La observación como base de la educación y la crianza

Cuando formamos una familia o nos convertimos en maestros, es frecuente que la falta de experiencia nos convierta en un mar de dudas.

Ya sea por lo que dicen nuestros familiares y amigos o por lo que hemos leído y estudiado en la carrera, tenemos un ideal sobre cómo deberían ser las cosas, acompañado por un sinfín de teorías y de creencias, a veces contrarias entre sí, sobre lo que deberíamos hacer. Pero cuando las llevamos a la práctica, las cosas no funcionan tal y como dicta la teoría.

Quizá antiguamente era distinto; el saber popular relacionado con la crianza iba pasando de madres a hijas y se hacía lo que siempre se había hecho, sin apenas cuestionarlo. Había un modo de educar bastante homogéneo que no dejaba lugar a dudas, aunque seguro que existían excepciones.

Hoy en día, la situación ha cambiado mucho. En primer lugar, con la separación de los núcleos familiares extensos ya no solemos tener a nuestra disposición la presencia y sabiduría de los abuelos. Nos hemos convertido en familias aisladas, con el único apoyo de guarderías y escuelas, sin tiempo y con mucho estrés. En segundo lugar, hay tantas corrientes pedagógicas que es muy difícil discernir qué es lo adecuado, y a menudo elegimos cómo actuar basándonos en las dificultades que tuvimos en nuestra propia infancia.

El conocimiento que poseemos sobre la crianza y la educación procede en su mayor parte de la teoría o de nuestros propios traumas infantiles. Vivimos la crianza intentando evitar lo que nosotros sufrimos, yendo hacia el otro extremo, actuando desde nuestras heridas o nuestra mente, desconectados de la intuición, sin pararnos a observar qué es lo que realmente necesita ese ser que tenemos delante. Y con el ritmo de vida que llevamos, no nos damos cuenta de que lo que nos falta es tener un conocimiento real, que provenga de la experiencia.

Tanto para la crianza como para la educación, es imprescindible tomarnos el tiempo necesario para escuchar y observar. Cada ser humano es único e irrepetible, no existen recetas que sirvan para todos por igual. Solo a través de la observación* podemos conocer, solo a través del conocimiento podemos amar y solo a través del amor podemos acompañar al otro en el desarrollo de su potencial para ser feliz.

Si bien es cierto que tener tiempo tal y como está estructurada la vida hoy en día es casi imposible, no por ello debemos rendirnos. Cuando algo no funciona, hay que cambiarlo. Tenemos a la infancia totalmente abandonada en manos ajenas o, mucho peor, en medios audiovisuales y redes sociales, buscando el calor, el reconocimiento y la compañía que necesitan en un lugar frío y engañoso.

Es preciso hacer un cambio en nuestras vidas y conseguir tiempo de calidad para acompañar a la infancia. Dejar la teoría a un lado y empezar a conocer a nuestros hijos y alumnos. Pasar tiempo con ellos, ofreciendo un espacio cariñoso y sereno donde se puedan desarrollar felices. Si solo disponemos de media hora al día, que sea media hora de presencia absoluta, con el móvil y la televisión lejos y apagados, con la mente libre y el corazón dispuesto a escuchar, sentir, conocer y amar.

Cuando conseguimos estar presentes de esta forma, se crea el verdadero vínculo, desaparecen las carencias y la sensación de abandono, y la infancia puede crecer en autoestima, estable y feliz, desarrollando todos sus dones y confiando en la vida.

Y nosotros, como adultos, conseguimos acompañar su crecimiento desde la seguridad de lo que hemos experimentado, y esto nos permite poner límites sanos cuando es necesario y convertirnos en la autoridad amada.

Sara Justo Fernández. Maestra y formadora en pedagogía Waldorf.

*Si te interesa saber más sobre la observación y cómo ponerla en práctica en tu día a día, puedes leer aquí varias maneras de hacerlo, que son parte de la pedagogía Waldorf.

Cómo acompañar a la infancia en su desarrollo integral

Cuando observo la forma en la que se enfoca la enseñanza de los más pequeños, tengo la sensación de que hay cierta prisa. Cada vez se introduce la lectoescritura y la enseñanza de los números a edades más tempranas, en detrimento de actividades de juego libre. En este artículo voy a hablar sobre el efecto que esto puede tener en la infancia y la importancia de ofrecer en cada momento lo que necesita, desde la escuela y el hogar, sin adelantar etapas y respetando su necesidad de movimiento.

Si observamos atentamente a un recién nacido, veremos que todas sus fuerzas están ocupadas en hacerse dueño de su cuerpo; en aprender a vivir dentro de él. Pasa su tiempo de vigilia practicando movimientos, aprendiendo a coordinar su mirada y su mano, ensayando sonidos, sonrisas, agitando sus extremidades. Toda su atención está entregada a descubrir cómo funciona su cuerpo y a desarrollar sus habilidades físicas. Practica con gran voluntad, sin cejar en su empeño de seguir aprendiendo y evolucionando ni un solo instante.

Desde fuera podemos ver solo la punta del iceberg, pues también en su interior se están produciendo de forma ininterrumpida procesos de crecimiento, que darán lugar al desarrollo sano de sus órganos y al correcto funcionamiento del organismo en general.

Este desarrollo es especialmente intenso entre el nacimiento y los siete años, cuando se empiezan a caer los dientes de leche. Durante estos primeros años, la actividad física, el movimiento y el juego libre, son experiencias imprescindibles para la adquisición del equilibrio y para un crecimiento sano y completo.

Tener esto en cuenta a la hora de diseñar la educación temprana de la infancia es esencial. Gran parte de las fuerzas disponibles deben dedicarse a este despliegue físico y de coordinación; centrarse en el desarrollo del pensamiento abstracto cuando todavía no se domina el movimiento del cuerpo físico es como intentar aprender matemáticas cuando se tiene gripe. Es un empleo de energía en algo que no puede dar frutos reales en ese momento. Y digo reales porque, aunque un niño de cuatro años pueda aprender a sumar o restar, o incluso a leer, no lo hace desde una comprensión real, sino desde la memorización y la imitación.

Los niños necesitan nuestro amor y protección y, cuando perciben que al adulto le alegra algo, o le hace sentir orgulloso, lo van a intentar de cualquier modo, aunque sea contrario a su propio desarrollo. Esto es muy importante a la hora de planificar su educación, pues si nos basamos en lo que los niños aparentemente pueden hacer, es posible que estemos avanzando etapas que todavía no son apropiadas. Que sean capaces de hacer algo no significa que sea bueno para su desarrollo.

Cuando iniciamos la educación intelectual formal de la infancia antes de tiempo, estamos pidiendo a los niños que escuchen y entiendan a la vez que practican la coordinación entre los ojos y las manos, la presión motriz para sujetar un lápiz, la capacidad de estar sentado y prestar atención solo al adulto, y un sinfín de habilidades que todavía están en desarrollo. Esto dificulta ambos procesos y hace que muchos niños fracasen antes de empezar.

Lo que necesitan a esta edad es moverse y actuar, transformar el medio en el que están, calcular el peso de su cuerpo y otros objetos a través del juego con diferentes materiales, descubrir a qué velocidad pueden correr, seguir con la mirada el movimiento de animales, objetos, personas, etc. Y de ninguna manera es beneficioso que estén sentados en una silla largos periodos de tiempo prestando atención a un solo estímulo, que suele estar fuera de su contexto real. La educación integral tiene que ver con la experiencia en primera persona, con el conocimiento del mundo a través de los sentidos, en un contexto lo más natural posible.

Desafortunadamente, a menudo se considera que hay que aprovechar el potencial de aprendizaje intelectual del niño desde sus primeros años de vida, ya sea para aprender idiomas como para la práctica formal de un instrumento musical o las matemáticas, sin tener en cuenta la importancia del movimiento y el juego libre, imprescindibles para un buen desarrollo del equilibrio y la coordinación, entre otras cosas.

Todo esto, a nivel de desarrollo fisiológico, puede desembocar en problemas atencionales. También a nivel anímico puede crear gran inseguridad y la sensación de no entender nada, de no ser capaz, cuando en realidad no es el momento adecuado para ese tipo de enseñanza. Es un daño al mundo imaginativo del niño y a su proceso de desarrollo, pudiendo incluso mermar su capacidad de asombro e interferir en su habilidad para relacionarse con los demás.

Es cierto que hay niños que, por su propia motivación, tienen una inclinación especial al aprendizaje de las letras, o de los números, y lo hacen por sí solos, sin ayuda alguna y sin que los adultos hayan intervenido. En estos casos, por supuesto, hay que acompañarlos en su alegría al descubrir cosas nuevas, evitando aprovechar la situación para llevarlos más allá con nuestros conocimientos, y equilibrando este desarrollo intelectual con mucho juego libre y experiencias sensoriales.

Tanto Piaget como Rudolf Steiner indican que la adquisición del pensamiento operativo concreto se da a partir de los siete años, cuando el niño ya ha adquirido gran dominio sobre su cuerpo físico y, las fuerzas que estaban implicadas en el crecimiento, se van liberando para dedicarse al desarrollo del pensar. Aun así, esto no sucede inmediatamente, se trata de una etapa que dura otros siete años y que tiene su culminación a los 12, cuando aparece el pensamiento abstracto.

Si observamos qué sucede a partir de los 12, veremos que también hay una etapa en la que los adolescentes no pueden concentrarse plenamente en el aprendizaje. Esta etapa coincide con un nuevo desarrollo físico, el final de la niñez y el inicio de la adolescencia, el desarrollo de los órganos sexuales y todos los cambios hormonales y anímicos que esto implica. En ese momento, el mundo emocional cobra vital importancia y es preciso tenerlo en cuenta y acompañarlo, en vez de exigir de nuevo que, en lugar de prestar atención a lo que sucede en su cuerpo físico, se desconecten de su sentir para centrarse solo en lo intelectual. Hay que encontrar un equilibrio y proponer todo aquello que permita, además, una expresión sana de lo emocional, como por ejemplo, experiencias plásticas o musicales.

Es de vital importancia que tengamos esto en cuenta a la hora de acompañar a la infancia en sus aprendizajes, pues evitaría grandes frustraciones y facilitaría un desarrollo físico, emocional e intelectual mucho más sano y equilibrado, reduciendo el fracaso escolar y preservando la alegría de descubrir y aprender cuando se está verdaderamente listo para ello.

Sara Justo Fernández. Formadora de maestros. Especialista en pedagogía Waldorf.

www.sarajusto.com

Campaña de crowfunding de mi nuevo libro, «Crecer para educar»

En esta ocasión quiero compartir contigo una gran noticia.

Hace apenas un año, me senté a escribir sobre las experiencias que he tenido como maestra, a reflexionar sobre qué es lo que realmente ayuda a los niños a crecer felices, a desarrollar todos sus dones, a aprender desde el entusiasmo y la alegría. Poco a poco estas reflexiones fueron tomando forma y se han convertido en un libro que está a punto de ver la luz.  Se titula «Crecer para educar».

Para poder publicarlo, voy a iniciar una campaña de crowfunding el próximo 20 de noviembre, y me gustaría mucho contar contigo.  El crowfunding es, en pocas palabras, una compra anticipada del libro, con descuentos y detalles especiales. Viene de la idea de un mecenazgo común, del darnos cuenta de que entre todos podemos ayudar a que los proyectos se materialicen, que podemos apoyar la cultura y el arte en la medida en que nuestra economía nos lo permita.

A partir del 20 de noviembre podrás acceder a la campaña y ver todas las recompensas que he preparado para los que participéis en el proyecto. Habrá un descuento especial para los 100 primeros mecenas, que recibirán  el libro firmado y dedicado.  Os contaré todos los detalles en cuanto empiece la campaña.

En el siguiente enlace puedes ver parte de la portada del libro y un botón para que puedas seguir el proyecto. Si haces click en el botón, te avisaré en cuanto empiece la campaña.
Crecer para educar

También te dejo un enlace al índice y al prólogo del libro, para que puedas ver los contenidos:

Índice y prólogo

Os agradezco de corazón que compartáis esta información con todo aquel al que pueda interesar.
Me despido con una cita de Rudolf Steiner que tiene mucho que ver con la esencia del libro.

«Nuestro mayor esfuerzo debe ser el desarrollo de personas libres, que sean capaces por sí mismas, de impartir propósito y dirección a sus vidas». R.S.
 

La esencia de la pedagogía Waldorf

Hace varios días me propusieron colaborar en la creación de un video para explicar los principios esenciales de la pedagogía Waldorf, escribiendo un texto que los describa. Siendo una de las fuentes más importantes y queridas de mi desarrollo profesional, quiero compartir este documento con vosotros, pues define los principios que considero imprescindibles a la hora de acompañar a la infancia. Desde que empecé a trabajar como maestra, a menudo me han preguntado qué es la pedagogía Waldorf y creo que este escrito puede acercar su esencia a personas que quizá no la conozcan todavía. A continuación podéis leer el texto que he escrito para el vídeo y, después, el enlace al documento completo.

El objetivo principal de la pedagogía Waldorf es formar personas libres en cuanto al pensar, al sentir y a la acción. Que cada persona se convierta cada vez más en el ser que es. Digo persona porque esta mirada transforma no solo a la infancia, sino también a los adultos que formamos parte de ella.

Para conseguirlo, partimos de un estudio profundo de la naturaleza humana, que será la guía para el diseño del currículum, definiendo la edad a la que se presentan las diferentes materias y también la metodología que se emplea al tratarlas.

Trabajamos teniendo muy presente que la verdad absoluta no pertenece a nadie y que cada quien debe desarrollar su propia verdad. No se dan conceptos definidos y cerrados, si no conceptos vivos que se pueden expandir, transformar, engrandecer. La intención es despertar preguntas en vez de transmitir contenidos inamovibles.

Para ello evitamos la tendencia de hoy en día de presentar conceptos sin dar imágenes, la intelectualización temprana que excluye el sentir de la experiencia propia. Presentamos vivencias a los alumnos sobre las que después reflexionan, en vez de dar conceptos ya terminados, fijos, sobre los que debatir sin haber tenido una experiencia personal.

Con ello se crean conceptos vivos, reconociendo la realidad, la belleza. Se favorece el desarrollo de un espíritu libre en su búsqueda. No se apela directamente al pensar, si no que trabajamos el sentir y el querer de cada alumno para que se despierte por su propio pensar.

En palabras de Rudolf Steiner: «Nuestro mayor esfuerzo debe ser el desarrollo de seres humanos libres, que sean capaces, por sí mismos, de impartir propósito y dirección a sus vidas».

Otro de los objetivos es ayudar a encarnar de la mejor manera a los niños; que sean capaces de llegar a todos los rincones de su cuerpo físico y habitarlo con total presencia, con toda su conciencia. Encarnar significa ser capaz de utilizar el cuerpo para hacer todo aquello que decidamos hacer; para ello es primordial percibir qué necesita nuestro cuerpo, movernos con conciencia, llevar la presencia a nuestras sensaciones físicas, descansar, dormir bien, comer sano, hacer ejercicio físico, respirar aire puro, etc.

Uno de los medios más eficaces para conseguir ser dueños de nuestro cuerpo es el trabajo manual: aprendiendo a tejer con dos agujas, haciendo ganchillo, tallando madera, nuestra atención llega hasta las puntas de nuestros dedos, mejorando la coordinación ojo mano y la lateralidad, poniendo en marcha todo un conjunto de funciones físicas de forma rítmica, incluso la respiración.

Por todos estos motivos, el trabajo manual es una de las materias que vertebra la pedagogía Waldorf, y se utiliza ampliamente desde edades tempranas hasta la edad adulta, integrándolo en diferentes clases y empleando materiales adecuados a la destreza y capacidad de cada curso.

El tercer y último objetivo es el desarrollo sano del mundo emocional. Esto se consigue a través del arte, que está presente en todas las materias de diversas maneras y también como materia en sí misma. Diría que ser maestro Waldorf es hacer del arte el principal medio de enseñanza. Todo, desde la forma en que se narran los cuentos en infantil, hasta la manera en que se cuida la disposición del aula, está elegido desde la sensibilidad y la intención de llevar belleza y armonía al día a día de la escuela. Y desde la imitación propia de la infancia, se aprende a valorar y apreciar el mundo artístico al verlo reflejado en el maestro y en la propia clase.

El arte está profundamente relacionado con el mundo emocional, tanto el uso del color en el arte plástico, como el efecto que tiene la combinación de diferentes notas musicales en el alma humana, todo ello nutre la capacidad de sentir y reconocer nuestras emociones. Además, el hecho de practicar cualquier materia artística en grupo tiene la capacidad de mejorar las relaciones sociales y es un gran beneficio para la clase.

Existe una disciplina artística específica, creada por Rudolf Steiner, que se practica en las escuelas Waldorf; se llama euritmia. En pocas palabras se podría describir como la representación de los sonidos musicales y las palabras por medio del movimiento del cuerpo. Cuando se realiza en grupo, es una experiencia verdaderamente hermosa, que trabaja las relaciones sociales entre las personas. Suele ir acompañada con música de piano en vivo.

Como conclusión diría que la esencia de la pedagogía Waldorf está en la capacidad de observar, empatizar y acompañar a la infancia con el propósito de facilitar que cada quien se convierta en la mejor versión de sí mismo, aportando así su luz propia al mundo.

Os dejo con el video, espero que os guste y os sirva.

Texto de Sara Justo Fernández, narrado por Carolina Hernández y editado por la página Palabra de Rudolf Steiner.

Sara Justo Fernández. Formadora de maestros. Especialista en pedagogía Waldorf

En qué consiste ser maestro

Hace unos días tuve un momento de iluminación; observaba a mis alumnos mientras dibujaban en sus cuadernos una figura geométrica que había en la pizarra. Y me di cuenta de que varios niños, que unos meses antes no eran capaces de reproducir la forma por si mismos, ese día sí que lo conseguían.


Y entonces pensé que yo no había intervenido de forma directa en ese aprendizaje, no les había dado indicación ni técnica alguna. Lo habían conseguido por si mismos, a través de la práctica y su propio proceso interior. Me maravillé al pensar lo hermoso que es ver cómo el ser humano aprende sin más, en el momento preciso en que está preparado para ello.


Y empecé a recordar otras experiencias, por ejemplo, explicando matemáticas. Hay niños que tienen un ¡eureka! casi instantáneo, sin necesidad de explicación alguna. Hay otros que no, y mientras tú como maestro estás buscando un modo distinto de explicar algo, ellos están en su interior, intentando entender a través de sus propios razonamientos, aquello que están percibiendo. Es más, incluso cuando encontramos otras maneras de explicar lo mismo, si no es su momento, no sucederá absolutamente nada. Y, sin embargo, un mes después, con la más simple de las explicaciones, o sin más, de forma repentina, lo van a entender y lo van a hacer suyo.


En otra ocasión, explicando el minimo común múltiplo, eran ellos, mis alumnos, los que daban definiciones de lo que podía ser aquello. Y entre todos, consiguieron explicar qué era y para qué se utilizaba. Esto ya en sí mismo es impresionante, pero lo que verdaderamente me dejó boquiabierta fue cuando pregunté si podían imaginar qué sería el máximo común divisor y una alumna me contestó con la definición exacta y también explicó, deduciéndolo del concepto anterior, la forma de hallarlo.


Y pensando sobre todo esto llegué a la siguiente conclusión; no se puede «enseñar» matemáticas, en realidad, aún estoy reflexionando sobre si se puede enseñar ninguna materia en absoluto…


¿Y entonces? ¿En qué consiste ser profesor? ¿Qué significa ser maestro? Y la respuesta que me llega es aquel que presenta nuevas situaciones, nuevas experiencias, aquel que va encendiendo el fuego de la pregunta, de la curiosidad, aquel que va abriendo ventanas y puertas por las que se ven infinitas opciones que pueden ser exploradas…. y sobre todo, aquel que consigue mantener intacta la inocencia infantil, las ganas de investigar el mundo, y que no mata con el mayor de los tedios, la reprobación y la repetición de conceptos lejanos, ese espíritu de búsqueda que vive en el corazón de los niños.


Y esa persona amable y cercana que te acompaña, con la que te sientes a gusto, y que confía en que eres capaz de conseguir todo lo que te propones.

Casi nada…

Sara Justo Fernández. Formadora de maestros. Especialista en pedagogía Waldorf.