El impacto de las pantallas en la psique infantil

En mis últimos artículos he hablado a menudo sobre los límites, entendiéndolos como la estructura que da forma a un espacio de relación social, tanto entre adultos como en la educación de la infancia.

La expresión “poner límites” puede sonar a frenar una expansión, a detener y reducir algo, a no dejar que avance. En realidad tiene más que ver con establecer un espacio propio y definir qué es lo quiero dejar pasar y lo que no. Es la definición de una frontera que puede ser traspasada si uno sabe la contraseña, si entiende las leyes de ese lugar y las respeta. Me gusta esta definición porque nos acerca a la idea de que cada uno habitamos un espacio que nos pertenece y, en el encuentro con el otro, tenemos que decidir hasta dónde y de qué manera puede entrar en este espacio. Cuando alguien nos invade, es porque se ha saltado la frontera sin nuestro permiso.

Otra imagen que utilizo a menudo es la que da Mauricio Wild; él dice que, cuando nos relacionamos con el exterior, somos como una célula, protegida por una membrana. Esta membrana puede ser permeable y dejar pasar todo lo que hay alrededor, o puede hacerse impermeable. A veces está en modo protección, y no deja pasar nada, y otras en modo evolución o crecimiento e interactúa con el medio, dejando pasar el alimento y otras sustancias.

Para establecer límites sanos, tengo que saber qué necesito, qué es lo que me hace bien y qué es lo que me hace mal, qué es lo que me nutre y cómo puedo cuidarme. Una vez tengo claro esto y soy capaz de respetar mis propias fronteras, entonces puedo expresarlas también a los que me rodean. Y con mi ejemplo, soy capaz de mostrar a los demás cómo hacerlo, especialmente a la infancia.

Si utilizamos la imagen de Mauricio Wild, los niños nacen con una membrana totalmente permeable, pues están en un proceso de crecimiento constante que necesita del medio exterior para sobrevivir. Al nacer son totalmente dependientes del adulto y esto hace que no puedan poner un filtro ni detener los peligros potenciales para su integridad. Es más, el único modo que tienen de digerir aquello que les llega es repetirlo, para poder entenderlo e integrarlo. Sea bueno para ellos o no. No pueden elegir, están completamente expuestos. Si en su entorno hay violencia, expresarán esta violencia en sus juegos. Si en su entorno hay cuidado y amor, también se verá en su forma de actuar. Si hay mucho ruido, serán niños que hablen fuerte y griten mucho. Esto sucede incluso en contra de su propia naturaleza, no pueden evitarlo, sólo pueden imitar y reproducir.

Como adultos, gestionamos de otra manera las influencias externas; en principio somos capaces de elegir a qué queremos exponernos y no nos afecta del mismo modo, porque podemos juzgar si estamos de acuerdo o no con lo que nos llega del exterior. Por ese motivo, a menudo nos cuesta ser conscientes de que todo aquello que permitimos que llegue a los niños, va a formar parte de ellos, sin filtro alguno. Si dejamos que jueguen a videojuegos llenos de violencia o miedo, van a normalizar lo que ven como si fuera la realidad. Lo que para el adulto puede ser entretenido porque sabe que no es real, para el niño se convierte en realidad. Es un impacto profundo en su psique, como si estuviera viviendo una experiencia en primera persona. Y más todavía cuando hay una pantalla de por medio.

Durante muchos años no tuve televisión y tampoco iba al cine y, un día, se me ocurrió ir a ver Avatar en la gran pantalla, en 3D. Fue tan grande el impacto de las imágenes que estuve soñando con los avatares durante un mes. Cuando cerraba los ojos podía ver su piel azulada, sus gestos, cómo se movían.

En aquellos tiempos, también me sucedía algo muy curioso. Cuando entraba en una sala donde había una televisión, me fascinaba de tal forma que dejaba de escuchar a las personas que me hablaban. Tenía que hacer un gran esfuerzo por liberarme de su encantamiento y regresar a mí, recuperando mi atención y mi consciencia.

Todo esto me hizo darme cuenta de lo potentes que son las imágenes y cómo pueden afectar a nuestro espacio mental, especialmente cuando no estamos habituados o en la infancia, cuando todavía no podemos filtrar esas imágenes. Son una interferencia en todo lo demás. Son tan fuertes que aparecen en medio de la clase de mates, o en el recreo, cambiando el juego libre por un juego repetitivo que reproduce aquello que han visto, eliminando la creatividad natural de los niños, el desarrollo de su propia imaginación. Por no hablar de los efectos nocivos que tienen en nuestra visión, empezando por la capacidad que tenemos para enfocar la vista, habilidad imprescindible para aprender a leer.

Por eso es tan importante que seamos nosotros, los adultos, los que pongamos ese límite. Ellos no pueden protegerse, son como Ícaro queriendo volar cerca del sol… Las imágenes llaman de forma tan poderosa su atención que se convierten en pura adicción y dejan de ser libres, dejan de notar ese calor extremo que está quemando sus alas.

Es nuestro cometido aprender a manejarnos con la tecnología de forma que no acabe con nuestra libertad y con nuestra presencia. Sabemos todo lo bueno que nos aporta, pero creo que no somos conscientes del impacto tan destructivo que puede tener, especialmente sobre los niños. Esta misma semana se han publicado varias noticias sobre cómo reproducen en los recreos juegos violentos que ven en series de adultos, llegando a un nivel extremo de agresividad.

Sólo conseguiremos frenar esto tomando consciencia y poniendo ese límite tan necesario a todo aquello que la infancia todavía no puede filtrar. Si pensamos en las graves consecuencias que tienen estas imágenes, nos será más sencillo decir no.

La infancia necesita tanto del cuidado como de la protección del adulto, es hora de tomar las riendas y ser capaces de sentar las bases para que puedan crecer en libertad, para que poco a poco puedan desarrollar también su espacio interior y sepan colocar sus propias fronteras, dejando pasar sólo aquello que les nutre y les hace bien.

El camino de la transformación personal

Hay momentos en la vida en que miramos a nuestro alrededor y ya no reconocemos lo que nos rodea. Y no es porque lo de fuera haya cambiado, sino porque hemos cambiado interiormente. Es como si todo lo conocido ya no encajase con la persona en la que nos hemos convertido. Nos hemos transformado profundamente y el exterior sigue igual, en el mismo sitio, con las mismas rutinas y paisajes de siempre.

Esto sucede cuando una experiencia de vida nos toca profundamente, cuando ocurre algo intenso que nos hace plantearnos qué es lo que queremos y quiénes somos realmente. Miramos hacia la vida con nuevos ojos y descubrimos otras sendas, otros caminos brillando a lo lejos.

Es necesaria mucha valentía para soltar lo que ya no nos hace bien, ver qué es lo que nos hace felices y rodearnos de ello. No quiero decir que apartemos todo lo que no es afín, sino que busquemos activamente aquello que nos hace vibrar, y la compañía de personas con las que sentimos que crecemos, con las que vemos que evolucionamos, que seguimos aprendiendo, que nos dan fuerzas o nos retan para avanzar en la vida.

Hay fuerzas opositoras, incluso dentro de nosotros mismos, que se resisten al cambio, a la evolución, al despertar de nuevas habilidades. Resistencias que impiden la acción, que retrasan el inicio de nuevos caminos y que se oponen a nuestra voluntad. Permanecemos en lo conocido, en lo que éramos, y cualquier novedad es vista como un enemigo de nuestra paz interior.

Pero a veces, la necesidad de ser coherente con nuestro interior, de derrumbar los muros de la rutina y los hábitos, de lo conocido, es tan grande que supera la resistencia y descubrimos mundos nuevos. Estos horizontes que vemos ante nosotros nos llaman con fuerza y empezamos a caminar hacia ellos, mientras nuestro pasado tira de nuestros pantalones para que no nos alejemos demasiado.

En estos momentos de cambio, posiblemente descubrimos que algunas personas cercanas no lo asumen y se oponen de forma inconsciente a nuestra evolución. Esto es mucho más difícil cuando se trata de seres muy queridos. La familia, los amigos de siempre, o incluso nuestra pareja. Y aquí llega la encrucijada, en la cual es necesario despertar todo el valor que poseemos para mirar con honestidad lo que está pasando.

No puedes ir hacia atrás pero parece que tampoco puedes ir hacia delante sin perder una parte importante de tu vida. Tienes que tomar una decisión, o dejas a un lado tu crecimiento y te conformas con lo de siempre, o muestras quién eres ahora con claridad y dejas que suceda lo que tenga que suceder.

Las personas que sigan a tu lado serán las justas. Serán aquellas a las que su propia evolución las lleve por caminos afines, o aquellas que sean capaces de acogerte tal y como eres ahora. Todas las que no sean capaces de aceptar tu nuevo ser se alejarán.

Si este proceso no se da y sigues rodeado de aquellos que no pueden ver, ni apoyar, ni respetar, tus cambios y tus nuevos valores, la duda reinará en tus días. Y necesitarás una voluntad de hierro para seguir tu camino.

El tema es, ¿hasta qué punto te puedes adaptar a los demás para mantener una relación? ¿Hasta que punto puedes dejar tu proceso de transformación a un lado para seguir siendo parte de algo que no te reconoce? Si lo miramos desde el punto de vista de la infancia, quizá es incluso más fácil de ver.

Voy a compartir una experiencia que tuve hace algunos años con las alumnas de mi clase. Es algo que suele suceder en mayor o menor medida llegados a esta edad, pero en este caso fue un proceso muy hermoso que nos puede ayudar a comprender mejor este tipo de situaciones.

Mi clase estaba formada por un grupo de niños que se conocían desde infantil. Las niñas iban juntas a todas partes, eran muy risueñas y disfrutaban de todo lo que hacían, inventándose mil juegos e historias. Pasó el tiempo y, cuando cumplieron 9 años, empezaron a darse cuenta de que querían jugar a cosas diferentes. Unas seguían con el juego imaginativo, de aventuras, hadas y monstruos. Otras preferían sentarse a charlar sobre chicos y otra quería jugar al baloncesto. Al principio todas cedieron al impulso de una de ellas y siguieron con los juegos imaginativos.

Al cabo de un mes empezaron a percibir que unas mandaban y otras cedían, empezaron las quejas y los desencuentros, pero siguieron juntas. Las que querían seguir con sus juegos imaginativos no entendían por qué las otras ya no querían. Lo sentían como una especie de traición, de abandono. Las que querían charlar se sentían obligadas a permanecer en un sitio que ya no era el suyo y además, sentían que las otras no las escuchaban. Y la que quería jugar al baloncesto se sentía rara porque ninguna otra chica quería hacerlo.

En este caso, todas tenían un dilema. Necesitaban cosas diferentes, pero su lealtad hacia el grupo, y el amor que se habían tenido todo este tiempo les impedía tomar una decisión distinta de las demás. No hacían más que pelear y al final pasaba el tiempo del recreo sin que hubiesen jugado a nada.

La relación empezó a resentirse. Se distanciaron. Y poco a poco, el grupo se diluyó, con mal ambiente, y se las veía separadas por el recreo sin jugar a nada, hablando de sus problemas entre ellas. Incluso criticando la elección de las otras, tildándolas de infantiles, o de creerse mayores, etc.

La situación era difícil. La diferencia dolía mucho, todas querían estar de acuerdo y querer lo mismo, continuar en el mismo sitio, pero su evolución las llevaba por caminos distintos a ritmos diferentes. Algunas incluso llegaron a decir que no querían crecer, que crecer es un rollo y solo trae problemas.

Con mucha serenidad hablamos sobre todo esto, reflexionamos sobre lo que había pasado y llegamos a la conclusión de que, cuando amamos verdaderamente a alguien, tenemos que aceptar que sea libre y que a veces elija hacer otras cosas, que quiera estar con otras personas y jugar a algo diferente. Que si nos aferramos a que alguien esté siempre con nosotras y le pedimos que deje a un lado lo que le gusta, se crea malestar y nadie se siente bien. Y que duele mucho que una amiga ya no quiera jugar contigo. Vimos también que es posible que llegue un momento en el que ya no te gustan las mismas cosas y eso no es culpa de nadie, no se puede controlar. Y que es posible que haya cosas que se compartan y otras que no. Y que lo único que funciona para seguir amando es el respeto, pues criticar la elección del otro empeora la situación.

Todas estas reflexiones fueron suyas, a lo largo del curso. Quien quería jugar al baloncesto, tuvo el valor de hacerlo, y otras niñas lo hicieron también. Quienes querían seguir jugando a hadas y monstruos lo hicieron, y a veces se les volvían a sumar otras niñas y otros niños. Quienes querían sentarse a charlar, también lo hicieron, y se pasaban el recreo felices, charlando de sus cosas. Un año después, todos los grupos habían cambiado, las relaciones entre ellas y ellos fluctuaban y, aunque a veces se daban situaciones dolorosas en las que se sentían solas o abandonadas, el nivel de comprensión y respeto que se alcanzó fue realmente grande. Mucho mayor que el que yo recuerdo de mi propia infancia.

Esta experiencia me hizo reflexionar sobre cómo los adultos afrontamos estas situaciones, y no siempre es con la entereza y la conciencia a la que llegaron este grupo de niñas. A veces nos dejamos llevar por el otro, por amor mal entendido, y dejamos de lado quienes somos realmente y lo que queremos hacer con nuestra vida. Como descubrieron mis alumnas, no sirve de nada permanecer en un lugar que ya no es el nuestro y frenar nuestra evolución. Esto solo puede traer tristeza y desconexión.

Si por miedo a la soledad no desarrollamos nuestro verdadero ser, estaremos siempre solos, echándonos de menos.

Pero si tenemos el valor de ser auténticos, descubriremos nuevas sendas y también nuevos compañeros con los que compartir el camino. Y así, en lugar de crear relaciones dependientes, crearemos relaciones basadas en la conciencia y el respeto, en las que cada uno puede ser quien realmente es, aportando toda su luz a la sociedad.