Qué nos impide hacer realidad nuestro verdadero propósito

Siguiendo el hilo de mi último artículo, en el que hablaba sobre la importancia de distinguir lo esencial de lo urgente, hoy voy a hablar sobre los motivos que nos impiden dedicarnos a aquello que nos hace realmente felices. Tomar conciencia de ello puede ayudarnos a dar a nuestro verdadero propósito el espacio que merece.

Una de las causas principales es nuestra percepción del deber. Solemos dedicarnos en primer lugar a lo que sentimos como una obligación y dejamos para después lo que percibimos como un disfrute, casi como un lujo.

Generalmente consideramos obligaciones aquellas tareas que nos requiere el mundo desde fuera y que se relacionan con un ideal, o con el bienestar material o social. A menudo las percibimos como algo que cuesta esfuerzo y que hacemos por un sentido del deber.

Esta percepción de lo que es obligatorio pone los requerimientos externos por delante de lo que, en nuestro fuero interno, sabemos que nos hace bien. La cuestión es que postergar la escucha interna y las necesidades propias por las necesidades ajenas o las demandas del mundo exterior, puede traer sufrimiento y nos desconecta de nuestro verdadero propósito.

Algo que nos puede ayudar a reorientar el sentido del deber es meditar sobre para qué estamos vivos. Todas las personas tenemos dones, habilidades que nos hacen sentir plenos y felices. Y en vez de dedicarnos a ello, nos enfocamos en lo que supuestamente va a darnos un sustento, en lo que la sociedad pide de nosotros o en lo que nos va dar un reconocimiento externo. Y el trabajo se convierte en una obligación en vez de en algo que nos llena y nos nutre. Y todo aquello que podríamos aportar a la sociedad desde lo que realmente hemos nacido para hacer, se pierde. Y con ello se pierde también el posible cambio de un mundo que va a la deriva.

Las nuevas generaciones no están dispuestas a poner por delante el deber, pero, enterradas en las redes sociales, tampoco conocen su verdadero propósito y a menudo se aferran a aquello que les produce un placer momentáneo, un reconocimiento superficial, para sentirse vivas. Y, si los adultos no hemos descubierto cómo ser felices y vivimos desde la obligación, difícilmente vamos a poder ofrecerles una alternativa digna a ese mundo virtual.

Es preciso tomar conciencia de todo esto y plantearse cuál es nuestro verdadero deber y colocarlo en primer lugar. Y la mejor pista es saber que nuestro propósito real nos hace sentir bien, plenos y entregados a la vida. Es aquello que hace que el tiempo se pare y que aporta felicidad, tanto a nosotros mismos como a nuestro entorno.

Otra de las causas fundamentales de la postergación de aquello que nos hace felices es el miedo al resultado, el miedo a qué pasaría si realmente nos dedicáramos a lo que nos gusta de verdad, a lo que valoramos profundamente.

Mostrar al mundo algo que es una parte esencial de nosotros, apostando por hacer realidad nuestros sueños, implica un gran riesgo. Salga bien o salga mal, provocará un cambio en nuestras vidas y tendremos que tomar nuevas decisiones y asumir nuevos retos. Si no lo conseguimos, tendremos que lidiar con la desilusión y con el hecho de volver a empezar. Y, si tenemos éxito, será un gran desafío, pues parte del mundo conocido desaparecerá y habrá que caminar por un terreno totalmente nuevo.

Esto da mucho vértigo, así que a menudo preferimos quedarnos como estamos pues, tal como dice el refrán: “Más vale malo conocido que bueno por conocer”. Este dicho refleja claramente ese miedo tan humano al cambio, a lo que la vida nos pueda traer si intentamos conseguir lo que realmente queremos.

Sin embargo, cuando nos atrevemos de verdad y salimos de la comodidad de lo malo conocido, nos llenamos de una vitalidad que regenera por completo nuestra existencia.

Estos dos factores; colocar en primer lugar el deber mal entendido y el miedo a hacer nuestros sueños realidad, dificultan que nos dediquemos a lo que verdaderamente amamos. En vez de vivir desde nuestra esencia, estamos viviendo una vida prestada, una vida de otro. Y desde esa infelicidad, difícilmente podemos mostrar un camino que merezca la pena andar a los que vienen detrás.

Pero si logramos esclarecer nuestro propósito y nos atrevemos a hacerlo realidad, recuperaremos ese entusiasmo por la vida que puede hacer de esta tierra un verdadero paraíso. Y lograremos ser un valioso referente para aquellos que están en proceso de convertirse en adultos.

Sara Justo Fernández. Maestra y formadora en pedagogía Waldorf.

La importancia de distinguir lo esencial de lo urgente

En otras ocasiones he hablado sobre la incidencia que tiene nuestra sociedad y su ritmo frenético en las relaciones sociales y en la capacidad de formar vínculos y percibir al otro. Hoy quiero profundizar en algo más concreto, que es la importancia de aprender a priorizar lo que consideramos esencial, lo que verdaderamente amamos.

A menudo observo cómo nuestra forma actual de vivir deja lo importante en un rincón, esperando a un tiempo posterior en el que hipotéticamente tendremos más calma y claridad para ocuparnos de ello. Lo urgente, aquello que se debe hacer sin demora, ocupa el primer lugar y tendemos a acumular largas listas de tareas pendientes, encadenando una tras otra de la mañana a la noche. Con suerte, cuando estamos en la cama, nos damos cuenta de que otra vez hemos olvidado escucharnos y dedicar un tiempo a ese algo esencial que nos da paz y nos ayuda a estar más presentes.

Si nos paramos a pensar qué cosas priorizamos porque son urgentes, nos daremos cuenta de que no siempre son tan importantes como aquello que estamos postergando. A veces es preciso llegar tarde para dedicar tiempo a solucionar un malentendido. O dejar a un lado las tareas de casa para poder jugar con tu hija durante una hora con toda tu atención y presencia. O incluso para disfrutar del sol, que ha salido después de esconderse durante meses.

El problema es que la urgencia se adueña de nuestra mente y nos hace creer que, hasta que no solucionemos aquello, no podremos disfrutar de la calma y la presencia. Nos seduce con la idea de que después de hacerlo estaremos más tranquilos y tendremos tiempo para lo que queramos, pero la realidad es que, probablemente vuelva a aparecer algo urgente en cuanto terminemos.

Esta manera de vivir hace que podamos pasar mucho tiempo sin ocuparnos de nosotros, sin dedicar tiempo a actividades que nos hacen sentir realizados o que nos aportan serenidad.

Para poder ser felices, necesitamos aprender a equilibrar los tiempos, reflexionando sobre lo importante, sin dejarnos llevar por lo urgente. Es posible que tengamos un trabajo que nos llene y nos nutra o que nos ocupemos con amor y total dedicación a nuestra familia, o incluso ambos. Si cualquiera de estas áreas se lleva toda nuestra presencia y energía, sin dejar ese tiempo sagrado para uno mismo, llegará un momento en que sintamos un gran vacío, y nos demos cuenta de que hemos perdido lo más importante por el camino. No es posible ocuparse adecuadamente de algo si no nos ocupamos de nosotros mismos, si nos desatendemos.

Necesitamos recordar qué es aquello que hace que el tiempo se pare y darle un espacio en nuestras vidas. Para cada persona es diferente, pero todos tenemos algo que nos hace volver al centro y recuperar las fuerzas perdidas. Dar un tiempo a esa actividad que nos llena hace que podamos encargarnos mucho mejor de todo lo que venga.

Cuando estamos haciendo aquello que nos hace sentir en casa, es mucho más fácil escuchar a la intuición y ver qué cosas no funcionan en nuestra vida y qué podemos transformar para ser más felices. Cuando estamos siempre a la carrera, resulta mucho más difícil escucharse y encontrar soluciones, por ello es tan importante tener aunque sea cinco minutos al día para recuperar la conexión con uno mismo.

Hay muchas prácticas que nos pueden ayudar a aprender a serenar la mente y crear ese espacio de escucha, como la meditación o el mindfulness. Se puede comenzar simplemente por encontrar un momento durante el día en el que dedicarse varios minutos a llevar la atención a la respiración. Este espacio de silencio es suficiente para empezar a vislumbrar lo esencial.

Cuando tomamos conciencia de nosotros y salimos de la prisa diaria, podemos percibir a los demás de forma real, sin las proyecciones habituales. Nos ayuda a decidir mejor, a elegir aquello que es verdaderamente importante. También a relacionarnos con mayor presencia y a acompañar a la infancia con el amor y la serenidad que merece y necesita. Es uno de los mejores modos de conocernos y realizar nuestro trabajo en el mundo desde la conciencia y la alegría.

Si además conseguimos transmitir el valor de este hábito a las nuevas generaciones, en este mundo donde ya casi sólo existe lo inmediato, estaremos aportando nuestro granito de arena a una necesaria transformación social.

Sara Justo Fernández. Maestra y formadora en pedagogía Waldorf.