Iniciando nuevas andaduras

Queridos amigos,

Os escribo desde mi nueva página web. Ha sido un proceso que ha durado varios días, en el que me he sumergido en el mundo de wordpress y sólo sacaba la cabeza para tomar aire. Qué curioso es cuando algo te toma de tal forma que se te olvida hasta comer… El caso es que mis hadas madrinas me advirtieron de que esto pasaría, pero aun así, no deja de maravillarme.

Como en casi todo en la vida, pero en esto más aun, soy una aprendiz, y es más que probable que la web esté llena de desaguisados. Espero que, por lo menos sean cosas simpáticas y me las podáis perdonar. En cualquier caso, acogeré vuestro feedback con las manos abiertas, y si es con posibles soluciones, mejor aun.

Ha sido divertido, y lo será más aun cuando lo entienda mejor.

Por ahora, he trasladado todo el contenido de mi antiguo blog, y en breve subiré también todo tipo de material pedagógico que os pueda ayudar en vuestro día a día.

La web es bastante sencilla, hay varios apartados que podéis ver en la parte superior de la página principal. Desde allí podéis acceder a distintos contenidos: una biografía que intentaba ser breve pero no lo fue, la página del blog donde podéis encontrar todos los artículos que he escrito hasta ahora, una página de recursos donde iré colocando todo aquello que os pueda servir, una reseña de los libros que están en proceso de ser publicados y, por último, la página de contacto con currículum incluido.

Apuntaos! Suscribíos! Es gratuito, y he puesto un montón de botones para que lo podáis hacer con facilidad 🙂 Así seréis parte de mi maillist y no os perderéis nada, podréis estar al día del nuevo material y, de paso, sabréis de mis andanzas.

No puedo terminar sin agradecer todas las ayudas que me están llegando estos días… Ellos saben quienes son, y sé que lo que más ilusión les va a hacer es que yo haga lo mismo llegado el momento. Gracias de corazón.

Y como estoy muy contenta, voy a acompañar esta entrada con una foto mía en la playa, para recordar que el calorcito sigue existiendo. Y también, cómo no, con un botoncito para que os suscribáis. Besos grandes!

Os dejo con el botón 😉

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Sara Justo Fernández. Formadora de maestros. Especialista en pedagogía Waldorf.

En qué consiste ser maestro

Hace unos días tuve un momento de iluminación; observaba a mis alumnos mientras dibujaban en sus cuadernos una figura geométrica que había en la pizarra. Y me di cuenta de que varios niños, que unos meses antes no eran capaces de reproducir la forma por si mismos, ese día sí que lo conseguían.


Y entonces pensé que yo no había intervenido de forma directa en ese aprendizaje, no les había dado indicación ni técnica alguna. Lo habían conseguido por si mismos, a través de la práctica y su propio proceso interior. Me maravillé al pensar lo hermoso que es ver cómo el ser humano aprende sin más, en el momento preciso en que está preparado para ello.


Y empecé a recordar otras experiencias, por ejemplo, explicando matemáticas. Hay niños que tienen un ¡eureka! casi instantáneo, sin necesidad de explicación alguna. Hay otros que no, y mientras tú como maestro estás buscando un modo distinto de explicar algo, ellos están en su interior, intentando entender a través de sus propios razonamientos, aquello que están percibiendo. Es más, incluso cuando encontramos otras maneras de explicar lo mismo, si no es su momento, no sucederá absolutamente nada. Y, sin embargo, un mes después, con la más simple de las explicaciones, o sin más, de forma repentina, lo van a entender y lo van a hacer suyo.


En otra ocasión, explicando el minimo común múltiplo, eran ellos, mis alumnos, los que daban definiciones de lo que podía ser aquello. Y entre todos, consiguieron explicar qué era y para qué se utilizaba. Esto ya en sí mismo es impresionante, pero lo que verdaderamente me dejó boquiabierta fue cuando pregunté si podían imaginar qué sería el máximo común divisor y una alumna me contestó con la definición exacta y también explicó, deduciéndolo del concepto anterior, la forma de hallarlo.


Y pensando sobre todo esto llegué a la siguiente conclusión; no se puede “enseñar” matemáticas, en realidad, aún estoy reflexionando sobre si se puede enseñar ninguna materia en absoluto…


¿Y entonces? ¿En qué consiste ser profesor? ¿Qué significa ser maestro? Y la respuesta que me llega es aquel que presenta nuevas situaciones, nuevas experiencias, aquel que va encendiendo el fuego de la pregunta, de la curiosidad, aquel que va abriendo ventanas y puertas por las que se ven infinitas opciones que pueden ser exploradas…. y sobre todo, aquel que consigue mantener intacta la inocencia infantil, las ganas de investigar el mundo, y que no mata con el mayor de los tedios, la reprobación y la repetición de conceptos lejanos, ese espíritu de búsqueda que vive en el corazón de los niños.


Y esa persona amable y cercana que te acompaña, con la que te sientes a gusto, y que confía en que eres capaz de conseguir todo lo que te propones.

Casi nada…

Sara Justo Fernández. Formadora de maestros. Especialista en pedagogía Waldorf.

Desempolvando estrellas

Cuando era pequeña y me preguntaban qué quería ser de mayor, yo respondía: “Enfermera, peluquera, cocinera, Teresa Rabal y Guillermo el travieso”…

De todo aquello me ha quedado una gran afición por las plantas medicinales, la alegría de invitar a mis amigos a cenar a casa, removiendo en el caldero cualquier plato exótico, mi faceta de cantante de bluegrass y copla (esto último es un secreto) y la gran travesura de ser una maestra poco convencional… Lo de la peluquería lo voy a dejar para otra vida, me parece.

Esta mezcla que somos todos, estas ideas, sueños y proyectos que tenemos de niños, son el tesoro más preciado que existe, es la guía interior que nos recuerda para qué hemos venido aquí y qué nos hace realmente felices… Y, sin embargo, a menudo muere a manos de los adultos, que nos enseñan qué es lo verdaderamente “útil”, qué es lo que nos hará ganar el pan de cada día, qué es lo que nos hará triunfar en la sociedad y alejar la pobreza y el sufrimiento… Y así nos convertimos en adultos desconectados, que no vibramos con nuestra propia vida, que esperamos el viernes como agua de mayo, y el verano como única salvación del tedio de nuestras vidas, la pareja como aquel que se ocupará de nuestra felicidad y la jubilación como un Edén en el que aburrirnos como ostras con un mojito en la mano.

Y por ello, desde aquí, me gustaría poder transmitir la importancia de preservar la conexión con nosotros mismos, el cuidado que la educación debe tener para acrecentar esta escucha interior y el descubrir de nuestros dones, de lo que nos hace felices, de lo que podemos aportar a la sociedad de forma genuina.

Es mi intención más profunda compartir con vosotros, padres, madres, maestros, abuelos y gentes del mundo un modo diferente de enfocar la educación, donde cada uno encuentre quién es y desde allí brille con su luz más potente, alumbrando un mundo más hermoso… Y para poder ayudar a nuestros niños y niñas en este proceso, antes tenemos la misión de descubrirnos a nosotros mismos y empezar a ser quienes somos. Empezar a ser, a estar presentes y a ser conscientes del vasto potencial que todos llevamos dentro, y acompañar a las estrellas que llegan a nuestras vidas a quitarse el polvo del camino.

Así sea.

Y aunque esto suene muy poético y nebuloso, espero poder acompañaros con descripciones claras y concisas, con maneras prácticas y lógicas de mirar a los niños con amor, que también significa poner límites y enseñar que la libertad de cada uno termina donde empieza la del otro.

Mil gracias por vuestro apoyo, vuestro cariño, vuestra escucha y comprensión.

Espero que os guste y que os sirva.

Sara Justo Fernández. Formadora de maestros. Especialista en pedagogía Waldorf.

Cómo nos relacionamos con la autoridad (continuación).

En el artículo precedente hablaba sobre cómo generar una autoridad sana en nuestro acompañamiento a la infancia, describiendo qué actitudes podemos desarrollar para conseguirlo.

Hoy quiero profundizar en nuestra relación con el concepto de autoridad y cómo se ha ido formando según las experiencias que hemos vivido al respecto. Es imprescindible revisar este punto si queremos entender por qué nos resulta difícil poner límites, pues por mucho que practiquemos las actitudes que mencionaba, si no creemos en lo que estamos haciendo, no va a funcionar.

Son muchas las vivencias que cargamos de nuestra infancia, y parte de ellas están relacionadas con cómo nuestros padres y maestros ejercían su papel. Según la generación y el contexto social de cada uno, hemos experimentado un modelo parental distinto, que puede ir desde el autoritarismo a la falta de normas o la indiferencia, pasando por ambientes más complejos que alternan ambos extremos.

Sin ser del todo conscientes, actuamos rebelándonos o perpetuando aquello que hemos vivido en la infancia, negándonos a actuar como hicieron nuestros padres o repitiendo exactamente lo mismo. Ellos fueron nuestra primera autoridad y dejaron una huella profunda muy difícil de borrar.

Cuando la experiencia vivida es negativa, o incluso traumática, desarrollamos una aversión a la autoridad que podemos incluso trasladar a figuras sociales, por ejemplo a nuestro jefe o jefa, y es posible que decidamos no tener hijos o trabajar por cuenta propia para no tener que colocarnos de nuevo en una relación de autoridad.

Y esto se agrava si salimos de nuestro microcosmos, el círculo familiar, y observamos el papel y las consecuencias del autoritarismo en la sociedad durante el siglo pasado. Es muy posible que vivan en nosotros y en los niños algunas heridas del inconsciente colectivo. El poder, la autoridad y la falta de conciencia, unidos en manos de intereses egoístas, han hecho mucho daño a lo largo de la historia de la humanidad.

El malestar asociado al concepto de autoridad y obediencia es tan grande, que algunos de nosotros, incluso de forma inconsciente, nos rebelamos ante la tarea de guiar a otro ser humano. Las heridas son tan profundas, que no queremos utilizar la autoridad, ni tener nada que ver en que los niños nos obedezcan y pierdan su sentido de la responsabilidad. Tenemos miedo de influir en su moral y educar a personas que no cuestionan las órdenes del otro. Queremos que sean capaces de decidir por sí mismos y de rebelarse cuando consideren que algo no es correcto.

Y es posible que también los niños de hoy en día, que nadan en ese inconsciente colectivo, se rebelen ante nuestro pasado histórico y tengan mayor resistencia a seguir instrucciones cuando no comprenden el por qué de estas decisiones, o cuando no tienen un vínculo de confianza con el adulto que representa esa autoridad.

El conflicto viene cuando todo esto nos paraliza y nos impide ver la necesidad que tienen los niños de un marco donde sentirse seguros, de un adulto que ya ha cruzado los mares y conoce la ruta a seguir, hasta llegar a buen puerto. Y veo cada día personas amables y bondadosas, cuya intención es realmente acompañar a los niños en su desarrollo desde el amor, sufrir con el tema de los límites, dudar a la hora de sentar unas normas de convivencia y hacer que se respeten, incluso permitir que haya faltas de respeto hacia si mismos. Y niños que, perdidos en esa falta de límites, van como pollo sin cabeza, sin guía ni mapa para desarrollarse, a la deriva en su mar de emociones, sin saber hacia dónde ir, y, lo más importante, sin saber que su libertad termina donde empieza la del otro.

De hecho, es la propia falta de límites en la infancia la que crea personas que no son capaces de empatizar con el otro, que solo se ven a sí mismos y sus necesidades, pues no han aprendido que los demás también tienen derechos, empezando por sus padres y sus maestros.

Enseñar a los niños a cuestionar la autoridad es algo necesario a cierta edad, pero primero necesitan aprender a escuchar, respetar y confiar en los adultos que verdaderamente transmiten amor, honestidad y bondad. Cuando se instala la desconfianza en un niño, no puede descansar, vive en estado de alerta constante y es muy difícil que pueda aprender de forma fluida.

Y también existe otro tema a tener muy en cuenta. Cuando no ponemos límites durante mucho tiempo, los niños los buscan y su conducta disruptiva escala, se hace cada vez más patente, y llega un punto en que el adulto finalmente estalla, y pone el límite de forma autoritaria e incluso agresiva, pues ha rebasado los límites de su paciencia y ya no es capaz de ponerse en el lugar del niño y entender de dónde viene su conducta para poder acompañarlo desde la calma. Y entonces aparece aquella figura de autoridad temida, nos convertimos en el fantasma de nuestra infancia y nos sentimos tan mal que intentamos no volver a perder la paciencia nunca más…hasta la próxima vez.

Esto nos lleva a ver el ejemplo opuesto, aquellos adultos que tienen una norma para cada situación y que llevan la disciplina a rajatabla, reprendiendo a los niños cada vez que salen del redil sin mirar la necesidad que puedan estar expresando. Este otro extremo de la balanza también conduce a los niños a rebelarse, antes o después, y crea un ambiente lleno de tensión y frustración. Cuando los niños se sienten comprendidos y escuchados son capaces de aceptar las normas, incluso si todavía no las pueden entender del todo.

Siento que es muy importante buscar la raíz de todo esto en nuestro interior, sacar a la luz nuestro pasado y hacer una búsqueda del sentido real de la autoridad bien entendida.

Observar el efecto que tiene en los niños un límite bien puesto con amor, establecer consecuencias adecuadas cuando los niños rebasan esos límites, sin dejar de comprender que necesitan hacerlo, porque son niños y están descubriendo el mundo y el efecto que tienen sus actos en los demás.

Desarrollar la flexibilidad firme, o la firmeza flexible.

Ser capaz de cuestionar como adulto tus propias decisiones, pero mantenerlas el tiempo suficiente para ver si son válidas, si producen calma y entendimiento. Ser capaz de cambiar de idea si te equivocas, de escuchar al niño y de observar sus sentimientos, ver si es feliz o no, si necesita otra cosa, ser capaz de empatizar con la esencia de los niños, de respetar sus tiempos y su necesidad de juego, de no forzar nuestras ideas de cómo tiene que ser, nuestras expectativas, nuestras ganas de que crezcan y aprendan. Y a la vez, ser capaz de respetarte a ti mismo, tus necesidades y tus tiempos.

Y desde ahí, revolucionar el antiguo concepto de autoridad y darle un nuevo significado, lleno de experiencias positivas de confianza, aprendizaje, respeto y amor.

El reflejo de este tipo de autoridad se ve en los niños, que captan quién eres verdaderamente, y te muestran su amor cada día.

Sara Justo Fernández
Formadora de maestros, especialista en pedagogía Waldorf.
 

Decálogo de la autoridad bien entendida o cómo generar un vínculo sano de confianza entre el adulto y el niño.

En cualquier situación de aprendizaje, sea en casa, en la escuela o en cualquier otro lugar, es imprescindible una relación de confianza y escucha entre los implicados. Si yo no respeto ni escucho a la persona que tengo en frente es imposible que aprenda nada de ella, y viceversa.
 
Según mi parecer, esto está ligado al concepto de autoridad, entendiendo la autoridad como esa cualidad que tienen ciertas personas que hace que sean escuchadas, respetadas y queridas por lo que son, que transmite confianza y seguridad y hace sentir a aquellos que las rodean valiosos y amados.
 
Es de este tipo de autoridad del que voy a hablar aquí, pues es un tema amplio que causa mucha confusión y también sufrimiento, a grandes y pequeños, y me gustaría aportar un poco de luz al respecto.
 
En este artículo quiero compartir con vosotros las actitudes que necesitamos adquirir para generar este vínculo sano, que nace de la confianza. El desarrollo de estas cualidades es una carrera de fondo, no es algo que se consiga en un día, pero si podemos tenerlas presentes y practicarlas una a una, nuestra manera de estar con los niños cambiará y poco a poco conseguiremos integrarlas en nuestra consciencia diaria.
 
1. Confía en ti mismo. Si no confías en ti mismo es muy difícil que los demás confíen en ti. Investiga, observa, aprende, y toma tu decisión. No tengas miedo a equivocarte ni a rectificar, todos nos equivocamos, pero sólo las personas seguras son capaces de admitirlo, reírse de si mismos y cambiar, pues su valía no está en ser perfectos sino en existir y actuar desde el amor.
 
2. Sé consistente; que tus respuestas sean coherentes y tus límites claros. Si no se puede gritar en el salón cuando mamá está durmiendo, no se puede ni hoy ni mañana. Esto no quiere decir que no se cambien ciertas normas tras una reflexión razonada o que nunca haya excepciones. Las hay, pero que las excepciones no se conviertan en la norma. Tampoco quiere decir que no se escuchen las propuestas de los demás, es posible que apunten algo que tú no has visto y que lo quieras acoger y cambiar.
 
3. Cuando sea posible, observa antes de intervenir, intenta tener toda la información antes de tomar una decisión sobre algo o mediar en un conflicto. Para evitar reacciones impulsivas que no tienen vuelta atrás, respira profundamente varias veces antes de actuar. No dejes que los prejuicios, o las cosas que han sucedido con anterioridad influyan en tu objetividad, escucha como si fuera la primera vez.
 
4. Respeta profundamente a los niños. Cuida la manera en la que te diriges a ellos. Ten cuidado a la hora de corregir los errores, intenta que se den cuenta por si mismos y hazlo en privado, no delante de los demás. Es mucho más difícil asumir una equivocación en público. No juzgues sus actitudes ni sus rasgos personales, sólo expresa las consecuencias de sus acciones o lo que producen en los demás: lo ideal sería ser capaz de no juzgar ni etiquetar ni siquiera en nuestro pensamiento, y si lo hacemos, darnos cuenta y cambiarlo. Que una persona haga algo una o mil veces no excluye la posibilidad de que deje de hacerlo o lo haga de un modo diferente en el futuro, confiar en que los cambios son posibles, especialmente en los niños.
 
5. Respétate. Cuídate, descansa, no des más de lo que puedes dar, no alargues tus noches para preparar algo para los niños que después te hará estar poco presente y malhumorado, conócete, conoce tus límites, tus necesidades, lo que te hace feliz, y compártelo con ellos. Esto incluye cuidar también tu esfera personal, tus relaciones, tus aficiones, tu familia: si has perdido estos espacios personales, todo el peso de tu felicidad está sobre los niños, ya sean tus alumnos o tus hijos, y esto es una carga muy difícil de llevar.
 
6. Permítete ser humano. Nos equivocamos, nos enfadamos, tenemos un mal día, juzgamos, perdemos los nervios… todo esto sucede, y cuando sucede, lo podemos utilizar para mostrar humildad y pedir disculpas. Esto nos hace evolucionar y es un gran ejemplo para los niños.
 
7. Escucha las propuestas y las ideas de los demás y toma tú la decisión. Eres el capitán del barco. La decisión es tu responsabilidad. Si dejas las decisiones en manos de los niños también estás dejando la responsabilidad en sus manos, y esto es un gran peso para ellos. Por supuesto, estamos hablando de niños pequeños y de decisiones importantes. Conforme van creciendo se pueden ir delegando ciertas cosas, adecuadas a su edad y a su capacidad de ser responsables.
 
8. Prepárate para estar presente y totalmente consciente. Los niños necesitan tu presencia, si se sienten vistos y escuchados, no necesitarán llamar tu atención. Regálales ratos de atención plena. Habrá muchas ocasiones en que tengas que hacer otras cosas mientras estás con ellos, intenta que también ellos tengan cosas que hacer en esos momentos, que sean autónomos y que sepan que en ese momento necesitas un tiempo para ti. Es muy importante no estar a medias: te ayudo con las tareas mientras contesto un email del trabajo, o preparo la lección siguiente. Esto es contradictorio y crea mucha frustración a ambos. Pide ayuda, que las personas de tu entorno también cubran estos momentos de presencia plena.
 
9. Mira en tu interior. Con valor y honestidad, hazte consciente de lo que proyectas sobre los niños y sobre ti mismo como adulto a cargo de su educación. Esto no es nada fácil de ver, pero si observas que las situaciones que se dan con los niños te crean emociones extremas y te recuerdan a tu infancia, algo pasa. Desentierra con cuidado tus heridas y sánalas. Es valioso pedir ayuda, una mirada amiga puede darte un punto de vista objetivo, para que puedas recoger lo que es tuyo y vuelvas a mirar la situación con otros ojos.
 
10. Observa qué relación tienes con la idea de la autoridad, qué experiencias pasadas influyen en tu perspectiva y qué creencias habitan en tu entorno cercano. Recuerda que hay una manera sana y amorosa de entender la autoridad y que, sin capitán, el barco no llega a su destino.
 
Si empezamos a tener presente todo esto, no sólo conseguiremos un vínculo sano de confianza con los niños, sino también una nueva forma de relacionarnos con los que nos rodean e incluso, con nosotros mismos. 
 
 
Sara Justo Fernández
Formadora de maestros, especialista en pedagogía Waldorf.
 

Profundización sobre el acompañamiento de los niños en situaciones de conflicto.

En el artículo precedente hablaba sobre cómo podemos acompañar a los niños en sus conflictos, generando una situación de escucha y empatía. Me centré sobre todo en el niño que causa dolor, ya sea a si mismo o a los demás.
Revisando mis pensamientos y mis palabras, me di cuenta de que necesitaba escribir también sobre los niños que reciben daño del otro y cómo ayudarles en situaciones de conflicto. Creo que es imprescindible observar estas situaciones con mucha atención y acompañarlas con tacto, pues ambos roles necesitan una presencia amorosa que les ayude a mirar lo que está escondido, a llevar conciencia, alejando la culpa y creando responsabilidad.
 
Tal y como comentaba en el artículo anterior, mi primera reacción ante estos conflictos era defender, casi sin observar la situación, a aquel que consideraba en desventaja, a aquel que veía en una posición de debilidad y dolor. Los niños advertían mi reacción y la consecuencia era que el conflicto pasaba a la clandestinidad, donde el poderoso seguía ejerciendo su rol fuera de mi alcance, y su presa callaba por miedo. La situación empeoraba, pues parecía resuelta cuando en realidad estaba sólo camuflada.
 
Mi segunda reacción fue observar la dinámica antes de actuar. Descubrí que a menudo había situaciones previas que causaban el conflicto, situaciones en las que el poderoso se sentía puesto en tela de juicio, o inferior, o dejado de lado, y entonces actuaba de modo hiriente para recuperar su situación de poder. Si el niño que recibía la afrenta no se daba por aludido, o le contestaba con humor, poniendo un límite a la situación, ahí terminaba el problema y no solía volverse a repetir. Este tipo de respuesta lo daban niños que se sentían seguros de sí mismos, en igualdad de condiciones e incluso con mayor madurez emocional.
 
También se daban otro tipo de respuestas; había niños que se sentían heridos, lo expresaban con vehemencia y conseguían que el otro se disculpase y prometiese no repetirlo más. Hacían las paces, el niño herido perdonaba al hiriente, y al día siguiente se repetía la situación. Y así día tras día.
 
Otras veces el niño herido acababa sintiéndose culpable, disculpando la conducta del otro y restándole importancia. Estos niños volvían a relacionarse con el otro en el plano de la amistad y la situación también se repetía una y otra vez.
 
Y en otras ocasiones, las más difíciles, el niño se sentía herido en lo más profundo y no era capaz de reaccionar y expresar su dolor, ni siquiera cuando le preguntaba sobre ello, negando que la situación existía.
 
Observando estas respuestas, entendí que lo más importante es la autoestima y la seguridad que tienen los niños, pues es desde ahí que pueden lidiar con cualquier actitud externa. Conseguir que los niños tengan una buena percepción de si mismos, que sientan sus dones, sus fortalezas, que perciban en qué son especiales y lo vean como una riqueza, que vean las cosas que no les salen como ellos quisieran como un reto para sí mismos y como algo que compartimos todos los seres humanos, que todos tenemos fortalezas y debilidades y que, en definitiva, todos somos iguales y diferentes a la vez, y que todos tenemos el mismo valor.
 
Llevar esta conciencia al aula y a nuestros hogares es primordial para poder resolver este tipo de situaciones. Es imprescindible estar muy atento para dar el mismo valor a todos los dones que muestran los niños, fomentar esta capacidad de percibirnos y percibir a los demás de forma positiva, animarles a apoyarse y a ayudarse entre si todo lo posible. Y si hay alguno que se coloca por encima de los demás, recordarle que todo lo que está arriba también está abajo y que es en el equilibrio donde podemos encontrarnos a nosotros mismos.
 
Y aun teniendo todo esto muy presente y trabajarlo conscientemente en el día a día, hay niños que no consiguen confiar en ellos mismos y necesitan algo más, necesitan un apoyo más profundo, pues la carencia de su propia estima es muy grande y parte de ella puede ser un reflejo del sistema familiar.
 
Las situaciones que se dan en la infancia son muy complejas, y a menudo nos acompañan toda la vida, dejando una herida abierta que hace que continuemos repitiendo vivencias de forma constante, y que veamos el mundo y a nuestros hijos a través del prisma de nuestras heridas. Sin darnos cuenta, proyectamos en los niños las emociones que vivimos en la infancia, poniendo un peso mayor que a veces dificulta la resolución de la situación.
 
Como adultos, es necesario que nos enfrentemos con nuestros fantasmas, que acojamos a nuestro niño interior y resolvamos las heridas abiertas. En ocasiones tiene que ver con la herencia familiar, con nuestra propia constelación, otras con situaciones difíciles que se dieron en nuestro nacimiento, o incluso más allá. Si somos capaces de mirar todo esto con amor, de pedir ayuda si la necesitamos, y conseguimos colocar y agradecer nuestro pasado, automáticamente se levanta parte del peso que llevan nuestros hijos y facilitamos que ellos mismos puedan resolver y superar sus dificultades.
Sara Justo Fernández
Formadora de maestros, especialista en pedagogía Waldorf.

Cómo facilitar la empatía y el desarrollo emocional en los conflictos entre niños

Durante todos estos años de maestra, he podido observar entre los niños comportamientos que causan dolor. Por doloroso entiendo algo que tiene consecuencias negativas en su autoestima, en la autoestima de los demás o que causa daño, ya sea a él mismo o a los otros. En realidad, cualquier dolor que causamos, repercute en nosotros mismos, y normalmente señala una herida interior que no está sanada.

Son comportamientos que repiten en busca de atención, amistad, o la posibilidad de liberarse de la tiranía de la necesidad de aprobación, actitudes que al final no cumplen su cometido y les aíslan del resto de compañeros. En ocasiones les colocan como líderes solitarios, a los que todos siguen, pero sin una conexión de amistad verdadera. Otras veces son los niños que no consiguen tener amigos, que viven llenos de frustración, sin entender qué es lo que no funciona.

Como maestros, y también como padres, son situaciones muy difíciles de acompañar, y, en mi caso, es un largo camino que todavía hoy en día me genera preguntas y me toca profundamente.

Ya en el colegio, de pequeña, mi maestra me llamaba “la defensora de los indefensos”. No podía soportar que otros niños se metieran con los niños que tenían problemas de aprendizaje, o que no venían bien vestidos a la escuela, o que, por una cosa u otra, no eran populares. Cual guerrera con espada en mano, me encaraba al abusón, pues me ardía en el corazón la necesidad de justicia, y empatizaba con aquel que estaba en desventaja.

Al hacerme maestra, descubrí que ese fuego seguía en mi interior y, en ese tipo de situaciones, tenía que hacer un gran esfuerzo por encontrar la ecuanimidad y mirar con amor a todos los niños implicados. Pero existía un juicio, un juicio interior al niño que, de alguna manera, había dañado al otro. Y no era capaz de ver que este juicio impedía la verdadera resolución del conflicto. Y que la parte rechazada de este niño “abusón” seguía gritando en su interior “mírame, mírame”.

Con la experiencia empecé a ver que mi respuesta ante estos conflictos no funcionaba. El problema persistía, normalmente de forma más oculta, pues los niños sabían que yo no iba permitir ese comportamiento. Y además, al sentirse juzgados, se sentían incomprendidos y se ponían a la defensiva, sintiéndose cada vez más lejos de mi y de la comprensión del otro.

En mi búsqueda y reflexión me llegó un maravilloso vídeo de Marshall Rosenberg, el padre de la comunicación no violenta, que hablaba de las necesidades que esconde cada emoción humana. Y esto abrió mi percepción y mi corazón.

Lo único que verdaderamente funciona es el amor. El amor te hace escuchar con todo tu ser, te hace estar realmente presente y ver qué hay detrás de la situación. Desde ahí puedes conectar con lo más profundo del alma del niño, con la necesidad no cubierta que habita en él, que ha provocado ese comportamiento que, en definitiva, es un grito de auxilio hacia el mundo exterior, un mensaje cifrado con el que expresa su más profunda necesidad.

Y, desde esa comprensión profunda, puedes hablar con ese niño que clama atención. Solo después de sentir reconocida su necesidad puede llegar a percibir la necesidad del otro, el efecto que tiene en el otro su acción.

Y más tarde podré plantearse si realmente es ese efecto lo que está buscando, lo que quiere conseguir, o en realidad está buscando otra cosa.

Y ya no existe el juicio y la tensión que causa la incomprensión, el abismo que se había producido, desaparece.

Y aparece el humor, y aparece la comprensión real de la situación, y el reconocimiento de esas actitudes que provocan dolor para uno mismo y para los demás, y que no son la solución.

Y aparecen otras posibles soluciones para poder expresar esa necesidad interior que clama por ser escuchada. Incluso aparece la aceptación de la situación y la empatía hacia el otro. Es un proceso increíblemente transformador.

Pero también es un proceso lento. Los comportamientos dolorosos son, a menudo, hábitos difíciles de cambiar, y sólo con la práctica constante, y la presencia de un adulto consciente, que te recuerda esa parte amorosa que quieres sacar al exterior, es posible.

Ahí el papel del adulto cambia totalmente, y su más importante labor es confiar. Confiar en el niño, recordarle con nuestra sonrisa y nuestra mirada que ellos son capaces de utilizar sus nuevas herramientas y resolver sus conflictos. Estar totalmente presentes y deshacernos del miedo y la prisa por conseguir una solución.

Precisamente el miedo es uno de los factores que nos impide ver la situación con claridad y presencia, nos lleva al juicio, se aleja del presente y empeora la situación con futuros inexistentes, proyectando los peores panoramas, y, nosotros, aterrorizados, reaccionamos como si ya existiesen. Como si ese niño que, en una ocasión se llevó a casa el peluche de una compañera que le gustaba sin permiso, fuera ya un ladrón de bancos.

Aunque parece exagerado, es así como funciona el miedo, y efecto que tiene es muy poderoso. A veces el futuro que nos hace intuir es tan doloroso que preferimos no mirar; nos volvemos adultos permisivos, que disculpamos la conducta del niño, le quitamos importancia y vemos sólo las actitudes positivas, como para compensar ese miedo que intentamos acallar.

Otras veces queremos evitar a toda costa ese futuro que imaginamos y reñimos a los niños con gran intensidad, incluso expresando profecías del tipo: “Si sigues así nunca tendrás amigos…”

Es el miedo, que nos atenaza, nos saca del presente y dificulta que podamos ver las cosas como son verdaderamente. Y los niños, al no sentirse vistos, aumentan este tipo de conductas, como si gritasen con más intensidad para ser escuchados.

Es por ello de suma importancia que seamos capaces de respirar profundamente y observemos nuestros pensamientos antes de actuar, que miremos a los niños y sus sombras desde el amor más profundo, y que confiemos en la capacidad sanadora que tiene la escucha y la presencia.

Y quizá desde esa escucha y esa presencia podamos también mirar nuestras propias sombras con amor y transformarnos…Sara Justo Fernández.
Formadora de maestros, especialista en pedagogía Waldorf.

Decisiones y responsabilidad en la infancia

Últimamente tengo la sensación de que la infancia pierde terreno a favor de una adolescencia eterna. Para mí, la infancia es esa etapa de la vida en la que estamos completamente presentes, conectados con nuestras emociones, con la naturaleza, con la magia del mundo, llenos de inocencia, donde la ironía y el sarcasmo no tiene cabida, donde todo se aprende mediante la experiencia directa.
En el artículo anterior hablaba sobre cómo la era de la información influye en la infancia actual, adelantando el desarrollo del pensar intelectual y acortando el tiempo de la niñez. Hoy quiero hablaros sobre otros factores que influyen fuertemente en este acortamiento de la infancia, y que están relacionados con algunos cambios que se dan en la manera en que enfocamos la crianza.
 
Quizá porque no nos dieron voz ni voto de pequeños, queremos compensarlo con nuestros hijos, y continuamente les preguntamos qué quieren. ¿Dónde quieres que vayamos esta tarde? ¿Qué quieres comer? ¿Cómo quieres vestir? ¿Qué película quieres ver?

Los niños empiezan a sentir que son ellos quienes deciden, y los padres pasan a ser las personas que cumplen sus deseos, en vez de ser aquellos que toman las decisiones y llevan el timón. Ponemos nuestra responsabilidad sobre sus hombros antes de tiempo y les pedimos que tomen decisiones sobre cosas que todavía no conocen, pensando que esto va a favorecer su autonomía.
Dar a los niños la responsabilidad de decidir constantemente los coloca en el lugar del adulto y los saca de la experiencia viva, del presente, de su cuerpo y su sentir, llevándolos a la mente, a la decisión.

Y ellos eligen, y se convierten en pequeños tiranos que no aguantan ningún tipo de contrariedad, que se frustran ante cualquier contratiempo y que no aceptan las decisiones de los demás. Cuestionan la autoridad de padres y maestros, dudan de nuestros conocimientos y no confían en nuestros consejos, pues… ¿qué consejos puede dar alguien que siempre nos está preguntando qué queremos hacer?

Y esta falta de confianza crea soledad en el niño. Un exceso de responsabilidad, un peso en su alma.
Los niños dejan de ser niños antes de tiempo y se convierten en adultos pequeños, que probablemente más adelante se lleven mal con los compromisos y las responsabilidades, pues de algún modo se evaporó antes de tiempo aquella época dorada.

Es interesante observar cómo es precisamente esa época la que echamos de menos cuando nos zambullimos en el estrés de la vida actual, cuando sentimos el agotamiento y la falta de conexión con nosotros mismos. Es entonces cuando buscamos un camino en forma de cursos de meditación, yoga o mindfulness, por ejemplo, para regresar a ese estado de presencia que perdimos en la infancia.

Y es desde ahí desde donde podemos tomar conciencia de la necesidad de los niños de ser niños, de la importancia de que sea el adulto el que tome las decisiones, de lo primordial que es reservar el desarrollo de lo intelectual para el momento justo.
Cuando escuchamos a los pequeños con cariño y luego tomamos nosotros las decisiones, cuando pensamos en qué es lo que necesitan en vez de en qué nos están pidiendo, cuando somos capaces de decir “no” y darles lo que pensamos que es lo mejor, los niños descansan. Los niños confían. Los niños respiran. Y quizá se quejen y digan: “Cuando sea mayor yo haré esto o aquello…” Y estará muy bien así.

Y cuando vayan creciendo y empecemos a permitir que tomen sus propias decisiones, se les abrirá el cielo, y serán verdaderamente responsables y coherentes en sus elecciones. O por lo menos tendrán las herramientas necesarias para conseguirlo algún día.
Sara Justo Fernández
Formadora de maestros, especialista en pedagogía Waldorf.

Efectos de la era de la información en la infancia

El acceso a la información y la intelectualización del pensamiento a edades muy tempranas ha producido en la infancia grandes cambios. Cada vez se acorta más el tiempo en que los niños viven en su propio mundo infantil, inocente, lleno de seres mágicos, de hermosos y disparatados pensamientos sobre las cosas de la vida, de confianza, de presencia absoluta.

Ya sea a través de la televisión, internet o diferentes programas formativos enfocados al desarrollo de la capacidad intelectual, cada vez es menor la edad en la que los niños acceden al aprendizaje de conceptos formales. Me refiero en este caso a conceptos abstractos que no tienen relación con la experiencia directa ni con la vida cotidiana de los niños.

Al darse este aprendizaje intelectual adelantado, las fuerzas que el niño necesita para crecer y formar su cuerpo y su salud se utilizan para desarrollar el pensar. Un pensar puramente teórico que no está basado en sus propias experiencias, si no en las de los demás. Un pensar prestado.

Y, lo más grave es que estos aprendizajes se dan en lugar del juego libre, del movimiento físico, de aquel aburrimiento que es el vacío en el que se da la imaginación de los más grandes inventos, el acicate para el desarrollo de la motivación interior, el descubrimiento de nuestros tesoros más ocultos.

Los niños crecen sentados horas y horas delante de las pantallas, el movimiento queda reducido a pequeños momentos del día, crece la hiperactividad y los trastornos del desarrollo. Aumentan las dificultades de aprendizaje, aumenta el estrés y los niños tristes. Aumentan los conflictos en las aulas y en los hogares.

Y, aunque este artículo va dedicado a la infancia, es muy fácil comprobar los efectos de este exceso informativo en nosotros mismos.
Con el móvil permanentemente en la mano, atrapados en las redes sociales o buscando información, nos perdemos en este maremágnum informativo. Empezamos buscando quién ha ganado el Oscar a la mejor película y acabamos leyendo sobre la importancia de introducir oligoelementos en nuestra dieta. Nuestra capacidad de prestar atención de forma sostenida sobre un tema disminuye a pasos agigantados. Y luego nos extraña que los niños no sean capaces de concentrarse.

Quizá el tema de las adicciones a las pantallas escapa a la intención de este texto, pero no puedo más que describir la importancia de ser conscientes de nuestra dependencia y de aprender a utilizar estos nuevos recursos de un modo eficaz que nos haga más libres en vez de más dependientes.

Y, si nosotros mismos somos capaces de ver el efecto que tiene un paseo de varias horas en la naturaleza, desconectados de las pantallas, quizá seamos también capaces de entender mejor qué está pasando con la infancia, y cómo actuar para que los niños sean capaces de permanecer conectados a si mismos, y darles la oportunidad de tener experiencias plenas, fuera de la realidad virtual, donde hay un mundo lleno de vida esperando a ser descubierto. 

Sara Justo Fernández
Formadora de maestros, especialista en pedagogía Waldorf.

Cómo acompañar el desarrollo emocional en la infancia

Hoy quiero compartir con vosotros la importancia del desarrollo emocional y su relación con un cambio social profundo y muy necesario.

Hace apenas varias décadas, se consideraba la expresión de la mayoría de las emociones como signo de debilidad y se enseñaba a los niños a reprimirlas o a ignorarlas. Era una tendencia general que todavía se refleja en muchos de nuestros refranes y sabiduría popular, y que vive en la mayoría de nosotros, de una forma u otra.

Afortunadamente, este punto de vista está empezando a cambiar, y surgen estudios en varios campos que muestran la necesidad del ser humano de ser consciente de sus emociones y de expresar todo este mundo que vive en nuestro interior, de la mejor manera posible, para poder llevar una vida plena y feliz.

Es primordial aprender a acompañar a los niños en el descubrimiento de sus emociones y de cómo gestionarlas. Y precisamente por nuestra propia educación y todo lo que hemos heredado, es un trabajo muy delicado, que requiere de gran atención y conciencia.

Los niños son un regalo extraordinario, cuando son muy pequeños expresan todo lo que sienten sin los filtros de la moral, el juicio o el qué dirán. Sin embargo, al observar nuestra reacción, captan rápidamente qué emociones consideramos positivas y cuáles negativas, y esto hace que, según su carácter, se adapten y expresen solo aquello que se considera positivo, o, al contrario, expresen lo negativo para obtener nuestra atención. Y así, empiezan a dejar de tener una relación natural con sus propias emociones.

¿Qué podemos hacer? En primer lugar, observar qué emociones consideramos negativas o positivas, e intentar llegar al origen de esta creencia. Quizá en nuestro hogar estaba permitido enfadarse pero no estar triste, o al revés. Quizá la alegría y el alboroto no estaba bien visto, por alguna circunstancia, pero la tristeza y la preocupación era algo noble y loable.

Si conseguimos tomar conciencia sobre todo esto ya estamos cambiando nuestra manera de relacionarnos con nuestras emociones y con las de nuestros hijos y alumnos.

Todas las emociones son importantes, incluso aquellas que nos parecen la causa de los mayores males de la sociedad. Por ejemplo, la rabia nos trae un mensaje, nos dice que tenemos una necesidad que no ha sido satisfecha, y es posible que tampoco haya sido expresada ni escuchada. Si conseguimos hallar el origen de cada emoción, es probable que hallemos la solución. Pues el papel de las emociones es precisamente ese; señalar aquello que nos toca el alma para conocernos mejor y para saber qué necesitamos realmente.

Cuando no juzgamos nuestras emociones y nos permitimos sentirlas, podemos también acompañar a los niños en su sentir, y ayudarles a tirar del hilo para ver qué necesidad está detrás de cada emoción.

Llegados a este punto quiero hacer una distinción importante entre sentir una emoción y actuar llevado por una emoción. No es lo mismo. Cuando siento una emoción, percibo el mensaje que hay detrás y busco la manera de solucionar la situación. Cuando actúo desde una emoción, no pienso ni busco nada, simplemente actúo, y posiblemente no solucione nada.

Es un trabajo personal que requiere gran esfuerzo, pero tiene un valor inestimable, tanto para uno mismo como para las personas que nos rodean. Y lo mejor es que algunos niños aprenderán todo esto simplemente por imitación, gracias al ejemplo que les damos con nuestro intento por saber más de nosotros mismos, nuestro intento de ser más conscientes.

Una vez estemos en este proceso, podemos intentar acompañar a los niños en el desarrollo de su mundo emocional. Es muy importante no teorizar sobre esto con ellos, especialmente si son muy pequeños.

En edades tempranas podemos simplemente estar a su lado y ayudarles a reconocer cada emoción sin juzgar. Si actúan de forma dañina para ellos mismos o para los demás, por supuesto hay que poner un límite y decir que esto no ayuda, y proponer quizá una solución más tarde. En este caso es importante acoger la emoción a la vez que se pone el límite.

Se puede también contar una historia que refleje de algún modo la situación y que exprese las emociones de todos los niños implicados en ello; en este caso hay que ser muy sutil, evitando detalles que les haga reconocerse de forma demasiado directa.

Una imagen vale más que mil palabras; es más fácil entender al otro en una situación imaginada, en un cuento, que intentar entender su dolor cuando entra en conflicto con mi necesidad en un momento dado. Por esta razón, el valor emocional del cuento, reside en el simple hecho de escucharlo, pues la imagen vivirá en el niño hasta que, cuando esté preparado, la conecte por si mismo con situaciones que le suceden en su vida diaria, y así tendrá una fuente de posibles soluciones y de comprensión que no estará relacionada con el juicio ajeno ni con el sentimiento de culpa, tan nocivo para el ser humano. En su lugar, al percibir algo desde su propia actividad interior, desarrollará el sentido de la responsabilidad y la autoconciencia.

Un trabajo muy valioso que se puede hacer con los niños cuando son un poco más mayores, a partir de los 9 años, es tratar cada emoción por separado, y pedirles que piensen en algún momento que se hayan sentido así, y que lo reflejen mediante un dibujo. Es muy curioso ver cómo se relaciona cada niño con sus emociones, y cómo hay algunas emociones que no consiguen reconocer en sí mismos. En estos casos se les puede preguntar si han visto a alguien sentirse así, y que describan esa situación.

Más adelante, quizá con 10 u 11 años, ellos mismos explicarán cómo se sintieron, qué hicieron en cada caso, y cómo les fue, buscando una solución alternativa en caso necesario.

De este modo, los niños aprenden a relacionarse con sus propias emociones y las de los demás de un modo sano, encontrando soluciones y caminos para relacionarse desde la comprensión, sin dejar de expresar aquello que necesitan.

Es por ello que creo que este trabajo es primordial, y que cuando consigamos relacionarnos con los demás de este modo, también seremos capaces de transformar la sociedad en la que vivimos en un mundo más consciente y feliz para todos.

Sara Justo Fernández
Formadora de maestros, especialista en pedagogía Waldorf.