La importancia de ser el cambio que necesitamos

A menudo observo lo complejas que son las relaciones entre las personas, tanto desde mis propias relaciones como desde mi trabajo como docente. Ese baile entre dar y recibir, entre ver y ser visto, entre amar y ser amado. Hay personas que dan mucho y les cuesta recibir. Otras se sienten cómodas recibiendo y les cuesta dar. Hay personas que necesitan ser vistas pero no lo expresan, y otras que se colocan en el centro del escenario sin ninguna dificultad. Personas que confían en los demás sin sombra de duda y otras que tienen grandes problemas para confiar incluso en sí mismas.

Estas actitudes que tomamos en relación al otro forman parte de nuestro ser, digamos que el germen de nuestros rasgos más característicos viene ya con nosotros al nacer. Algunos de ellos nos traerán muchas alegrías y otros serán fuente de conflicto en nuestra relación con los demás, creando situaciones que se repetirán a lo largo de nuestra vida hasta que podamos ver más allá y cambiar lo que sea necesario.

Si nos identificamos con un rasgo propio que nos trae dolor y nos aferramos a él pensando que somos eso, estaremos creando un gran obstáculo en nuestra capacidad para ser felices. Somos mucho más que ese rasgo y tenemos la habilidad infinita de cambiar y liberarnos, de ser quienes queramos ser.

Todas estas cualidades, combinadas con las experiencias que vamos teniendo en la vida, van conformando nuestra forma de ser. Será en la infancia y en el seno de la familia donde aprendamos a actuar para sentirnos seguros, queridos, protegidos y a salvo. Y también allí aprenderemos cómo percibir el mundo, siguiendo el ejemplo de nuestras figuras de referencia. Su esencia, su actitud ante la vida, sus creencias más arraigadas, tendrán un gran impacto en nuestro ser, grabándose de forma indeleble en las profundidades de nuestra psique, e influyendo nuestra forma de pensar y de sentir.

Es por ello imprescindible que los adultos trabajemos en nuestro desarrollo emocional. Somos la fuente de la que bebe la infancia, aquello que va a imitar y que va a llevar como guía en su interior. Sólo desde nuestro intento constante por llevar a la conciencia quiénes somos verdaderamente, podemos crear un espacio de presencia donde la infancia pueda a su vez crecer sana, desarrollando todo su potencial para ser feliz y aportar al mundo su luz.

Somos capaces de mirar hacia dentro y desentrañar qué estrategias elegimos de pequeños para sobrevivir y ya no nos sirven y qué nos hace vibrar de alegría, qué cosas nos entusiasman, en qué momentos perdemos el sentido del tiempo y nos enfrascamos con toda nuestra atención en algo. Lo sabemos, sólo tenemos que parar, observar y escuchar. Lo difícil viene después, pues, si estamos muy lejos de nuestra esencia, será preciso cambiar de rumbo. Es muy posible que necesitemos ayuda externa, alguien que nos pueda acompañar en esta nueva senda. Es también posible que conlleve una crisis, pero es el único camino para ser auténticos y sentirnos realmente bien en nuestra piel.

Todo este proceso nos hará ser más reales, y el solo hecho de intentarlo tendrá un efecto positivo e inmediato en quienes nos rodeen.

Para este desarrollo interior es especialmente importante ver de qué manera estamos contribuyendo a crear las situaciones conflictivas que encontramos y tomar la oportunidad para cambiar y crecer. Es preciso aprender a observarnos con objetividad y sin juicio, reconocer aquello que nos hace mal y transformarlo, en vez de mirar hacia fuera y buscar a los culpables en el exterior.

Es algo que, como adultos, podemos transmitir a la infancia a través de nuestro intento. Sólo con poner la atención y la voluntad en ello es suficiente. Si poco a poco soy capaz de frenar la queja, de cambiar mi percepción del mundo como enemigo, de la sociedad como causante de mis males, del vecino como invasor de mi paz, y empiezo a mirar hacia dentro y a actuar de otra manera, a buscar qué puedo hacer yo para que esta situación se convierta en una oportunidad en vez de ser un obstáculo, estoy regalando a la infancia que me rodea un tesoro, el tesoro de ser capaz de tomar el mando de mi propia vida y hacer lo que esté en mi mano para darle la vuelta a la tortilla.

Siento que el único modo real de hacer que nuestra vida mejore es cambiar nosotros mismos. Descubrir quiénes somos, qué nos hace bien y qué nos hace mal, qué consecuencias tienen nuestras acciones en el mundo, en las personas, y elegir cómo queremos actuar y hacia dónde queremos dirigirnos… Ésta es la verdadera libertad.

Esperar a que cambien los demás es una actitud estéril, que desgasta y llena de frustración al más paciente. Esperar a que cambie el mundo, o a que la gente piense como nosotros para hacer algo, consigue que nuestro entusiasmo se apague y se mustie como una flor que espera a la primavera en un jarrón.

Necesitamos escuchar, sentir, entrar en acción, hacer nuestra parte, vivir desde la coherencia y empezar a cambiar desde dentro. Así la infancia, al percibirlo, tendrá la posibilidad de vivir en la libertad que nos ofrece esta perspectiva ante la vida.

Y quizá poco a poco empecemos a ser una sociedad más consciente y feliz.

Sara Justo Fernández. Formadora de maestros. Especialista en pedagogía Waldorf.

Autora del libro «Crecer para educar«

En qué consiste ser maestro

Hace algún tiempo, mientras observaba a mis alumnos dibujar en sus cuadernos una figura geométrica que había en la pizarra, me di cuenta de algo que me hizo reflexionar sobre la enseñanza y el papel que tenemos los maestros en ella.

Varios niños, que unos días antes no eran capaces de reproducir la forma por sí mismos, ese día sí que lo conseguían. Y entonces fui consciente de que yo no había intervenido de forma directa en ese aprendizaje, no les había dado indicación ni técnica alguna. Lo habían conseguido por si mismos, a través de la práctica y su propio proceso interior. Me maravillé al pensar lo hermoso que es ver cómo el ser humano aprende sin más, en el momento preciso en que está preparado para ello.

Hay niños que tienen un ¡eureka! casi instantáneo, sin necesidad de explicación alguna. Hay otros que no, y mientras buscamos un modo distinto de explicar algo, ellos están en su interior, intentando entender a través de sus propios razonamientos, aquello que están percibiendo. Es más, incluso cuando encontramos otras maneras de explicar lo mismo, si no es su momento, no sucederá absolutamente nada. Y, sin embargo, un mes después, con la más simple de las explicaciones, o sin más, de forma repentina, lo van a entender y lo van a hacer suyo.

Y empecé a recordar otras experiencias, por ejemplo, explicando matemáticas. En una ocasión, explicando el minimo común múltiplo, eran ellos, mis alumnos, los que daban definiciones de lo que podía ser aquello. Y entre todos, consiguieron explicar qué era y para qué se utilizaba. Esto ya en sí mismo es impresionante, pero lo que verdaderamente me dejó boquiabierta fue cuando pregunté si podían imaginar qué sería el máximo común divisor y una alumna me contestó con la definición exacta y también explicó, deduciéndolo del concepto anterior, la forma de hallarlo.


Y pensando sobre todo esto llegué a la siguiente conclusión; no se puede «enseñar» matemáticas, en realidad, aún estoy reflexionando sobre si se puede enseñar ninguna materia en absoluto…


¿Y entonces? ¿En qué consiste ser profesor? ¿Qué significa ser maestro?

Maestro es aquel que presenta nuevas situaciones, nuevas experiencias, que va encendiendo el fuego de la pregunta, de la curiosidad, que va abriendo ventanas y puertas por las que se ven infinitas opciones que pueden ser exploradas…. y sobre todo, aquel que consigue mantener intacta la inocencia infantil, las ganas de investigar el mundo, y que no mata con el mayor de los tedios, la reprobación y la repetición de conceptos lejanos, ese espíritu de búsqueda que vive en el corazón de los niños.


Es esa persona amable y cercana que te acompaña, con la que te sientes a gusto, y que confía en que eres capaz de conseguir todo lo que te propones.

Casi nada…

Sara Justo Fernández. Formadora de maestros. Especialista en pedagogía Waldorf.

Autora del libro «Crecer para educar«

Foto de Victoria Borodinova en Pixabay

Desempolvando estrellas

Cuando era pequeña y me preguntaban qué quería ser de mayor, yo respondía: “Enfermera, peluquera, cocinera, Teresa Rabal y Guillermo el travieso”…

De todo aquello me ha quedado una gran afición por las plantas medicinales, la alegría de invitar a mis amigos a cenar a casa, removiendo en el caldero cualquier plato exótico, mi faceta de cantante de bluegrass y copla (esto último es un secreto) y la gran travesura de ser una maestra poco convencional… Lo de la peluquería lo voy a dejar para otra vida, me parece.

Esta mezcla que somos todos, estas ideas, sueños y proyectos que tenemos de niños, son el tesoro más preciado que existe, es la guía interior que nos recuerda para qué hemos venido aquí y qué nos hace realmente felices… Y, sin embargo, a menudo muere a manos de los adultos, que nos enseñan qué es lo verdaderamente “útil”, qué es lo que nos hará ganar el pan de cada día, qué es lo que nos hará triunfar en la sociedad y alejar la pobreza y el sufrimiento… Y así nos convertimos en adultos desconectados, que no vibramos con nuestra propia vida, que esperamos el viernes como agua de mayo, y el verano como única salvación del tedio de nuestras vidas, la pareja como aquel que se ocupará de nuestra felicidad y la jubilación como un Edén en el que aburrirnos como ostras con un mojito en la mano.

Y por ello, desde aquí, me gustaría poder transmitir la importancia de preservar la conexión con nosotros mismos, el cuidado que la educación debe tener para acrecentar esta escucha interior y el descubrir de nuestros dones, de lo que nos hace felices, de lo que podemos aportar a la sociedad de forma genuina.

Es mi intención más profunda compartir con vosotros, padres, madres, maestros, abuelos y gentes del mundo un modo diferente de enfocar la educación, donde cada uno encuentre quién es y desde allí brille con su luz más potente, alumbrando un mundo más hermoso… Y para poder ayudar a nuestros niños y niñas en este proceso, antes tenemos la misión de descubrirnos a nosotros mismos y empezar a ser quienes somos. Empezar a ser, a estar presentes y a ser conscientes del vasto potencial que todos llevamos dentro, y acompañar a las estrellas que llegan a nuestras vidas a quitarse el polvo del camino.

Así sea.

Y aunque esto suene muy poético y nebuloso, espero poder acompañaros con descripciones claras y concisas, con maneras prácticas y lógicas de mirar a los niños con amor, que también significa poner límites y enseñar que la libertad de cada uno termina donde empieza la del otro.

Mil gracias por vuestro apoyo, vuestro cariño, vuestra escucha y comprensión.

Espero que os guste y que os sirva.

Sara Justo Fernández. Formadora de maestros. Especialista en pedagogía Waldorf.

Autora del libro «Crecer para educar«