El camino de la transformación personal

Hay momentos en la vida en que miramos a nuestro alrededor y ya no reconocemos lo que nos rodea. Y no es porque lo de fuera haya cambiado, sino porque hemos cambiado interiormente. Es como si todo lo conocido ya no encajase con la persona en la que nos hemos convertido. Nos hemos transformado profundamente y el exterior sigue igual, en el mismo sitio, con las mismas rutinas y paisajes de siempre.

Esto sucede cuando una experiencia de vida nos toca profundamente, cuando ocurre algo intenso que nos hace plantearnos qué es lo que queremos y quiénes somos realmente. Miramos hacia la vida con nuevos ojos y descubrimos otras sendas, otros caminos brillando a lo lejos.

Es necesaria mucha valentía para soltar lo que ya no nos hace bien, ver qué es lo que nos hace felices y rodearnos de ello. No quiero decir que apartemos todo lo que no es afín, sino que busquemos activamente aquello que nos hace vibrar, y la compañía de personas con las que sentimos que crecemos, con las que vemos que evolucionamos, que seguimos aprendiendo, que nos dan fuerzas o nos retan para avanzar en la vida.

Hay fuerzas opositoras, incluso dentro de nosotros mismos, que se resisten al cambio, a la evolución, al despertar de nuevas habilidades. Resistencias que impiden la acción, que retrasan el inicio de nuevos caminos y que se oponen a nuestra voluntad. Permanecemos en lo conocido, en lo que éramos, y cualquier novedad es vista como un enemigo de nuestra paz interior.

Pero a veces, la necesidad de ser coherente con nuestro interior, de derrumbar los muros de la rutina y los hábitos, de lo conocido, es tan grande que supera la resistencia y descubrimos mundos nuevos. Estos horizontes que vemos ante nosotros nos llaman con fuerza y empezamos a caminar hacia ellos, mientras nuestro pasado tira de nuestros pantalones para que no nos alejemos demasiado.

En estos momentos de cambio, posiblemente descubrimos que algunas personas cercanas no lo asumen y se oponen de forma inconsciente a nuestra evolución. Esto es mucho más difícil cuando se trata de seres muy queridos. La familia, los amigos de siempre, o incluso nuestra pareja. Y aquí llega la encrucijada, en la cual es necesario despertar todo el valor que poseemos para mirar con honestidad lo que está pasando.

No puedes ir hacia atrás pero parece que tampoco puedes ir hacia delante sin perder una parte importante de tu vida. Tienes que tomar una decisión, o dejas a un lado tu crecimiento y te conformas con lo de siempre, o muestras quién eres ahora con claridad y dejas que suceda lo que tenga que suceder.

Las personas que sigan a tu lado serán las justas. Serán aquellas a las que su propia evolución las lleve por caminos afines, o aquellas que sean capaces de acogerte tal y como eres ahora. Todas las que no sean capaces de aceptar tu nuevo ser se alejarán.

Si este proceso no se da y sigues rodeado de aquellos que no pueden ver, ni apoyar, ni respetar, tus cambios y tus nuevos valores, la duda reinará en tus días. Y necesitarás una voluntad de hierro para seguir tu camino.

El tema es, ¿hasta qué punto te puedes adaptar a los demás para mantener una relación? ¿Hasta que punto puedes dejar tu proceso de transformación a un lado para seguir siendo parte de algo que no te reconoce? Si lo miramos desde el punto de vista de la infancia, quizá es incluso más fácil de ver.

Voy a compartir una experiencia que tuve hace algunos años con las alumnas de mi clase. Es algo que suele suceder en mayor o menor medida llegados a esta edad, pero en este caso fue un proceso muy hermoso que nos puede ayudar a comprender mejor este tipo de situaciones.

Mi clase estaba formada por un grupo de niños que se conocían desde infantil. Las niñas iban juntas a todas partes, eran muy risueñas y disfrutaban de todo lo que hacían, inventándose mil juegos e historias. Pasó el tiempo y, cuando cumplieron 9 años, empezaron a darse cuenta de que querían jugar a cosas diferentes. Unas seguían con el juego imaginativo, de aventuras, hadas y monstruos. Otras preferían sentarse a charlar sobre chicos y otra quería jugar al baloncesto. Al principio todas cedieron al impulso de una de ellas y siguieron con los juegos imaginativos.

Al cabo de un mes empezaron a percibir que unas mandaban y otras cedían, empezaron las quejas y los desencuentros, pero siguieron juntas. Las que querían seguir con sus juegos imaginativos no entendían por qué las otras ya no querían. Lo sentían como una especie de traición, de abandono. Las que querían charlar se sentían obligadas a permanecer en un sitio que ya no era el suyo y además, sentían que las otras no las escuchaban. Y la que quería jugar al baloncesto se sentía rara porque ninguna otra chica quería hacerlo.

En este caso, todas tenían un dilema. Necesitaban cosas diferentes, pero su lealtad hacia el grupo, y el amor que se habían tenido todo este tiempo les impedía tomar una decisión distinta de las demás. No hacían más que pelear y al final pasaba el tiempo del recreo sin que hubiesen jugado a nada.

La relación empezó a resentirse. Se distanciaron. Y poco a poco, el grupo se diluyó, con mal ambiente, y se las veía separadas por el recreo sin jugar a nada, hablando de sus problemas entre ellas. Incluso criticando la elección de las otras, tildándolas de infantiles, o de creerse mayores, etc.

La situación era difícil. La diferencia dolía mucho, todas querían estar de acuerdo y querer lo mismo, continuar en el mismo sitio, pero su evolución las llevaba por caminos distintos a ritmos diferentes. Algunas incluso llegaron a decir que no querían crecer, que crecer es un rollo y solo trae problemas.

Con mucha serenidad hablamos sobre todo esto, reflexionamos sobre lo que había pasado y llegamos a la conclusión de que, cuando amamos verdaderamente a alguien, tenemos que aceptar que sea libre y que a veces elija hacer otras cosas, que quiera estar con otras personas y jugar a algo diferente. Que si nos aferramos a que alguien esté siempre con nosotras y le pedimos que deje a un lado lo que le gusta, se crea malestar y nadie se siente bien. Y que duele mucho que una amiga ya no quiera jugar contigo. Vimos también que es posible que llegue un momento en el que ya no te gustan las mismas cosas y eso no es culpa de nadie, no se puede controlar. Y que es posible que haya cosas que se compartan y otras que no. Y que lo único que funciona para seguir amando es el respeto, pues criticar la elección del otro empeora la situación.

Todas estas reflexiones fueron suyas, a lo largo del curso. Quien quería jugar al baloncesto, tuvo el valor de hacerlo, y otras niñas lo hicieron también. Quienes querían seguir jugando a hadas y monstruos lo hicieron, y a veces se les volvían a sumar otras niñas y otros niños. Quienes querían sentarse a charlar, también lo hicieron, y se pasaban el recreo felices, charlando de sus cosas. Un año después, todos los grupos habían cambiado, las relaciones entre ellas y ellos fluctuaban y, aunque a veces se daban situaciones dolorosas en las que se sentían solas o abandonadas, el nivel de comprensión y respeto que se alcanzó fue realmente grande. Mucho mayor que el que yo recuerdo de mi propia infancia.

Esta experiencia me hizo reflexionar sobre cómo los adultos afrontamos estas situaciones, y no siempre es con la entereza y la conciencia a la que llegaron este grupo de niñas. A veces nos dejamos llevar por el otro, por amor mal entendido, y dejamos de lado quienes somos realmente y lo que queremos hacer con nuestra vida. Como descubrieron mis alumnas, no sirve de nada permanecer en un lugar que ya no es el nuestro y frenar nuestra evolución. Esto solo puede traer tristeza y desconexión.

Si por miedo a la soledad no desarrollamos nuestro verdadero ser, estaremos siempre solos, echándonos de menos.

Pero si tenemos el valor de ser auténticos, descubriremos nuevas sendas y también nuevos compañeros con los que compartir el camino. Y así, en lugar de crear relaciones dependientes, crearemos relaciones basadas en la conciencia y el respeto, en las que cada uno puede ser quien realmente es, aportando toda su luz a la sociedad.

Sara Justo Fernández. Formadora de maestros. Especialista en pedagogía Waldorf.

La importancia de ser el cambio que necesitamos

A menudo observo lo complejas que son las relaciones entre las personas, tanto desde mis propias relaciones como desde mi trabajo como docente. Ese baile entre dar y recibir, entre ver y ser visto, entre amar y ser amado. Hay personas que dan mucho y les cuesta recibir. Otras se sienten cómodas recibiendo y les cuesta dar. Hay personas que necesitan ser vistas pero no lo expresan, y otras que se colocan en el centro del escenario sin ninguna dificultad. Personas que confían en los demás sin sombra de duda y otras que tienen grandes problemas para confiar incluso en sí mismas.

Estas actitudes que tomamos en relación al otro forman parte de nuestro ser, digamos que el germen de nuestros rasgos más característicos viene ya con nosotros al nacer. Algunos de ellos nos traerán muchas alegrías y otros serán fuente de conflicto en nuestra relación con los demás, creando situaciones que se repetirán a lo largo de nuestra vida hasta que podamos ver más allá y cambiar lo que sea necesario.

Si nos identificamos con un rasgo propio que nos trae dolor y nos aferramos a él pensando que somos eso, estaremos creando un gran obstáculo en nuestra capacidad para ser felices. Somos mucho más que ese rasgo y tenemos la habilidad infinita de cambiar y liberarnos, de ser quienes queramos ser.

Todas estas cualidades, combinadas con las experiencias que vamos teniendo en la vida, van conformando nuestra forma de ser. Será en la infancia y en el seno de la familia donde aprendamos a actuar para sentirnos seguros, queridos, protegidos y a salvo. Y también allí aprenderemos cómo percibir el mundo, siguiendo el ejemplo de nuestras figuras de referencia. Su esencia, su actitud ante la vida, sus creencias más arraigadas, tendrán un gran impacto en nuestro ser, grabándose de forma indeleble en las profundidades de nuestra psique, e influyendo nuestra forma de pensar y de sentir.

Es por ello imprescindible que los adultos trabajemos en nuestro desarrollo emocional. Somos la fuente de la que bebe la infancia, aquello que va a imitar y que va a llevar como guía en su interior. Sólo desde nuestro intento constante por llevar a la conciencia quiénes somos verdaderamente, podemos crear un espacio de presencia donde la infancia pueda a su vez crecer sana, desarrollando todo su potencial para ser feliz y aportar al mundo su luz.

Somos capaces de mirar hacia dentro y desentrañar qué estrategias elegimos de pequeños para sobrevivir y ya no nos sirven y qué nos hace vibrar de alegría, qué cosas nos entusiasman, en qué momentos perdemos el sentido del tiempo y nos enfrascamos con toda nuestra atención en algo. Lo sabemos, sólo tenemos que parar, observar y escuchar. Lo difícil viene después, pues, si estamos muy lejos de nuestra esencia, será preciso cambiar de rumbo. Es muy posible que necesitemos ayuda externa, alguien que nos pueda acompañar en esta nueva senda. Es también posible que conlleve una crisis, pero es el único camino para ser auténticos y sentirnos realmente bien en nuestra piel.

Todo este proceso nos hará ser más reales, y el solo hecho de intentarlo tendrá un efecto positivo e inmediato en quienes nos rodeen.

Para este desarrollo interior es especialmente importante ver de qué manera estamos contribuyendo a crear las situaciones conflictivas que encontramos y tomar la oportunidad para cambiar y crecer. Es preciso aprender a observarnos con objetividad y sin juicio, reconocer aquello que nos hace mal y transformarlo, en vez de mirar hacia fuera y buscar a los culpables en el exterior.

Es algo que, como adultos, podemos transmitir a la infancia a través de nuestro intento. Sólo con poner la atención y la voluntad en ello es suficiente. Si poco a poco soy capaz de frenar la queja, de cambiar mi percepción del mundo como enemigo, de la sociedad como causante de mis males, del vecino como invasor de mi paz, y empiezo a mirar hacia dentro y a actuar de otra manera, a buscar qué puedo hacer yo para que esta situación se convierta en una oportunidad en vez de ser un obstáculo, estoy regalando a la infancia que me rodea un tesoro, el tesoro de ser capaz de tomar el mando de mi propia vida y hacer lo que esté en mi mano para darle la vuelta a la tortilla.

Siento que el único modo real de hacer que nuestra vida mejore es cambiar nosotros mismos. Descubrir quiénes somos, qué nos hace bien y qué nos hace mal, qué consecuencias tienen nuestras acciones en el mundo, en las personas, y elegir cómo queremos actuar y hacia dónde queremos dirigirnos… Ésta es la verdadera libertad.

Esperar a que cambien los demás es una actitud estéril, que desgasta y llena de frustración al más paciente. Esperar a que cambie el mundo, o a que la gente piense como nosotros para hacer algo, consigue que nuestro entusiasmo se apague y se mustie como una flor que espera a la primavera en un jarrón.

Necesitamos escuchar, sentir, entrar en acción, hacer nuestra parte, vivir desde la coherencia y empezar a cambiar desde dentro. Así la infancia, al percibirlo, tendrá la posibilidad de vivir en la libertad que nos ofrece esta perspectiva ante la vida.

Y quizá poco a poco empecemos a ser una sociedad más consciente y feliz.

Sara Justo Fernández. Formadora de maestros. Especialista en pedagogía Waldorf.

Cómo paliar los efectos de la cuarentena en nuestra salud mental

Estos días de retiro me hacen reflexionar sobre las relaciones humanas y cómo podemos mejorarlas, llevando conciencia y comprensión a cada una de nuestras interacciones.

Es mi intención compartir con vosotros, a través de mis artículos, un camino lo más práctico posible para crear un ambiente en el hogar en el que todos podamos sentirnos bien. Espero que os pueda servir.

En el primer texto que escribí aportaba un punto de vista positivo sobre la situación, en el que hablaba de que el hecho de centrarnos en lo que podemos aprender, nos ayudaría a hacer un buen uso de este tiempo. En el segundo proponía recursos a las familias para poder mejorar la convivencia en el hogar, en estas inusuales condiciones.

Hoy, cuatro semanas después de que se iniciara la cuarentena, quiero escribir sobre el lado oscuro. Aunque es vital centrarse en lo positivo de la situación, es preciso conocer el efecto que tiene este retiro sobre nuestra salud mental, para poder ocuparse de ello y salir fortalecidos de la experiencia. Hablar sobre esto es una manera de sentirnos comprendidos, viendo que estamos acompañados y que a todos nos afecta profundamente.

Una de las cosas necesarias para nuestro bienestar emocional es la vida social, el intercambio con otras personas, las vivencias compartidas. A través de nuestras relaciones, aprendemos, evolucionamos, creamos conexiones neuronales, se nos ocurren nuevas ideas, descubrimos problemas por resolver y nos activamos para encontrar respuestas.

Cuando la vida social se reduce al hogar o es incluso inexistente durante tanto tiempo, llega un momento en que todos los estímulos son los mismos, es como estar en un bucle en el que es difícil que se produzca algo nuevo. No hay nada externo que anime nuestra vida familiar, un trabajo, un viaje, un concierto, y todo se vuelve repetitivo y plano. Las emociones están a flor de piel y nos puede invadir la tristeza, la melancolía, la desgana, el enfado. Hasta se nos pueden olvidar los nombres de algunas personas conocidas o sentir cierta desorientación.

Es el efecto de la privación de estímulo social sumado a la falta de movimiento físico.

Si somos personas con mucho mundo interior, es posible que no nos demos cuenta de la inanición anímica que sufrimos. Seguimos inmersos en nuestros quehaceres hasta que la falta de contacto real con la vida exterior llama a nuestra puerta y nos damos cuenta de nuestro estado de desconexión.

Cuando no estamos conectados con nosotros mismos, no podemos relacionarnos con los demás de forma sana. Y esta experiencia de cuarentena, en la que muchos hemos perdido nuestras relaciones sociales e incluso nuestro trabajo, es una prueba difícil en la que se puede confundir la desorientación personal con el desamor. Y podemos proyectar nuestro malestar interior en el otro, sin darnos cuenta de que esto no hace más que empeorar la situación.

La vida con un estímulo social reducido, incluso en las situaciones de pareja bien avenida sin presión económica o familiar, suele acabar siendo anodina. Y podemos incluso pensar que hay falta de amor, cuando lo que hay es falta de propósito, necesidad de sentirnos útiles en relación con el mundo, con la sociedad, con nosotros mismos. Y esa sensación puede llevarnos al criticismo, haciendo de un paraíso un pequeño infierno.

También es muy probable que, al sentirnos invadidos por la melancolía, la tristeza o el enfado, en vez de escucharlo y poner remedio, achaquemos nuestro malestar a lo mal que lo están haciendo los políticos, los vecinos, los otros países o incluso los científicos, elaborando complejas teorías sobre quién es el culpable de todo esto, instalándonos en la queja y en la crítica destructiva.

Se podría pensar que, con el aumento de la vida social via online, nuestras relaciones siguen intactas. Pero con el paso del tiempo, nos damos cuenta de que relacionarse a través de una pantalla es una copia endeble de la realidad. A mi me produce una sensación de irrealidad, de lejanía. Es como si todo estuviera sucediendo a un nivel mental, pero no a un nivel físico y anímico. Digamos que la realidad virtual me deja con una sensación de añoranza casi mayor que la distancia real. Disfruto más al encontarme con las personas queridas en mis sueños que en los zooms y las video conferencias. Si es un buen sueño, claro.

Con esto no quiero decir que esta manera de relacionarse no tengan un valor. Al menos tenemos la sensación de no perder el contacto con esas personas que tanto queremos; el hecho de vernos tras el cristal hace que revivamos la sensación de estar realmente con esas personas, y esto es necesario. Pero de ningún modo suficiente. Y, reflexionando sobre ello, pienso que quizá esta situación nos ayude a ver que una llamada nunca puede sustituir a un café con alguien. Y que, cuando esto termine, necesitaremos revolucionar nuestra vida para hacer tiempo a esos encuentros de calidad con las personas que amamos. O incluso con las que no sabemos que amamos todavía.

Y mientras tanto… ¿qué podemos hacer para paliar el efecto negativo de este aislamiento en nuestra salud mental?

La respuesta es crear experiencias nuevas, significativas, vivencias que podamos compartir, que nos saquen de la mente, que nos conecten con la presencia real, aquí y ahora. Inventarnos juegos, sesiones de baile que nos produzcan risa, que nos hagan sonreir y conectar con el otro de forma nueva. Cosas que no hayamos hecho nunca. Si puede ser sin una pantalla de por medio mejor.

Si no compartes tu espacio con nadie, puedes buscar la conexión social por otros medios, sonríe tras tu mascarilla al cajero del supermercado, saluda a la vecina desconocida cuando te la cruces, escribe cartas de agradecimiento a esas personas que son importantes en tu vida. Encuentra el modo de seguir conectado con el mundo.

Podemos revolucionar nuestro hogar, hacer una macro limpieza y sacar todo fuera, deshaciéndonos de lo que ya no necesitamos. Organizar y limpiar el espacio que habitamos es ocuparnos también de nuestra salud, de nuestro bienestar.

Podemos también aprender a cocinar o mejorar nuestro repertorio. Es una de las habilidades más útiles y satisfactorias que existe, te conecta con todos tus sentidos e implica que estés completamente presente, a riesgo de quemar la comida.

Podemos nutrir nuestra necesidad de crear por medio de actividades artísticas, que nos ayuden a observar con otros ojos el entorno y el interior, en busca de la belleza. Una de mis herramientas favoritas para salir del bucle mental es dibujar lo que tengo delante. Observar los colores, las sombras, los tamaños, las distancias e intentar representarlo. Si es una planta o un árbol mucho mejor, el hecho de que sea un ser vivo te hace vincularte y te nutre profundamente. Da igual que creas que no sabes dibujar, pues la esencia de esta vivencia no está en el resultado si no en el proceso. Haced la prueba, es una experiencia especial.

También hay que poner atención en descansar, pues hay cierta tendencia a un exceso de actividad y no se trata de estresarse, sino de mantenerse activos y presentes.

Y ya para concluir… No olvidéis apagar la televisión. Liberaos de toda esa información que siembra miedo e incertidumbre, que nutre la inseguridad y el pánico, que nos hace sentir impotentes y desconfiar del vecino. Elegid vuestras fuentes de información y consultadlas una vez al día, no es necesario más. Y, por supuesto, proteged a los pequeños de la casa de toda esta avalancha de noticias, que además suelen centrarse en lo escabroso y repetirlo hasta la saciedad.

Si conseguimos descubrir qué es lo que nos hace bien y aprendemos a conocernos mejor, a estar serenos, aceptando la situación y buscando nuestras estrategias para seguir conectados, podremos salir de esto renovados y con fuerzas para cambiar lo que sea necesario, que es mucho.

Ánimo.

Sigue disponible la guía sobre cómo acompañar a la infancia de forma consciente y feliz. Sólo tienes que sucribirte al blog, que es totalmente gratuito, y podrás acceder a ella con el email de confirmación. Aquí te dejo el botón para que puedas ser parte de Educando en libertad.

Sara Justo Fernández. Formadora de maestros. Especialista en pedagogía Waldorf

El lado positivo de la situación

Lo primero que salta a la mente en una situación de emergencia sanitaria y social como la que estamos viviendo es lo negativo, las probabilidades que tenemos de pasarlo mal, de enfermar, de contagiar a otros, de que haya escasez de alimentos, de carencia de servicios, de hundimiento de la economía…un sinfín de problemas graves y muchos de ellos totalmente reales que nos paralizan o nos llevan al pánico y al caos más absoluto. Queremos escapar de la situación, alejarnos, y lo hacemos incluso pretendiendo que no pasa nada y yéndonos a la playa en plan vacacional, negando la realidad. O bien corremos al supermercado a vaciar sus estantes, con la angustia de la carestía, probablemente heredada de un pasado no tan lejano.

Nuestro cerebro reacciona con afán de supervivencia y, hasta que no pasa cierto tiempo, no somos capaces de ver nada más que nuestra propia necesidad, el peligro al que estamos expuestos y los inconvenientes que nos pueda causar la situación.

Y, sin embargo, cuando aquietas un momento todos esos pensamientos, cuando miras por la ventana y ves cómo brilla el sol, cómo cantan los pájaros, cómo están brotando las hojas en los árboles de tu calle, cada día más verdes y frondosos, aparece otro tipo de conciencia.

De repente te das cuenta de que esta situación ha hecho que la industria frene de golpe, cosa que no ha conseguido toda la alarma y el intento de concienciación ante el cambio climático, por mucho que nos hemos esforzado. La contaminación en China y muchos otros países, aunque sea momentáneamente, se ha reducido de forma drástica, tanto por la industria como por la minimización de los desplazamientos, dando lugar a una necesaria mejora de la calidad del aire que respiramos.

Te das cuenta de que, uno de los problemas más graves que hay en nuestra sociedad, que es el estrés y esta vida de locos en la que no tenemos tiempo ni para dar atención de calidad a nuestra familia, en la que la infancia corre de acá para allá, de una actividad extraescolar a otra, sin tiempo para jugar, o bajo el cuidado de otras personas durante largas horas, de repente se invierte, y tenemos a familias enteras reunidas en casa, aprendiendo a pasar tiempo juntos, redescubriendo juegos de su infancia, maneras de disfrutar, conviviendo y repartiendo las tareas, responsabilizándose a partes iguales de lo necesario.

Te das cuenta de que el teletrabajo, en muchos casos, es posible, y también otra manera de organizarnos que aporte mayor conciliación entre la vida laboral y la familiar, que permita que podamos vivir en áreas rurales, descongestionando las ciudades y reduciendo la contaminación producida por los desplazamientos diarios.

Y también te das cuenta de qué es lo verdaderamente necesario, cuáles son los productos de primera necesidad, cómo se sienten las personas que viven en países donde la incertidumbre sobre si tendrán acceso a alimentos es el pan de cada día.

Y cómo muchas veces nos encerramos en casa o en el trabajo por elección, presos de las redes sociales, de la televisión, del ordenador, de tareas interminables, en vez de disfrutar de un paseo por el campo o de un café con alguien amado.

Y sí, desgraciadamente, esta situación supondrá una gran crisis económica para muchos países, para muchas personas. Es inevitable, pero, como dice un buen amigo, hay que abrazar lo inevitable, hacerlo nuestro y transformar lo que sea posible en nosotros para seguir adelante y salir fortalecidos de esta experiencia.

A veces necesitamos perder lo que tenemos para darnos cuenta de qué es lo verdaderamente importante.

Si esta situación nos ayuda a reflexionar, a pasar tiempo de calidad con nuestra familia o con nosotros mismos, a darnos cuenta de que podemos vivir con mucho menos, a valorar salir a la calle y poder reunirte con otras personas, a comprender el sentir cotidiano de otros pueblos que no tienen nuestros privilegios, a descubrir qué es lo verdaderamente esencial y cómo preservarlo…habremos ganado mucho.

Y si además aprovechamos esta pausa para dedicarnos a cosas que nos hacen bien, para cocinar y comer sano, meditar, hacer yoga, cantar, escribir, poner en orden nuestras vidas, limpiar nuestra bandeja de correo electrónico, aprender un nuevo idioma, rescatar todo aquello que hemos dejado en el cajón de las cosas para las que no tenemos tiempo…entonces habremos ganado más todavía.

Ánimo.

Sara Justo Fernández. Formadora de maestros. Especialista en pedagogía Waldorf