La importancia de ser el cambio que necesitamos

A menudo observo lo complejas que son las relaciones entre las personas, tanto desde mis propias relaciones como desde mi trabajo como docente. Ese baile entre dar y recibir, entre ver y ser visto, entre amar y ser amado. Hay personas que dan mucho y les cuesta recibir. Otras se sienten cómodas recibiendo y les cuesta dar. Hay personas que necesitan ser vistas pero no lo expresan, y otras que se colocan en el centro del escenario sin ninguna dificultad. Personas que confían en los demás sin sombra de duda y otras que tienen grandes problemas para confiar incluso en sí mismas.

Estas actitudes que tomamos en relación al otro forman parte de nuestro ser, digamos que el germen de nuestros rasgos más característicos viene ya con nosotros al nacer. Algunos de ellos nos traerán muchas alegrías y otros serán fuente de conflicto en nuestra relación con los demás, creando situaciones que se repetirán a lo largo de nuestra vida hasta que podamos ver más allá y cambiar lo que sea necesario.

Si nos identificamos con un rasgo propio que nos trae dolor y nos aferramos a él pensando que somos eso, estaremos creando un gran obstáculo en nuestra capacidad para ser felices. Somos mucho más que ese rasgo y tenemos la habilidad infinita de cambiar y liberarnos, de ser quienes queramos ser.

Todas estas cualidades, combinadas con las experiencias que vamos teniendo en la vida, van conformando nuestra forma de ser. Será en la infancia y en el seno de la familia donde aprendamos a actuar para sentirnos seguros, queridos, protegidos y a salvo. Y también allí aprenderemos cómo percibir el mundo, siguiendo el ejemplo de nuestras figuras de referencia. Su esencia, su actitud ante la vida, sus creencias más arraigadas, tendrán un gran impacto en nuestro ser, grabándose de forma indeleble en las profundidades de nuestra psique, e influyendo nuestra forma de pensar y de sentir.

Es por ello imprescindible que los adultos trabajemos en nuestro desarrollo emocional. Somos la fuente de la que bebe la infancia, aquello que va a imitar y que va a llevar como guía en su interior. Sólo desde nuestro intento constante por llevar a la conciencia quiénes somos verdaderamente, podemos crear un espacio de presencia donde la infancia pueda a su vez crecer sana, desarrollando todo su potencial para ser feliz y aportar al mundo su luz.

Somos capaces de mirar hacia dentro y desentrañar qué estrategias elegimos de pequeños para sobrevivir y ya no nos sirven y qué nos hace vibrar de alegría, qué cosas nos entusiasman, en qué momentos perdemos el sentido del tiempo y nos enfrascamos con toda nuestra atención en algo. Lo sabemos, sólo tenemos que parar, observar y escuchar. Lo difícil viene después, pues, si estamos muy lejos de nuestra esencia, será preciso cambiar de rumbo. Es muy posible que necesitemos ayuda externa, alguien que nos pueda acompañar en esta nueva senda. Es también posible que conlleve una crisis, pero es el único camino para ser auténticos y sentirnos realmente bien en nuestra piel.

Todo este proceso nos hará ser más reales, y el solo hecho de intentarlo tendrá un efecto positivo e inmediato en quienes nos rodeen.

Para este desarrollo interior es especialmente importante ver de qué manera estamos contribuyendo a crear las situaciones conflictivas que encontramos y tomar la oportunidad para cambiar y crecer. Es preciso aprender a observarnos con objetividad y sin juicio, reconocer aquello que nos hace mal y transformarlo, en vez de mirar hacia fuera y buscar a los culpables en el exterior.

Es algo que, como adultos, podemos transmitir a la infancia a través de nuestro intento. Sólo con poner la atención y la voluntad en ello es suficiente. Si poco a poco soy capaz de frenar la queja, de cambiar mi percepción del mundo como enemigo, de la sociedad como causante de mis males, del vecino como invasor de mi paz, y empiezo a mirar hacia dentro y a actuar de otra manera, a buscar qué puedo hacer yo para que esta situación se convierta en una oportunidad en vez de ser un obstáculo, estoy regalando a la infancia que me rodea un tesoro, el tesoro de ser capaz de tomar el mando de mi propia vida y hacer lo que esté en mi mano para darle la vuelta a la tortilla.

Siento que el único modo real de hacer que nuestra vida mejore es cambiar nosotros mismos. Descubrir quiénes somos, qué nos hace bien y qué nos hace mal, qué consecuencias tienen nuestras acciones en el mundo, en las personas, y elegir cómo queremos actuar y hacia dónde queremos dirigirnos… Ésta es la verdadera libertad.

Esperar a que cambien los demás es una actitud estéril, que desgasta y llena de frustración al más paciente. Esperar a que cambie el mundo, o a que la gente piense como nosotros para hacer algo, consigue que nuestro entusiasmo se apague y se mustie como una flor que espera a la primavera en un jarrón.

Necesitamos escuchar, sentir, entrar en acción, hacer nuestra parte, vivir desde la coherencia y empezar a cambiar desde dentro. Así la infancia, al percibirlo, tendrá la posibilidad de vivir en la libertad que nos ofrece esta perspectiva ante la vida.

Y quizá poco a poco empecemos a ser una sociedad más consciente y feliz.

Sara Justo Fernández. Formadora de maestros. Especialista en pedagogía Waldorf.

En qué consiste ser maestro

Hace unos días tuve un momento de iluminación; observaba a mis alumnos mientras dibujaban en sus cuadernos una figura geométrica que había en la pizarra. Y me di cuenta de que varios niños, que unos meses antes no eran capaces de reproducir la forma por si mismos, ese día sí que lo conseguían.


Y entonces pensé que yo no había intervenido de forma directa en ese aprendizaje, no les había dado indicación ni técnica alguna. Lo habían conseguido por si mismos, a través de la práctica y su propio proceso interior. Me maravillé al pensar lo hermoso que es ver cómo el ser humano aprende sin más, en el momento preciso en que está preparado para ello.


Y empecé a recordar otras experiencias, por ejemplo, explicando matemáticas. Hay niños que tienen un ¡eureka! casi instantáneo, sin necesidad de explicación alguna. Hay otros que no, y mientras tú como maestro estás buscando un modo distinto de explicar algo, ellos están en su interior, intentando entender a través de sus propios razonamientos, aquello que están percibiendo. Es más, incluso cuando encontramos otras maneras de explicar lo mismo, si no es su momento, no sucederá absolutamente nada. Y, sin embargo, un mes después, con la más simple de las explicaciones, o sin más, de forma repentina, lo van a entender y lo van a hacer suyo.


En otra ocasión, explicando el minimo común múltiplo, eran ellos, mis alumnos, los que daban definiciones de lo que podía ser aquello. Y entre todos, consiguieron explicar qué era y para qué se utilizaba. Esto ya en sí mismo es impresionante, pero lo que verdaderamente me dejó boquiabierta fue cuando pregunté si podían imaginar qué sería el máximo común divisor y una alumna me contestó con la definición exacta y también explicó, deduciéndolo del concepto anterior, la forma de hallarlo.


Y pensando sobre todo esto llegué a la siguiente conclusión; no se puede “enseñar” matemáticas, en realidad, aún estoy reflexionando sobre si se puede enseñar ninguna materia en absoluto…


¿Y entonces? ¿En qué consiste ser profesor? ¿Qué significa ser maestro? Y la respuesta que me llega es aquel que presenta nuevas situaciones, nuevas experiencias, aquel que va encendiendo el fuego de la pregunta, de la curiosidad, aquel que va abriendo ventanas y puertas por las que se ven infinitas opciones que pueden ser exploradas…. y sobre todo, aquel que consigue mantener intacta la inocencia infantil, las ganas de investigar el mundo, y que no mata con el mayor de los tedios, la reprobación y la repetición de conceptos lejanos, ese espíritu de búsqueda que vive en el corazón de los niños.


Y esa persona amable y cercana que te acompaña, con la que te sientes a gusto, y que confía en que eres capaz de conseguir todo lo que te propones.

Casi nada…

Sara Justo Fernández. Formadora de maestros. Especialista en pedagogía Waldorf.

Desempolvando estrellas

Cuando era pequeña y me preguntaban qué quería ser de mayor, yo respondía: “Enfermera, peluquera, cocinera, Teresa Rabal y Guillermo el travieso”…

De todo aquello me ha quedado una gran afición por las plantas medicinales, la alegría de invitar a mis amigos a cenar a casa, removiendo en el caldero cualquier plato exótico, mi faceta de cantante de bluegrass y copla (esto último es un secreto) y la gran travesura de ser una maestra poco convencional… Lo de la peluquería lo voy a dejar para otra vida, me parece.

Esta mezcla que somos todos, estas ideas, sueños y proyectos que tenemos de niños, son el tesoro más preciado que existe, es la guía interior que nos recuerda para qué hemos venido aquí y qué nos hace realmente felices… Y, sin embargo, a menudo muere a manos de los adultos, que nos enseñan qué es lo verdaderamente “útil”, qué es lo que nos hará ganar el pan de cada día, qué es lo que nos hará triunfar en la sociedad y alejar la pobreza y el sufrimiento… Y así nos convertimos en adultos desconectados, que no vibramos con nuestra propia vida, que esperamos el viernes como agua de mayo, y el verano como única salvación del tedio de nuestras vidas, la pareja como aquel que se ocupará de nuestra felicidad y la jubilación como un Edén en el que aburrirnos como ostras con un mojito en la mano.

Y por ello, desde aquí, me gustaría poder transmitir la importancia de preservar la conexión con nosotros mismos, el cuidado que la educación debe tener para acrecentar esta escucha interior y el descubrir de nuestros dones, de lo que nos hace felices, de lo que podemos aportar a la sociedad de forma genuina.

Es mi intención más profunda compartir con vosotros, padres, madres, maestros, abuelos y gentes del mundo un modo diferente de enfocar la educación, donde cada uno encuentre quién es y desde allí brille con su luz más potente, alumbrando un mundo más hermoso… Y para poder ayudar a nuestros niños y niñas en este proceso, antes tenemos la misión de descubrirnos a nosotros mismos y empezar a ser quienes somos. Empezar a ser, a estar presentes y a ser conscientes del vasto potencial que todos llevamos dentro, y acompañar a las estrellas que llegan a nuestras vidas a quitarse el polvo del camino.

Así sea.

Y aunque esto suene muy poético y nebuloso, espero poder acompañaros con descripciones claras y concisas, con maneras prácticas y lógicas de mirar a los niños con amor, que también significa poner límites y enseñar que la libertad de cada uno termina donde empieza la del otro.

Mil gracias por vuestro apoyo, vuestro cariño, vuestra escucha y comprensión.

Espero que os guste y que os sirva.

Sara Justo Fernández. Formadora de maestros. Especialista en pedagogía Waldorf.

Decálogo de la autoridad bien entendida o cómo generar un vínculo sano de confianza entre el adulto y el niño.

En cualquier situación de aprendizaje, sea en casa, en la escuela o en cualquier otro lugar, es imprescindible una relación de confianza y escucha entre los implicados. Si yo no respeto ni escucho a la persona que tengo en frente es imposible que aprenda nada de ella, y viceversa.
 
Según mi parecer, esto está ligado al concepto de autoridad, entendiendo la autoridad como esa cualidad que tienen ciertas personas que hace que sean escuchadas, respetadas y queridas por lo que son, que transmite confianza y seguridad y hace sentir a aquellos que las rodean valiosos y amados.
 
Es de este tipo de autoridad del que voy a hablar aquí, pues es un tema amplio que causa mucha confusión y también sufrimiento, a grandes y pequeños, y me gustaría aportar un poco de luz al respecto.
 
En este artículo quiero compartir con vosotros las actitudes que necesitamos adquirir para generar este vínculo sano, que nace de la confianza. El desarrollo de estas cualidades es una carrera de fondo, no es algo que se consiga en un día, pero si podemos tenerlas presentes y practicarlas una a una, nuestra manera de estar con los niños cambiará y poco a poco conseguiremos integrarlas en nuestra consciencia diaria.
 
1. Confía en ti mismo. Si no confías en ti mismo es muy difícil que los demás confíen en ti. Investiga, observa, aprende, y toma tu decisión. No tengas miedo a equivocarte ni a rectificar, todos nos equivocamos, pero sólo las personas seguras son capaces de admitirlo, reírse de si mismos y cambiar, pues su valía no está en ser perfectos sino en existir y actuar desde el amor.
 
2. Sé consistente; que tus respuestas sean coherentes y tus límites claros. Si no se puede gritar en el salón cuando mamá está durmiendo, no se puede ni hoy ni mañana. Esto no quiere decir que no se cambien ciertas normas tras una reflexión razonada o que nunca haya excepciones. Las hay, pero que las excepciones no se conviertan en la norma. Tampoco quiere decir que no se escuchen las propuestas de los demás, es posible que apunten algo que tú no has visto y que lo quieras acoger y cambiar.
 
3. Cuando sea posible, observa antes de intervenir, intenta tener toda la información antes de tomar una decisión sobre algo o mediar en un conflicto. Para evitar reacciones impulsivas que no tienen vuelta atrás, respira profundamente varias veces antes de actuar. No dejes que los prejuicios, o las cosas que han sucedido con anterioridad influyan en tu objetividad, escucha como si fuera la primera vez.
 
4. Respeta profundamente a los niños. Cuida la manera en la que te diriges a ellos. Ten cuidado a la hora de corregir los errores, intenta que se den cuenta por si mismos y hazlo en privado, no delante de los demás. Es mucho más difícil asumir una equivocación en público. No juzgues sus actitudes ni sus rasgos personales, sólo expresa las consecuencias de sus acciones o lo que producen en los demás: lo ideal sería ser capaz de no juzgar ni etiquetar ni siquiera en nuestro pensamiento, y si lo hacemos, darnos cuenta y cambiarlo. Que una persona haga algo una o mil veces no excluye la posibilidad de que deje de hacerlo o lo haga de un modo diferente en el futuro, confiar en que los cambios son posibles, especialmente en los niños.
 
5. Respétate. Cuídate, descansa, no des más de lo que puedes dar, no alargues tus noches para preparar algo para los niños que después te hará estar poco presente y malhumorado, conócete, conoce tus límites, tus necesidades, lo que te hace feliz, y compártelo con ellos. Esto incluye cuidar también tu esfera personal, tus relaciones, tus aficiones, tu familia: si has perdido estos espacios personales, todo el peso de tu felicidad está sobre los niños, ya sean tus alumnos o tus hijos, y esto es una carga muy difícil de llevar.
 
6. Permítete ser humano. Nos equivocamos, nos enfadamos, tenemos un mal día, juzgamos, perdemos los nervios… todo esto sucede, y cuando sucede, lo podemos utilizar para mostrar humildad y pedir disculpas. Esto nos hace evolucionar y es un gran ejemplo para los niños.
 
7. Escucha las propuestas y las ideas de los demás y toma tú la decisión. Eres el capitán del barco. La decisión es tu responsabilidad. Si dejas las decisiones en manos de los niños también estás dejando la responsabilidad en sus manos, y esto es un gran peso para ellos. Por supuesto, estamos hablando de niños pequeños y de decisiones importantes. Conforme van creciendo se pueden ir delegando ciertas cosas, adecuadas a su edad y a su capacidad de ser responsables.
 
8. Prepárate para estar presente y totalmente consciente. Los niños necesitan tu presencia, si se sienten vistos y escuchados, no necesitarán llamar tu atención. Regálales ratos de atención plena. Habrá muchas ocasiones en que tengas que hacer otras cosas mientras estás con ellos, intenta que también ellos tengan cosas que hacer en esos momentos, que sean autónomos y que sepan que en ese momento necesitas un tiempo para ti. Es muy importante no estar a medias: te ayudo con las tareas mientras contesto un email del trabajo, o preparo la lección siguiente. Esto es contradictorio y crea mucha frustración a ambos. Pide ayuda, que las personas de tu entorno también cubran estos momentos de presencia plena.
 
9. Mira en tu interior. Con valor y honestidad, hazte consciente de lo que proyectas sobre los niños y sobre ti mismo como adulto a cargo de su educación. Esto no es nada fácil de ver, pero si observas que las situaciones que se dan con los niños te crean emociones extremas y te recuerdan a tu infancia, algo pasa. Desentierra con cuidado tus heridas y sánalas. Es valioso pedir ayuda, una mirada amiga puede darte un punto de vista objetivo, para que puedas recoger lo que es tuyo y vuelvas a mirar la situación con otros ojos.
 
10. Observa qué relación tienes con la idea de la autoridad, qué experiencias pasadas influyen en tu perspectiva y qué creencias habitan en tu entorno cercano. Recuerda que hay una manera sana y amorosa de entender la autoridad y que, sin capitán, el barco no llega a su destino.
 
Si empezamos a tener presente todo esto, no sólo conseguiremos un vínculo sano de confianza con los niños, sino también una nueva forma de relacionarnos con los que nos rodean e incluso, con nosotros mismos. 
 
 
Sara Justo Fernández
Formadora de maestros, especialista en pedagogía Waldorf.
 

Decisiones y responsabilidad en la infancia

Últimamente tengo la sensación de que la infancia pierde terreno a favor de una adolescencia eterna. Para mí, la infancia es esa etapa de la vida en la que estamos completamente presentes, conectados con nuestras emociones, con la naturaleza, con la magia del mundo, llenos de inocencia, donde la ironía y el sarcasmo no tiene cabida, donde todo se aprende mediante la experiencia directa.
En el artículo anterior hablaba sobre cómo la era de la información influye en la infancia actual, adelantando el desarrollo del pensar intelectual y acortando el tiempo de la niñez. Hoy quiero hablaros sobre otros factores que influyen fuertemente en este acortamiento de la infancia, y que están relacionados con algunos cambios que se dan en la manera en que enfocamos la crianza.
 
Quizá porque no nos dieron voz ni voto de pequeños, queremos compensarlo con nuestros hijos, y continuamente les preguntamos qué quieren. ¿Dónde quieres que vayamos esta tarde? ¿Qué quieres comer? ¿Cómo quieres vestir? ¿Qué película quieres ver?

Los niños empiezan a sentir que son ellos quienes deciden, y los padres pasan a ser las personas que cumplen sus deseos, en vez de ser aquellos que toman las decisiones y llevan el timón. Ponemos nuestra responsabilidad sobre sus hombros antes de tiempo y les pedimos que tomen decisiones sobre cosas que todavía no conocen, pensando que esto va a favorecer su autonomía.
Dar a los niños la responsabilidad de decidir constantemente los coloca en el lugar del adulto y los saca de la experiencia viva, del presente, de su cuerpo y su sentir, llevándolos a la mente, a la decisión.

Y ellos eligen, y se convierten en pequeños tiranos que no aguantan ningún tipo de contrariedad, que se frustran ante cualquier contratiempo y que no aceptan las decisiones de los demás. Cuestionan la autoridad de padres y maestros, dudan de nuestros conocimientos y no confían en nuestros consejos, pues… ¿qué consejos puede dar alguien que siempre nos está preguntando qué queremos hacer?

Y esta falta de confianza crea soledad en el niño. Un exceso de responsabilidad, un peso en su alma.
Los niños dejan de ser niños antes de tiempo y se convierten en adultos pequeños, que probablemente más adelante se lleven mal con los compromisos y las responsabilidades, pues de algún modo se evaporó antes de tiempo aquella época dorada.

Es interesante observar cómo es precisamente esa época la que echamos de menos cuando nos zambullimos en el estrés de la vida actual, cuando sentimos el agotamiento y la falta de conexión con nosotros mismos. Es entonces cuando buscamos un camino en forma de cursos de meditación, yoga o mindfulness, por ejemplo, para regresar a ese estado de presencia que perdimos en la infancia.

Y es desde ahí desde donde podemos tomar conciencia de la necesidad de los niños de ser niños, de la importancia de que sea el adulto el que tome las decisiones, de lo primordial que es reservar el desarrollo de lo intelectual para el momento justo.
Cuando escuchamos a los pequeños con cariño y luego tomamos nosotros las decisiones, cuando pensamos en qué es lo que necesitan en vez de en qué nos están pidiendo, cuando somos capaces de decir “no” y darles lo que pensamos que es lo mejor, los niños descansan. Los niños confían. Los niños respiran. Y quizá se quejen y digan: “Cuando sea mayor yo haré esto o aquello…” Y estará muy bien así.

Y cuando vayan creciendo y empecemos a permitir que tomen sus propias decisiones, se les abrirá el cielo, y serán verdaderamente responsables y coherentes en sus elecciones. O por lo menos tendrán las herramientas necesarias para conseguirlo algún día.
Sara Justo Fernández
Formadora de maestros, especialista en pedagogía Waldorf.

Efectos de la era de la información en la infancia

El acceso a la información y la intelectualización del pensamiento a edades muy tempranas ha producido en la infancia grandes cambios. Cada vez se acorta más el tiempo en que los niños viven en su propio mundo infantil, inocente, lleno de seres mágicos, de hermosos y disparatados pensamientos sobre las cosas de la vida, de confianza, de presencia absoluta.

Ya sea a través de la televisión, internet o diferentes programas formativos enfocados al desarrollo de la capacidad intelectual, cada vez es menor la edad en la que los niños acceden al aprendizaje de conceptos formales. Me refiero en este caso a conceptos abstractos que no tienen relación con la experiencia directa ni con la vida cotidiana de los niños.

Al darse este aprendizaje intelectual adelantado, las fuerzas que el niño necesita para crecer y formar su cuerpo y su salud se utilizan para desarrollar el pensar. Un pensar puramente teórico que no está basado en sus propias experiencias, si no en las de los demás. Un pensar prestado.

Y, lo más grave es que estos aprendizajes se dan en lugar del juego libre, del movimiento físico, de aquel aburrimiento que es el vacío en el que se da la imaginación de los más grandes inventos, el acicate para el desarrollo de la motivación interior, el descubrimiento de nuestros tesoros más ocultos.

Los niños crecen sentados horas y horas delante de las pantallas, el movimiento queda reducido a pequeños momentos del día, crece la hiperactividad y los trastornos del desarrollo. Aumentan las dificultades de aprendizaje, aumenta el estrés y los niños tristes. Aumentan los conflictos en las aulas y en los hogares.

Y, aunque este artículo va dedicado a la infancia, es muy fácil comprobar los efectos de este exceso informativo en nosotros mismos.
Con el móvil permanentemente en la mano, atrapados en las redes sociales o buscando información, nos perdemos en este maremágnum informativo. Empezamos buscando quién ha ganado el Oscar a la mejor película y acabamos leyendo sobre la importancia de introducir oligoelementos en nuestra dieta. Nuestra capacidad de prestar atención de forma sostenida sobre un tema disminuye a pasos agigantados. Y luego nos extraña que los niños no sean capaces de concentrarse.

Quizá el tema de las adicciones a las pantallas escapa a la intención de este texto, pero no puedo más que describir la importancia de ser conscientes de nuestra dependencia y de aprender a utilizar estos nuevos recursos de un modo eficaz que nos haga más libres en vez de más dependientes.

Y, si nosotros mismos somos capaces de ver el efecto que tiene un paseo de varias horas en la naturaleza, desconectados de las pantallas, quizá seamos también capaces de entender mejor qué está pasando con la infancia, y cómo actuar para que los niños sean capaces de permanecer conectados a si mismos, y darles la oportunidad de tener experiencias plenas, fuera de la realidad virtual, donde hay un mundo lleno de vida esperando a ser descubierto. 

Sara Justo Fernández
Formadora de maestros, especialista en pedagogía Waldorf.

Cómo acompañar el desarrollo emocional en la infancia

Hoy quiero compartir con vosotros la importancia del desarrollo emocional y su relación con un cambio social profundo y muy necesario.

Hace apenas varias décadas, se consideraba la expresión de la mayoría de las emociones como signo de debilidad y se enseñaba a los niños a reprimirlas o a ignorarlas. Era una tendencia general que todavía se refleja en muchos de nuestros refranes y sabiduría popular, y que vive en la mayoría de nosotros, de una forma u otra.

Afortunadamente, este punto de vista está empezando a cambiar, y surgen estudios en varios campos que muestran la necesidad del ser humano de ser consciente de sus emociones y de expresar todo este mundo que vive en nuestro interior, de la mejor manera posible, para poder llevar una vida plena y feliz.

Es primordial aprender a acompañar a los niños en el descubrimiento de sus emociones y de cómo gestionarlas. Y precisamente por nuestra propia educación y todo lo que hemos heredado, es un trabajo muy delicado, que requiere de gran atención y conciencia.

Los niños son un regalo extraordinario, cuando son muy pequeños expresan todo lo que sienten sin los filtros de la moral, el juicio o el qué dirán. Sin embargo, al observar nuestra reacción, captan rápidamente qué emociones consideramos positivas y cuáles negativas, y esto hace que, según su carácter, se adapten y expresen solo aquello que se considera positivo, o, al contrario, expresen lo negativo para obtener nuestra atención. Y así, empiezan a dejar de tener una relación natural con sus propias emociones.

¿Qué podemos hacer? En primer lugar, observar qué emociones consideramos negativas o positivas, e intentar llegar al origen de esta creencia. Quizá en nuestro hogar estaba permitido enfadarse pero no estar triste, o al revés. Quizá la alegría y el alboroto no estaba bien visto, por alguna circunstancia, pero la tristeza y la preocupación era algo noble y loable.

Si conseguimos tomar conciencia sobre todo esto ya estamos cambiando nuestra manera de relacionarnos con nuestras emociones y con las de nuestros hijos y alumnos.

Todas las emociones son importantes, incluso aquellas que nos parecen la causa de los mayores males de la sociedad. Por ejemplo, la rabia nos trae un mensaje, nos dice que tenemos una necesidad que no ha sido satisfecha, y es posible que tampoco haya sido expresada ni escuchada. Si conseguimos hallar el origen de cada emoción, es probable que hallemos la solución. Pues el papel de las emociones es precisamente ese; señalar aquello que nos toca el alma para conocernos mejor y para saber qué necesitamos realmente.

Cuando no juzgamos nuestras emociones y nos permitimos sentirlas, podemos también acompañar a los niños en su sentir, y ayudarles a tirar del hilo para ver qué necesidad está detrás de cada emoción.

Llegados a este punto quiero hacer una distinción importante entre sentir una emoción y actuar llevado por una emoción. No es lo mismo. Cuando siento una emoción, percibo el mensaje que hay detrás y busco la manera de solucionar la situación. Cuando actúo desde una emoción, no pienso ni busco nada, simplemente actúo, y posiblemente no solucione nada.

Es un trabajo personal que requiere gran esfuerzo, pero tiene un valor inestimable, tanto para uno mismo como para las personas que nos rodean. Y lo mejor es que algunos niños aprenderán todo esto simplemente por imitación, gracias al ejemplo que les damos con nuestro intento por saber más de nosotros mismos, nuestro intento de ser más conscientes.

Una vez estemos en este proceso, podemos intentar acompañar a los niños en el desarrollo de su mundo emocional. Es muy importante no teorizar sobre esto con ellos, especialmente si son muy pequeños.

En edades tempranas podemos simplemente estar a su lado y ayudarles a reconocer cada emoción sin juzgar. Si actúan de forma dañina para ellos mismos o para los demás, por supuesto hay que poner un límite y decir que esto no ayuda, y proponer quizá una solución más tarde. En este caso es importante acoger la emoción a la vez que se pone el límite.

Se puede también contar una historia que refleje de algún modo la situación y que exprese las emociones de todos los niños implicados en ello; en este caso hay que ser muy sutil, evitando detalles que les haga reconocerse de forma demasiado directa.

Una imagen vale más que mil palabras; es más fácil entender al otro en una situación imaginada, en un cuento, que intentar entender su dolor cuando entra en conflicto con mi necesidad en un momento dado. Por esta razón, el valor emocional del cuento, reside en el simple hecho de escucharlo, pues la imagen vivirá en el niño hasta que, cuando esté preparado, la conecte por si mismo con situaciones que le suceden en su vida diaria, y así tendrá una fuente de posibles soluciones y de comprensión que no estará relacionada con el juicio ajeno ni con el sentimiento de culpa, tan nocivo para el ser humano. En su lugar, al percibir algo desde su propia actividad interior, desarrollará el sentido de la responsabilidad y la autoconciencia.

Un trabajo muy valioso que se puede hacer con los niños cuando son un poco más mayores, a partir de los 9 años, es tratar cada emoción por separado, y pedirles que piensen en algún momento que se hayan sentido así, y que lo reflejen mediante un dibujo. Es muy curioso ver cómo se relaciona cada niño con sus emociones, y cómo hay algunas emociones que no consiguen reconocer en sí mismos. En estos casos se les puede preguntar si han visto a alguien sentirse así, y que describan esa situación.

Más adelante, quizá con 10 u 11 años, ellos mismos explicarán cómo se sintieron, qué hicieron en cada caso, y cómo les fue, buscando una solución alternativa en caso necesario.

De este modo, los niños aprenden a relacionarse con sus propias emociones y las de los demás de un modo sano, encontrando soluciones y caminos para relacionarse desde la comprensión, sin dejar de expresar aquello que necesitan.

Es por ello que creo que este trabajo es primordial, y que cuando consigamos relacionarnos con los demás de este modo, también seremos capaces de transformar la sociedad en la que vivimos en un mundo más consciente y feliz para todos.

Sara Justo Fernández
Formadora de maestros, especialista en pedagogía Waldorf.