Cómo paliar los efectos de la cuarentena en nuestra salud mental

Estos días de retiro me hacen reflexionar sobre las relaciones humanas y cómo podemos mejorarlas, llevando conciencia y comprensión a cada una de nuestras interacciones.

Es mi intención compartir con vosotros, a través de mis artículos, un camino lo más práctico posible para crear un ambiente en el hogar en el que todos podamos sentirnos bien. Espero que os pueda servir.

En el primer texto que escribí aportaba un punto de vista positivo sobre la situación, en el que hablaba de que el hecho de centrarnos en lo que podemos aprender, nos ayudaría a hacer un buen uso de este tiempo. En el segundo proponía recursos a las familias para poder mejorar la convivencia en el hogar, en estas inusuales condiciones.

Hoy, cuatro semanas después de que se iniciara la cuarentena, quiero escribir sobre el lado oscuro. Aunque es vital centrarse en lo positivo de la situación, es preciso conocer el efecto que tiene este retiro sobre nuestra salud mental, para poder ocuparse de ello y salir fortalecidos de la experiencia. Hablar sobre esto es una manera de sentirnos comprendidos, viendo que estamos acompañados y que a todos nos afecta profundamente.

Una de las cosas necesarias para nuestro bienestar emocional es la vida social, el intercambio con otras personas, las vivencias compartidas. A través de nuestras relaciones, aprendemos, evolucionamos, creamos conexiones neuronales, se nos ocurren nuevas ideas, descubrimos problemas por resolver y nos activamos para encontrar respuestas.

Cuando la vida social se reduce al hogar o es incluso inexistente durante tanto tiempo, llega un momento en que todos los estímulos son los mismos, es como estar en un bucle en el que es difícil que se produzca algo nuevo. No hay nada externo que anime nuestra vida familiar, un trabajo, un viaje, un concierto, y todo se vuelve repetitivo y plano. Las emociones están a flor de piel y nos puede invadir la tristeza, la melancolía, la desgana, el enfado. Hasta se nos pueden olvidar los nombres de algunas personas conocidas o sentir cierta desorientación.

Es el efecto de la privación de estímulo social sumado a la falta de movimiento físico.

Si somos personas con mucho mundo interior, es posible que no nos demos cuenta de la inanición anímica que sufrimos. Seguimos inmersos en nuestros quehaceres hasta que la falta de contacto real con la vida exterior llama a nuestra puerta y nos damos cuenta de nuestro estado de desconexión.

Cuando no estamos conectados con nosotros mismos, no podemos relacionarnos con los demás de forma sana. Y esta experiencia de cuarentena, en la que muchos hemos perdido nuestras relaciones sociales e incluso nuestro trabajo, es una prueba difícil en la que se puede confundir la desorientación personal con el desamor. Y podemos proyectar nuestro malestar interior en el otro, sin darnos cuenta de que esto no hace más que empeorar la situación.

La vida con un estímulo social reducido, incluso en las situaciones de pareja bien avenida sin presión económica o familiar, suele acabar siendo anodina. Y podemos incluso pensar que hay falta de amor, cuando lo que hay es falta de propósito, necesidad de sentirnos útiles en relación con el mundo, con la sociedad, con nosotros mismos. Y esa sensación puede llevarnos al criticismo, haciendo de un paraíso un pequeño infierno.

También es muy probable que, al sentirnos invadidos por la melancolía, la tristeza o el enfado, en vez de escucharlo y poner remedio, achaquemos nuestro malestar a lo mal que lo están haciendo los políticos, los vecinos, los otros países o incluso los científicos, elaborando complejas teorías sobre quién es el culpable de todo esto, instalándonos en la queja y en la crítica destructiva.

Se podría pensar que, con el aumento de la vida social via online, nuestras relaciones siguen intactas. Pero con el paso del tiempo, nos damos cuenta de que relacionarse a través de una pantalla es una copia endeble de la realidad. A mi me produce una sensación de irrealidad, de lejanía. Es como si todo estuviera sucediendo a un nivel mental, pero no a un nivel físico y anímico. Digamos que la realidad virtual me deja con una sensación de añoranza casi mayor que la distancia real. Disfruto más al encontarme con las personas queridas en mis sueños que en los zooms y las video conferencias. Si es un buen sueño, claro.

Con esto no quiero decir que esta manera de relacionarse no tengan un valor. Al menos tenemos la sensación de no perder el contacto con esas personas que tanto queremos; el hecho de vernos tras el cristal hace que revivamos la sensación de estar realmente con esas personas, y esto es necesario. Pero de ningún modo suficiente. Y, reflexionando sobre ello, pienso que quizá esta situación nos ayude a ver que una llamada nunca puede sustituir a un café con alguien. Y que, cuando esto termine, necesitaremos revolucionar nuestra vida para hacer tiempo a esos encuentros de calidad con las personas que amamos. O incluso con las que no sabemos que amamos todavía.

Y mientras tanto… ¿qué podemos hacer para paliar el efecto negativo de este aislamiento en nuestra salud mental?

La respuesta es crear experiencias nuevas, significativas, vivencias que podamos compartir, que nos saquen de la mente, que nos conecten con la presencia real, aquí y ahora. Inventarnos juegos, sesiones de baile que nos produzcan risa, que nos hagan sonreir y conectar con el otro de forma nueva. Cosas que no hayamos hecho nunca. Si puede ser sin una pantalla de por medio mejor.

Si no compartes tu espacio con nadie, puedes buscar la conexión social por otros medios, sonríe tras tu mascarilla al cajero del supermercado, saluda a la vecina desconocida cuando te la cruces, escribe cartas de agradecimiento a esas personas que son importantes en tu vida. Encuentra el modo de seguir conectado con el mundo.

Podemos revolucionar nuestro hogar, hacer una macro limpieza y sacar todo fuera, deshaciéndonos de lo que ya no necesitamos. Organizar y limpiar el espacio que habitamos es ocuparnos también de nuestra salud, de nuestro bienestar.

Podemos también aprender a cocinar o mejorar nuestro repertorio. Es una de las habilidades más útiles y satisfactorias que existe, te conecta con todos tus sentidos e implica que estés completamente presente, a riesgo de quemar la comida.

Podemos nutrir nuestra necesidad de crear por medio de actividades artísticas, que nos ayuden a observar con otros ojos el entorno y el interior, en busca de la belleza. Una de mis herramientas favoritas para salir del bucle mental es dibujar lo que tengo delante. Observar los colores, las sombras, los tamaños, las distancias e intentar representarlo. Si es una planta o un árbol mucho mejor, el hecho de que sea un ser vivo te hace vincularte y te nutre profundamente. Da igual que creas que no sabes dibujar, pues la esencia de esta vivencia no está en el resultado si no en el proceso. Haced la prueba, es una experiencia especial.

También hay que poner atención en descansar, pues hay cierta tendencia a un exceso de actividad y no se trata de estresarse, sino de mantenerse activos y presentes.

Y ya para concluir… No olvidéis apagar la televisión. Liberaos de toda esa información que siembra miedo e incertidumbre, que nutre la inseguridad y el pánico, que nos hace sentir impotentes y desconfiar del vecino. Elegid vuestras fuentes de información y consultadlas una vez al día, no es necesario más. Y, por supuesto, proteged a los pequeños de la casa de toda esta avalancha de noticias, que además suelen centrarse en lo escabroso y repetirlo hasta la saciedad.

Si conseguimos descubrir qué es lo que nos hace bien y aprendemos a conocernos mejor, a estar serenos, aceptando la situación y buscando nuestras estrategias para seguir conectados, podremos salir de esto renovados y con fuerzas para cambiar lo que sea necesario, que es mucho.

Ánimo.

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Sara Justo Fernández. Formadora de maestros. Especialista en pedagogía Waldorf