf.

Autora del libro «Crecer para educar«

El desencanto del materialismo y su efecto en la infancia

En este artículo voy a hablar sobre el efecto que tiene la visión materialista de la sociedad actual en la infancia. Siento que cada vez se da más valor a aquello que el dinero puede comprar, en detrimento de la apreciación de cosas sencillas, como disponer del tiempo suficiente para descansar o para sentarse a leer un libro. Además, cada día muere un poco la capacidad humana de asombrarse y admirar las cosas que no se pueden comprender, desechando todo aquello que no se pueda comprobar a través del método científico, proclamándolo falso, queriendo evitar la incertidumbre de la vida.

Esto repercute especialmente en los niños, que dejan de vivir en su mundo mágico cada vez más temprano, quedando desencantados y desconectados de su esencia más auténtica.

Lo curioso es que el hecho de no poder comprobar algo no significa que no exista, significa, simplemente, que no se puede comprobar. Pero de algún modo nos hemos convencido para negar la incertidumbre y, por el camino, hemos perdido la capacidad de soñar, quedándonos con una realidad en la que sólo hay cabida para aquello que podemos tocar.

Hemos dejado de venerar la luna y el sol, la naturaleza y su representación en los dioses mitológicos, para ponernos al servicio de los bienes materiales, muchas veces de forma esclava, perdiendo nuestra libertad, nuestra fantasía y nuestra capacidad de disfrutar de lo intangible.

Creo que no somos conscientes de la gran pérdida que estamos sufriendo, se extiende como una pandemia invisible que nos roba alegría y las fuerzas anímicas necesarias para hacer realidad las ideas que tenemos, manifestando nuestro verdadero propósito. Cuando nos limitamos a creer sólo aquello que vemos, nos negamos la posibilidad de manifestar aquello que todavía no se ha materializado. Nos condenamos a una sociedad que no puede cambiar de paradigma, que solo puede repetirse de forma infinita.

Como decía al principio, lo más grave es el efecto que este pensamiento tiene en los niños; les sacamos de su mundo de ensueño donde todo es posible, a la primera oportunidad. No somos conscientes de que necesitan imaginar y expandir su pensamiento sin los corsés de lo razonable, de lo científico. Y, en vez de respetar su necesidad, nos empeñamos en responder cada una de sus preguntas con teorías adultas que no pueden ni deben comprender todavía. O, lo que es peor, les decimos que no existe aquello que sienten como verdadero.

Y, confundidos y desencantados, buscan en la materia un referente digno de los antiguos dioses… pero sólo encuentran al influencer de moda, que les muestra cómo sumergirse todavía más en la materia, dependiendo de los “me gusta” de personas que ni siquiera conocen para sentirse parte de algo más grande, sin saber que ese sentimiento les pertenece por derecho propio.

Me parece muy necesario que los que hemos vivido otra forma de ver el mundo podamos transmitir a las nuevas generaciones todo lo que puede ofrecer.

Todavía recuerdo el día en que una amiga me dijo que los Reyes Magos eran los padres… No me lo creí, ni en ese momento ni mucho después, tenía clarísimo que había magia en aquella noche, y esa magia me ha acompañado hasta el día de hoy.

Tuve la suerte de tener una infancia llena de amor, en la que sentía, gracias a mis padres, que había algo más grande que yo que me protegía, algo más grande incluso que ellos mismos, a quien siempre podía pedir ayuda, y que velaba por mí.

Esta imagen bondadosa, ya fuera la compañía de mi ángel guardián o la sensación del mundo espiritual como algo más amplio, me confortaba y me hacía sentir que el mundo estaba bien orquestado y que podía confiar en la vida.

Más adelante, tal y como sucede en el desarrollo sano de la individualidad de cada ser humano, puse en duda todas las creencias que había recibido y exploré otras culturas con perspectivas diferentes, para poder finalmente llegar a mi propia verdad. Y, aunque algunas de esas creencias cambiaron, la sensación de que el universo me cuida, de que hay algo inherentemente bondadoso y sabio en la vida, en la naturaleza, me acompaña desde niña y nunca me ha abandonado. Este ha sido el mayor apoyo que he podido tener en mi camino, lo que me ha hecho superar los momentos más oscuros de desesperanza y de desánimo.

Siento que esta percepción de la vida está desapareciendo, dejando un vacío que los dioses de barro no pueden llenar, llevando a la adolescencia a esa dependencia malsana del mundo virtual. Necesitamos volver a apreciar lo humano y lo divino, haciendo espacio a la intuición, a la posibilidad de un nuevo paradigma que está por descubrir.

Y la vuelta a la apreciación de la naturaleza y su magia es uno de los mejores caminos para ello.

Sara Justo Fernández. Maestra y formadora en pedagogía Waldorf.

Autora del libro «Crecer para educar«

La observación como base de la educación y la crianza

Cuando formamos una familia o nos convertimos en maestros, es frecuente que la falta de experiencia nos convierta en un mar de dudas.

Ya sea por lo que dicen nuestros familiares y amigos o por lo que hemos leído y estudiado en la carrera, tenemos un ideal sobre cómo deberían ser las cosas, acompañado por un sinfín de teorías y de creencias, a veces contrarias entre sí, sobre lo que deberíamos hacer. Pero cuando las llevamos a la práctica, las cosas no funcionan tal y como dicta la teoría.

Quizá antiguamente era distinto; el saber popular relacionado con la crianza iba pasando de madres a hijas y se hacía lo que siempre se había hecho, sin apenas cuestionarlo. Había un modo de educar bastante homogéneo que no dejaba lugar a dudas, aunque seguro que existían excepciones.

Hoy en día, la situación ha cambiado mucho. En primer lugar, con la separación de los núcleos familiares extensos ya no solemos tener a nuestra disposición la presencia y sabiduría de los abuelos. Nos hemos convertido en familias aisladas, con el único apoyo de guarderías y escuelas, sin tiempo y con mucho estrés. En segundo lugar, hay tantas corrientes pedagógicas que es muy difícil discernir qué es lo adecuado, y a menudo elegimos cómo actuar basándonos en las dificultades que tuvimos en nuestra propia infancia.

El conocimiento que poseemos sobre la crianza y la educación procede en su mayor parte de la teoría o de nuestros propios traumas infantiles. Vivimos la crianza intentando evitar lo que nosotros sufrimos, yendo hacia el otro extremo, actuando desde nuestras heridas o nuestra mente, desconectados de la intuición, sin pararnos a observar qué es lo que realmente necesita ese ser que tenemos delante. Y con el ritmo de vida que llevamos, no nos damos cuenta de que lo que nos falta es tener un conocimiento real, que provenga de la experiencia.

Tanto para la crianza como para la educación, es imprescindible tomarnos el tiempo necesario para escuchar y observar. Cada ser humano es único e irrepetible, no existen recetas que sirvan para todos por igual. Solo a través de la observación* podemos conocer, solo a través del conocimiento podemos amar y solo a través del amor podemos acompañar al otro en el desarrollo de su potencial para ser feliz.

Si bien es cierto que tener tiempo tal y como está estructurada la vida hoy en día es casi imposible, no por ello debemos rendirnos. Cuando algo no funciona, hay que cambiarlo. Tenemos a la infancia totalmente abandonada en manos ajenas o, mucho peor, en medios audiovisuales y redes sociales, buscando el calor, el reconocimiento y la compañía que necesitan en un lugar frío y engañoso.

Es preciso hacer un cambio en nuestras vidas y conseguir tiempo de calidad para acompañar a la infancia. Dejar la teoría a un lado y empezar a conocer a nuestros hijos y alumnos. Pasar tiempo con ellos, ofreciendo un espacio cariñoso y sereno donde se puedan desarrollar felices. Si solo disponemos de media hora al día, que sea media hora de presencia absoluta, con el móvil y la televisión lejos y apagados, con la mente libre y el corazón dispuesto a escuchar, sentir, conocer y amar.

Cuando conseguimos estar presentes de esta forma, se crea el verdadero vínculo, desaparecen las carencias y la sensación de abandono, y la infancia puede crecer en autoestima, estable y feliz, desarrollando todos sus dones y confiando en la vida.

Y nosotros, como adultos, conseguimos acompañar su crecimiento desde la seguridad de lo que hemos experimentado, y esto nos permite poner límites sanos cuando es necesario y convertirnos en la autoridad amada.

Sara Justo Fernández. Maestra y formadora en pedagogía Waldorf.

Autora del libro «Crecer para educar«

*Si te interesa saber más sobre la observación y cómo ponerla en práctica en tu día a día, puedes leer aquí varias maneras de hacerlo, que son parte de la pedagogía Waldorf.

La desconexión del sentir en la infancia

En mi último artículo hablé sobre las dificultades que puede producir la intelectualización temprana en la infancia, refieriéndome sobre todo a la enseñanza de materias formales como las matemáticas o la lecto-escritura.

En esta ocasión, voy a hablar sobre la importancia de evitar la racionalización del mundo emocional, describiendo cómo acompañar a la infancia de manera que pueda gestionar sus emociones y conformar, en el momento adecuado, un pensamiento ético propio.

Para ello es necesario revisar la forma en que nos dirigimos a los niños y el lugar donde los posicionamos. A menudo les pedimos que respondan como adultos ante situaciones que todavía no pueden llegar a comprender, como por ejemplo, ante conflictos con otros niños, o cuando queremos convencerlos de que algo es bueno o no para ellos.

El problema es que, con nuestros razonamientos y palabras, les alejamos de su sentir y les llevamos a un aprendizaje aparente de lo moral, de lo que está bien o mal. Por su amor al adulto y sin estar preparados, aprenden “de carrerilla” lo que es correcto y lo que no, sin entender por qué, y esto se convierte frecuentemente en un obstáculo que dificulta la comprensión verdadera que puede llegar más adelante, si esperamos al momento adecuado.

Cuando los juzgamos por sus acciones, pueden sentir que hay algo erróneo en ellos, por querer hacer algo que no está bien. A veces, simplemente para evitar la situación conflictiva, la tensión y el enfado del adulto, aprenden las fórmulas que les ofrecemos, como por ejemplo “lo siento” o “perdóname”, y lo dicen porque perciben que así nos complacen, pero no saben realmente lo que significa.

En muchas ocasiones, para evitar ser autoritarios o imponer nuestro parecer, nos justificamos dando explicaciones destinadas a que entiendan algo que todavía no pueden comprender. Pero en realidad esto no ayuda, pues no se trata de convencer a nadie. Se trata de tener claro qué es lo correcto en ese momento, tomar la decisión y comunicarla con claridad, en vez de intentar que nos comprendan desde una abstracción que les queda muy lejos.

Por ejemplo; cuando un niño muy pequeño va a cruzar la calle sin mirar, lo hace porque está en la acción, en el movimiento, y no va a entender que, si le pides que se detenga antes de cruzar, es porque vienen coches y puede haber un accidente. Todavía no es capaz de percibir ese peligro y menos aún si no vienen coches en ese momento. Da igual cómo se lo expliques, cuanto más larga sea la explicación, menos lo entenderá; tendrá una rabieta, asentirá con la cabeza o lo aprenderá de memoria, pero la explicación probablemente le confunda más que otra cosa.

Lo que sí entenderá es que le digas que pare cuando vea la carretera y que te coja de la mano para cruzar. Así de simple.

El adulto sabe por qué no hay que cruzar sin mirar y decide cómo se debe actuar para cruzar la carretera. Lo único necesario es indicar cómo se tiene que hacer y practicar varias veces, llevándolo incluso a la complicidad de tener una señal entre ambos que indique que hay que parar.

Si, en vez de eso, le decimos que está mal lo que hace, que no debe correr así, y que debe entender que eso no se puede hacer porque pueden venir coches, y los coches son peligrosos y mamá se asusta mucho, probablemente lo único que perciba es el susto y el enfado de mamá por algo que ha hecho, y se asuste también, sin entender por qué.

He puesto este ejemplo porque aquí está muy clara la necesidad de actuación. Pero hay otras situaciones en las que no resulta tan obvio cómo acompañar a la infancia sin entrar en juicios y razones.

Por ejemplo, cuando varios niños no se llevan bien entre sí y los adultos nos empeñamos en que hay que llevarse bien con todo el mundo. O que hay que compartir los juguetes y si no lo haces eres egoísta, o que hay que tener amigos para ser feliz, así que debes ceder para conseguirlo. O que hay que besar a los conocidos de tus padres porque es una costumbre social, aunque alguno de ellos te dé repelús.

A menudo les pedimos cosas que nosotros no hacemos, por un código moral que en realidad va en contra de la libertad individual de cada uno y de la conexión con el cuidado de nuestra esencia.

La creencia “hay que ser amigo de todos” es un arma de doble filo, pues puede hacer sentir a los niños que deben aceptar al otro bajo cualquier circunstancia, incluso si molesta, o grita o no los trata bien. Esto hace que se desconecten de su intuición ante el otro y que quizá acepten cosas que no deben.

“Pedir perdón” cuando uno está enfadado y todavía siente que ha hecho bien, hace que se desvirtúe totalmente la palabra. Hay que llegar antes a un sentimiento, a una comprensión profunda del origen del enfado, del dolor… Para poder escuchar y entender el dolor del otro, primero necesitamos descubrir qué es lo que nos ha dañado y comunicarlo. Y, a partir de ahí, podemos comprender al otro, desde el sentir, y abrirnos a la posibilidad del cambio.

Si no acompañamos a los niños en este proceso y los forzamos directamente a pedir perdón, es posible que se cierren al aprendizaje y al cambio y que no integren correctamente el significado verdadero del perdón, de la escucha, del agradecimiento y de la responsabilidad. En su lugar, sentirán culpa y frustración y posiblemente su autoestima se reducirá y el enfado hacia el otro quedará escondido y dispuesto a saltar de nuevo a la mínima ocasión.

Es muy importante tener en cuenta que, para poder percibir las necesidades del otro y empezar a comprender las interacciones sociales, primero tengo que haber desarrollado mi propio autoconcepto de forma sana, y esto no empieza a suceder hasta el paso del rubicón, hacia los nueve años. A partir de esta edad se puede iniciar un trabajo de acompañamiento en este sentido, siempre observando y respetando el ritmo de desarrollo individual.

Es preciso que revisemos la forma en que acompañamos el desarrollo anímico de la infancia y que seamos capaces de escuchar y respetar las emociones y las necesidades innatas de cada niño, sin permitir por ello conductas dañinas, desterrando el moralismo y ayudando a encontrar una solución común, desde el apoyo, el cariño y la presencia. Y, por supuesto, esperar al momento adecuado para poder hacerlo.

Sara Justo Fernández. Formadora de maestros. Especialista en pedagogía Waldorf.

Autora del libro «Crecer para educar«

Cómo acompañar a la infancia en su desarrollo integral

Cuando observo la forma en la que se enfoca la enseñanza de los más pequeños, tengo la sensación de que hay cierta prisa. Cada vez se introduce la lectoescritura y la enseñanza de los números a edades más tempranas, en detrimento de actividades de juego libre. En este artículo voy a hablar sobre el efecto que esto puede tener en la infancia y la importancia de ofrecer en cada momento lo que necesita, desde la escuela y el hogar, sin adelantar etapas y respetando su necesidad de movimiento.

Si observamos atentamente a un recién nacido, veremos que todas sus fuerzas están ocupadas en hacerse dueño de su cuerpo; en aprender a vivir dentro de él. Pasa su tiempo de vigilia practicando movimientos, aprendiendo a coordinar su mirada y su mano, ensayando sonidos, sonrisas, agitando sus extremidades. Toda su atención está entregada a descubrir cómo funciona su cuerpo y a desarrollar sus habilidades físicas. Practica con gran voluntad, sin cejar en su empeño de seguir aprendiendo y evolucionando ni un solo instante.

Desde fuera podemos ver solo la punta del iceberg, pues también en su interior se están produciendo de forma ininterrumpida procesos de crecimiento, que darán lugar al desarrollo sano de sus órganos y al correcto funcionamiento del organismo en general.

Este desarrollo es especialmente intenso entre el nacimiento y los siete años, cuando se empiezan a caer los dientes de leche. Durante estos primeros años, la actividad física, el movimiento y el juego libre, son experiencias imprescindibles para la adquisición del equilibrio y para un crecimiento sano y completo.

Tener esto en cuenta a la hora de diseñar la educación temprana de la infancia es esencial. Gran parte de las fuerzas disponibles deben dedicarse a este despliegue físico y de coordinación; centrarse en el desarrollo del pensamiento abstracto cuando todavía no se domina el movimiento del cuerpo físico es como intentar aprender matemáticas cuando se tiene gripe. Es un empleo de energía en algo que no puede dar frutos reales en ese momento. Y digo reales porque, aunque un niño de cuatro años pueda aprender a sumar o restar, o incluso a leer, no lo hace desde una comprensión real, sino desde la memorización y la imitación.

Los niños necesitan nuestro amor y protección y, cuando perciben que al adulto le alegra algo, o le hace sentir orgulloso, lo van a intentar de cualquier modo, aunque sea contrario a su propio desarrollo. Esto es muy importante a la hora de planificar su educación, pues si nos basamos en lo que los niños aparentemente pueden hacer, es posible que estemos avanzando etapas que todavía no son apropiadas. Que sean capaces de hacer algo no significa que sea bueno para su desarrollo.

Cuando iniciamos la educación intelectual formal de la infancia antes de tiempo, estamos pidiendo a los niños que escuchen y entiendan a la vez que practican la coordinación entre los ojos y las manos, la presión motriz para sujetar un lápiz, la capacidad de estar sentado y prestar atención solo al adulto, y un sinfín de habilidades que todavía están en desarrollo. Esto dificulta ambos procesos y hace que muchos niños fracasen antes de empezar.

Lo que necesitan a esta edad es moverse y actuar, transformar el medio en el que están, calcular el peso de su cuerpo y otros objetos a través del juego con diferentes materiales, descubrir a qué velocidad pueden correr, seguir con la mirada el movimiento de animales, objetos, personas, etc. Y de ninguna manera es beneficioso que estén sentados en una silla largos periodos de tiempo prestando atención a un solo estímulo, que suele estar fuera de su contexto real. La educación integral tiene que ver con la experiencia en primera persona, con el conocimiento del mundo a través de los sentidos, en un contexto lo más natural posible.

Desafortunadamente, a menudo se considera que hay que aprovechar el potencial de aprendizaje intelectual del niño desde sus primeros años de vida, ya sea para aprender idiomas como para la práctica formal de un instrumento musical o las matemáticas, sin tener en cuenta la importancia del movimiento y el juego libre, imprescindibles para un buen desarrollo del equilibrio y la coordinación, entre otras cosas.

Todo esto, a nivel de desarrollo fisiológico, puede desembocar en problemas atencionales. También a nivel anímico puede crear gran inseguridad y la sensación de no entender nada, de no ser capaz, cuando en realidad no es el momento adecuado para ese tipo de enseñanza. Es un daño al mundo imaginativo del niño y a su proceso de desarrollo, pudiendo incluso mermar su capacidad de asombro e interferir en su habilidad para relacionarse con los demás.

Es cierto que hay niños que, por su propia motivación, tienen una inclinación especial al aprendizaje de las letras, o de los números, y lo hacen por sí solos, sin ayuda alguna y sin que los adultos hayan intervenido. En estos casos, por supuesto, hay que acompañarlos en su alegría al descubrir cosas nuevas, evitando aprovechar la situación para llevarlos más allá con nuestros conocimientos, y equilibrando este desarrollo intelectual con mucho juego libre y experiencias sensoriales.

Tanto Piaget como Rudolf Steiner indican que la adquisición del pensamiento operativo concreto se da a partir de los siete años, cuando el niño ya ha adquirido gran dominio sobre su cuerpo físico y, las fuerzas que estaban implicadas en el crecimiento, se van liberando para dedicarse al desarrollo del pensar. Aun así, esto no sucede inmediatamente, se trata de una etapa que dura otros siete años y que tiene su culminación a los 12, cuando aparece el pensamiento abstracto.

Si observamos qué sucede a partir de los 12, veremos que también hay una etapa en la que los adolescentes no pueden concentrarse plenamente en el aprendizaje. Esta etapa coincide con un nuevo desarrollo físico, el final de la niñez y el inicio de la adolescencia, el desarrollo de los órganos sexuales y todos los cambios hormonales y anímicos que esto implica. En ese momento, el mundo emocional cobra vital importancia y es preciso tenerlo en cuenta y acompañarlo, en vez de exigir de nuevo que, en lugar de prestar atención a lo que sucede en su cuerpo físico, se desconecten de su sentir para centrarse solo en lo intelectual. Hay que encontrar un equilibrio y proponer todo aquello que permita, además, una expresión sana de lo emocional, como por ejemplo, experiencias plásticas o musicales.

Es de vital importancia que tengamos esto en cuenta a la hora de acompañar a la infancia en sus aprendizajes, pues evitaría grandes frustraciones y facilitaría un desarrollo físico, emocional e intelectual mucho más sano y equilibrado, reduciendo el fracaso escolar y preservando la alegría de descubrir y aprender cuando se está verdaderamente listo para ello.

Sara Justo Fernández. Formadora de maestros. Especialista en pedagogía Waldorf.

Autora del libro «Crecer para educar«

Preservando la esencia de la infancia

Una de las cuestiones que más felicidad puede traer a nuestras vidas es conocer nuestro propósito vital y dedicarnos a ello. En este artículo voy a hablar sobre cómo acompañar a la infancia preservando esa sabiduría con la que nacemos, creando un espacio que acoja con cariño incondicional su expresión.

Cada persona posee ciertos rasgos que no provienen de la familia, ni del entorno, ni de las circunstancias; son una parte intrínseca del alma. Estos dones son las fuerzas que traemos para desarrollar lo que hemos venido a hacer. Podemos verlas como virtudes o incluso como defectos, pero lo suyo es considerarlas fuerzas que podemos canalizar, que podemos poner a nuestro servicio para ser felices y construir un lugar en el mundo, aportando lo que traemos a la sociedad.

Cuando no somos conscientes de estos rasgos o incluso se ven criticados y rechazados por los demás, la vida se convierte en una lucha constante por ser quienes no somos, por adaptarnos y parecer aquello que pide el entorno. Una lucha perdida que nos puede llevar a una vida vacía, desconectada de su verdadero propósito.

Como adultos, a menudo olvidamos ver y reconocer lo auténtico en la infancia y nos centramos en corregir todo aquello que pensamos que no está bien. Nuestros ojos dejan de brillar cuando ese ser tan especial para nosotros entra por la puerta, porque estamos ocupados en decirle que llame antes de entrar, que no grite o que se coloque bien el vestido. Esto hace que tanto nosotros como los niños llevemos la atención constantemente a lo que hay que cambiar.

Tenemos que ser conscientes de que nuestros juicios de valor, nuestras creencias y opiniones, son como un libro abierto para la infancia. De forma inconsciente, captan aquellas cosas que valoramos más, nuestro concepto de éxito, lo que significa triunfar en la vida. Si tenemos una actitud que valora el intelecto por encima del arte, lo vamos a expresar en todas nuestras opiniones, a veces de forma más consciente y contundente, otras casi sin darnos cuenta. Y los pequeños que nos rodeen van a captar que es más importante el intelecto que el arte, y, según su necesidad de ser apreciados y valorados, es posible que dejen de lado su parte artística para concentrarse en lo intelectual.

Que expresemos nuestros valores es natural e inevitable. Tampoco sería sano esconder nuestra forma de pensar. Sin embargo, es preciso observar nuestras creencias, la forma que tenemos de hablar, los juicios que valoran o desprecian una u otra disciplina, un modo u otro de vida, y ver si realmente sentimos todo eso o son creencias heredadas, ya sea de la familia o del inconsciente colectivo. Necesitamos revisar qué es lo que estamos transmitiendo a nuestro alrededor y ser coherentes. Y, sobre todo, ser respetuosos con todo aquello que nos resulte diferente, evitando hablar de forma negativa sobre aquello que no elegimos. Es posible que, precisamente nuestro hijo o hija, sienta gran inclinación por algo que nos resulta ajeno, y trae esa semilla para compartirla con nosotros. En ese caso, sólo en un ambiente de acogimiento y respeto, podrá desarrollarse plenamente.

Recuerdo cuando volví de mi primer viaje a la India, con unos 23 años. Regresé durante un tiempo a casa de mis padres, mientras encontraba piso para alquilar. Allí, en mi habitación, llena de telas estampadas de dioses hindúes, encendía incienso y velas y hacía yoga. Mi familia, de religión cristiana católica, no decía nada, como mucho a veces mi madre me proponía que abriese la ventana para no asfixiarme. El yoga le llamaba la atención e hicimos algunos ejercicios juntas. Al cabo de un tiempo, se apuntó a yoga con una amiga.

Llegó el verano y fuimos al pueblo, a Galicia. Yo me llevé mis dioses conmigo, poniendo un pequeño altar en mi mesita de noche. Un día llegué a mi habitación y vi que alguien había puesto flores en mi altar. Le pregunté a mi abuela y ella me dijo que cómo era que tenía a mis santos sin flores, que se las había puesto ella. Esta aceptación sin duda, esta asimilación de una cultura totalmente ajena como parte de la suya propia, me marcó profundamente. El mensaje que me trasmitió fue que todo es posible, que todo se puede asimilar y comprender, pues al fin y al cabo, todo es lo mismo pero con formas y palabras diferentes.

Reflexionando ahora creo que estas experiencias me han hecho ser capaz de percibir cualquier filosofía, incluso cualquier religión, desde una perspectiva amplia, comprensiva, que reconoce los puntos de unión y observa con curiosidad las peculiaridades de cada forma de pensamiento, de cada estilo de vida, de cada corriente educativa. Así, he podido leer entre líneas y acoger todo aquello que resonaba conmigo, viniese de donde viniese, creando mi propia manera de entender la pedagogía y el mundo.

Y no es porque mi familia no tuviese creencias propias, o no me transmitiese lo que, en su opinión, era mejor para mí. Es porque tuvieron la capacidad de quererme y aceptarme fuese como fuese, viniese de la India o de Australia, hiciese yoga o taichi, fuese vegetariana o carnívora. Y me consta que no debió ser fácil. Incluso cuando lo que yo era chocaba firmemente con sus creencias, que era muy a menudo, el mensaje final siempre era de amor y de respeto, de «haz lo que te haga feliz, nosotros estamos aquí para apoyarte en lo que necesites».

Este respaldo es un impulso incomparable, un colchón que te asegura que vayas donde vayas, vueles donde vueles, siempre tienes dónde regresar. Esta es la libertad que permite ser quien eres y expresar tu potencial. Y es también lo que te llena de un profundo agradecimiento que te impulsa a aportar al mundo los dones que traes.

Extracto de mi libro “Crecer para educar

Sara Justo Fernández. Maestra y formadora en pedagogía Waldorf.

La clave del aprendizaje y del cambio interior

Para poder descubrir qué es lo que facilita el aprendizaje y el cambio interior, primero necesitamos saber qué es lo que dificulta que estemos dispuestos a transformarnos y evolucionar.

En la infancia, la disposición hacia el aprendizaje es innata. Es algo que viene dado de forma natural, pues si un bebé no estuviese totalmente orientado hacia la evolución, no podría sobrevivir. Hay muy pocas situaciones en las que se inhibe esta disposición natural: la más común es cuando nos sentimos atacados por el ambiente. Cuando esto sucede, levantamos barreras que intentan no dejar pasar nada del exterior, ni siquiera aquello que nos puede nutrir. Entramos en modo protección y nos hacemos impermeables a lo que viene de fuera.

Por este motivo, es muy difícil intentar convencer a alguien de algo con una crítica o con un juicio sobre su acción. Esto hace saltar las alarmas y lo coloca en modo defensa: le lleva a negar cualquier cosa que digamos, y dificulta que pueda asumir lo que sea que queremos aportar en ese momento.

Se puede ver claramente cuando alguien nos da un consejo; según cómo lo haga, lo aceptaremos o lo rechazaremos. Lo que hace que yo esté receptiva o no al mensaje es la forma en que éste me llega y también el vínculo que tenga con esa persona. Si siento que soy criticada y desvalorizada, será más difícil que asuma un cambio sin que haya una herida en mi autoestima.

Según la fortaleza interior que tenga, reaccionaré atacando, defendiéndome o hundiéndome en mi sensación de no ser suficiente. Pero probablemente no seré capaz de realizar ese cambio que se me está mostrando. Sólo aquellas personas que han realizado un gran trabajo interior y que se aman tal como son, con total confianza en sí mismas, son capaces de obviar la crítica y percibir el aprendizaje que porta el mensaje.

La mayoría de las personas todavía no estamos ahí, y la crítica hará saltar el resorte de la defensa que nos impide acoger lo que viene de fuera cuando viene en forma de flecha. Quizá días después seamos capaces de recordar la situación y, ya sin las defensas a flor de piel, entendamos mejor qué es lo que el otro quería señalar, y qué es lo que podemos aprender de esa situación. Pero incluso esto puede no darse en algunas situaciones.

Por este motivo, es especialmente importante aprender a expresarnos de forma que nuestros comentarios no sean una flecha. No es necesario desvalorizar al otro, ni criticar, ni juzgar para ofrecer herramientas que puedan servirle. Basta con expresar de forma objetiva aquello que el otro está haciendo, indagar qué necesidad está intentando cubrir, qué busca con esa acción, y reflexionar juntos sobre si está consiguiendo lo que necesita. La respuesta suele ser que no. Desde ahí es mucho más fácil ofrecer nuevos caminos, porque el otro se da cuenta por sí mismo de lo que no funciona y puede probar otras opciones para conseguir lo que quiere.

Por ejemplo, si yo veo que mi hija intenta hacer amigos mostrando lo estupenda que es en todo y diciendo cosas negativas sobre los demás, en vez de decirle algo así como: “Hija, es que eres muy prepotente y por eso los demás no quieren ser amigos tuyos”, puedes acompañarla con una conversación en la que se dé cuenta de que lo que realmente quiere es tener amigos, y que, de ese modo, no lo está consiguiendo. Y, llegados a ese punto, seguramente es ella misma quien encuentra una nueva forma de relacionarse con los demás.

En el primer caso, la palabra “prepotente” hace que identifiquemos la acción con la persona, y esto es un juicio de valor que omite el resto de cualidades hermosas y positivas que tiene. La coloca en un sitio de desvalorización, de carencia, y además no le ofrece ninguna solución, sólo expresa el problema. Esto duele mucho, pues además de sentir que no tiene amigos, percibe el juicio en el adulto. Su autoestima baja y necesitará más que nunca mostrar lo estupenda que es, reforzando el problema inicial. Incluso si el adulto no dice nada pero piensa de este modo, una sola mirada reprobadora o incluso pasar por alto la actitud de la pequeña por no saber cómo actuar, puede tener el mismo efecto.

En el segundo caso, no se juzga si la acción es buena o mala per se, ni si la niña es de un modo u otro. A través de la conversación objetiva, ella misma se da cuenta de que su acción no le funciona, incluso puede llegar a entender cómo se siente el otro cuando ella actúa de ese modo y por qué se aleja en lugar de acercarse. Esto hace que pueda elegir otras opciones para conseguir lo que necesita. En este caso, nadie pone en tela de juicio su esencia y es ella quien encuentra la solución.

Para conseguir actuar de este modo, es imprescindible que dejemos de considerar las acciones de los niños como buenas o malas, que hagamos un trabajo profundo sobre las cosas que nos afectan, lo que nos hace reaccionar con un juicio de valor, y que seamos capaces de darnos cuenta de que estamos reaccionando desde una herida personal. Sólo así podremos ayudarles en su proceso, desterrando el juicio y llegando al origen de las heridas, que son las necesidades no satisfechas. Esto es un camino que lleva atención, tiempo y mucho amor y que describiré con detalle en el nuevo libro que estoy escribiendo.

Como educadores y padres tenemos que ver cuál es la mejor manera de llegar a nuestros hijos y alumnos y cómo podemos ayudarles a ver todo lo bueno que hay en su interior. Esto se hace reconociendo sus cualidades y facilitando que perciban qué necesitan y cómo pueden conseguirlo de la mejor manera.

Por otro lado es importante también que, cuando recibimos un consejo en forma crítica, aprendamos a desentrañar su significado sin que nos dañe, desarrollando la capacidad de leer entre líneas para no tener que levantar barreras ni entrar en modo protección. Esto se consigue trabajando profundamente nuestra autoestima, amando quiénes somos y confiando en que todo lo que nos llega es un mensaje que nos puede servir para crecer. Es una actitud que podemos cultivar, permanecer abiertos escuchando con atención la esencia del mensaje y no su forma. Esta actitud hace que pueda considerar de forma objetiva si lo que llega de fuera es beneficioso para mí o no, y que decida qué es lo que acojo en mi interior y qué es lo que dejo pasar de largo, sin sentirme afectada en lo más mínimo.

Es muy importante acompañar a la infancia en el desarrollo de esta actitud. Marshall Rosenberg, el creador de la comunicación no violenta, cuenta una anécdota que le sucedió a su hijo cuando fue al colegio por primera vez. El niño llevaba el pelo largo y su maestro todos los días le decía que parecía una niña y que los niños no llevan el pelo largo. El pequeño lo comentó en casa y su padre le preguntó cómo había respondido. Su respuesta fue más o menos la siguiente: “No le he dicho nada, creo que se siente mal porque él no tiene pelo”. Es decir, en vez de tomárselo como una crítica, fue capaz de percibir que el problema en realidad no era suyo, sino del otro. Y no le dio más importancia. Es una de las reacciones más compasivas y a la vez emocionalmente inteligentes que he escuchado nunca.

Si somos capaces de acompañar a la infancia expresándonos desde el amor y no desde la crítica, y enseñándoles a recibir de los demás la parte del mensaje que puede ser de utilidad, desechando las formas inadecuadas y comprendiendo la necesidad del otro, crearemos un espacio de serenidad y comprensión en el que el aprendizaje fluirá con gran facilidad.

Y además, conseguiremos crear una sociedad mucho más compasiva y feliz. La clave está en desarrollar estas cualidades en nuestro interior, para poder así ser más felices y transmitir un ejemplo a seguir.

Sara Justo Fernández. Formadora de maestros. Especialista en pedagogía Waldorf.

Autora del libro «Crecer para educar«

El impacto de las pantallas en la psique infantil

En mis últimos artículos he hablado a menudo sobre los límites, entendiéndolos como la estructura que da forma a un espacio de relación social, tanto entre adultos como en la educación de la infancia.

La expresión “poner límites” puede sonar a frenar una expansión, a detener y reducir algo, a no dejar que avance. En realidad tiene más que ver con establecer un espacio propio y definir qué es lo quiero dejar pasar y lo que no. Es la definición de una frontera que puede ser traspasada si uno sabe la contraseña, si entiende las leyes de ese lugar y las respeta. Me gusta esta definición porque nos acerca a la idea de que cada uno habitamos un espacio que nos pertenece y, en el encuentro con el otro, tenemos que decidir hasta dónde y de qué manera puede entrar en este espacio. Cuando alguien nos invade, es porque se ha saltado la frontera sin nuestro permiso.

Otra imagen que utilizo a menudo es la que da Mauricio Wild; él dice que, cuando nos relacionamos con el exterior, somos como una célula, protegida por una membrana. Esta membrana puede ser permeable y dejar pasar todo lo que hay alrededor, o puede hacerse impermeable. A veces está en modo protección, y no deja pasar nada, y otras en modo evolución o crecimiento e interactúa con el medio, dejando pasar el alimento y otras sustancias.

Para establecer límites sanos, tengo que saber qué necesito, qué es lo que me hace bien y qué es lo que me hace mal, qué es lo que me nutre y cómo puedo cuidarme. Una vez tengo claro esto y soy capaz de respetar mis propias fronteras, entonces puedo expresarlas también a los que me rodean. Y con mi ejemplo, soy capaz de mostrar a los demás cómo hacerlo, especialmente a la infancia.

Si utilizamos la imagen de Mauricio Wild, los niños nacen con una membrana totalmente permeable, pues están en un proceso de crecimiento constante que necesita del medio exterior para sobrevivir. Al nacer son totalmente dependientes del adulto y esto hace que no puedan poner un filtro ni detener los peligros potenciales para su integridad. Es más, el único modo que tienen de digerir aquello que les llega es repetirlo, para poder entenderlo e integrarlo. Sea bueno para ellos o no. No pueden elegir, están completamente expuestos. Si en su entorno hay violencia, expresarán esta violencia en sus juegos. Si en su entorno hay cuidado y amor, también se verá en su forma de actuar. Si hay mucho ruido, serán niños que hablen fuerte y griten mucho. Esto sucede incluso en contra de su propia naturaleza, no pueden evitarlo, sólo pueden imitar y reproducir.

Como adultos, gestionamos de otra manera las influencias externas; en principio somos capaces de elegir a qué queremos exponernos y no nos afecta del mismo modo, porque podemos juzgar si estamos de acuerdo o no con lo que nos llega del exterior. Por ese motivo, a menudo nos cuesta ser conscientes de que todo aquello que permitimos que llegue a los niños, va a formar parte de ellos, sin filtro alguno. Si dejamos que jueguen a videojuegos llenos de violencia o miedo, van a normalizar lo que ven como si fuera la realidad. Lo que para el adulto puede ser entretenido porque sabe que no es real, para el niño se convierte en realidad. Es un impacto profundo en su psique, como si estuviera viviendo una experiencia en primera persona. Y más todavía cuando hay una pantalla de por medio.

Durante muchos años no tuve televisión y tampoco iba al cine y, un día, se me ocurrió ir a ver Avatar en la gran pantalla, en 3D. Fue tan grande el impacto de las imágenes que estuve soñando con los avatares durante un mes. Cuando cerraba los ojos podía ver su piel azulada, sus gestos, cómo se movían.

En aquellos tiempos, también me sucedía algo muy curioso. Cuando entraba en una sala donde había una televisión, me fascinaba de tal forma que dejaba de escuchar a las personas que me hablaban. Tenía que hacer un gran esfuerzo por liberarme de su encantamiento y regresar a mí, recuperando mi atención y mi consciencia.

Todo esto me hizo darme cuenta de lo potentes que son las imágenes y cómo pueden afectar a nuestro espacio mental, especialmente cuando no estamos habituados o en la infancia, cuando todavía no podemos filtrar esas imágenes. Son una interferencia en todo lo demás. Son tan fuertes que aparecen en medio de la clase de mates, o en el recreo, cambiando el juego libre por un juego repetitivo que reproduce aquello que han visto, eliminando la creatividad natural de los niños, el desarrollo de su propia imaginación. Por no hablar de los efectos nocivos que tienen en nuestra visión, empezando por la capacidad que tenemos para enfocar la vista, habilidad imprescindible para aprender a leer.

Por eso es tan importante que seamos nosotros, los adultos, los que pongamos ese límite. Ellos no pueden protegerse, son como Ícaro queriendo volar cerca del sol… Las imágenes llaman de forma tan poderosa su atención que se convierten en pura adicción y dejan de ser libres, dejan de notar ese calor extremo que está quemando sus alas.

Es nuestro cometido aprender a manejarnos con la tecnología de forma que no acabe con nuestra libertad y con nuestra presencia. Sabemos todo lo bueno que nos aporta, pero creo que no somos conscientes del impacto tan destructivo que puede tener, especialmente sobre los niños. Esta misma semana se han publicado varias noticias sobre cómo reproducen en los recreos juegos violentos que ven en series de adultos, llegando a un nivel extremo de agresividad.

Sólo conseguiremos frenar esto tomando consciencia y poniendo ese límite tan necesario a todo aquello que la infancia todavía no puede filtrar. Si pensamos en las graves consecuencias que tienen estas imágenes, nos será más sencillo decir no.

La infancia necesita tanto del cuidado como de la protección del adulto, es hora de tomar las riendas y ser capaces de sentar las bases para que puedan crecer en libertad, para que poco a poco puedan desarrollar también su espacio interior y sepan colocar sus propias fronteras, dejando pasar sólo aquello que les nutre y les hace bien.

Sara Justo Fernández. Formadora de maestros. Especialista en pedagogía Waldorf.

Autora del libro «Crecer para educar«

Cómo mejorar nuestras relaciones a través de la responsabilidad emocional

Fotografía de Ben Heron

La responsabilidad emocional es la base de cualquier relación sana. Es una cualidad necesaria en todas las áreas de la vida, tanto para el crecimiento personal como para entender mejor las situaciones y las personas que forman parte de nuestro entorno.

Cuando hemos aprendido a desarrollarla, sabemos que el origen de nuestras emociones está en el interior. Somos conscientes de que el piloto automático nos lleva a mirar fuera, a buscar en el exterior al causante de cómo nos sentimos, en vez de ver qué es lo que depende de uno mismo para poder sentirse bien. También somos capaces de no cargar con las emociones de otras personas y podemos sentir empatía y acompañarlas en lo que necesiten.

Si no hemos desarrollado esta cualidad, buscamos en el otro el responsable de cómo nos sentimos y nos sentimos culpables cuando sufre. Esta dinámica es el fundamento de la dependencia emocional. Confundimos la culpa con la responsabilidad y también con la empatía, y a menudo sentimos un conflicto interior entre lo que necesitamos y lo que precisa el otro.

Por este motivo, es preciso que aprendamos a distinguir lo que está en nuestra mano cambiar y lo que pertenece al otro, y que acompañemos a la infancia en el desarrollo de esta cualidad tan importante para su felicidad.

Para ello, en primer lugar, tenemos que tener muy claro que cada uno es responsable de sus emociones. No es el otro quien me saca de mis casillas, ni siquiera su conducta, es el estado emocional que aporto a la ecuación. Esto se puede ver muy fácilmente cuando comprobamos que, ante una misma situación, reaccionamos de formas muy diferentes según nuestro estado de ánimo. Si nos encontramos animados y serenos, el hecho de encontrarnos detrás de un coche que circula muy lento en la carretera, no nos altera, esperamos pacientemente a poder adelantarlo, pero si estamos estresados y enfadados, muy probablemente acabemos pitando, haciendo luces y acercándonos demasiado al coche de delante para meterle prisa.

En segundo lugar, es muy importante saber cómo me encuentro emocionalmente para entender las situaciones en las que me relaciono con los demás. Esto es especialmente importante en la crianza y en la enseñanza. Cuando yo estoy en calma, puedo acoger a los niños desde ese estado y, muy a menudo, esto hace que se calmen casi de forma inmediata. Si estoy al borde del enfado solo es necesario una gota que colme el vaso para estallar.

¿Qué sucede cuando no he podido tomarme unos segundos para ser consciente de mi estado emocional? Que voy a ver la conducta ajena o cualquier cosa que suceda como la causa de mis emociones. Y lo más curioso es que puede ser lo contrario; que la conducta del otro sea la consecuencia de mi estado anímico.

Por este motivo es tan importante el descanso, tomarse el tiempo necesario para respirar, sentir cómo estamos y recuperar la calma. Si no podemos hacerlo, solo el hecho de ser consciente de nuestro estado emocional, evitará que proyectemos sobre el otro la causa de nuestras emociones.

Si me encuentro en una situación conflictiva y no he podido percibir de antemano cómo me siento, puedo tomarme un segundo después, para recordar todo lo que ha sucedido antes de ese momento y así descubrir dónde se originó el malestar. Esto me ayudará a responsabilizarme de mis emociones y ver el efecto que pueden tener en mi vida y en mis relaciones.

También es posible que yo haya llegado a la situación feliz y en calma y sea el otro quien esté alterado por algo que le ha sucedido antes. Si observo que está reaccionando con un enfado desproporcionado ante algo nimio, es muy posible que la causa del enfado sea otra. En ese caso, también la calma ayuda; podemos proponerle respirar y parar un segundo. Más tarde, cuando llegue la serenidad, se puede hablar y descubrir el origen de esa ira.

Cuando actuamos de esta forma, desde la observación, dejamos de sentirnos responsables por las emociones ajenas y empezamos a ocuparnos de trabajar las propias. Descubrimos que los demás son personas independientes que pueden resolver sus problemas, y no nos sentimos culpables por las emociones del otro, ni culpabilizamos al otro por lo que sentimos. Así deshacemos la dependencia emocional y vemos cómo somos realmente, qué tipo de pensamientos o acciones podemos cultivar para sentirnos bien, en vez de percibir al otro como la causa o la solución de nuestros problemas.

Al aprender a ocuparnos de nuestras emociones, también aprendemos a acompañar a la infancia en su desarrollo emocional. Si yo me responsabilizo por las emociones de mis hijos, ellos no van a encontrar el verdadero origen de su frustración. Sin embargo, si yo no cargo con su emoción, no me siento culpable y puedo acompañarlos a descubrir la causa de esa emoción. Además, seré capaz de poner los límites necesarios en el momento preciso, con amor y comprensión.

Una vez tuve un alumno al que admiraba profundamente por su sabiduría emocional. En cierta ocasión, cuando tenía once años, tuvo un desencuentro con un compañero, que lloraba porque se había sentido abandonado por él en el recreo y se lo decía con tanta tristeza que hasta yo misma me estaba sintiendo culpable. Sin embargo, este alumno, le puso la mano en el hombro, y con la mayor empatía y sintiéndolo profundamente le dijo: “Entiendo tu tristeza y tu pena, te has sentido sólo. Yo ahora estoy jugando a algo que a ti no te gusta y a mí sí, por eso no jugamos juntos en el recreo. ¿Por qué no te vienes a casa esta tarde y jugamos a algo que nos guste a los dos?”.

Lo más maravilloso de esta situación es que, sin sentir un ápice de culpa ni cargar con la emoción de su compañero, entendió su pena, vio el origen de su tristeza y fue capaz de proponer una situación que no chocaba con sus propios deseos. Si este alumno se hubiera sentido culpable, probablemente hubiera cedido a la emoción del otro y hubiera dejado de hacer lo que quería hacer realmente en los recreos, o quizá se hubiera enfadado por la presión y lo hubiera mandado a paseo, perdiendo una oportunidad para encontrarse.

Y esto es lo que a menudo sucede en nuestras relaciones, si nos sentimos presionados, nos enfadamos o nos sentimos culpables, y esto enturbia la comprensión de la situación. Sin embargo, si somos capaces de entender que cada uno es responsable de sus emociones, podemos comprender mejor al otro, pues no se pone en tela de juicio lo que cada uno necesita, sino que se busca algo que pueda servir a ambos, sin obligar al otro a ceder o a cambiar.

Cuando somos capaces de hacernos responsables de nuestras emociones, vemos que la felicidad depende de cómo veamos las cosas y de la actitud que tomemos ante ellas. Y nuestro ejemplo se convierte en la mejor manera de acompañar a la infancia en el desarrollo de esta gran cualidad.

Sara Justo Fernández. Formadora de maestros. Especialista en pedagogía Waldorf.

Autora del libro «Crecer para educar«