La clave del aprendizaje y del cambio interior

Para poder descubrir qué es lo que facilita el aprendizaje y el cambio interior, primero necesitamos saber qué es lo que dificulta que estemos dispuestos a transformarnos y evolucionar.

En la infancia, la disposición hacia el aprendizaje es innata. Es algo que viene dado de forma natural, pues si un bebé no estuviese totalmente orientado hacia la evolución, no podría sobrevivir. Hay muy pocas situaciones en las que se inhibe esta disposición natural: la más común es cuando nos sentimos atacados por el ambiente. Cuando esto sucede, levantamos barreras que intentan no dejar pasar nada del exterior, ni siquiera aquello que nos puede nutrir. Entramos en modo protección y nos hacemos impermeables a lo que viene de fuera.

Por este motivo, es muy difícil intentar convencer a alguien de algo con una crítica o con un juicio sobre su acción. Esto hace saltar las alarmas y lo coloca en modo defensa: le lleva a negar cualquier cosa que digamos, y dificulta que pueda asumir lo que sea que queremos aportar en ese momento.

Se puede ver claramente cuando alguien nos da un consejo; según cómo lo haga, lo aceptaremos o lo rechazaremos. Lo que hace que yo esté receptiva o no al mensaje es la forma en que éste me llega y también el vínculo que tenga con esa persona. Si siento que soy criticada y desvalorizada, será más difícil que asuma un cambio sin que haya una herida en mi autoestima.

Según la fortaleza interior que tenga, reaccionaré atacando, defendiéndome o hundiéndome en mi sensación de no ser suficiente. Pero probablemente no seré capaz de realizar ese cambio que se me está mostrando. Sólo aquellas personas que han realizado un gran trabajo interior y que se aman tal como son, con total confianza en sí mismas, son capaces de obviar la crítica y percibir el aprendizaje que porta el mensaje.

La mayoría de las personas todavía no estamos ahí, y la crítica hará saltar el resorte de la defensa que nos impide acoger lo que viene de fuera cuando viene en forma de flecha. Quizá días después seamos capaces de recordar la situación y, ya sin las defensas a flor de piel, entendamos mejor qué es lo que el otro quería señalar, y qué es lo que podemos aprender de esa situación. Pero incluso esto puede no darse en algunas situaciones.

Por este motivo, es especialmente importante aprender a expresarnos de forma que nuestros comentarios no sean una flecha. No es necesario desvalorizar al otro, ni criticar, ni juzgar para ofrecer herramientas que puedan servirle. Basta con expresar de forma objetiva aquello que el otro está haciendo, indagar qué necesidad está intentando cubrir, qué busca con esa acción, y reflexionar juntos sobre si está consiguiendo lo que necesita. La respuesta suele ser que no. Desde ahí es mucho más fácil ofrecer nuevos caminos, porque el otro se da cuenta por sí mismo de lo que no funciona y puede probar otras opciones para conseguir lo que quiere.

Por ejemplo, si yo veo que mi hija intenta hacer amigos mostrando lo estupenda que es en todo y diciendo cosas negativas sobre los demás, en vez de decirle algo así como: “Hija, es que eres muy prepotente y por eso los demás no quieren ser amigos tuyos”, puedes acompañarla con una conversación en la que se dé cuenta de que lo que realmente quiere es tener amigos, y que, de ese modo, no lo está consiguiendo. Y, llegados a ese punto, seguramente es ella misma quien encuentra una nueva forma de relacionarse con los demás.

En el primer caso, la palabra “prepotente” hace que identifiquemos la acción con la persona, y esto es un juicio de valor que omite el resto de cualidades hermosas y positivas que tiene. La coloca en un sitio de desvalorización, de carencia, y además no le ofrece ninguna solución, sólo expresa el problema. Esto duele mucho, pues además de sentir que no tiene amigos, percibe el juicio en el adulto. Su autoestima baja y necesitará más que nunca mostrar lo estupenda que es, reforzando el problema inicial. Incluso si el adulto no dice nada pero piensa de este modo, una sola mirada reprobadora o incluso pasar por alto la actitud de la pequeña por no saber cómo actuar, puede tener el mismo efecto.

En el segundo caso, no se juzga si la acción es buena o mala per se, ni si la niña es de un modo u otro. A través de la conversación objetiva, ella misma se da cuenta de que su acción no le funciona, incluso puede llegar a entender cómo se siente el otro cuando ella actúa de ese modo y por qué se aleja en lugar de acercarse. Esto hace que pueda elegir otras opciones para conseguir lo que necesita. En este caso, nadie pone en tela de juicio su esencia y es ella quien encuentra la solución.

Para conseguir actuar de este modo, es imprescindible que dejemos de considerar las acciones de los niños como buenas o malas, que hagamos un trabajo profundo sobre las cosas que nos afectan, lo que nos hace reaccionar con un juicio de valor, y que seamos capaces de darnos cuenta de que estamos reaccionando desde una herida personal. Sólo así podremos ayudarles en su proceso, desterrando el juicio y llegando al origen de las heridas, que son las necesidades no satisfechas. Esto es un camino que lleva atención, tiempo y mucho amor y que describiré con detalle en el nuevo libro que estoy escribiendo.

Como educadores y padres tenemos que ver cuál es la mejor manera de llegar a nuestros hijos y alumnos y cómo podemos ayudarles a ver todo lo bueno que hay en su interior. Esto se hace reconociendo sus cualidades y facilitando que perciban qué necesitan y cómo pueden conseguirlo de la mejor manera.

Por otro lado es importante también que, cuando recibimos un consejo en forma crítica, aprendamos a desentrañar su significado sin que nos dañe, desarrollando la capacidad de leer entre líneas para no tener que levantar barreras ni entrar en modo protección. Esto se consigue trabajando profundamente nuestra autoestima, amando quiénes somos y confiando en que todo lo que nos llega es un mensaje que nos puede servir para crecer. Es una actitud que podemos cultivar, permanecer abiertos escuchando con atención la esencia del mensaje y no su forma. Esta actitud hace que pueda considerar de forma objetiva si lo que llega de fuera es beneficioso para mí o no, y que decida qué es lo que acojo en mi interior y qué es lo que dejo pasar de largo, sin sentirme afectada en lo más mínimo.

Es muy importante acompañar a la infancia en el desarrollo de esta actitud. Marshall Rosenberg, el creador de la comunicación no violenta, cuenta una anécdota que le sucedió a su hijo cuando fue al colegio por primera vez. El niño llevaba el pelo largo y su maestro todos los días le decía que parecía una niña y que los niños no llevan el pelo largo. El pequeño lo comentó en casa y su padre le preguntó cómo había respondido. Su respuesta fue más o menos la siguiente: “No le he dicho nada, creo que se siente mal porque él no tiene pelo”. Es decir, en vez de tomárselo como una crítica, fue capaz de percibir que el problema en realidad no era suyo, sino del otro. Y no le dio más importancia. Es una de las reacciones más compasivas y a la vez emocionalmente inteligentes que he escuchado nunca.

Si somos capaces de acompañar a la infancia expresándonos desde el amor y no desde la crítica, y enseñándoles a recibir de los demás la parte del mensaje que puede ser de utilidad, desechando las formas inadecuadas y comprendiendo la necesidad del otro, crearemos un espacio de serenidad y comprensión en el que el aprendizaje fluirá con gran facilidad.

Y además, conseguiremos crear una sociedad mucho más compasiva y feliz. La clave está en desarrollar estas cualidades en nuestro interior, para poder así ser más felices y transmitir un ejemplo a seguir.

Sara Justo Fernández. Formadora de maestros. Especialista en pedagogía Waldorf.

Autora del libro «Crecer para educar«

El efecto de la atención dividida y cómo recuperar la presencia

De un tiempo a esta parte, tengo la sensación de que nos cuesta más estar presentes. Lo veo en la parada del autobús, en el supermercado, por la acera. Es como si cada uno estuviera encerrado en su propio mundo y no pudiera percibir a la persona que está en frente. Es una especie de distracción general; nuestra mente está en otro sitio, navegamos por la vida yendo de un pensamiento a otro, sin recordar apenas lo que acabamos de pensar, estamos tan absortos en esta manera automática de vivir que no percibimos lo que hay a nuestro alrededor.

Cada vez es más difícil concentrarse y prestar atención plena y continua a una sola cosa. Bombardeados por estímulos constantes que interrumpen lo que hacemos, nos hemos acostumbrado a que una llamada o un mensaje desvíe nuestra atención hacia otro lugar u otra persona. Una mirada al móvil en medio de una conversación y nuestra mente viaja hacia un universo paralelo. Cuántas veces entramos en internet para buscar algo o realizar una acción concreta y acabamos absorbidos por la vorágine de información de la red. Es como si fuera casi imposible llevar un pensamiento hasta el final, conseguir realizar una acción completamente sin que algo aparezca y nos distraiga. La velocidad con que todo se mueve, el estrés que supone sentir que todo va más rápido y que hay que estar al día, nos acelera, nos saca de nuestro centro y hace que nuestra atención intente estar en el pasado, en el presente y en el futuro al mismo tiempo. Y eso es imposible.

Creemos que podemos hacer varias cosas a la vez, pero la verdad es que las hacemos por turnos y de forma interrumpida. Vamos de la una a la otra sin concentrarnos realmente en ninguna, sin estar totalmente presentes. Y esta es la razón por la cual olvidamos las cosas, no recordamos lo que vivimos porque no estamos allí.

Cuando nos entregamos a algo, nuestra atención está plenamente en ello, y conseguimos llevar la conciencia a ese momento, a esa acción. La mente está completamente ocupada con esa labor. Y esto deja un recuerdo imborrable. Podemos incluso rememorar la emoción que sentimos, los aromas, las sensaciones físicas, el paisaje, la música de fondo. Esto es vivir plenamente.

Necesitamos recuperar esos momentos libres de interrupciones, en los que nos dedicamos con presencia a algo. Desterrar el móvil a un lugar recóndito donde no pueda tentarnos con sus llamadas de atención. Dedicar unos minutos a parar, respirar conscientemente, sentir cómo nuestros pulmones toman aire y cómo se relaja el cuerpo al exhalar. Apreciar la suavidad de una caricia, de nuestra propia piel. Sentir el calor, el frío. Mirar a los ojos a una persona amada y percibir su presencia, su emoción. Hacer un hueco en nuestra agenda para asomar la cabeza por la ventana a la hora del atardecer, y mirar al cielo. Caminar en la naturaleza en silencio, en compañía o en soledad, pero sin el móvil. Volver a ser conscientes de nuestros pensamientos, ver cómo corren de forma automática y traerlos de regreso a donde estemos. Es una cuestión de práctica y de intención.

Esto es especialmente importante para la infancia que nos rodea. Está hambrienta de nuestra atención plena, de una mirada consciente y real. Necesita sentir nuestra presencia para poder crecer sin carencias, para desarrollar la autoestima y la empatía, para entender qué significan las relaciones humanas. Y nosotros también.

Ojalá estas palabras transmitan cuánto bien haría esta toma de conciencia, esta vuelta al origen, a uno mismo y al reconocimiento del otro.

Ojalá sea uno de los propósitos de año nuevo que consigamos poner en práctica.

Sara Justo Fernández. Formadora de maestros. Especialista en pedagogía Waldorf.

Autora del libro «Crecer para educar«