La infancia y las pantallas en la cuarentena

Durante esta extraña situación en la que nos encontramos, la única forma de socializar fuera del hogar para muchas personas, ha sido a través de una pantalla. También ha transformado la manera de trabajar de una gran parte de la sociedad, y se ha convertido en uno de los medios más utilizados para la enseñanza.

Este uso extra y casi exclusivo de las nuevas tecnologías para socializar, aunque muy necesario, ha producido en algunas personas entre las que me incluyo, una sensación de irrealidad, de añoranza e incluso, de mayor aislamiento.

Siento que ha sido especialmente difícil para la infancia, pues su necesidad se basa en la presencia, en el tacto, en el juego y en la risa, y no tanto en la conversación, especialmente cuando estamos hablando de edades muy tempranas.

La infancia es el momento de la vida en el que todavía somos capaces de vivir en el presente más absoluto y vibrante. Todo nos llama la atención, cualquier papelito brillante que vuela por el aire, el olor de una naranja, el sonido de la voz de mamá, el color del sofá, la textura de la tela de una cortina, nuestros sentidos están totalmente despiertos y atentos a lo que sucede aquí y ahora. Y no sólo eso, nuestro interés más profundo está en hacer y experimentar, en movernos, en tener interacciones en las que sentimos nuestro peso, nuestro equilibrio y el del resto del mundo. Así que, por ahora, afortunadamente, una pantalla no puede competir con todo esto.

La vida real tiene 360 grados, tiene tacto, cercanía, olores, presencia, tiene sonidos vibrantes y sensaciones que vienen de todas direcciones. Las personas no son sólo sus caras, sino un organismo entero con su lenguaje corporal, su postura, su abrazo, su tono de voz verdadero… No hay interferencias por la conexión de internet y tampoco se congela la cara de nadie al hablar, no es un cuadrado en el que vemos una pequeña parte de las personas que amamos.

Las pantallas nos muestran parte de la realidad y, al principio, da la sensación de que es suficiente. Ves a una persona querida, sonríes, compartes un pensamiento, un dolor, tus sentimientos. Al ser el único medio que tenemos a disposición, nos conformamos y nos adaptamos. Los adultos lo tenemos algo más fácil, pues podemos conversar y nutrirnos de ello de otra manera, pero para algunos resulta una experiencia difícil, especialmente cuando es una conversación en grupo, sin saber bien qué decir o cuándo intervenir. Si eres una persona que busca más la complicidad a través de las miradas, de la risa, de los gestos, del hacer y no eres muy habladora, en este tipo de interacción estás perdida. La experiencia puede ser verdaderamente frustrante y dejarte con las ganas de conectar realmente con el otro.

Sin embargo, en medio de todas estas reflexiones, he vivido una experiencia que ha convertido esta situación en una interacción activa, de aprendizaje, de la que salgo feliz, con la sensación de haber compartido algo real y verdadero.

He tenido la suerte de empezar clases de pintura online en grupo con una bellísima persona, gran maestra y artista. Antes de empezar no tenía grandes expectativas, pues había hecho ya algunos cursos online y la experiencia nunca me había llenado totalmente. El discurso de los docentes no podía competir con el resto de cosas que existían a mi alrededor. Pero esta vez ha sido diferente.

Una de las causas principales es la capacidad que tiene Marta, que así se llama mi maestra, para pintar paisajes con las palabras. Cuando habla y describe lo que vamos a hacer, ella lo está viendo, y es capaz de hacernos llegar un universo que luego será la fuente de nuestra experiencia pictórica.

Otro motivo es el hecho de que pintamos juntas, a la vez, nuestra maestra va observando, comentando lo necesario, y nosotras nos sumergimos en la pintura, preguntando de tanto en tanto cómo vamos, compartiendo la experiencia. Las dos horas pasan volando y, al final, al ver cómo cada una ha interpretado y ha plasmado ese universo desde su propio ser, te sientes acompañada, parte de algo más grande. Entre todas pintamos las diferentes facetas de una misma realidad, cada una aporta su visión personal y, uniéndolas, recreamos algo único. Es una experiencia verdaderamente especial.

En vez de estar conversando sobre el pasado o el futuro, estamos haciendo algo juntas, estamos creando en el momento presente, experimentando una vivencia compartida desde la acción y no sólo desde el pensar. Y es esto lo que la convierte en una relación social real. Y así, empezamos a conocernos de una manera más profunda, viendo al otro desde una perspectiva diferente, no sólo desde su discurso.

Esto es lo que hace que la experiencia a través de la pantalla sea diferente, y que todas estemos tan presentes como si estuvieramos en la misma sala, pintando con nuestra maestra.

Siento que es preciso crear este tipo de experiencias para la infancia, especialmente mientras continúe esta situación. En vez de ofrecerles sólo palabras a través de la pantalla, podemos proponerles experiencias reales compartidas, jugar, pintar, modelar, cantar, etc.

Y no sólo en relación con el adulto, es preciso que puedan trasladar de alguna manera estas experiencias a su propio universo. Podemos ayudarles a crear propuestas para enriquecer la interacción online cuando queden con su clase, con sus amigos, que puedan hacer algo más que charlar, que sea una vivencia rica y positiva, que les llene de alegría y sientan que han podido compartir algo real con sus compañeros.

Quizá de este modo podamos llenar de significado nuestras interacciones a través de las pantallas, estando activos y presentes, disfrutando de compartir a pesar de la distancia. Y hacer que la espera hasta que podamos abrazarnos no se haga tan larga.

Mucho ánimo.

Página de facebook de mi maestra de pintura, por si queréis ver su arte: Marta Such

Sara Justo Fernández. Formadora de maestros. Especialista en pedagogía Waldorf.

Decisiones y responsabilidad en la infancia

Últimamente tengo la sensación de que la infancia pierde terreno a favor de una adolescencia eterna. Para mí, la infancia es esa etapa de la vida en la que estamos completamente presentes, conectados con nuestras emociones, con la naturaleza, con la magia del mundo, llenos de inocencia, donde la ironía y el sarcasmo no tiene cabida, donde todo se aprende mediante la experiencia directa.
En el artículo anterior hablaba sobre cómo la era de la información influye en la infancia actual, adelantando el desarrollo del pensar intelectual y acortando el tiempo de la niñez. Hoy quiero hablaros sobre otros factores que influyen fuertemente en este acortamiento de la infancia, y que están relacionados con algunos cambios que se dan en la manera en que enfocamos la crianza.
 
Quizá porque no nos dieron voz ni voto de pequeños, queremos compensarlo con nuestros hijos, y continuamente les preguntamos qué quieren. ¿Dónde quieres que vayamos esta tarde? ¿Qué quieres comer? ¿Cómo quieres vestir? ¿Qué película quieres ver?

Los niños empiezan a sentir que son ellos quienes deciden, y los padres pasan a ser las personas que cumplen sus deseos, en vez de ser aquellos que toman las decisiones y llevan el timón. Ponemos nuestra responsabilidad sobre sus hombros antes de tiempo y les pedimos que tomen decisiones sobre cosas que todavía no conocen, pensando que esto va a favorecer su autonomía.
Dar a los niños la responsabilidad de decidir constantemente los coloca en el lugar del adulto y los saca de la experiencia viva, del presente, de su cuerpo y su sentir, llevándolos a la mente, a la decisión.

Y ellos eligen, y se convierten en pequeños tiranos que no aguantan ningún tipo de contrariedad, que se frustran ante cualquier contratiempo y que no aceptan las decisiones de los demás. Cuestionan la autoridad de padres y maestros, dudan de nuestros conocimientos y no confían en nuestros consejos, pues… ¿qué consejos puede dar alguien que siempre nos está preguntando qué queremos hacer?

Y esta falta de confianza crea soledad en el niño. Un exceso de responsabilidad, un peso en su alma.
Los niños dejan de ser niños antes de tiempo y se convierten en adultos pequeños, que probablemente más adelante se lleven mal con los compromisos y las responsabilidades, pues de algún modo se evaporó antes de tiempo aquella época dorada.

Es interesante observar cómo es precisamente esa época la que echamos de menos cuando nos zambullimos en el estrés de la vida actual, cuando sentimos el agotamiento y la falta de conexión con nosotros mismos. Es entonces cuando buscamos un camino en forma de cursos de meditación, yoga o mindfulness, por ejemplo, para regresar a ese estado de presencia que perdimos en la infancia.

Y es desde ahí desde donde podemos tomar conciencia de la necesidad de los niños de ser niños, de la importancia de que sea el adulto el que tome las decisiones, de lo primordial que es reservar el desarrollo de lo intelectual para el momento justo.
Cuando escuchamos a los pequeños con cariño y luego tomamos nosotros las decisiones, cuando pensamos en qué es lo que necesitan en vez de en qué nos están pidiendo, cuando somos capaces de decir “no” y darles lo que pensamos que es lo mejor, los niños descansan. Los niños confían. Los niños respiran. Y quizá se quejen y digan: “Cuando sea mayor yo haré esto o aquello…” Y estará muy bien así.

Y cuando vayan creciendo y empecemos a permitir que tomen sus propias decisiones, se les abrirá el cielo, y serán verdaderamente responsables y coherentes en sus elecciones. O por lo menos tendrán las herramientas necesarias para conseguirlo algún día.
Sara Justo Fernández
Formadora de maestros, especialista en pedagogía Waldorf.

Efectos de la era de la información en la infancia

El acceso a la información y la intelectualización del pensamiento a edades muy tempranas ha producido en la infancia grandes cambios. Cada vez se acorta más el tiempo en que los niños viven en su propio mundo infantil, inocente, lleno de seres mágicos, de hermosos y disparatados pensamientos sobre las cosas de la vida, de confianza, de presencia absoluta.

Ya sea a través de la televisión, internet o diferentes programas formativos enfocados al desarrollo de la capacidad intelectual, cada vez es menor la edad en la que los niños acceden al aprendizaje de conceptos formales. Me refiero en este caso a conceptos abstractos que no tienen relación con la experiencia directa ni con la vida cotidiana de los niños.

Al darse este aprendizaje intelectual adelantado, las fuerzas que el niño necesita para crecer y formar su cuerpo y su salud se utilizan para desarrollar el pensar. Un pensar puramente teórico que no está basado en sus propias experiencias, si no en las de los demás. Un pensar prestado.

Y, lo más grave es que estos aprendizajes se dan en lugar del juego libre, del movimiento físico, de aquel aburrimiento que es el vacío en el que se da la imaginación de los más grandes inventos, el acicate para el desarrollo de la motivación interior, el descubrimiento de nuestros tesoros más ocultos.

Los niños crecen sentados horas y horas delante de las pantallas, el movimiento queda reducido a pequeños momentos del día, crece la hiperactividad y los trastornos del desarrollo. Aumentan las dificultades de aprendizaje, aumenta el estrés y los niños tristes. Aumentan los conflictos en las aulas y en los hogares.

Y, aunque este artículo va dedicado a la infancia, es muy fácil comprobar los efectos de este exceso informativo en nosotros mismos.
Con el móvil permanentemente en la mano, atrapados en las redes sociales o buscando información, nos perdemos en este maremágnum informativo. Empezamos buscando quién ha ganado el Oscar a la mejor película y acabamos leyendo sobre la importancia de introducir oligoelementos en nuestra dieta. Nuestra capacidad de prestar atención de forma sostenida sobre un tema disminuye a pasos agigantados. Y luego nos extraña que los niños no sean capaces de concentrarse.

Quizá el tema de las adicciones a las pantallas escapa a la intención de este texto, pero no puedo más que describir la importancia de ser conscientes de nuestra dependencia y de aprender a utilizar estos nuevos recursos de un modo eficaz que nos haga más libres en vez de más dependientes.

Y, si nosotros mismos somos capaces de ver el efecto que tiene un paseo de varias horas en la naturaleza, desconectados de las pantallas, quizá seamos también capaces de entender mejor qué está pasando con la infancia, y cómo actuar para que los niños sean capaces de permanecer conectados a si mismos, y darles la oportunidad de tener experiencias plenas, fuera de la realidad virtual, donde hay un mundo lleno de vida esperando a ser descubierto. 

Sara Justo Fernández
Formadora de maestros, especialista en pedagogía Waldorf.