Por qué no hacemos lo que nos proponemos y cómo conseguirlo.

A menudo observo lo difícil que resulta comprometerse en esta época de prisas y distracciones. Nos proponemos cosas que no conseguimos hacer y que acaban siendo un peso en un rincón de nuestra mente, que nos recuerda lo que tenemos pendiente. Es como si fuéramos por la vida en automático, repitiendo todo lo que ya hacemos y sin que haya lugar para cambios que traigan nuevas experiencias. Tomamos decisiones que, literalmente, no tienen hueco en esta vida loca.

El cambio es algo que parece casi imposible, así que es más fácil dejarse llevar por la vorágine diaria, aunque acabemos el día exhaustos y con la intención de cambiar al día siguiente. A veces necesitamos que nuestro propio cuerpo se enferme para ser capaces de parar y reflexionar, para dar espacio a eso que necesitamos urgentemente en nuestras vidas.

Viviendo de esta manera, es habitual que hagamos promesas que no podemos cumplir, y esto es especialmente dañino para la infancia que nos rodea. Llevados por nuestros deseos de cambiar y estar presentes, prometemos que haremos esto o aquello juntos, pronto, y luego volvemos a la rueda que gira sin parar, a los quehaceres sin fin, y lo prometido nunca llega. La infancia se habitúa a que no cumplamos nuestra palabra y deja de confiar. Las rabietas aumentan y nuestra autoridad disminuye; quién se va a fiar de las decisiones de alguien que no hace lo que dice. Un mundo donde no abundan las certezas es un mundo inseguro y lleno de frustraciones.

Para poder cambiar todo esto y cumplir con lo que nos proponemos, necesitamos crear tiempo y espacio para lo que realmente importa, y eso se logra ganando terreno a la prisa, poco a poco, parando unos segundos y recuperando la presencia consciente.

En el camino hacia ese ideal, hay varios aspectos a tener en cuenta que nos pueden ayudar y que paso a describir:

1. Definir con claridad lo que queremos lograr.

Es importante pensar detalladamente qué queremos conseguir y reflexionar sobre el motivo que tenemos para ello. Quizá al pensarlo con calma descubrimos que no lo estamos priorizando y por eso no lo logramos, o que en realidad lo queremos hacer por otra persona. Esto nos sirve para entender por qué en ocasiones no tenemos éxito y es una gran ayuda a la hora de encontrar lo que queremos hacer de verdad.

2. Empezar por metas pequeñas fáciles de cumplir e ir ganando terreno gradualmente.

Cuando sentimos que necesitamos un cambio, solemos elegir objetivos radicalmente opuestos a la situación presente. Si vemos que nos hemos pasado con la comida poco sana, decidimos hacer una dieta super estricta imposible de cumplir, si estamos flojos de forma física, nos proponemos ir a correr siete días a la semana durante una hora… Y claro, es un salto tan grande que el cuerpo, poco habituado a estas metas tan lejanas, no tarda en rendirse y volver al punto de inicio. En vez de tomar decisiones tan drásticas, podemos empezar por quitar de nuestra dieta las patatas fritas, por ejemplo, o por correr quince minutos cinco días a la semana, e ir ampliando el tiempo poco a poco, a medida que recuperamos la salud y la forma física.

3. Ajustar nuestras actividades al tiempo real que tenemos disponible.

A veces queremos abarcar mucho más de lo que es posible y organizamos una tarde llena de actividades que termina siendo una gincana donde no tenemos tiempo ni de respirar. Y llegamos a la clase de yoga tarde y nos vamos antes de que termine porque también vamos con retraso para tomar algo con ese amigo que tenemos tan descuidado. Esto, si lo miramos con atención, no tiene ningún sentido, pues vamos corriendo de un lado al otro sin poder estar realmente presentes en ningún sitio. Se trata de elegir y dedicar tiempo de calidad a aquello que hemos decidido hacer.

4. Desterrar la queja.

Es una de las actitudes que nos roba más energía, nos quita el empuje para hacer lo que de otro modo seríamos capaces de conseguir. Cuando nos quejamos de algo descargamos la frustración que nos produce una situación, normalmente sobre un buen amigo o amiga, y perdemos la fuerza que contiene esa frustración como impulso para el cambio. Como dice el refrán, se nos va la fuerza por la boca y hacemos crecer tanto los obstáculos que la acción se aleja hasta el infinito.

Las excusas son también una forma de sabotaje; lanzamos balones fuera, hacemos responsables de nuestra situación a las circunstancias o a otras personas, y esto nos hace pensar que el cambio no depende de nosotros. Esto nos lleva a la pasividad y a la frustración de sentir que no podemos hacer nada.

5. Discernir qué es lo verdaderamente urgente en cada situación.

Todo aquello que requiere una acción inmediata suele tomar el primer lugar en nuestra lista de tareas, relegando a un segundo puesto aspectos que pueden tener mayor importancia. Es lógico que solucionemos lo urgente primero y luego nos dediquemos con calma a lo importante, el problema es que no todo es tan urgente como parece. Por ejemplo: imaginemos que nos hemos propuesto ir a clase de pintura los lunes por la tarde, estamos a punto de salir y suena el teléfono con una llamada de trabajo. Si priorizamos la llamada, estamos dando más atención e importancia a esa llamada que a lo que hemos decidido hacer de antemano, aquello que probablemente nos hace mucha ilusión y queremos desarrollar. Y quizá esa llamada no es verdaderamente urgente y por contestarla no llegamos a la clase de pintura. El hecho de que un estímulo externo nos apremie a hacer algo no significa que se vaya a parar el mundo si no lo hacemos en ese mismo instante.

6. Observar qué elementos cotidianos secuestran nuestra atención y acotar su uso.

Como hemos visto en el punto anterior, las llamadas, la televisión, los emails, las redes sociales y el uso del móvil en general suelen causar interrupciones constantes que nos distraen y nos hacen desaparecer del momento presente. Es importante dar un espacio concreto, acotado, para su uso y no dejar que invadan situaciones e interacciones que merecen una presencia total, para poder disfrutar realmente de lo que hacemos.

7. Decidir versus actuar sin pensar.

En ocasiones puede ocurrir que actuemos en automático y digamos que sí a peticiones e invitaciones que nos proponen, sin pensar en si de verdad queremos hacerlo o si disponemos del tiempo necesario para asumirlo con atención y presencia. Cuando somos capaces de parar, respirar y ver si realmente queremos hacer lo que vamos a hacer, podemos tomar una decisión consciente, en vez de dejar que el ritmo frenético nos lleve a decir que sí cuando lo mejor sería un no.

8. Confiar en nuestra capacidad para conseguir lo que nos proponemos y no rendirnos.

Una vez hemos decidido que necesitamos hacer un cambio, o nos hemos propuesto hacer algo concreto, hay que tener plena confianza en que somos capaces de lograrlo, y que si no lo conseguimos a la primera, sólo tenemos que seguir intentándolo hasta que lo consigamos. Como dice el refrán inglés: “practice makes perfect”, de la práctica nace la perfección.

Cuando tenemos en cuenta todos estos aspectos, el cambio se hace mucho más asequible, nos volvemos conscientes de lo que queremos, elegimos aquello que nos hace bien y dejamos ir lo que no, trazando un camino cercano, posible, que podemos seguir con confianza y fuerza de voluntad.

Esto crea coherencia en nuestras vidas y en las interacciones que tenemos con otras personas. Si queremos lograr una sociedad consciente y sana, tenemos que empezar por transformar nuestra pequeña parcela en un gran paraíso.

La importancia del contacto social y cómo recuperarlo en estos tiempos

Desde hace aproximadamente un año, nuestra vida ha cambiado radicalmente y uno de los aspectos más dañados por esta situación ha sido el contacto social. La forma en la que nos relacionamos ha sufrido una dura transformación en la que los abrazos, los besos y el contacto físico han ido desapareciendo, relegándose a la intimidad más reducida.

La sonrisa se ha ocultado bajo la mascarilla y la distancia social ha creado un aislamiento verdaderamente profundo, sobre todo para aquellos que no tienen familia.

Todo esto tiene un efecto muy dañino en el ser humano y es mucho más potente de lo que podemos percibir. No somos totalmente conscientes de la privación que estamos sufriendo hasta que recuperamos por un instante el calor de otro ser humano.

La alegría y el bienestar que produce ese contacto es indescriptible.

Siento que corremos el riesgo de olvidarnos de esta calidez y aislarnos cada vez más de los demás. Cuando desaparece el contacto social, nos cerramos en nosotros mismos, nos acostumbramos a nuestra soledad, y perdemos la práctica de la interacción.

Y es que lo social es un baile entre dos o más personas que requiere cierto esfuerzo; es un trabajo interior en el que la individualidad de cada uno se pone en juego. Supone un intercambio que implica presencia y empatía, aportándonos uno de los más importantes ingredientes de la felicidad.

A menudo, cuando los niños comienzan a ir a la escuela, llegan a casa exhaustos. Incluso es muy posible que no quieran ir al colegio algunas mañanas. Y no siempre es por no querer madrugar, o por las dificultades académicas; también puede ser por el gran esfuerzo que supone lo social; ser parte de un grupo y encontrar el equilibrio entre lo que uno necesita y las necesidades del otro. Ser capaz de llevarse bien con otra persona, entender que todos somos diferentes y asumir esas diferencias, ceder cuando es necesario, aprender a esperar turno, a escuchar a los demás; todas estas habilidades requieren un aprendizaje que, en ocasiones, no resulta fácil.

Por este motivo, la situación actual puede ser la escapatoria perfecta para no hacer el esfuerzo de relacionarnos con los demás. Y esto empieza a ser cada vez más tangible a nuestro alrededor. En la parada del autobús, por ejemplo, veo personas que pasan por delante de otras sin verlas, sin percibir que hay una fila de espera. No me refiero a las personas que intentan colarse disimulando, hablo de aquellas que realmente no ven a los demás. Es un tipo de ensimismamiento en el que lo exterior desaparece, como si tuviéramos visión túnel y solo pudiéramos ver nuestro camino.

Creo que, si no somos capaces de percibir a los demás, perdemos la calidez humana y el mundo se convierte en un lugar verdaderamente inhóspito.

Para recuperar la alegría del contacto con el otro, necesitamos detener el ritmo frenético de nuestras vidas y llevar nuestra atención a este aspecto; sonreír aunque llevemos la mascarilla puesta, mirar al conductor del autobús y darle los buenos días, tener una pequeña charla con el panadero, en definitiva, buscar esos momentos de conexión con los demás que nos enriquecen y nos nutren. Hacer el esfuerzo de percibir a las personas con las que nos cruzamos cada día.

Podemos recobrar el calor del abrazo y el tacto con la luz de la mirada y lograr así que nuestra presencia sea capaz de conmover y acompañar al otro aún en la distancia.

Lo que necesitamos saber para aprender a poner límites

En mis años de maestra y en mi recién estrenado rol de tía, me doy cuenta de lo difícil que es llevar a la práctica muchas de las ideas que consideramos esenciales en educación. Hablo tanto de poner los límites necesarios con amor y claridad como de distinguir qué es lo adecuado en una situación dada. En la teoría parece todo muy claro, pero cuando llega el momento, las certezas dejan paso a la emoción, que tiñe de confusión las decisiones.

Esto es principalmente porque no queremos ver sufrir a nuestros pequeños, queremos evitar a toda costa las situaciones que puedan causarles dolor. Poner un límite significa que el niño o la niña ya no puede seguir haciendo aquello que le gustaba, y esto produce disgustos. Es más, nos convertimos de algún modo en la causa de su dolor y podemos incluso sentir que estamos coartando su libertad.

Sin darnos cuenta perdemos la perspectiva; no vemos más allá de ese momento y de ese deseo que no se puede cumplir. Lo vemos muy claro cuando hay un peligro inminente; vemos a una niña a punto de cruzar la calle sin mirar si vienen coches y el límite es evidente e inmediato. ¿Por qué? Porque el dolor de la posibilidad de perderla es mucho mayor que el dolor de frenar su libertad en ese momento.

Sin embargo, cuando las consecuencias no son visibles a corto plazo, es mucho más fácil que cedamos y que pongamos por delante de lo que consideramos adecuado los deseos del niño o la niña. No vemos que lo que hoy estamos permitiendo, porque en realidad “no pasa nada”, se puede convertir en una dificultad grande o incluso en un dolor más grande más adelante. Un ejemplo muy claro sería cuando un niño nos pide dulces y se los damos de forma sistemática, y luego tiene que pasar por el dentista porque tiene caries. O incluso más a corto plazo, el día que toma dulces luego no consigue dormir ni descansar bien. ¿Es más importante evitar el dolor de no poder tomar un dulce que el de no poder dormir? Cuando somos capaces de mirar un poco más allá y ver la imagen completa, nos resulta mucho más fácil sopesar la situación y tomar una decisión clara.

Hay que tener también en cuenta que lo se expresa como deseo no siempre es lo que se necesita. Los bebés y los niños muy pequeños no tienen muchos medios para expresar sus necesidades y los adultos intentamos adivinar de la mejor manera cómo satisfacerlas.

Sin darnos cuenta, a menudo utilizamos la comida para calmar el llanto o el dolor. A veces será justo lo que necesitan, otras veces no, pero en cualquier caso, asociarán la comida con la solución para su dolor. Otras veces, les ofrecemos ver la televisión o el móvil para que se calmen. Quizá lo que necesitan es llorar entre nuestros brazos un rato más, pero lo que reciben es otra cosa, y se acostumbran a ese sustituto para calmar su dolor. ¿Qué sucede? Que ese sustituto se hace imprescindible y, si no lo reciben, el dolor es mucho mayor.

Pero en realidad, esto no soluciona la carencia. No han aprendido a escuchar lo que realmente necesitan y confunden sus deseos más profundos con cosas materiales. Es así como uno se desconecta de sí mismo y pone su atención fuera, en el mundo material, como si fuera allí donde está la solución.

Por eso es tan importante la escucha en la crianza y en la enseñanza. En vez de correr a consolar a la infancia con algo que distraiga su atención del dolor, necesitamos aprender a escuchar, a dar espacio y tiempo para que sepa qué necesita. Igual es un abrazo, o respirar profundamente o llorar un ratito.

Aprender a manejar la frustración de recibir un “no” es un aprendizaje muy importante en la vida. Y es mucho más fácil de asimilar con un adulto que sabe escuchar y acompañar esta situación, ofreciendo el espacio y el cariño necesario, sin utilizar sustitutos ni ceder en su decisión.

Si además somos capaces de observar nuestros propios deseos y distinguir los reales de los creados, estaremos haciendo un trabajo interior que nos llevará a ser más felices y a poder mostrar un camino posible a la infancia que nos rodea.