La enseñanza de la lectoescritura desde el arte

Libélula en el trigal

Uno de los rasgos más característicos de la educación Waldorf es la manera en que se enfoca el proceso de aprendizaje de la lectoescritura. Hoy voy a describir brevemente los principios en los que se basa y qué beneficios aporta a la infancia.

Para poder entrar en detalle, explicaré primero cómo concibe Rudolf Steiner el arte de educar. Para él, la educación debe abarcar al ser humano completo, dirigiéndose tanto al desarrollo del intelecto como a lo emocional y a lo volitivo. Esto es especialmente importante en los primeros años de enseñanza pues, tal y como he comentado en muchos de mis artículos, memorizar conceptos que todavía no se pueden comprender ni experimentar, equivale a comer alimentos que no se puede digerir.

En el caso que nos ocupa, sabemos que el arte de leer se ha ido desarrollando a lo largo de la evolución de la cultura. Las formas de las letras, la manera en que se unen entre sí, se basa actualmente en una convención establecida, pero no siempre fue así. En un primer momento, sí que había una relación entre la forma abstracta de las letras y lo que representaban. Y también una intención comunicativa muy clara de una historia, de una experiencia vivida.

La propuesta de la pedagogía Waldorf consiste precisamente en remontarnos a los orígenes de la escritura, cuando la grafía y lo que representaba tenía cierta relación y partía de la actividad pictórica y de una experiencia.

El proceso de aprendizaje parte de una historia contada por el adulto, donde lo que sucede está relacionado con una palabra que empieza por una letra. Esta palabra, además, representa algo que tiene una forma muy similiar a esa letra. Por ejemplo, si vamos a trabajar la letra “m”, la historia puede ser sobre dos amigas que deciden hacer una excursión hacia una montaña muy alta que tiene dos picos iguales.

Después de contar la historia, se dibuja una escena en la pizarra y allí los niños descubren la letra escondida, a través de las pistas sonoras de las palabras de la historia. Esto conlleva un ejercicio de asociación de todos sus sentidos y conocimientos previos, al tiempo que apela a lo emocional, a través de la alegría del descubrimiento y de las experiencias que se suceden en la historia. Tras descubrir la letra, los alumnos dibujan la imagen con todos sus detalles y practican la escritura de la letra. Y por último, leen lo que han escrito. Esto sucede a lo largo de varios días.

La parte artística armoniza el aspecto más intelectual y convencional de la escritura y de su continuación, la lectura. Este es el camino de la voluntad: inicia con la parte donde el niño está plenamente activo, en el dibujo y en la escritura, para llegar hasta la lectura, que es la parte más intelectual del proceso.

Cuando trabajamos desde lo artístico, el aprendizaje se convierte en algo mucho más significativo y sencillo de asimilar. Se produce en los niños un entusiasmo muy particular y cada día llegan a la escuela deseando descubrir una nueva letra. El arte actúa de manera profunda sobre la naturaleza del ser humano, lo alcanza en su conjunto. Consigue unir lo intelectual, con el sentir y el hacer.

Se genera una mayor capacidad para recordar, pues todo lo que se descubre desde la emoción y la actividad propia, se integra de forma mucho más profunda. De hecho, la palabra “recordar” proviene del latín “recordari”, que significa literalmente “volver a pasar por el corazón”i.

Tal y como describía antes, es importante iniciar el aprendizaje por la escritura, pues esta parte del proceso requiere que el niño se implique completamente, desde la acción de las manos y su coordinación con la vista, hasta el reconocimiento de cada grafía. Más tarde, cuando empiece a leer, podrá identificar con facilidad aquellas formas que primero elaboró con todo su ser. De esta forma, la lectura equivale a reconocer algo que ya hemos experimentado, y esto facilita ese “recordar” del que hablaba.

Este sería el proceso de aprendizaje de la lectoescritura, que abarcaría el primer año de escuela primaria. Hay muchos motivos por los cuales es importante esperar a la madurez escolar para inciar este proceso; es un tema profundo que abarcaré en mi próximo artículo para darle el espacio que merece.

Como pensamiento final, siento que, en algunos sectores de la educación, se está perdiendo la visión global, inclinando la balanza hacia una enseñanza cada vez más abstracta y alejada de la vida, separando en compartimentos estancos conocimientos que integran un todo completo, sustituyendo por pantallas la experiencia real que aporta el juego libre y el arte.

Esto dificulta el aprendizaje y la comprensión profunda, llevándonos a conocer solo una parte de la realidad, desde una perspectiva meramente intelectual, desconectada del sentir. Y lo más alarmante es que sucede desde edades muy tempranas, reduciendo el juego y las actividades artísticas a unas pocas horas semanales, olvidando el lugar que deberían ocupar en la enseñanza.

Ojalá podamos recuperar la noción de la importancia del arte y el juego en la educación y, por supuesto, en nuestras vidas.

*Este artículo es un adelanto de mi próximo libro, que publicaré a través de una campaña de crowdfunding en los próximos meses. Es un proyecto muy especial lleno de sorpresas, si quieres estar al día de todo, te puedes suscribir a mi newsletter gratuita aquí.

Sara Justo Fernández. Maestra y formadora en pedagogía Waldorf.

Asesoramiento a familias y docentes sobre temas educativos, de aprendizaje y crianza.

Cómo reparar los efectos de la pandemia en las relaciones sociales

Bosque en otoño

Hace unos días recordaba las reflexiones que gran parte de la sociedad hizo al principio de la pandemia, durante los meses de confinamiento. Aquel parón forzado nos dio la oportunidad de pensar sobre la forma en que vivimos y el efecto que tenemos sobre el medio que nos rodea. Yo incluso sentí que un nuevo modo de vida, más sano y más respetuoso con la naturaleza, era posible, y que aquella situación podía enseñarnos a valorar lo que realmente nos hace felices.

La realidad es que, ese primer momento de reflexión, se perdió en gran parte cuando volvimos a la calle. El miedo y las restricciones nos llevaron a separarnos todavía más unos de otros y a dejar de vernos de forma amigable y positiva. Se instaló la desconfianza y el temor por la incertidumbre de no saber de dónde venía el peligro.

Había personas que seguían a rajatabla las instrucciones de las autoridades y otras que no; unas por convicción, otras por el qué dirán, algunas por cansancio acumulado y muchas por miedo, lo que llevaba a cada persona a defender su propia verdad como única opción y juzgar al otro como erróneo. Era común encontrar campos de batalla entre familiares y amigos, entre colegas en el trabajo.

Toda esta situación, que se ha expandido en el tiempo hasta el día de hoy, unida al aumento del uso de pantallas y redes sociales, ha tenido un efecto desastroso en la sociedad, creando una gran distancia entre las personas y una sensación de hartazgo y desconfianza enorme.

Encuentro más que nunca a personas que no ven a los demás, que no los registran ni los reconocen. Se cuelan en las rotondas y en la cola del supermercado y del autobús, o se chocan contigo porque no te han visto, y si te han visto, no les ha importado. Es como si el otro hubiera dejado de ser un igual, de ser persona. Hay una creciente ceguera que solo nos permite percibir, con suerte, a los de nuestro clan, y sin ella, a nosotros mismos y nada más. Es una especie de modo de supervivencia, en el que la ley del más fuerte, o en este caso, del más rápido, está volviendo a imperar, escalando como nunca la agresividad y el desdén hacia los demás.

Me parece urgente que abramos los ojos y hagamos todo lo que esté en nuestra mano para sanar estas emociones y volver a ver las relaciones interpersonales como fuente de bienestar, salud y felicidad. Especialmente por la infancia y por la juventud. Han tenido que vivir reprimiendo lo que en estas edades es más necesario; el contacto físico, la caricia, la sonrisa, el juego, los abrazos, las charlas interminables con los amigos… Algunos han pasado al extremo opuesto y ya no consiguen relacionarse con nadie, excepto con los familiares más cercanos, otros intentan recuperar el tiempo perdido quizá con una punzada de culpabilidad. Sea como sea, todos ellos necesitan de nuestro apoyo para poder recuperar la tranquilidad, la confianza y la alegría.

Una de las maneras más sencillas que conozco para ello es volver a la naturaleza. Hemos pasado un tiempo de mucho pensar y mucho temer, un tiempo en el que nuestra mente era la gran protagonista y reinaba sobre todo lo demás. Necesitamos hacer borrón y cuenta nueva y sentir que tenemos la suerte de estar vivos; habitar nuestro cuerpo, percibir el calor del sol y la caricia del agua en la piel, tocar tierra, caminar por la arena…

Si unimos esto a volver a mirar a los ojos a las personas que se crucen en nuestro camino, ofrecer una sonrisa, una palabra amable, un “pasa tú primero que llevas cuatro cosas” en el supermercado y un interés genuino por el bienestar del otro, conseguiremos volver a sentir la grandeza de ser humanos y estar vivos, juntos.

Ojalá así sea.

Sara Justo Fernández. Maestra y formadora en pedagogía Waldorf.

Autora del libro «Crecer para educar«

Foto de Jamie Taylor

Qué nos impide hacer realidad nuestro verdadero propósito

Paisaje en acuarela

Siguiendo el hilo de mi último artículo, en el que hablaba sobre la importancia de distinguir lo esencial de lo urgente, hoy voy a hablar sobre los motivos que nos impiden dedicarnos a aquello que nos hace realmente felices. Tomar conciencia de ello puede ayudarnos a dar a nuestro verdadero propósito el espacio que merece.

Una de las causas principales es nuestra percepción del deber. Solemos dedicarnos en primer lugar a lo que sentimos como una obligación y dejamos para después lo que percibimos como un disfrute, casi como un lujo.

Generalmente consideramos obligaciones aquellas tareas que nos requiere el mundo desde fuera y que se relacionan con un ideal, o con el bienestar material o social. A menudo las percibimos como algo que cuesta esfuerzo y que hacemos por un sentido del deber.

Esta percepción de lo que es obligatorio pone los requerimientos externos por delante de lo que, en nuestro fuero interno, sabemos que nos hace bien. La cuestión es que postergar la escucha interna y las necesidades propias por las necesidades ajenas o las demandas del mundo exterior, puede traer sufrimiento y nos desconecta de nuestro verdadero propósito.

Algo que nos puede ayudar a reorientar el sentido del deber es meditar sobre para qué estamos vivos. Todas las personas tenemos dones, habilidades que nos hacen sentir plenos y felices. Y en vez de dedicarnos a ello, nos enfocamos en lo que supuestamente va a darnos un sustento, en lo que la sociedad pide de nosotros o en lo que nos va dar un reconocimiento externo. Y el trabajo se convierte en una obligación en vez de en algo que nos llena y nos nutre. Y todo aquello que podríamos aportar a la sociedad desde lo que realmente hemos nacido para hacer, se pierde. Y con ello se pierde también el posible cambio de un mundo que va a la deriva.

Las nuevas generaciones no están dispuestas a poner por delante el deber, pero, enterradas en las redes sociales, tampoco conocen su verdadero propósito y a menudo se aferran a aquello que les produce un placer momentáneo, un reconocimiento superficial, para sentirse vivas. Y, si los adultos no hemos descubierto cómo ser felices y vivimos desde la obligación, difícilmente vamos a poder ofrecerles una alternativa digna a ese mundo virtual.

Es preciso tomar conciencia de todo esto y plantearse cuál es nuestro verdadero deber y colocarlo en primer lugar. Y la mejor pista es saber que nuestro propósito real nos hace sentir bien, plenos y entregados a la vida. Es aquello que hace que el tiempo se pare y que aporta felicidad, tanto a nosotros mismos como a nuestro entorno.

Otra de las causas fundamentales de la postergación de aquello que nos hace felices es el miedo al resultado, el miedo a qué pasaría si realmente nos dedicáramos a lo que nos gusta de verdad, a lo que valoramos profundamente.

Mostrar al mundo algo que es una parte esencial de nosotros, apostando por hacer realidad nuestros sueños, implica un gran riesgo. Salga bien o salga mal, provocará un cambio en nuestras vidas y tendremos que tomar nuevas decisiones y asumir nuevos retos. Si no lo conseguimos, tendremos que lidiar con la desilusión y con el hecho de volver a empezar. Y, si tenemos éxito, será un gran desafío, pues parte del mundo conocido desaparecerá y habrá que caminar por un terreno totalmente nuevo.

Esto da mucho vértigo, así que a menudo preferimos quedarnos como estamos pues, tal como dice el refrán: “Más vale malo conocido que bueno por conocer”. Este dicho refleja claramente ese miedo tan humano al cambio, a lo que la vida nos pueda traer si intentamos conseguir lo que realmente queremos.

Sin embargo, cuando nos atrevemos de verdad y salimos de la comodidad de lo malo conocido, nos llenamos de una vitalidad que regenera por completo nuestra existencia.

Estos dos factores; colocar en primer lugar el deber mal entendido y el miedo a hacer nuestros sueños realidad, dificultan que nos dediquemos a lo que verdaderamente amamos. En vez de vivir desde nuestra esencia, estamos viviendo una vida prestada, una vida de otro. Y desde esa infelicidad, difícilmente podemos mostrar un camino que merezca la pena andar a los que vienen detrás.

Pero si logramos esclarecer nuestro propósito y nos atrevemos a hacerlo realidad, recuperaremos ese entusiasmo por la vida que puede hacer de esta tierra un verdadero paraíso. Y lograremos ser un valioso referente para aquellos que están en proceso de convertirse en adultos.

Sara Justo Fernández. Maestra y formadora en pedagogía Waldorf.

Autora del libro «Crecer para educar«

La importancia de distinguir lo esencial de lo urgente

Central Park

En otras ocasiones he hablado sobre la incidencia que tiene nuestra sociedad y su ritmo frenético en las relaciones sociales y en la capacidad de formar vínculos y percibir al otro. Hoy quiero profundizar en algo más concreto, que es la importancia de aprender a priorizar lo que consideramos esencial, lo que verdaderamente amamos.

A menudo observo cómo nuestra forma actual de vivir deja lo importante en un rincón, esperando a un tiempo posterior en el que hipotéticamente tendremos más calma y claridad para ocuparnos de ello. Lo urgente, aquello que se debe hacer sin demora, ocupa el primer lugar y tendemos a acumular largas listas de tareas pendientes, encadenando una tras otra de la mañana a la noche. Con suerte, cuando estamos en la cama, nos damos cuenta de que otra vez hemos olvidado escucharnos y dedicar un tiempo a ese algo esencial que nos da paz y nos ayuda a estar más presentes.

Si nos paramos a pensar qué cosas priorizamos porque son urgentes, nos daremos cuenta de que no siempre son tan importantes como aquello que estamos postergando. A veces es preciso llegar tarde para dedicar tiempo a solucionar un malentendido. O dejar a un lado las tareas de casa para poder jugar con tu hija durante una hora con toda tu atención y presencia. O incluso para disfrutar del sol, que ha salido después de esconderse durante meses.

El problema es que la urgencia se adueña de nuestra mente y nos hace creer que, hasta que no solucionemos aquello, no podremos disfrutar de la calma y la presencia. Nos seduce con la idea de que después de hacerlo estaremos más tranquilos y tendremos tiempo para lo que queramos, pero la realidad es que, probablemente vuelva a aparecer algo urgente en cuanto terminemos.

Esta manera de vivir hace que podamos pasar mucho tiempo sin ocuparnos de nosotros, sin dedicar tiempo a actividades que nos hacen sentir realizados o que nos aportan serenidad.

Para poder ser felices, necesitamos aprender a equilibrar los tiempos, reflexionando sobre lo importante, sin dejarnos llevar por lo urgente. Es posible que tengamos un trabajo que nos llene y nos nutra o que nos ocupemos con amor y total dedicación a nuestra familia, o incluso ambos. Si cualquiera de estas áreas se lleva toda nuestra presencia y energía, sin dejar ese tiempo sagrado para uno mismo, llegará un momento en que sintamos un gran vacío, y nos demos cuenta de que hemos perdido lo más importante por el camino. No es posible ocuparse adecuadamente de algo si no nos ocupamos de nosotros mismos, si nos desatendemos.

Necesitamos recordar qué es aquello que hace que el tiempo se pare y darle un espacio en nuestras vidas. Para cada persona es diferente, pero todos tenemos algo que nos hace volver al centro y recuperar las fuerzas perdidas. Dar un tiempo a esa actividad que nos llena hace que podamos encargarnos mucho mejor de todo lo que venga.

Cuando estamos haciendo aquello que nos hace sentir en casa, es mucho más fácil escuchar a la intuición y ver qué cosas no funcionan en nuestra vida y qué podemos transformar para ser más felices. Cuando estamos siempre a la carrera, resulta mucho más difícil escucharse y encontrar soluciones, por ello es tan importante tener aunque sea cinco minutos al día para recuperar la conexión con uno mismo.

Hay muchas prácticas que nos pueden ayudar a aprender a serenar la mente y crear ese espacio de escucha, como la meditación o el mindfulness. Se puede comenzar simplemente por encontrar un momento durante el día en el que dedicarse varios minutos a llevar la atención a la respiración. Este espacio de silencio es suficiente para empezar a vislumbrar lo esencial.

Cuando tomamos conciencia de nosotros y salimos de la prisa diaria, podemos percibir a los demás de forma real, sin las proyecciones habituales. Nos ayuda a decidir mejor, a elegir aquello que es verdaderamente importante. También a relacionarnos con mayor presencia y a acompañar a la infancia con el amor y la serenidad que merece y necesita. Es uno de los mejores modos de conocernos y realizar nuestro trabajo en el mundo desde la conciencia y la alegría.

Si además conseguimos transmitir el valor de este hábito a las nuevas generaciones, en este mundo donde ya casi sólo existe lo inmediato, estaremos aportando nuestro granito de arena a una necesaria transformación social.

Sara Justo Fernández. Maestra y formadora en pedagogía Waldorf.

Autora del libro «Crecer para educar«

Preservando la esencia de la infancia

Plaza con palomas y una niña

Una de las cuestiones que más felicidad puede traer a nuestras vidas es conocer nuestro propósito vital y dedicarnos a ello. En este artículo voy a hablar sobre cómo acompañar a la infancia preservando esa sabiduría con la que nacemos, creando un espacio que acoja con cariño incondicional su expresión.

Cada persona posee ciertos rasgos que no provienen de la familia, ni del entorno, ni de las circunstancias; son una parte intrínseca del alma. Estos dones son las fuerzas que traemos para desarrollar lo que hemos venido a hacer. Podemos verlas como virtudes o incluso como defectos, pero lo suyo es considerarlas fuerzas que podemos canalizar, que podemos poner a nuestro servicio para ser felices y construir un lugar en el mundo, aportando lo que traemos a la sociedad.

Cuando no somos conscientes de estos rasgos o incluso se ven criticados y rechazados por los demás, la vida se convierte en una lucha constante por ser quienes no somos, por adaptarnos y parecer aquello que pide el entorno. Una lucha perdida que nos puede llevar a una vida vacía, desconectada de su verdadero propósito.

Como adultos, a menudo olvidamos ver y reconocer lo auténtico en la infancia y nos centramos en corregir todo aquello que pensamos que no está bien. Nuestros ojos dejan de brillar cuando ese ser tan especial para nosotros entra por la puerta, porque estamos ocupados en decirle que llame antes de entrar, que no grite o que se coloque bien el vestido. Esto hace que tanto nosotros como los niños llevemos la atención constantemente a lo que hay que cambiar.

Tenemos que ser conscientes de que nuestros juicios de valor, nuestras creencias y opiniones, son como un libro abierto para la infancia. De forma inconsciente, captan aquellas cosas que valoramos más, nuestro concepto de éxito, lo que significa triunfar en la vida. Si tenemos una actitud que valora el intelecto por encima del arte, lo vamos a expresar en todas nuestras opiniones, a veces de forma más consciente y contundente, otras casi sin darnos cuenta. Y los pequeños que nos rodeen van a captar que es más importante el intelecto que el arte, y, según su necesidad de ser apreciados y valorados, es posible que dejen de lado su parte artística para concentrarse en lo intelectual.

Que expresemos nuestros valores es natural e inevitable. Tampoco sería sano esconder nuestra forma de pensar. Sin embargo, es preciso observar nuestras creencias, la forma que tenemos de hablar, los juicios que valoran o desprecian una u otra disciplina, un modo u otro de vida, y ver si realmente sentimos todo eso o son creencias heredadas, ya sea de la familia o del inconsciente colectivo. Necesitamos revisar qué es lo que estamos transmitiendo a nuestro alrededor y ser coherentes. Y, sobre todo, ser respetuosos con todo aquello que nos resulte diferente, evitando hablar de forma negativa sobre aquello que no elegimos. Es posible que, precisamente nuestro hijo o hija, sienta gran inclinación por algo que nos resulta ajeno, y trae esa semilla para compartirla con nosotros. En ese caso, sólo en un ambiente de acogimiento y respeto, podrá desarrollarse plenamente.

Recuerdo cuando volví de mi primer viaje a la India, con unos 23 años. Regresé durante un tiempo a casa de mis padres, mientras encontraba piso para alquilar. Allí, en mi habitación, llena de telas estampadas de dioses hindúes, encendía incienso y velas y hacía yoga. Mi familia, de religión cristiana católica, no decía nada, como mucho a veces mi madre me proponía que abriese la ventana para no asfixiarme. El yoga le llamaba la atención e hicimos algunos ejercicios juntas. Al cabo de un tiempo, se apuntó a yoga con una amiga.

Llegó el verano y fuimos al pueblo, a Galicia. Yo me llevé mis dioses conmigo, poniendo un pequeño altar en mi mesita de noche. Un día llegué a mi habitación y vi que alguien había puesto flores en mi altar. Le pregunté a mi abuela y ella me dijo que cómo era que tenía a mis santos sin flores, que se las había puesto ella. Esta aceptación sin duda, esta asimilación de una cultura totalmente ajena como parte de la suya propia, me marcó profundamente. El mensaje que me trasmitió fue que todo es posible, que todo se puede asimilar y comprender, pues al fin y al cabo, todo es lo mismo pero con formas y palabras diferentes.

Reflexionando ahora creo que estas experiencias me han hecho ser capaz de percibir cualquier filosofía, incluso cualquier religión, desde una perspectiva amplia, comprensiva, que reconoce los puntos de unión y observa con curiosidad las peculiaridades de cada forma de pensamiento, de cada estilo de vida, de cada corriente educativa. Así, he podido leer entre líneas y acoger todo aquello que resonaba conmigo, viniese de donde viniese, creando mi propia manera de entender la pedagogía y el mundo.

Y no es porque mi familia no tuviese creencias propias, o no me transmitiese lo que, en su opinión, era mejor para mí. Es porque tuvieron la capacidad de quererme y aceptarme fuese como fuese, viniese de la India o de Australia, hiciese yoga o taichi, fuese vegetariana o carnívora. Y me consta que no debió ser fácil. Incluso cuando lo que yo era chocaba firmemente con sus creencias, que era muy a menudo, el mensaje final siempre era de amor y de respeto, de «haz lo que te haga feliz, nosotros estamos aquí para apoyarte en lo que necesites».

Este respaldo es un impulso incomparable, un colchón que te asegura que vayas donde vayas, vueles donde vueles, siempre tienes dónde regresar. Esta es la libertad que permite ser quien eres y expresar tu potencial. Y es también lo que te llena de un profundo agradecimiento que te impulsa a aportar al mundo los dones que traes.

Extracto de mi libro “Crecer para educar

Sara Justo Fernández. Maestra y formadora en pedagogía Waldorf.