El sentido de las rabietas y cómo gestionarlas

Las rabietas son una de las primeras expresiones emocionales que aparecen en la infancia y también uno de los temas más complejos de gestionar en la crianza. En este artículo hablaré sobre cómo acompañarlas de forma que sigan siendo una expresión sana y no se transformen en una demanda incontrolable que genera tensión y malestar.

Para poder entender mejor qué son y por qué se producen, es preciso ir a los primeros años y ver el mundo desde ese punto de vista. La infancia es la etapa de la vida en la que todo se hace por primera vez; cada día aparecen nuevos aprendizajes que se consiguen integrar después de un tiempo de práctica constante y mucho tesón.

Los procesos de crecimiento son fuente de grandes frustraciones, pues se dan multitud de situaciones que colocan al niño en la posición de no ser capaz de hacer algo y tener que aprender desde cero, a través del ensayo y el error, hasta que lo consigue. Requieren fuerza de voluntad, esfuerzo, paciencia y tolerancia a la frustración.

Es precisamente esa frustración la que impulsa el aprendizaje, es la llama que enciende la voluntad hasta que se consigue lo que se intenta y, de ese logro, nace la autoestima y la confianza en las propias capacidades.

Pero mientras no se logra el objetivo, la frustración puede producir mucha tristeza, enfado y otras emociones. Si como adultos somos capaces de empatizar e imaginar cómo nos sentiríamos ante esa situación que se repite constantemente, podemos entender por qué surgen lloros sin motivo aparente o enfados y peticiones que parecen irracionales, y acompañarlos como lo que son, la expresión sana de la frustración que produce el crecimiento.

Es importante entender que esta expresión no siempre aparece en el momento, puede aparecer mucho después por una causa aparentemente nimia, que recuerde al niño una situación anterior, un poco como la gota que colma el vaso. Según el carácter del niño o la niña, todas estas frustraciones harán más o menos mella y se expresarán en mayor o menor medida. En ocasiones se puede incluso necesitar regresar a un estadio anterior, donde todo sea fácil y conocido, donde no se tenga que hacer un esfuerzo constante de aprendizaje.

En todo este proceso de crecimiento, la reacción del adulto tendrá un efecto muy potente sobre el niño. Si cuando vemos que no logra hacer algo lo hacemos por él, le quitamos la oportunidad de aprender por sí mismo y le hacemos dependiente de nuestra ayuda. Al no tener que esforzarse, no puede poner en marcha sus fuerzas para desarrollar sus propias capacidades. Además, es posible que ahora no lo pueda hacer porque no ha llegado el momento madurativo, y que, en unos meses, sea capaz de hacerlo por sí mismo sin ninguna ayuda.

Esto no significa que no podamos acompañar a los niños en sus aprendizajes; podemos estar a su lado y servir de apoyo, evitando conscientemente hacer por ellos las cosas que pueden conseguir por sí mismos. No es tarea fácil, pues para poder distinguir qué pueden hacer solos es necesario una observación profunda y una presencia atenta y sin prisas, que permita que nuestra intuición nos diga lo que realmente se necesita en cada momento. También requiere que seamos capaces de entender y de transmitir a los niños que no siempre se consigue lo que uno quiere cuando uno quiere, que las cosas suceden en el momento preciso, y que no por ello hay que rendirse o dejar de intentarlo.

El origen principal de las rabietas es justamente este: no conseguir lo que uno quiere cuando uno quiere. Y el quid de la cuestión es el siguiente; si yo no dejo que mi hija se frustre en las pequeñas cosas y alivio su frustración dándole lo que quiere, voy a tener que seguir haciéndolo continuamente, porque no va a aprender a tolerar la frustración que se desprende de todo aprendizaje. Además, si cada vez que tiene una rabieta, le doy lo que pide, estaré dotando de sentido comunicativo la rabieta. Es muy importante entender esto: Lo que mi hija percibe es que cada vez que tiene una rabieta consigue lo que quiere. Es decir, que la rabieta pasa de ser una simple y sana expresión de frustración a ser un modo de conseguir lo que uno quiere de forma fácil y sin esfuerzo. Y cuando esto sucede, las rabietas aumentan en cantidad y volumen.

Si hemos actuado de esta manera desde que nuestros hijos eran bebés, va a requerir mucho esfuerzo cambiar esta dinámica, pero es posible. Hay que entender cómo acompañar la frustración y ser capaces de estar al lado de los niños durante las rabietas, ofreciendo nuestro apoyo emocional y nuestro cariño sin ceder a las peticiones, comprendiendo su necesidad y su frustración y a la vez, permaneciendo firmes en nuestras decisiones. Cuanto mayor sea el niño, más larga será la rabieta y más esfuerzo nos requerirá permanecer en nuestro centro, pero una vez seamos capaces de entender esto y acompañar la tormenta, también el niño lo comprenderá en su interior y empezará a tolerar la frustración. Esto le ayudará a buscar otras maneras de expresar lo que necesita y también a pedir el apoyo del adulto desde la calma y la confianza.

Un caso aparte serían las rabietas que provienen de un exceso o una falta de límites. Cuando decimos “no” todo el tiempo sin dejar que los niños decidan sobre nada que les atañe, es muy difícil que no existan las rabietas, y si no existen es también un problema pues, tarde o temprano, esta necesidad de expresión propia que tenemos todos los seres humanos estallará. Es primordial entender cuáles son los límites esenciales y necesarios y cuáles no. En este artículo no hay lugar para profundizar sobre ello, pero una pista sería observar cuántas veces al día estamos dirigiendo o interviniendo en la actividad infantil y equilibrarlo con momentos de actividad libre cuando sea posible. Igual de perjudicial es decir que “sí” a todo; si rara vez intervenimos para poner límites, cuando lo hagamos no serán aceptados con facilidad y probablemente tengamos que hacer un gran esfuerzo para ser escuchados o incluso percibidos.

Ya para terminar, es muy importante darnos cuenta de que, si ponemos a los niños en el centro todo el tiempo, y sólo tenemos en cuenta sus necesidades y nunca las nuestras o las de otras personas, no van a aprender a ser empáticos, no aprenderán a limitar su libertad donde empieza la del otro, ni a respetar las necesidades de los demás. Y cuando la vida les traiga una situación que no puedan controlar, su única herramienta, la rabieta, no les va a funcionar y no van a saber cómo superar la frustración que surja de estas situaciones.

Ser capaces de acompañar las rabietas como lo que son, expresiones sanas de frustración, sin intentar cambiar la situación ni resolver el problema, acompañando con amor y comprensión la emoción que surge, es uno de los mayores bienes que podemos ofrecer a la infancia y, en definitiva, a la sociedad. Y aunque sea difícil, es totalmente posible.

Lo que necesitamos saber para aprender a poner límites

En mis años de maestra y en mi recién estrenado rol de tía, me doy cuenta de lo difícil que es llevar a la práctica muchas de las ideas que consideramos esenciales en educación. Hablo tanto de poner los límites necesarios con amor y claridad como de distinguir qué es lo adecuado en una situación dada. En la teoría parece todo muy claro, pero cuando llega el momento, las certezas dejan paso a la emoción, que tiñe de confusión las decisiones.

Esto es principalmente porque no queremos ver sufrir a nuestros pequeños, queremos evitar a toda costa las situaciones que puedan causarles dolor. Poner un límite significa que el niño o la niña ya no puede seguir haciendo aquello que le gustaba, y esto produce disgustos. Es más, nos convertimos de algún modo en la causa de su dolor y podemos incluso sentir que estamos coartando su libertad.

Sin darnos cuenta perdemos la perspectiva; no vemos más allá de ese momento y de ese deseo que no se puede cumplir. Lo vemos muy claro cuando hay un peligro inminente; vemos a una niña a punto de cruzar la calle sin mirar si vienen coches y el límite es evidente e inmediato. ¿Por qué? Porque el dolor de la posibilidad de perderla es mucho mayor que el dolor de frenar su libertad en ese momento.

Sin embargo, cuando las consecuencias no son visibles a corto plazo, es mucho más fácil que cedamos y que pongamos por delante de lo que consideramos adecuado los deseos del niño o la niña. No vemos que lo que hoy estamos permitiendo, porque en realidad “no pasa nada”, se puede convertir en una dificultad grande o incluso en un dolor más grande más adelante. Un ejemplo muy claro sería cuando un niño nos pide dulces y se los damos de forma sistemática, y luego tiene que pasar por el dentista porque tiene caries. O incluso más a corto plazo, el día que toma dulces luego no consigue dormir ni descansar bien. ¿Es más importante evitar el dolor de no poder tomar un dulce que el de no poder dormir? Cuando somos capaces de mirar un poco más allá y ver la imagen completa, nos resulta mucho más fácil sopesar la situación y tomar una decisión clara.

Hay que tener también en cuenta que lo se expresa como deseo no siempre es lo que se necesita. Los bebés y los niños muy pequeños no tienen muchos medios para expresar sus necesidades y los adultos intentamos adivinar de la mejor manera cómo satisfacerlas.

Sin darnos cuenta, a menudo utilizamos la comida para calmar el llanto o el dolor. A veces será justo lo que necesitan, otras veces no, pero en cualquier caso, asociarán la comida con la solución para su dolor. Otras veces, les ofrecemos ver la televisión o el móvil para que se calmen. Quizá lo que necesitan es llorar entre nuestros brazos un rato más, pero lo que reciben es otra cosa, y se acostumbran a ese sustituto para calmar su dolor. ¿Qué sucede? Que ese sustituto se hace imprescindible y, si no lo reciben, el dolor es mucho mayor.

Pero en realidad, esto no soluciona la carencia. No han aprendido a escuchar lo que realmente necesitan y confunden sus deseos más profundos con cosas materiales. Es así como uno se desconecta de sí mismo y pone su atención fuera, en el mundo material, como si fuera allí donde está la solución.

Por eso es tan importante la escucha en la crianza y en la enseñanza. En vez de correr a consolar a la infancia con algo que distraiga su atención del dolor, necesitamos aprender a escuchar, a dar espacio y tiempo para que sepa qué necesita. Igual es un abrazo, o respirar profundamente o llorar un ratito.

Aprender a manejar la frustración de recibir un “no” es un aprendizaje muy importante en la vida. Y es mucho más fácil de asimilar con un adulto que sabe escuchar y acompañar esta situación, ofreciendo el espacio y el cariño necesario, sin utilizar sustitutos ni ceder en su decisión.

Si además somos capaces de observar nuestros propios deseos y distinguir los reales de los creados, estaremos haciendo un trabajo interior que nos llevará a ser más felices y a poder mostrar un camino posible a la infancia que nos rodea.