La desconexión del sentir en la infancia

En mi último artículo hablé sobre las dificultades que puede producir la intelectualización temprana en la infancia, refieriéndome sobre todo a la enseñanza de materias formales como las matemáticas o la lecto-escritura.

En esta ocasión, voy a hablar sobre la importancia de evitar la racionalización del mundo emocional, describiendo cómo acompañar a la infancia de manera que pueda gestionar sus emociones y conformar, en el momento adecuado, un pensamiento ético propio.

Para ello es necesario revisar la forma en que nos dirigimos a los niños y el lugar donde los posicionamos. A menudo les pedimos que respondan como adultos ante situaciones que todavía no pueden llegar a comprender, como por ejemplo, ante conflictos con otros niños, o cuando queremos convencerlos de que algo es bueno o no para ellos.

El problema es que, con nuestros razonamientos y palabras, les alejamos de su sentir y les llevamos a un aprendizaje aparente de lo moral, de lo que está bien o mal. Por su amor al adulto y sin estar preparados, aprenden “de carrerilla” lo que es correcto y lo que no, sin entender por qué, y esto se convierte frecuentemente en un obstáculo que dificulta la comprensión verdadera que puede llegar más adelante, si esperamos al momento adecuado.

Cuando los juzgamos por sus acciones, pueden sentir que hay algo erróneo en ellos, por querer hacer algo que no está bien. A veces, simplemente para evitar la situación conflictiva, la tensión y el enfado del adulto, aprenden las fórmulas que les ofrecemos, como por ejemplo “lo siento” o “perdóname”, y lo dicen porque perciben que así nos complacen, pero no saben realmente lo que significa.

En muchas ocasiones, para evitar ser autoritarios o imponer nuestro parecer, nos justificamos dando explicaciones destinadas a que entiendan algo que todavía no pueden comprender. Pero en realidad esto no ayuda, pues no se trata de convencer a nadie. Se trata de tener claro qué es lo correcto en ese momento, tomar la decisión y comunicarla con claridad, en vez de intentar que nos comprendan desde una abstracción que les queda muy lejos.

Por ejemplo; cuando un niño muy pequeño va a cruzar la calle sin mirar, lo hace porque está en la acción, en el movimiento, y no va a entender que, si le pides que se detenga antes de cruzar, es porque vienen coches y puede haber un accidente. Todavía no es capaz de percibir ese peligro y menos aún si no vienen coches en ese momento. Da igual cómo se lo expliques, cuanto más larga sea la explicación, menos lo entenderá; tendrá una rabieta, asentirá con la cabeza o lo aprenderá de memoria, pero la explicación probablemente le confunda más que otra cosa.

Lo que sí entenderá es que le digas que pare cuando vea la carretera y que te coja de la mano para cruzar. Así de simple.

El adulto sabe por qué no hay que cruzar sin mirar y decide cómo se debe actuar para cruzar la carretera. Lo único necesario es indicar cómo se tiene que hacer y practicar varias veces, llevándolo incluso a la complicidad de tener una señal entre ambos que indique que hay que parar.

Si, en vez de eso, le decimos que está mal lo que hace, que no debe correr así, y que debe entender que eso no se puede hacer porque pueden venir coches, y los coches son peligrosos y mamá se asusta mucho, probablemente lo único que perciba es el susto y el enfado de mamá por algo que ha hecho, y se asuste también, sin entender por qué.

He puesto este ejemplo porque aquí está muy clara la necesidad de actuación. Pero hay otras situaciones en las que no resulta tan obvio cómo acompañar a la infancia sin entrar en juicios y razones.

Por ejemplo, cuando varios niños no se llevan bien entre sí y los adultos nos empeñamos en que hay que llevarse bien con todo el mundo. O que hay que compartir los juguetes y si no lo haces eres egoísta, o que hay que tener amigos para ser feliz, así que debes ceder para conseguirlo. O que hay que besar a los conocidos de tus padres porque es una costumbre social, aunque alguno de ellos te dé repelús.

A menudo les pedimos cosas que nosotros no hacemos, por un código moral que en realidad va en contra de la libertad individual de cada uno y de la conexión con el cuidado de nuestra esencia.

La creencia “hay que ser amigo de todos” es un arma de doble filo, pues puede hacer sentir a los niños que deben aceptar al otro bajo cualquier circunstancia, incluso si molesta, o grita o no los trata bien. Esto hace que se desconecten de su intuición ante el otro y que quizá acepten cosas que no deben.

“Pedir perdón” cuando uno está enfadado y todavía siente que ha hecho bien, hace que se desvirtúe totalmente la palabra. Hay que llegar antes a un sentimiento, a una comprensión profunda del origen del enfado, del dolor… Para poder escuchar y entender el dolor del otro, primero necesitamos descubrir qué es lo que nos ha dañado y comunicarlo. Y, a partir de ahí, podemos comprender al otro, desde el sentir, y abrirnos a la posibilidad del cambio.

Si no acompañamos a los niños en este proceso y los forzamos directamente a pedir perdón, es posible que se cierren al aprendizaje y al cambio y que no integren correctamente el significado verdadero del perdón, de la escucha, del agradecimiento y de la responsabilidad. En su lugar, sentirán culpa y frustración y posiblemente su autoestima se reducirá y el enfado hacia el otro quedará escondido y dispuesto a saltar de nuevo a la mínima ocasión.

Es muy importante tener en cuenta que, para poder percibir las necesidades del otro y empezar a comprender las interacciones sociales, primero tengo que haber desarrollado mi propio autoconcepto de forma sana, y esto no empieza a suceder hasta el paso del rubicón, hacia los nueve años. A partir de esta edad se puede iniciar un trabajo de acompañamiento en este sentido, siempre observando y respetando el ritmo de desarrollo individual.

Es preciso que revisemos la forma en que acompañamos el desarrollo anímico de la infancia y que seamos capaces de escuchar y respetar las emociones y las necesidades innatas de cada niño, sin permitir por ello conductas dañinas, desterrando el moralismo y ayudando a encontrar una solución común, desde el apoyo, el cariño y la presencia. Y, por supuesto, esperar al momento adecuado para poder hacerlo.

Sara Justo Fernández. Formadora de maestros. Especialista en pedagogía Waldorf.

Autora del libro «Crecer para educar«

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