La importancia de ser el cambio que necesitamos

A menudo observo lo complejas que son las relaciones entre las personas, tanto desde mis propias relaciones como desde mi trabajo como docente. Ese baile entre dar y recibir, entre ver y ser visto, entre amar y ser amado. Hay personas que dan mucho y les cuesta recibir. Otras se sienten cómodas recibiendo y les cuesta dar. Hay personas que necesitan ser vistas pero no lo expresan, y otras que se colocan en el centro del escenario sin ninguna dificultad. Personas que confían en los demás sin sombra de duda y otras que tienen grandes problemas para confiar incluso en sí mismas.

Estas actitudes que tomamos en relación al otro forman parte de nuestro ser, digamos que el germen de nuestros rasgos más característicos viene ya con nosotros al nacer. Algunos de ellos nos traerán muchas alegrías y otros serán fuente de conflicto en nuestra relación con los demás, creando situaciones que se repetirán a lo largo de nuestra vida hasta que podamos ver más allá y cambiar lo que sea necesario.

Si nos identificamos con un rasgo propio que nos trae dolor y nos aferramos a él pensando que somos eso, estaremos creando un gran obstáculo en nuestra capacidad para ser felices. Somos mucho más que ese rasgo y tenemos la habilidad infinita de cambiar y liberarnos, de ser quienes queramos ser.

Todas estas cualidades, combinadas con las experiencias que vamos teniendo en la vida, van conformando nuestra forma de ser. Será en la infancia y en el seno de la familia donde aprendamos a actuar para sentirnos seguros, queridos, protegidos y a salvo. Y también allí aprenderemos cómo percibir el mundo, siguiendo el ejemplo de nuestras figuras de referencia. Su esencia, su actitud ante la vida, sus creencias más arraigadas, tendrán un gran impacto en nuestro ser, grabándose de forma indeleble en las profundidades de nuestra psique, e influyendo nuestra forma de pensar y de sentir.

Es por ello imprescindible que los adultos trabajemos en nuestro desarrollo emocional. Somos la fuente de la que bebe la infancia, aquello que va a imitar y que va a llevar como guía en su interior. Sólo desde nuestro intento constante por llevar a la conciencia quiénes somos verdaderamente, podemos crear un espacio de presencia donde la infancia pueda a su vez crecer sana, desarrollando todo su potencial para ser feliz y aportar al mundo su luz.

Somos capaces de mirar hacia dentro y desentrañar qué estrategias elegimos de pequeños para sobrevivir y ya no nos sirven y qué nos hace vibrar de alegría, qué cosas nos entusiasman, en qué momentos perdemos el sentido del tiempo y nos enfrascamos con toda nuestra atención en algo. Lo sabemos, sólo tenemos que parar, observar y escuchar. Lo difícil viene después, pues, si estamos muy lejos de nuestra esencia, será preciso cambiar de rumbo. Es muy posible que necesitemos ayuda externa, alguien que nos pueda acompañar en esta nueva senda. Es también posible que conlleve una crisis, pero es el único camino para ser auténticos y sentirnos realmente bien en nuestra piel.

Todo este proceso nos hará ser más reales, y el solo hecho de intentarlo tendrá un efecto positivo e inmediato en quienes nos rodeen.

Para este desarrollo interior es especialmente importante ver de qué manera estamos contribuyendo a crear las situaciones conflictivas que encontramos y tomar la oportunidad para cambiar y crecer. Es preciso aprender a observarnos con objetividad y sin juicio, reconocer aquello que nos hace mal y transformarlo, en vez de mirar hacia fuera y buscar a los culpables en el exterior.

Es algo que, como adultos, podemos transmitir a la infancia a través de nuestro intento. Sólo con poner la atención y la voluntad en ello es suficiente. Si poco a poco soy capaz de frenar la queja, de cambiar mi percepción del mundo como enemigo, de la sociedad como causante de mis males, del vecino como invasor de mi paz, y empiezo a mirar hacia dentro y a actuar de otra manera, a buscar qué puedo hacer yo para que esta situación se convierta en una oportunidad en vez de ser un obstáculo, estoy regalando a la infancia que me rodea un tesoro, el tesoro de ser capaz de tomar el mando de mi propia vida y hacer lo que esté en mi mano para darle la vuelta a la tortilla.

Siento que el único modo real de hacer que nuestra vida mejore es cambiar nosotros mismos. Descubrir quiénes somos, qué nos hace bien y qué nos hace mal, qué consecuencias tienen nuestras acciones en el mundo, en las personas, y elegir cómo queremos actuar y hacia dónde queremos dirigirnos… Ésta es la verdadera libertad.

Esperar a que cambien los demás es una actitud estéril, que desgasta y llena de frustración al más paciente. Esperar a que cambie el mundo, o a que la gente piense como nosotros para hacer algo, consigue que nuestro entusiasmo se apague y se mustie como una flor que espera a la primavera en un jarrón.

Necesitamos escuchar, sentir, entrar en acción, hacer nuestra parte, vivir desde la coherencia y empezar a cambiar desde dentro. Así la infancia, al percibirlo, tendrá la posibilidad de vivir en la libertad que nos ofrece esta perspectiva ante la vida.

Y quizá poco a poco empecemos a ser una sociedad más consciente y feliz.

Sara Justo Fernández. Formadora de maestros. Especialista en pedagogía Waldorf.

Cómo paliar los efectos de la cuarentena en nuestra salud mental

Estos días de retiro me hacen reflexionar sobre las relaciones humanas y cómo podemos mejorarlas, llevando conciencia y comprensión a cada una de nuestras interacciones.

Es mi intención compartir con vosotros, a través de mis artículos, un camino lo más práctico posible para crear un ambiente en el hogar en el que todos podamos sentirnos bien. Espero que os pueda servir.

En el primer texto que escribí aportaba un punto de vista positivo sobre la situación, en el que hablaba de que el hecho de centrarnos en lo que podemos aprender, nos ayudaría a hacer un buen uso de este tiempo. En el segundo proponía recursos a las familias para poder mejorar la convivencia en el hogar, en estas inusuales condiciones.

Hoy, cuatro semanas después de que se iniciara la cuarentena, quiero escribir sobre el lado oscuro. Aunque es vital centrarse en lo positivo de la situación, es preciso conocer el efecto que tiene este retiro sobre nuestra salud mental, para poder ocuparse de ello y salir fortalecidos de la experiencia. Hablar sobre esto es una manera de sentirnos comprendidos, viendo que estamos acompañados y que a todos nos afecta profundamente.

Una de las cosas necesarias para nuestro bienestar emocional es la vida social, el intercambio con otras personas, las vivencias compartidas. A través de nuestras relaciones, aprendemos, evolucionamos, creamos conexiones neuronales, se nos ocurren nuevas ideas, descubrimos problemas por resolver y nos activamos para encontrar respuestas.

Cuando la vida social se reduce al hogar o es incluso inexistente durante tanto tiempo, llega un momento en que todos los estímulos son los mismos, es como estar en un bucle en el que es difícil que se produzca algo nuevo. No hay nada externo que anime nuestra vida familiar, un trabajo, un viaje, un concierto, y todo se vuelve repetitivo y plano. Las emociones están a flor de piel y nos puede invadir la tristeza, la melancolía, la desgana, el enfado. Hasta se nos pueden olvidar los nombres de algunas personas conocidas o sentir cierta desorientación.

Es el efecto de la privación de estímulo social sumado a la falta de movimiento físico.

Si somos personas con mucho mundo interior, es posible que no nos demos cuenta de la inanición anímica que sufrimos. Seguimos inmersos en nuestros quehaceres hasta que la falta de contacto real con la vida exterior llama a nuestra puerta y nos damos cuenta de nuestro estado de desconexión.

Cuando no estamos conectados con nosotros mismos, no podemos relacionarnos con los demás de forma sana. Y esta experiencia de cuarentena, en la que muchos hemos perdido nuestras relaciones sociales e incluso nuestro trabajo, es una prueba difícil en la que se puede confundir la desorientación personal con el desamor. Y podemos proyectar nuestro malestar interior en el otro, sin darnos cuenta de que esto no hace más que empeorar la situación.

La vida con un estímulo social reducido, incluso en las situaciones de pareja bien avenida sin presión económica o familiar, suele acabar siendo anodina. Y podemos incluso pensar que hay falta de amor, cuando lo que hay es falta de propósito, necesidad de sentirnos útiles en relación con el mundo, con la sociedad, con nosotros mismos. Y esa sensación puede llevarnos al criticismo, haciendo de un paraíso un pequeño infierno.

También es muy probable que, al sentirnos invadidos por la melancolía, la tristeza o el enfado, en vez de escucharlo y poner remedio, achaquemos nuestro malestar a lo mal que lo están haciendo los políticos, los vecinos, los otros países o incluso los científicos, elaborando complejas teorías sobre quién es el culpable de todo esto, instalándonos en la queja y en la crítica destructiva.

Se podría pensar que, con el aumento de la vida social via online, nuestras relaciones siguen intactas. Pero con el paso del tiempo, nos damos cuenta de que relacionarse a través de una pantalla es una copia endeble de la realidad. A mi me produce una sensación de irrealidad, de lejanía. Es como si todo estuviera sucediendo a un nivel mental, pero no a un nivel físico y anímico. Digamos que la realidad virtual me deja con una sensación de añoranza casi mayor que la distancia real. Disfruto más al encontarme con las personas queridas en mis sueños que en los zooms y las video conferencias. Si es un buen sueño, claro.

Con esto no quiero decir que esta manera de relacionarse no tengan un valor. Al menos tenemos la sensación de no perder el contacto con esas personas que tanto queremos; el hecho de vernos tras el cristal hace que revivamos la sensación de estar realmente con esas personas, y esto es necesario. Pero de ningún modo suficiente. Y, reflexionando sobre ello, pienso que quizá esta situación nos ayude a ver que una llamada nunca puede sustituir a un café con alguien. Y que, cuando esto termine, necesitaremos revolucionar nuestra vida para hacer tiempo a esos encuentros de calidad con las personas que amamos. O incluso con las que no sabemos que amamos todavía.

Y mientras tanto… ¿qué podemos hacer para paliar el efecto negativo de este aislamiento en nuestra salud mental?

La respuesta es crear experiencias nuevas, significativas, vivencias que podamos compartir, que nos saquen de la mente, que nos conecten con la presencia real, aquí y ahora. Inventarnos juegos, sesiones de baile que nos produzcan risa, que nos hagan sonreir y conectar con el otro de forma nueva. Cosas que no hayamos hecho nunca. Si puede ser sin una pantalla de por medio mejor.

Si no compartes tu espacio con nadie, puedes buscar la conexión social por otros medios, sonríe tras tu mascarilla al cajero del supermercado, saluda a la vecina desconocida cuando te la cruces, escribe cartas de agradecimiento a esas personas que son importantes en tu vida. Encuentra el modo de seguir conectado con el mundo.

Podemos revolucionar nuestro hogar, hacer una macro limpieza y sacar todo fuera, deshaciéndonos de lo que ya no necesitamos. Organizar y limpiar el espacio que habitamos es ocuparnos también de nuestra salud, de nuestro bienestar.

Podemos también aprender a cocinar o mejorar nuestro repertorio. Es una de las habilidades más útiles y satisfactorias que existe, te conecta con todos tus sentidos e implica que estés completamente presente, a riesgo de quemar la comida.

Podemos nutrir nuestra necesidad de crear por medio de actividades artísticas, que nos ayuden a observar con otros ojos el entorno y el interior, en busca de la belleza. Una de mis herramientas favoritas para salir del bucle mental es dibujar lo que tengo delante. Observar los colores, las sombras, los tamaños, las distancias e intentar representarlo. Si es una planta o un árbol mucho mejor, el hecho de que sea un ser vivo te hace vincularte y te nutre profundamente. Da igual que creas que no sabes dibujar, pues la esencia de esta vivencia no está en el resultado si no en el proceso. Haced la prueba, es una experiencia especial.

También hay que poner atención en descansar, pues hay cierta tendencia a un exceso de actividad y no se trata de estresarse, sino de mantenerse activos y presentes.

Y ya para concluir… No olvidéis apagar la televisión. Liberaos de toda esa información que siembra miedo e incertidumbre, que nutre la inseguridad y el pánico, que nos hace sentir impotentes y desconfiar del vecino. Elegid vuestras fuentes de información y consultadlas una vez al día, no es necesario más. Y, por supuesto, proteged a los pequeños de la casa de toda esta avalancha de noticias, que además suelen centrarse en lo escabroso y repetirlo hasta la saciedad.

Si conseguimos descubrir qué es lo que nos hace bien y aprendemos a conocernos mejor, a estar serenos, aceptando la situación y buscando nuestras estrategias para seguir conectados, podremos salir de esto renovados y con fuerzas para cambiar lo que sea necesario, que es mucho.

Ánimo.

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Sara Justo Fernández. Formadora de maestros. Especialista en pedagogía Waldorf

El lado positivo de la situación

Lo primero que salta a la mente en una situación de emergencia sanitaria y social como la que estamos viviendo es lo negativo, las probabilidades que tenemos de pasarlo mal, de enfermar, de contagiar a otros, de que haya escasez de alimentos, de carencia de servicios, de hundimiento de la economía…un sinfín de problemas graves y muchos de ellos totalmente reales que nos paralizan o nos llevan al pánico y al caos más absoluto. Queremos escapar de la situación, alejarnos, y lo hacemos incluso pretendiendo que no pasa nada y yéndonos a la playa en plan vacacional, negando la realidad. O bien corremos al supermercado a vaciar sus estantes, con la angustia de la carestía, probablemente heredada de un pasado no tan lejano.

Nuestro cerebro reacciona con afán de supervivencia y, hasta que no pasa cierto tiempo, no somos capaces de ver nada más que nuestra propia necesidad, el peligro al que estamos expuestos y los inconvenientes que nos pueda causar la situación.

Y, sin embargo, cuando aquietas un momento todos esos pensamientos, cuando miras por la ventana y ves cómo brilla el sol, cómo cantan los pájaros, cómo están brotando las hojas en los árboles de tu calle, cada día más verdes y frondosos, aparece otro tipo de conciencia.

De repente te das cuenta de que esta situación ha hecho que la industria frene de golpe, cosa que no ha conseguido toda la alarma y el intento de concienciación ante el cambio climático, por mucho que nos hemos esforzado. La contaminación en China y muchos otros países, aunque sea momentáneamente, se ha reducido de forma drástica, tanto por la industria como por la minimización de los desplazamientos, dando lugar a una necesaria mejora de la calidad del aire que respiramos.

Te das cuenta de que, uno de los problemas más graves que hay en nuestra sociedad, que es el estrés y esta vida de locos en la que no tenemos tiempo ni para dar atención de calidad a nuestra familia, en la que la infancia corre de acá para allá, de una actividad extraescolar a otra, sin tiempo para jugar, o bajo el cuidado de otras personas durante largas horas, de repente se invierte, y tenemos a familias enteras reunidas en casa, aprendiendo a pasar tiempo juntos, redescubriendo juegos de su infancia, maneras de disfrutar, conviviendo y repartiendo las tareas, responsabilizándose a partes iguales de lo necesario.

Te das cuenta de que el teletrabajo, en muchos casos, es posible, y también otra manera de organizarnos que aporte mayor conciliación entre la vida laboral y la familiar, que permita que podamos vivir en áreas rurales, descongestionando las ciudades y reduciendo la contaminación producida por los desplazamientos diarios.

Y también te das cuenta de qué es lo verdaderamente necesario, cuáles son los productos de primera necesidad, cómo se sienten las personas que viven en países donde la incertidumbre sobre si tendrán acceso a alimentos es el pan de cada día.

Y cómo muchas veces nos encerramos en casa o en el trabajo por elección, presos de las redes sociales, de la televisión, del ordenador, de tareas interminables, en vez de disfrutar de un paseo por el campo o de un café con alguien amado.

Y sí, desgraciadamente, esta situación supondrá una gran crisis económica para muchos países, para muchas personas. Es inevitable, pero, como dice un buen amigo, hay que abrazar lo inevitable, hacerlo nuestro y transformar lo que sea posible en nosotros para seguir adelante y salir fortalecidos de esta experiencia.

A veces necesitamos perder lo que tenemos para darnos cuenta de qué es lo verdaderamente importante.

Si esta situación nos ayuda a reflexionar, a pasar tiempo de calidad con nuestra familia o con nosotros mismos, a darnos cuenta de que podemos vivir con mucho menos, a valorar salir a la calle y poder reunirte con otras personas, a comprender el sentir cotidiano de otros pueblos que no tienen nuestros privilegios, a descubrir qué es lo verdaderamente esencial y cómo preservarlo…habremos ganado mucho.

Y si además aprovechamos esta pausa para dedicarnos a cosas que nos hacen bien, para cocinar y comer sano, meditar, hacer yoga, cantar, escribir, poner en orden nuestras vidas, limpiar nuestra bandeja de correo electrónico, aprender un nuevo idioma, rescatar todo aquello que hemos dejado en el cajón de las cosas para las que no tenemos tiempo…entonces habremos ganado más todavía.

Ánimo.

Sara Justo Fernández. Formadora de maestros. Especialista en pedagogía Waldorf

Profundización sobre el acompañamiento de los niños en situaciones de conflicto.

En el artículo precedente hablaba sobre cómo podemos acompañar a los niños en sus conflictos, generando una situación de escucha y empatía. Me centré sobre todo en el niño que causa dolor, ya sea a si mismo o a los demás.
Revisando mis pensamientos y mis palabras, me di cuenta de que necesitaba escribir también sobre los niños que reciben daño del otro y cómo ayudarles en situaciones de conflicto. Creo que es imprescindible observar estas situaciones con mucha atención y acompañarlas con tacto, pues ambos roles necesitan una presencia amorosa que les ayude a mirar lo que está escondido, a llevar conciencia, alejando la culpa y creando responsabilidad.
 
Tal y como comentaba en el artículo anterior, mi primera reacción ante estos conflictos era defender, casi sin observar la situación, a aquel que consideraba en desventaja, a aquel que veía en una posición de debilidad y dolor. Los niños advertían mi reacción y la consecuencia era que el conflicto pasaba a la clandestinidad, donde el poderoso seguía ejerciendo su rol fuera de mi alcance, y su presa callaba por miedo. La situación empeoraba, pues parecía resuelta cuando en realidad estaba sólo camuflada.
 
Mi segunda reacción fue observar la dinámica antes de actuar. Descubrí que a menudo había situaciones previas que causaban el conflicto, situaciones en las que el poderoso se sentía puesto en tela de juicio, o inferior, o dejado de lado, y entonces actuaba de modo hiriente para recuperar su situación de poder. Si el niño que recibía la afrenta no se daba por aludido, o le contestaba con humor, poniendo un límite a la situación, ahí terminaba el problema y no solía volverse a repetir. Este tipo de respuesta lo daban niños que se sentían seguros de sí mismos, en igualdad de condiciones e incluso con mayor madurez emocional.
 
También se daban otro tipo de respuestas; había niños que se sentían heridos, lo expresaban con vehemencia y conseguían que el otro se disculpase y prometiese no repetirlo más. Hacían las paces, el niño herido perdonaba al hiriente, y al día siguiente se repetía la situación. Y así día tras día.
 
Otras veces el niño herido acababa sintiéndose culpable, disculpando la conducta del otro y restándole importancia. Estos niños volvían a relacionarse con el otro en el plano de la amistad y la situación también se repetía una y otra vez.
 
Y en otras ocasiones, las más difíciles, el niño se sentía herido en lo más profundo y no era capaz de reaccionar y expresar su dolor, ni siquiera cuando le preguntaba sobre ello, negando que la situación existía.
 
Observando estas respuestas, entendí que lo más importante es la autoestima y la seguridad que tienen los niños, pues es desde ahí que pueden lidiar con cualquier actitud externa. Conseguir que los niños tengan una buena percepción de si mismos, que sientan sus dones, sus fortalezas, que perciban en qué son especiales y lo vean como una riqueza, que vean las cosas que no les salen como ellos quisieran como un reto para sí mismos y como algo que compartimos todos los seres humanos, que todos tenemos fortalezas y debilidades y que, en definitiva, todos somos iguales y diferentes a la vez, y que todos tenemos el mismo valor.
 
Llevar esta conciencia al aula y a nuestros hogares es primordial para poder resolver este tipo de situaciones. Es imprescindible estar muy atento para dar el mismo valor a todos los dones que muestran los niños, fomentar esta capacidad de percibirnos y percibir a los demás de forma positiva, animarles a apoyarse y a ayudarse entre si todo lo posible. Y si hay alguno que se coloca por encima de los demás, recordarle que todo lo que está arriba también está abajo y que es en el equilibrio donde podemos encontrarnos a nosotros mismos.
 
Y aun teniendo todo esto muy presente y trabajarlo conscientemente en el día a día, hay niños que no consiguen confiar en ellos mismos y necesitan algo más, necesitan un apoyo más profundo, pues la carencia de su propia estima es muy grande y parte de ella puede ser un reflejo del sistema familiar.
 
Las situaciones que se dan en la infancia son muy complejas, y a menudo nos acompañan toda la vida, dejando una herida abierta que hace que continuemos repitiendo vivencias de forma constante, y que veamos el mundo y a nuestros hijos a través del prisma de nuestras heridas. Sin darnos cuenta, proyectamos en los niños las emociones que vivimos en la infancia, poniendo un peso mayor que a veces dificulta la resolución de la situación.
 
Como adultos, es necesario que nos enfrentemos con nuestros fantasmas, que acojamos a nuestro niño interior y resolvamos las heridas abiertas. En ocasiones tiene que ver con la herencia familiar, con nuestra propia constelación, otras con situaciones difíciles que se dieron en nuestro nacimiento, o incluso más allá. Si somos capaces de mirar todo esto con amor, de pedir ayuda si la necesitamos, y conseguimos colocar y agradecer nuestro pasado, automáticamente se levanta parte del peso que llevan nuestros hijos y facilitamos que ellos mismos puedan resolver y superar sus dificultades.
Sara Justo Fernández
Formadora de maestros, especialista en pedagogía Waldorf.

Cómo facilitar la empatía y el desarrollo emocional en los conflictos entre niños

Durante todos estos años de maestra, he podido observar entre los niños comportamientos que causan dolor. Por doloroso entiendo algo que tiene consecuencias negativas en su autoestima, en la autoestima de los demás o que causa daño, ya sea a él mismo o a los otros. En realidad, cualquier dolor que causamos, repercute en nosotros mismos, y normalmente señala una herida interior que no está sanada.

Son comportamientos que repiten en busca de atención, amistad, o la posibilidad de liberarse de la tiranía de la necesidad de aprobación, actitudes que al final no cumplen su cometido y les aíslan del resto de compañeros. En ocasiones les colocan como líderes solitarios, a los que todos siguen, pero sin una conexión de amistad verdadera. Otras veces son los niños que no consiguen tener amigos, que viven llenos de frustración, sin entender qué es lo que no funciona.

Como maestros, y también como padres, son situaciones muy difíciles de acompañar, y, en mi caso, es un largo camino que todavía hoy en día me genera preguntas y me toca profundamente.

Ya en el colegio, de pequeña, mi maestra me llamaba “la defensora de los indefensos”. No podía soportar que otros niños se metieran con los niños que tenían problemas de aprendizaje, o que no venían bien vestidos a la escuela, o que, por una cosa u otra, no eran populares. Cual guerrera con espada en mano, me encaraba al abusón, pues me ardía en el corazón la necesidad de justicia, y empatizaba con aquel que estaba en desventaja.

Al hacerme maestra, descubrí que ese fuego seguía en mi interior y, en ese tipo de situaciones, tenía que hacer un gran esfuerzo por encontrar la ecuanimidad y mirar con amor a todos los niños implicados. Pero existía un juicio, un juicio interior al niño que, de alguna manera, había dañado al otro. Y no era capaz de ver que este juicio impedía la verdadera resolución del conflicto. Y que la parte rechazada de este niño “abusón” seguía gritando en su interior “mírame, mírame”.

Con la experiencia empecé a ver que mi respuesta ante estos conflictos no funcionaba. El problema persistía, normalmente de forma más oculta, pues los niños sabían que yo no iba permitir ese comportamiento. Y además, al sentirse juzgados, se sentían incomprendidos y se ponían a la defensiva, sintiéndose cada vez más lejos de mi y de la comprensión del otro.

En mi búsqueda y reflexión me llegó un maravilloso vídeo de Marshall Rosenberg, el padre de la comunicación no violenta, que hablaba de las necesidades que esconde cada emoción humana. Y esto abrió mi percepción y mi corazón.

Lo único que verdaderamente funciona es el amor. El amor te hace escuchar con todo tu ser, te hace estar realmente presente y ver qué hay detrás de la situación. Desde ahí puedes conectar con lo más profundo del alma del niño, con la necesidad no cubierta que habita en él, que ha provocado ese comportamiento que, en definitiva, es un grito de auxilio hacia el mundo exterior, un mensaje cifrado con el que expresa su más profunda necesidad.

Y, desde esa comprensión profunda, puedes hablar con ese niño que clama atención. Solo después de sentir reconocida su necesidad puede llegar a percibir la necesidad del otro, el efecto que tiene en el otro su acción.

Y más tarde podré plantearse si realmente es ese efecto lo que está buscando, lo que quiere conseguir, o en realidad está buscando otra cosa.

Y ya no existe el juicio y la tensión que causa la incomprensión, el abismo que se había producido, desaparece.

Y aparece el humor, y aparece la comprensión real de la situación, y el reconocimiento de esas actitudes que provocan dolor para uno mismo y para los demás, y que no son la solución.

Y aparecen otras posibles soluciones para poder expresar esa necesidad interior que clama por ser escuchada. Incluso aparece la aceptación de la situación y la empatía hacia el otro. Es un proceso increíblemente transformador.

Pero también es un proceso lento. Los comportamientos dolorosos son, a menudo, hábitos difíciles de cambiar, y sólo con la práctica constante, y la presencia de un adulto consciente, que te recuerda esa parte amorosa que quieres sacar al exterior, es posible.

Ahí el papel del adulto cambia totalmente, y su más importante labor es confiar. Confiar en el niño, recordarle con nuestra sonrisa y nuestra mirada que ellos son capaces de utilizar sus nuevas herramientas y resolver sus conflictos. Estar totalmente presentes y deshacernos del miedo y la prisa por conseguir una solución.

Precisamente el miedo es uno de los factores que nos impide ver la situación con claridad y presencia, nos lleva al juicio, se aleja del presente y empeora la situación con futuros inexistentes, proyectando los peores panoramas, y, nosotros, aterrorizados, reaccionamos como si ya existiesen. Como si ese niño que, en una ocasión se llevó a casa el peluche de una compañera que le gustaba sin permiso, fuera ya un ladrón de bancos.

Aunque parece exagerado, es así como funciona el miedo, y efecto que tiene es muy poderoso. A veces el futuro que nos hace intuir es tan doloroso que preferimos no mirar; nos volvemos adultos permisivos, que disculpamos la conducta del niño, le quitamos importancia y vemos sólo las actitudes positivas, como para compensar ese miedo que intentamos acallar.

Otras veces queremos evitar a toda costa ese futuro que imaginamos y reñimos a los niños con gran intensidad, incluso expresando profecías del tipo: “Si sigues así nunca tendrás amigos…”

Es el miedo, que nos atenaza, nos saca del presente y dificulta que podamos ver las cosas como son verdaderamente. Y los niños, al no sentirse vistos, aumentan este tipo de conductas, como si gritasen con más intensidad para ser escuchados.

Es por ello de suma importancia que seamos capaces de respirar profundamente y observemos nuestros pensamientos antes de actuar, que miremos a los niños y sus sombras desde el amor más profundo, y que confiemos en la capacidad sanadora que tiene la escucha y la presencia.

Y quizá desde esa escucha y esa presencia podamos también mirar nuestras propias sombras con amor y transformarnos…Sara Justo Fernández.
Formadora de maestros, especialista en pedagogía Waldorf.

Cómo acompañar el desarrollo emocional en la infancia

Hoy quiero compartir con vosotros la importancia del desarrollo emocional y su relación con un cambio social profundo y muy necesario.

Hace apenas varias décadas, se consideraba la expresión de la mayoría de las emociones como signo de debilidad y se enseñaba a los niños a reprimirlas o a ignorarlas. Era una tendencia general que todavía se refleja en muchos de nuestros refranes y sabiduría popular, y que vive en la mayoría de nosotros, de una forma u otra.

Afortunadamente, este punto de vista está empezando a cambiar, y surgen estudios en varios campos que muestran la necesidad del ser humano de ser consciente de sus emociones y de expresar todo este mundo que vive en nuestro interior, de la mejor manera posible, para poder llevar una vida plena y feliz.

Es primordial aprender a acompañar a los niños en el descubrimiento de sus emociones y de cómo gestionarlas. Y precisamente por nuestra propia educación y todo lo que hemos heredado, es un trabajo muy delicado, que requiere de gran atención y conciencia.

Los niños son un regalo extraordinario, cuando son muy pequeños expresan todo lo que sienten sin los filtros de la moral, el juicio o el qué dirán. Sin embargo, al observar nuestra reacción, captan rápidamente qué emociones consideramos positivas y cuáles negativas, y esto hace que, según su carácter, se adapten y expresen solo aquello que se considera positivo, o, al contrario, expresen lo negativo para obtener nuestra atención. Y así, empiezan a dejar de tener una relación natural con sus propias emociones.

¿Qué podemos hacer? En primer lugar, observar qué emociones consideramos negativas o positivas, e intentar llegar al origen de esta creencia. Quizá en nuestro hogar estaba permitido enfadarse pero no estar triste, o al revés. Quizá la alegría y el alboroto no estaba bien visto, por alguna circunstancia, pero la tristeza y la preocupación era algo noble y loable.

Si conseguimos tomar conciencia sobre todo esto ya estamos cambiando nuestra manera de relacionarnos con nuestras emociones y con las de nuestros hijos y alumnos.

Todas las emociones son importantes, incluso aquellas que nos parecen la causa de los mayores males de la sociedad. Por ejemplo, la rabia nos trae un mensaje, nos dice que tenemos una necesidad que no ha sido satisfecha, y es posible que tampoco haya sido expresada ni escuchada. Si conseguimos hallar el origen de cada emoción, es probable que hallemos la solución. Pues el papel de las emociones es precisamente ese; señalar aquello que nos toca el alma para conocernos mejor y para saber qué necesitamos realmente.

Cuando no juzgamos nuestras emociones y nos permitimos sentirlas, podemos también acompañar a los niños en su sentir, y ayudarles a tirar del hilo para ver qué necesidad está detrás de cada emoción.

Llegados a este punto quiero hacer una distinción importante entre sentir una emoción y actuar llevado por una emoción. No es lo mismo. Cuando siento una emoción, percibo el mensaje que hay detrás y busco la manera de solucionar la situación. Cuando actúo desde una emoción, no pienso ni busco nada, simplemente actúo, y posiblemente no solucione nada.

Es un trabajo personal que requiere gran esfuerzo, pero tiene un valor inestimable, tanto para uno mismo como para las personas que nos rodean. Y lo mejor es que algunos niños aprenderán todo esto simplemente por imitación, gracias al ejemplo que les damos con nuestro intento por saber más de nosotros mismos, nuestro intento de ser más conscientes.

Una vez estemos en este proceso, podemos intentar acompañar a los niños en el desarrollo de su mundo emocional. Es muy importante no teorizar sobre esto con ellos, especialmente si son muy pequeños.

En edades tempranas podemos simplemente estar a su lado y ayudarles a reconocer cada emoción sin juzgar. Si actúan de forma dañina para ellos mismos o para los demás, por supuesto hay que poner un límite y decir que esto no ayuda, y proponer quizá una solución más tarde. En este caso es importante acoger la emoción a la vez que se pone el límite.

Se puede también contar una historia que refleje de algún modo la situación y que exprese las emociones de todos los niños implicados en ello; en este caso hay que ser muy sutil, evitando detalles que les haga reconocerse de forma demasiado directa.

Una imagen vale más que mil palabras; es más fácil entender al otro en una situación imaginada, en un cuento, que intentar entender su dolor cuando entra en conflicto con mi necesidad en un momento dado. Por esta razón, el valor emocional del cuento, reside en el simple hecho de escucharlo, pues la imagen vivirá en el niño hasta que, cuando esté preparado, la conecte por si mismo con situaciones que le suceden en su vida diaria, y así tendrá una fuente de posibles soluciones y de comprensión que no estará relacionada con el juicio ajeno ni con el sentimiento de culpa, tan nocivo para el ser humano. En su lugar, al percibir algo desde su propia actividad interior, desarrollará el sentido de la responsabilidad y la autoconciencia.

Un trabajo muy valioso que se puede hacer con los niños cuando son un poco más mayores, a partir de los 9 años, es tratar cada emoción por separado, y pedirles que piensen en algún momento que se hayan sentido así, y que lo reflejen mediante un dibujo. Es muy curioso ver cómo se relaciona cada niño con sus emociones, y cómo hay algunas emociones que no consiguen reconocer en sí mismos. En estos casos se les puede preguntar si han visto a alguien sentirse así, y que describan esa situación.

Más adelante, quizá con 10 u 11 años, ellos mismos explicarán cómo se sintieron, qué hicieron en cada caso, y cómo les fue, buscando una solución alternativa en caso necesario.

De este modo, los niños aprenden a relacionarse con sus propias emociones y las de los demás de un modo sano, encontrando soluciones y caminos para relacionarse desde la comprensión, sin dejar de expresar aquello que necesitan.

Es por ello que creo que este trabajo es primordial, y que cuando consigamos relacionarnos con los demás de este modo, también seremos capaces de transformar la sociedad en la que vivimos en un mundo más consciente y feliz para todos.

Sara Justo Fernández
Formadora de maestros, especialista en pedagogía Waldorf.