La necesidad infantil de nuestra compañía y presencia plena

Una familia sentada en las rocas mirando al mar

Una de las cosas que más me llama la atención cuando la infancia empieza a ir a la escuela es el cambio que se produce en su forma de interaccionar con los demás.

Empiezan a aparecer conductas y actitudes nuevas, que imita de sus compañeros y también de sus maestros. Al observar formas diferentes de hacer las cosas, necesita probar a ver cómo se siente si las hace también.

Este experimentar es un proceso sano y natural, pues amplia su mundo y va más allá de lo que se ha podido aprender hasta ahora en el hogar familiar. Y es muy interesante observar esas nuevas conductas, pues en ellas vamos a ver qué está viviendo en el espacio escolar.

Es bastante común que los peques jueguen a ser los maestros y pongan a todos sus muñecos en fila o sentados, para darles clase. Les dicen lo que tienen que hacer, los riñen y les mandan callar. Repiten cuidadosamente todo aquello que los docentes dicen en el aula, tanto a ellos mismos como a sus compañeros. Y es posible también que suban mucho el tono de voz, cuando quizá antes no lo hacían.

Cuando lo observamos con atención, podemos ver qué mensajes les llegan profundamente y la cantidad de órdenes que reciben al día. Ahí nos daremos cuenta de por qué luego nos dicen que no a todas nuestras propuestas o se muestran muy directivos y “mandones” con nosotros, queriendo que hagamos las cosas exactamente como ellos quieren. Están repitiendo las exigencias que reciben día tras día, a cada momento. Es lo que les hemos enseñado, tanto en casa como en el cole.

El día a día de una escuela, con una ratio de un adulto por veinte niños, según el caso, no permite una atención individualizada. Con suerte, cada alumno puede recibir un ratito de atención directa al día, de un docente que intenta llegar a todos y que, con gran esfuerzo, lo consigue. Pero nunca será como la atención que recibe en casa. Es imposible, naturalmente.

Los grandes maestros son aquellos que logran crear una estructura sana que los peques entienden y siguen, y que generan la autonomía necesaria para poder tener esos ratos de presencia y escucha activa de forma individual. Pero no es una tarea fácil.

Además, está la relación con los compañeros, que no siempre puede ser completamente supervisada por el adulto. Puede haber alguien que pegue a los demás como medio para comunicar su malestar, o que grite muy a menudo, o que sepa cómo hacer para que le sigan o para imponer su opinión. Todas estas conductas, sin el apoyo de un adulto, generan duda e inquietud y también son un ejemplo, que es posible que imiten si sienten que les sirve, que consiguen, por ejemplo, tener más amigos o ser más´populares.

Todas estas experiencias son fuentes de aprendizaje naturales, que pueden incluso ser positivas si existe un vínculo de confianza profunda con una persona adulta de referencia, que esté disponible y que sepa escuchar atentamente cuando se acude a ella.

Y por eso es tan importante, además de la presencia y la confianza del docente en la escuela, tener tiempo de calidad en familia, cada día. Momentos de escucha profunda, de compartir un rato en silencio, paseando, charlando. No me refiero a jugar con nuestros hijos, aunque también es muy necesario crear ratos de diversión en familia. Hablo de abrir las puertas a la comunicación, estando disponibles interiormente.

La infancia nos necesita como referentes, tanto a los docentes como a la familia, todos los días. Y también necesita periodos largos de atención más profunda, como son las vacaciones.

Es un tiempo perfecto para volver a la calidez del hogar, para descansar de lo social y regresar a lo familiar. A lo largo de los días de vacaciones, sintiendo la presencia atenta y dispuesta del adulto, es muy posible que nos pregunten y nos cuenten cosas que han vivido durante el año.

Y también es el momento ideal para mostrar con nuestro ejemplo, la mejor forma de ser feliz: comunicándonos con amor y respeto entre nosotros, utilizando un tono de voz calmado y amable, organizándonos de forma que todos puedan hacer aquello que más les gusta, entendiendo y respetando las necesidades esenciales de cada miembro de la familia.

La mayor parte de las veces que mis alumnos me han contado cosas importantes, ha sido en momentos compartidos como viajes en autobús, o haciendo alguna tarea juntos, tejiendo por ejemplo. Sienten que el adulto está libre y dispuesto a escuchar y abren su corazón.

Y por eso te invito a que aproveches este momento de descanso para devolver a la infancia esa atención personal, esa escucha y ese cuidado amoroso que se da en el hogar familiar. Deja que los tiempos se alarguen y se pierdan las prisas, que los horarios sean más amables y se haga espacio a la conexión verdadera.

Lo importante no es a dónde vas, sino cómo y con quién.

Que disfrutes muchísimo de tus vacaciones.

Sara Justo Fernández. Maestra y formadora en pedagogía Waldorf.

Asesora de familia sobre temas educativos, de aprendizaje y crianza.

Autora de los libros Crecer para educar y El tesoro del tío William.

*Foto de Elina Sazonava

Cómo empezar el curso con buen pie

Atardecer de colores violetas sobre el mar

Una de las transiciones del año con mayor potencial para ser estresante es el inicio del curso escolar y la vuelta al trabajo tras las vacaciones.

Durante el tiempo de descanso, hemos bajado el ritmo y nos hemos acostumbrado al aire libre, al agua y el sol, a dormir más y dedicar más tiempo a nuestras relaciones personales.

Lo más probable es que hayamos perdido los hábitos que mantenemos durante el año y que tengamos una gran resistencia a volver a la rutina, así que solemos apurar hasta el final y lo alargamos todo lo que podemos.

Esto hace que la vuelta sea muy cuesta arriba, especialmente para los niños, que tendrán dificultades para ajustarse al nuevo horario, y el momento de levantarse e ir al cole se convertirá probablemente en un caos de estrés, sueño y prisas.

Para que esta transición sea mucho más sencilla, es importante volver a entrar en el ritmo escolar poco a poco. No podemos pretender, ni siquiera nosotros los adultos, que nuestro cuerpo pase de ir a dormir tarde y levantarse con calma a ir a la cama pronto y madrugar, sin un proceso de adaptación.

Si lo hacemos así, aparece el mal humor, la depresión post vacacional y la desmotivación ante los nuevos retos que presenta este cambio, cuando en realidad se podría ver como un nuevo comienzo de ciclo e iniciarlo con gran ilusión.

Para lograr que así sea, voy a darte algunas ideas que puedes probar estos últimos días de vacaciones.

-Empieza a despertarte un poco más temprano de forma natural, dejando que el sol entre por la ventana abriendo las cortinas y subiendo las persianas. Permítete remolonear un poco en la cama, dejando que la luz te vaya despertando.

-Realiza excursiones largas, que requieran de gran actividad física, para que el cuerpo tenga ganas de descansar más temprano.

-Reduce poco a poco las actividades que generen más excitación e introduce otro tipo de actividades como narrar y escuchar cuentos, leer, cocinar en familia, etc.

-Concentra los encuentros sociales durante el día y reserva las últimas horas de la tarde y la cena para la intimidad familiar y la calma.

-Observa el atardecer en silencio, viendo cómo el sol se va a dormir.

También es muy buena idea aprovechar los últimos días de vacaciones para poner en orden la casa, cuidar las plantas del hogar o del jardín, realizar tareas pendientes y retomar el contacto con los compañeros de la escuela o del trabajo, para poder encontrarse en un ambiente relajado y ponerse al día.

Si conseguimos poner en marcha alguna de estas propuestas, seguro que la transición se hace mucho más agradable y conseguimos generar el entusiasmo necesario para iniciar un nuevo ciclo con energía y presencia.

Que así sea y que tengas un muy feliz regreso.

*Si estas propuestas no funcionan, tal y como comentaba en la newsletter de esta semana, es importante plantearse por qué no tenemos ganas de volver al trabajo. Puede ser porque hemos acumulado un cansancio profundo por el estrés continuado o porque realmente no nos estamos dedicando a lo que realmente nos mueve y nos apasiona. En cualquiera de los dos casos, es una buena oportunidad para plantearse qué y cómo podemos cambiar nuestro día a día para generar el cambio que necesitamos.

Sara Justo Fernández. Maestra y formadora en pedagogía Waldorf.

Asesora de familia sobre temas educativos, de aprendizaje y crianza.

Autora de los libros Crecer para educar y El tesoro del tío William.